Las últimas horas de este año tienen que ver con la reconciliación. El pasado, por más doloroso que haya sido, importa poco. Entonces, en los rostros de las personas se dibuja la sonrisa y, hay cuando menos, un pequeño gesto de satisfacción. Puede ser que nada vaya bien, que la vida en casa sea un desastre, que el mismo país lo sea, pero la reconciliación puede contra todo. Creo también en ella, lo sé por lo escrito. Hay, sobre todo en la poesía, un hacer las paces con aquella historia incomprensible. Pero quién no ha sufrido, quién no ha sido abandonado en la habitación de un hospital.

La poesía, cuando menos para mí, tiene que ver mucho con esta reconciliación, unir las partes, embalsamar las heridas. O dicho de otro modo, la reconfiguración o el olvido, la simulación del olvido. Hay, no obstante, algo que permanece intacto. Lo descubro y me atrevo a nombrarlo. Son episodios que echaron raíz profunda en la tierra de la memoria. Permítanme hablar de lo privado, del amor con el que me reconcilié años después. Citaré lo que se me dijo, porque para aquella persona, yo estaba enferma, había algo en mí que no funcionaba; me perdía, sí, ninfómana, desquiciada. Lo que él quería: una familia a medias. O la invención de una familia porque para tener una, creo yo, y lo veo con mi actual esposo, los hijos de éste, mis amigos, mis amigas, hay una parte íntima en donde dos personas se unen, se entrelazan, crecen como los brazos del sol. Y quién no quiere esos momentos, ese delirio, ese elevarse para caer placenteramente. De estas cosas, según aquella persona, estaba enferma. Prohibidos los juegos eróticos, prohibida la palabra sexo porque en el sexo, se pierden las líneas desfiguradas del universo.

Duele, sí, mucho y hay tantas preguntas que quedan en el aire, tantos reclamos porque estos años me han enseñado que soy una persona que ama y a la que se le puede amar, una persona que emociona, que estremece en la entrega viva. Veo mi casa, lo que he construido, y el rumbo es preciso, exacto, o cuando menos lo es hasta este momento en que la música inunda los pasillos, la música de él, la música nuestra. Y no es un asunto puramente sexual porque las parejas, insisto, se unen también en un proyecto de vida a corto y largo plazo. Con altas y bajas, se sigue adelante porque hay una fuerza que mueve, que arroja.

El final, como era de esperarse, catastrófico porque éramos dos personas enardecidas, con demasiado coraje, con demasiadas equivocaciones. Y qué difícil asumir el error, qué difícil darse cuenta de ello. Aunque él no reconozca su parte, veo mis fisuras, veo lo que quiebra por en medio. Qué fortuna encontrarse con un hombre que no insiste, que no busca, que no decide tocar la puerta de la segunda oportunidad. Lo digo con ironía porque en ese momento me hubiese gustado que ocurriera tal cosa. En ese momento, pero no en este, en que la música me llena como mi boca y mi cuerpo del hombre que me sacó a flote. Una ironía más es hablar de la reconciliación a pocas horas de que termine el año, pero lo hago porque hay una parte sana, activa, valiente. La otra, la de ese hombre que me dejó fría como el invierno, aún está pendiente. Esto, por supuesto, no me impide el sabor de la felicidad, el gesto del placer junto con los míos; son mi lenguaje, poesía.

Para mi padre Francisco

*
Uso anteojos. En el momento de la oscuridad o donde la lluvia reverbera, un doble fondo sigue la curvatura exacta de las gotas, su transparencia. Un doble fondo (cristal o mica, es lo de menos), para alcanzar las cosas: el libro, el cuaderno, el lomo de los gatos. A través de éstos, la noche, el fuego, los libros irreprochables. Apoyada sobre algo, los ojos se han ido muy lejos, como la esfinge de Henri Michaux, en imperturbable pose.

*
La mirada de ojos limpios o cuarteados es sólo el inicio de lo que se percibe: el paisaje transparente o manchas. Manchas. Desordenadas, deformes, asemejan  la cama de un hospital o el edificio en llamas. Manchas (vuelvo a Michaux) derrumbándose en pequeños fragmentos. Signos de la nueva escritura.

