Jugar a las cartas o volver a los sueños


No hace mucho hablé de los sueños. No me justifico, pero los sueños siguen. Hay, pues, muchas personas en mis sueños, personas en todas direcciones; van con prisa y nunca se detienen. Voy con esa multitud que, al igual que yo, no lleva un destino exacto. Todos se preguntan hacia dónde vamos y aún sin saber avanzamos, en grupo, hacia una dirección y hacia otra. No hay propósito, sólo caminar frenéticos. Avenidas atestadas de personas sin destino exacto o incluso perseguidas. Ah, la esquizofrenia, ese elemento tan importante en la novela American psycho (1991) de Bret Easton Ellis.

En otro sueño ¿acaso el mismo? subo al autobús, llevo una maleta pequeña, un bolso. Veo el rostro de los viajeros y entre éstos, hay personas conocidas o que creo conocer pero que no tengo la certeza si sean mis compañeros de trabajo, mis vecinos, los amigos de las fiestas, escritores, colegas del periódico, mi marido, mi padre, mi madre. En algún momento alguien dice que bajemos, el autobús lleva otro destino y no el nuestro. No estoy segura de bajar, pero lo hago, movida por la multitud, esa multitud desenfrenada. En todos los viajes siempre hay personas que quieren salir primero y apretujan, avientan. No obstante, todos, antes o después, cruzamos el umbral de la puerta.

Lo que es aún más extraño, se trata de esperar el autobús que efectivamente nos llevará a nuestro destino —sigo sin saber cuál es—, es que luego, quizá de girar el cuerpo, de reacomodar las almohadas, de escuchar lejanamente que Alfredo se levanta y camina hasta el dispensador de agua, es que camino por una calle estrecha. Conozco esa calle porque me muevo con naturalidad y reconozco fachadas y los rostros de los niños que juegan a esconderse detrás de los coches. Voy de paso, lo siento, y la calle no se acaba ni el sol que me enfrenta. Lo que sigue es confuso, la casa, su interior. Si reflexiono en la arquitectura de ésta, pienso en aquella junto al mar, donde mis primos y yo pasamos las vacaciones de verano. Íbamos dos familias completas y lo que recuerdo son los ventanales enormes y las cortinas blancas, casi transparentes, moviéndose con el viento y la brisa.

Me propuse escribir estos sueños por su recurrencia. Las últimas noches he vivido cada una de sus escenas y describirlas, confío, podrá darles forma y alejarlas. No son terroríficas. Lo que he contado, no se acerca en lo más mínimo a los episodios que culminan con el grito. Son sueños dolorosos porque duele, verdaderamente duele, no conocer el destino.

La vida se parece mucho a estos sueños. Entonces, es como una metáfora. Tenemos la certeza, cierta idea, pero nunca la claridad de que eso, lo planeado, ocurrirá. El destino, ese lugar que me gustaría descubrir en el sueño, depende de múltiples variables, quiebres, giros. Cada cruce, cada roce, es una posibilidad o, de igual manera, un tropiezo. En este momento, estoy por dejar la habitación, mi casa; los compromisos cortan la inspiración. Tomaré la avenida, esa encrucijada que no sé si podrá volverme. Arthur Schopenhauer tiene razón cuando dice: “El destino mezcla las cartas, y nosotros las
jugamos”.

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