Mirar la noche


Retomamos las caminatas. Como no hay un parque cercano, optamos por caminar un par de cuadras a la redonda. Lo justo, para generar ese impulso necesario que evite que la sangre sea témpano, piedra, filo. La calle ha cambiado, las casas mismas son ahora construcciones de doble piso. También, el rostro de las personas es diferente. Tiene que ver con la edad, la partida de ese tiempo cuando había algo de inocencia en las miradas. Confiábamos más, dejábamos abiertas las puertas de la casa, como dejar abiertas las emociones.

Hay casas abandonadas, semidestruidas, infectadas por la hierba. Tienen su historia porque alguna vez estuvieron habitadas y hay ecos en sus paredes, hay trazos que asemejan un bosque, un mono de nieve, un gorila. Aquí vivieron dos niños me dice él y señala su altura en la pared de fondo. La imaginación es lámpara de luz muy potente. “Altura de...”, “Altura de...”. El mensaje se borra. Doblamos a la izquierda y hay una pequeña plaza: tres columpios. No hay niños. La noche es fría y el parque es otro eco: el de nuestros pasos.

Siempre me han dado horror los parques abandonados, el cúmulo de las risas, los gritos. Tampoco me parecen lugar para el amor. Para el amor, insisto, basta la cama. Me olvido del romance, lo que es una mentira. Soy romántica.

Seguimos avanzando y esta es quizá la vuelta cinco o diez. El tiempo es otro bajo la noche, es más corto, aunque tiene que ver con los instantes, la felicidad o la desdicha de los instantes; tiene que ver con la felicidad o el llanto derramados sobre las sábanas, la mesa, el cuarto de baño. Las luces de la casa están encendidas.

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