*
La mirada va y viene, enloquecida de un cuerpo a otro (nótese la ansiedad del hombre, sus ojos en el escote de la blusa, muy por debajo de la falda; nótese a la mujer ¿por qué se ruboriza? ¿por qué como bestia húmeda?) dibuja la nariz, la boca, el cabello todo revuelto. Y todo lo ganado y todo lo perdido. En el juego fascinante de los recuerdos, lo que se vuelve traslúcido o una sombra acuosa en el fondo de los espejos.

*
En lo indefinido, la mirada. Se zambulle. En el decir y en el comprender, la mirada vaga como la brocha sobre el lienzo. Libra desvíos, trampas y se sitúa fuera del pliegue. Donde el parpadeo no la alcanza ni el color de los dos ojos, crece lentamente y se vuelve lago, la profundidad de éste, la simulación. Trazos figurados dentro de la mirada. Y la escritura. Una línea o muchas de estas sobre piedras o caparazones de tortugas. El mármol de los ríos en los trazos de la protoescritura, símbolos que son ventana rectangular de las palabras. En lo indefinido, la mirada. Y dentro, éstas se extienden, se reordenan. Somos la proyección.

*
Más allá del color amarillo, el revés de la mirada es ceguera. Buscar en el desorden de las manchas, el hilo finísimo del anhelo, un anhelo auxiliar, un posible colocar las cosas intactas sobre la mesa. Más allá del escenario que desaparece, la ceguera es hundir la oscuridad en las palabras, éste nuevo desciframiento.

*
La mirada
una página atravesada por el sueño

                                      la escritura o el revés de ésta

                                                           una luz amarilla

                                                           si cerramos los ojos.


Las olas caen
sobre el tiempo
invencibles,
invisibles,
en deseo magnético.

La habitación del hotel
espejo de ninguna cosa.

         “Bajo las flores,
         la vida degradada”, dije.

Las olas se cierran
en dominios inexplicables
y conspiran
contra la enamorada.

         [En el sueño, en otro,
         doy vueltas al invierno;
         mis brazos sujetos
         por hilos irrompibles].

La tormenta
cuelga
de la cabecera
de la cama.


Retomamos las caminatas. Como no hay un parque cercano, optamos por caminar un par de cuadras a la redonda. Lo justo, para generar ese impulso necesario que evite que la sangre sea témpano, piedra, filo. La calle ha cambiado, las casas mismas son ahora construcciones de doble piso. También, el rostro de las personas es diferente. Tiene que ver con la edad, la partida de ese tiempo cuando había algo de inocencia en las miradas. Confiábamos más, dejábamos abiertas las puertas de la casa, como dejar abiertas las emociones.

Hay casas abandonadas, semidestruidas, infectadas por la hierba. Tienen su historia porque alguna vez estuvieron habitadas y hay ecos en sus paredes, hay trazos que asemejan un bosque, un mono de nieve, un gorila. Aquí vivieron dos niños me dice él y señala su altura en la pared de fondo. La imaginación es lámpara de luz muy potente. “Altura de...”, “Altura de...”. El mensaje se borra. Doblamos a la izquierda y hay una pequeña plaza: tres columpios. No hay niños. La noche es fría y el parque es otro eco: el de nuestros pasos.

Siempre me han dado horror los parques abandonados, el cúmulo de las risas, los gritos. Tampoco me parecen lugar para el amor. Para el amor, insisto, basta la cama. Me olvido del romance, lo que es una mentira. Soy romántica.

Seguimos avanzando y esta es quizá la vuelta cinco o diez. El tiempo es otro bajo la noche, es más corto, aunque tiene que ver con los instantes, la felicidad o la desdicha de los instantes; tiene que ver con la felicidad o el llanto derramados sobre las sábanas, la mesa, el cuarto de baño. Las luces de la casa están encendidas.


En la espalda o en la mejilla
el pequeño abismo,
esa burbuja
de agua y sal.

El odio
hundió sus raíces
en tierra infértil.

No hay amor, dijo,
y las caricias fueron hielo.

          [Yo creía en el amor;
          el amor cobijaba
          los reflejos,
          el caleidoscopio quemado].

El odio
muy dentro
de la memoria
cuando cierro los ojos.



