Libros



Diciembre me vuelve loca; además de las merecidas vacaciones académicas, es un mes en el que suelo recibir muchos libros. Mañosa que soy, dejo entrever en las conversaciones, los títulos que me interesan y suelo agregar otros más a la lista de intercambios. Añoro las tarjetas de regalo, porque además de libros, puedo cambiarlas por discos, etc.

No los abro. A diferencia del que rompe frenéticamente la envoltura de los obsequios, yo dejo que se acumulen en el escritorio. Me emociona esa pila que comienza a crecer y amenaza con derrumbarse. Me gusta terminar los libros que quedan pendientes e iniciar el año abriendo uno nuevo. Es el estado más alto de la felicidad, como también lo es, la primera taza de café. Es, de alguna manera, entrar con el pie derecho a la nueva aventura y al riesgo que representa: la del libro y la de la vida.

El problema reside en que no sé qué libro tomar. Todos me parecen atractivos, las portadas, las contraportadas, las primeras líneas. Con los libros me pasa esto, siempre, lo que nunca en un almacén de ropa. A esos lugares suelo llegar y dirigirme con la señorita encargada a quien doy santo y seña de lo que quiero. Por supuesto, lo tenga o no, salgo lo más rápido posible. Huyo como quien lleva en el bolso lo hurtado. Puedo, en cambio, pasar horas enteras en una tienda de discos y de películas; si pudiera me quedaría más tiempo, pero los horarios se cumplen y la noche llega y hace estragos en mis ojos.

Tengo delante de mí esa pila de libros a punto de desbordarse. Y tengo que elegir. Hay, por supuesto (lo descubriré mientras avanzo en la lectura) libros que convertirán a otros en algo grandioso o en algo minúsculo; libros como ciudades, esas a las que vuelvo cada vez o, aquellas otras, que simplemente omito de la geografía de la existencia.

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