Diciembre me vuelve loca; además de las merecidas vacaciones académicas, es un mes en el que suelo recibir muchos libros. Mañosa que soy, dejo entrever en las conversaciones, los títulos que me interesan y suelo agregar otros más a la lista de intercambios. Añoro las tarjetas de regalo, porque además de libros, puedo cambiarlas por discos, etc.

No los abro. A diferencia del que rompe frenéticamente la envoltura de los obsequios, yo dejo que se acumulen en el escritorio. Me emociona esa pila que comienza a crecer y amenaza con derrumbarse. Me gusta terminar los libros que quedan pendientes e iniciar el año abriendo uno nuevo. Es el estado más alto de la felicidad, como también lo es, la primera taza de café. Es, de alguna manera, entrar con el pie derecho a la nueva aventura y al riesgo que representa: la del libro y la de la vida.

El problema reside en que no sé qué libro tomar. Todos me parecen atractivos, las portadas, las contraportadas, las primeras líneas. Con los libros me pasa esto, siempre, lo que nunca en un almacén de ropa. A esos lugares suelo llegar y dirigirme con la señorita encargada a quien doy santo y seña de lo que quiero. Por supuesto, lo tenga o no, salgo lo más rápido posible. Huyo como quien lleva en el bolso lo hurtado. Puedo, en cambio, pasar horas enteras en una tienda de discos y de películas; si pudiera me quedaría más tiempo, pero los horarios se cumplen y la noche llega y hace estragos en mis ojos.

Tengo delante de mí esa pila de libros a punto de desbordarse. Y tengo que elegir. Hay, por supuesto (lo descubriré mientras avanzo en la lectura) libros que convertirán a otros en algo grandioso o en algo minúsculo; libros como ciudades, esas a las que vuelvo cada vez o, aquellas otras, que simplemente omito de la geografía de la existencia.


El sol sobre la fachada de una iglesia, los vestigios de un hospital o una escuela, el letrero que advierte el paso del tren. De pronto, sobre nosotros su incendio. Ya no saldrán las fotos, me dicen, y yo ajusto la cámara. Se ríe M cuando mira la imagen: un rayón de luz sobre el lienzo quemado. Yu habla de esas manchas que deforman el cerebro y lo contradicen.

Enfocar el paisaje, insistir en los detalles, el color del desierto, los reflejos de las piedras en el límite de los caminos. La cámara fotográfica y la escritura.

Llegamos a Ciudad Frontera. Media hora después tenemos los permisos. Nos ha quedado un sin sabor. El hombre uniformado nos trató mal, L tuvo la sensación de que nos negaría la entrada.

Todo ocurre muy rápido. La familia de F, mi esposo, es familia de viajes. De una ciudad a otra, de un país a otro, la pasión por mirar las luces en rostros desconocidos. Estremece pensar en quienes se internan en los desiertos, bajo el cielo de la soledad, el frío, la incertidumbre. Leí: “México continúa expulsando más migrantes de los que han retornado al país y la explicación es sencilla: Estados Unidos está comenzado a mostrar signos de recuperación, pues su tasa de desempleo ha disminuido (de 2010 fue de 9.6 por ciento y en 2013 es de 7.4 por ciento); como consecuencia, los flujos migratorios vuelven a responder”.

El cielo se cierra. El mundo se hunde en los faros encendidos de los autos. Se hunden el viento, la velocidad. Avanzan, sí, con acelerador firme.
La música nos acerca. El río parte en dos el centro comercial. Junto a este, árboles se estiran infinitos, mesas, gente que decide parar y sentarse. No nos ponemos de acuerdo para subirnos a las canoas; me queda la sensación de desplazarnos largamente por el agua.
Pido un capuchino muy fuerte. Me vuelvo loca y para la quinta o sexta taza, los colores del paisaje explotan y sólo quiero volver al hotel a escribir todo eso. La cámara registra gente comiendo, bebiendo, risas… el joven, sobre todo, el joven. Veo la foto y pienso en Hemingway, en Capote, en Carver. Sentado en la mesa de junto lee detenidamente, pasa las páginas del libro, y su rostro se llena de gestos, se ruboriza, me ofrece el itinerario de la historia.
“Si escribiéramos lo consuetudinario, si de pronto, verdaderamente miráramos. Y perpetuar la luz, la lluvia, el polvo reiterado en las ventanas…”.

Volvemos a la carretera. L al volante. En la parte trasera del auto Yu, M y yo, apretados como deben ser los sentimientos de las familias. F pone música.

Mi padre y mi madre son viajeros incansables. Conozco mi país por mis padres. Luego, los viajes personales. Hay, sin embargo, una nebulosa sobre ese tiempo, una mancha como la que oscurece al cerebro. Imágenes sueltas:
a) Nosotros en la carretera hacia el mar. Eufóricos. La historia del pasado volaba cada vez más lejos.
b) La arena casi blanca de la playa, la música, la discusión a través del teléfono. Escucho los gritos, los de él, los míos. Gritos innecesarios. Se borraban las letras de nuestros nombres.
c) Una piscina y mi cuerpo vacío. Mi hotel no tiene piscina, dice el hombre. Nos arrojamos a la cama. Somos la profundidad.
d) El ambiente sórdido de la embriaguez. Las voces agónicas, los poemas arrancados de los libros y la música. La música.
e) Ella desnuda, explorada, bebida. Después la escritura, sus figuraciones.

Se internan en el desierto-muerte. Más allá, en la distancia, sus pueblos cuentan la historia de los muertos. Sus casas, su iglesia, sus salones para las fiestas, son puñado de escombros. Cede también la esperanza.

M y yo comemos un cono de nieve gigantesco. Mi padre —manejaba una Brasilia roja—, me llevaba del pueblo a la ciudad y desde lejos veía el número grande, amarillo, de los Helados Danessa 33. Por espacio de media hora regresé a aquella época. Tenía seis o siete años.

No escucho la música. Atravesamos el área de las tiendas repletas de ropa, zapatos, alhajas, curiosidades. Hay una tienda de libros, pero no me atrae ningún título. En la mañana, antes de salir del hotel, leí un texto de Jaime Muñoz relacionado con los títulos. Encendí la computadora y me fui directamente a su columna Ruta Norte Laguna que aparece en Milenio. Dice: “Titular un libro (o un artículo, una película, un disco, una obra de teatro, un programa de televisión, lo que sea) no es enchilar tacos. […] El poeta Gerardo Deniz, por ejemplo, tiene títulos extraordinarios de una sola palabra, ideales para libros de índole poética: Adrede, Gatuperio, Mansalva; tiene otro un poco más largo, genial, para un libro con guiños autobiográficos: Paños menores. También cortos, algunos de Lezama Lima son hermosos: La fijeza, Aventuras sigilosas, y este bárbaro: Enemigo rumor. Los mejores dos de Borges, a mi juicio, llevan la palabra historia: Historia universal de la infamia e Historia de la eternidad; hay otro inmejorable: El tamaño de mi esperanza. […] Octavio Paz logró títulos poderosos; los dos mejores son, a mi parecer, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe y La llama doble. Los títulos de García Márquez han sido claves de su éxito. Son poéticos, de una sonoridad perfecta: El coronel no tiene quien le escriba, Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, Del amor y otros demonios, Memoria de mis putas tristes; pero su título más famoso es, sin duda, Crónica de una muerte anunciada”.

Seguimos andando y miramos tras los cristales la lluvia. Quiero irme a las calles, a mojarme porque sí. Hay un cartel que dice: “Domingo: gran festival de la coneja”.

Nos levantamos temprano. A dos horas de distancia, una ciudad de edificios altos y puentes en todas direcciones. Una ciudad elegante, bohemia, restaurantes que huelen a café y a cerveza.

Camino al hotel leo “Tres rosas amarillas”. Bajo la lluvia, una lluvia fuerte, maciza, la muerte de Chéjov. Brindo con su esposa y el médico el no sé qué de la muerte. La noche nos da de frente. Yo soy el camarero y mis manos sostienen un jarrón de porcelana con tres rosas amarillas. Veo la ciudad pero las imágenes se desfiguran tan rápido y no sé exactamente hacia dónde vamos. El efecto del café termina.

Los últimos dos días me olvidé de la escritura. Me sentía profundamente agotada. Desperté en casa, rodeada con sus árboles, sus enredaderas, sus gatos. Uno no puede vivir lejos del lugar que ama y esta vez sentí que amaba mi casa más que otra cosa en el mundo. Dentro de ella están las cosas que quiero y los libros. Nos despedimos. M, L y Yu continúan el camino, un camino corto, veinte minutos, media hora.

F me ayuda a desempacar. Le digo que a partir de mañana me aplicaré en la escritura, tengo pendientes tres ensayos: Raymond Carver, Gabriel García Márquez —la mañana levantaba ilusiones cuando nos enteramos de su muerte—, Elena Poniatowska; y un cuestionario que el escritor Vicente Alfonso me ha enviado. Sus preguntas me dan vuelta en la cabeza.

Las noches me vuelve inventiva y llegan frases de todos lados, versos, poemas en prosa, sueños, conversaciones, la letra de una canción, el eco de un cuento, una novela. No hay intención, no hay sentido, pero de una u otra forma me alimentan. Escribo.


Publicado en el suplemento cultural Confabulario del periódico El universal


Paredes donde ningún color duerme y los sueños son gusanos que surcan la claridad del día. La mujer que fuiste —alguna vez fuiste una mujer—, se somete en la oración del miedo y la escalera desciende al fondo de una tierra insensible. Vas de un lado a otro, o en su puño, que coloca en la mejilla derecha o izquierda.

*

—Me despertaron sus gritos. Eran muy fuertes, muy profundos.
—¿Llamaste a la policía?
—La piel se me estremece y la siento como más pesada.

*
(Escucha, me voy a quedar contigo
hasta que te alivies,
hasta que no sea difícil cubrir con maquillaje
los moretones,
hasta que te levantes
escollo a escollo).

La promesa
es golpe bajo la nuca

*
Tu cara resurge como la luz y el maquillaje es suspensión de la edad. Te corresponde el brillo de las flores, el aliento de la calle tras la puerta inamovible. A tu alrededor, después de infinitas semanas, no hay oscuridades o si las hay, se reducen detrás de los hombros. Hay una salida.



Publicado en el suplemento cultural Confabulario del periódico El universal.



La ciudad atravesada por el tiempo
y los puentes.
Sobre todo los puentes
bajo el sol, la lluvia, la niebla.

El tiempo sobre estructuras
de fierro y concreto;
se asciende
—hay puentes jorobas—
para hundirse en el día
su mezquindad.


[El día
como un fango de ciénaga]

Los puentes son eternos, dicen.
Y caen
frente a los ojos calcinados
de los transeúntes;
niños,
mujeres,
atestiguan la fuerza brutal
de dios y el diablo.

En medio de la nube gigantesca de polvo
los puentes
—alguna vez representaron el triunfo,
los números precisos de la ingeniería—
son tristeza congelada.

 Y el tiempo.
Otra vez el tiempo
derramado bajo el sol,
la lluvia, la niebla.


Publicado en el suplemento cultural Confabulario, del periódico El universal.


No me gusta el tema de la muerte y, como todos, trato de evitarlo en la medida posible. Cuando no existía la comodidad actual que hace “soportable” el momento amargo, las estancias más amplias de las casas, se cubrían de velos color púrpura, velas o cirios en cada una de las esquinas del ataúd. El luto perfecto de la familia llegó, en muchas ocasiones, a aterrorizarme. La viuda -cuando se trataba de una viuda-, se cubría de negro y de lágrimas; un luto, por supuesto, que culminaba un año después de la partida del esposo. Los olores que se desprendían de las habitaciones, esa oscuridad, el murmullo de los rezos, son indescriptibles.

Los cortejos pasaban frente a mi casa. Yo los veía desde una de sus ventanas. La lentitud de la carrosa, el ataúd llevado en hombros, la familia, los amigos, los llantos, los gritos. Recuerdo aquí un pasaje de “El día de difuntos de 1836”, texto de costumbres de Mariano José de Larra, romántico español: “Dirigíanse las gentes por las calles en gran número y larga procesión, serpenteando de unas en otras como largas culebras...” Hay, también, en esos recuerdos, los sepelios que se tornaron crueles: ataúdes quebrados a filo de hacha para forzar su entrada en fosas pequeñísimas, o ataúdes casi abandonados, en gélidas salas de velación. Sin embargo, lo que origina este texto es un breve intento por reflexionar sobre la muerte, o la soledad que implica la muerte, tal como lo escribe Poe:

Tu alma, en la tumba de piedra gris,
estará a solas con sus tristes pensamientos.

He presenciado la muerte de muchos de mis familiares, amigos cercanos, compañeros de trabajo, periodistas, escritores. Por un lado, creo que la muerte es sólo un cambio en la manera de ser con los otros, de lo material a lo inmaterial o, simple y sencillamente, un cambio de misión. Insisto en ello, no obstante, los que han partido han dejado un vacío muy profundo; las fotografías, no me acercan en lo más mínimo, a sus rostros desaparecidos.

No sé cuándo las familias comenzaron a estar de acuerdo en dejar las cenizas de sus seres queridos en casa y continuar la vida. Una manera de no desprenderse de la persona, los recuerdos, su legado. Digo, entonces, que yo estaría de acuerdo en quedarme en casa, con los míos, escuchar ¿podré escuchar? sus conversaciones. Evitaría la soledad, lo frío de la lápida y la oscuridad. No sé estar a solas con mis pensamientos y, si lo estoy, me gustaría saber que los míos están tan cerca y son palpables. Ustedes podrán decir que hablo como si luego de la muerte conservara el cuerpo y la conciencia. Es una posibilidad, como lo es también la reencarnación, el paraíso o el infierno.

Otra reflexión: ¿cuántas personas desean desenterrar a sus padres, a sus hermanos, a sus esposos/as, para decir cuánto se arrepienten del silencio, del rencor, del odio; cuánto de la crueldad, de la desatención? Ese es otro de mis temores. La edad nos encierra y expresamos poco de lo que sentimos por el otro/los otros. Los niños expresan sin temor, libremente y sin ventaja, el cariño, la admiración, el amor; los adultos, en cambio, cada vez menos. La hora de la muerte nos vuelca hacia todas esas emociones, pero finalmente, hemos desaprovechado cada oportunidad. Vivimos otra forma de muerte: “¿Vais a ver a vuestros padres, escribe de Larra en el mismo documento, y a vuestros abuelos, cuando vosotros sois los muertos?”



No hace mucho hablé de los sueños. No me justifico, pero los sueños siguen. Hay, pues, muchas personas en mis sueños, personas en todas direcciones; van con prisa y nunca se detienen. Voy con esa multitud que, al igual que yo, no lleva un destino exacto. Todos se preguntan hacia dónde vamos y aún sin saber avanzamos, en grupo, hacia una dirección y hacia otra. No hay propósito, sólo caminar frenéticos. Avenidas atestadas de personas sin destino exacto o incluso perseguidas. Ah, la esquizofrenia, ese elemento tan importante en la novela American psycho (1991) de Bret Easton Ellis.

En otro sueño ¿acaso el mismo? subo al autobús, llevo una maleta pequeña, un bolso. Veo el rostro de los viajeros y entre éstos, hay personas conocidas o que creo conocer pero que no tengo la certeza si sean mis compañeros de trabajo, mis vecinos, los amigos de las fiestas, escritores, colegas del periódico, mi marido, mi padre, mi madre. En algún momento alguien dice que bajemos, el autobús lleva otro destino y no el nuestro. No estoy segura de bajar, pero lo hago, movida por la multitud, esa multitud desenfrenada. En todos los viajes siempre hay personas que quieren salir primero y apretujan, avientan. No obstante, todos, antes o después, cruzamos el umbral de la puerta.

Lo que es aún más extraño, se trata de esperar el autobús que efectivamente nos llevará a nuestro destino —sigo sin saber cuál es—, es que luego, quizá de girar el cuerpo, de reacomodar las almohadas, de escuchar lejanamente que Alfredo se levanta y camina hasta el dispensador de agua, es que camino por una calle estrecha. Conozco esa calle porque me muevo con naturalidad y reconozco fachadas y los rostros de los niños que juegan a esconderse detrás de los coches. Voy de paso, lo siento, y la calle no se acaba ni el sol que me enfrenta. Lo que sigue es confuso, la casa, su interior. Si reflexiono en la arquitectura de ésta, pienso en aquella junto al mar, donde mis primos y yo pasamos las vacaciones de verano. Íbamos dos familias completas y lo que recuerdo son los ventanales enormes y las cortinas blancas, casi transparentes, moviéndose con el viento y la brisa.

Me propuse escribir estos sueños por su recurrencia. Las últimas noches he vivido cada una de sus escenas y describirlas, confío, podrá darles forma y alejarlas. No son terroríficas. Lo que he contado, no se acerca en lo más mínimo a los episodios que culminan con el grito. Son sueños dolorosos porque duele, verdaderamente duele, no conocer el destino.

La vida se parece mucho a estos sueños. Entonces, es como una metáfora. Tenemos la certeza, cierta idea, pero nunca la claridad de que eso, lo planeado, ocurrirá. El destino, ese lugar que me gustaría descubrir en el sueño, depende de múltiples variables, quiebres, giros. Cada cruce, cada roce, es una posibilidad o, de igual manera, un tropiezo. En este momento, estoy por dejar la habitación, mi casa; los compromisos cortan la inspiración. Tomaré la avenida, esa encrucijada que no sé si podrá volverme. Arthur Schopenhauer tiene razón cuando dice: “El destino mezcla las cartas, y nosotros las
jugamos”.


No comprendo el hecho de que los hijos, una vez fallecidos los padres, desaten entre sí, incontables pleitos, demandas, acusaciones, etc. Y lo peor de todo es que la batalla es infinita como la guerra. Borges es contundente cuando se refiere a ésto: “Cuando los jugadores se hayan ido, / cuando el tiempo los haya consumido, / ciertamente no habrá cesado el rito”. Si se llega a un arreglo, siempre queda el resentido y aquél, que por supuesto, tomó ventaja. El poeta, Oscar David López, en su poema “Testamento” publicado en la revista Bitácora de vuelos (www.rdbitacoradevuelos.blogspot.mx), lo ilustra de la siguiente manera:

Y en la escena de la herencia
habrá un nuevo deceso por una silla
disputada entre dos tías

solteronas emputadísimas:
que a una por maquillar a la difunta,
que a otra por cambiarle los pañales.

Las dos muy altas, arregladas, dignas
abrillantándose los colmillos:
que el juego de té, el collar de rubíes, la cama

estilo Carlota y Maximiliano y demás enseres
para la tía Enriqueta y para la tía Dorotea, nada
porque nada es igual a sin muletas nadie anda.

[…]

Aunque el poema tiene otro trasfondo, lo que ocurre entre los familiares del fallecido/da es muy parecido al texto. Insisto en lo anterior porque aunque soy hija única, alguna vez pensé en aquellas cosas que mi padre me dejaría por herencia, claro, sin rivales, ni pleitos.

Cuando vivía en Quesería, siempre le pedí que me dejara la casa de la colonia. Una casa hermosa, de terreno basto, mucho espacio para sembrar árboles, mirarlos crecer y dieran sombra en el ocaso de mis días. Le insistí, pero las devaluaciones obligaron su venta. Después de ahí no pensé en herencias ni legados, sólo hasta hace un par de días que mi padre llegó con una maceta y en ella, un pequeño tallo de árbol de durazno.

No había reparado en los árboles que hay en casa, ahora en Torreón, hasta que tuvimos que forzar un espacio para plantarlo. Mi padre me ha regalado en los últimos años alrededor de cinco árboles que nos cubren con su sombra. La casa de la infancia estuvo siempre llena de árboles y ahora mi casa también lo está. Y es aquí donde me viene a la mente esto de las herencias.

Mis padres entonces, acaso sin pensarlo, le han apostado a otro tipo de legado. Árboles fuertes frente al sol, la lluvia, el día o la noche. “El árbol jamás duerme, dice Vicente Aleixandre, es una dura pierna de roble, un muslo que en la tierra se yergue como la erecta vida”. Veo crecer los árboles, mover sus ramas al tiempo que el viento agita bocanadas de polvo y calor, y creo en una vida que no sólo se llena los bolsillos con dinero y propiedades. Es otra la mirada, buscar algo más allá de uno mismo, más allá de ese doblez que nos representa en la avaricia, en la sinrazón, en la in/sospechada ceguera. Mientras, en cada uno de estos árboles, el brazo fuerte de mi padre, su corazón que resuena. Sí, eterno.