Fuimos a ver esta película [1]. Sinopsis: Lou Clark (Emilia Clarke) es una entusiasta, ingenua y alegre veinteañera que jamás ha salido de su pueblo, y que debe buscar urgentemente un trabajo para mantener a su familia. En su camino se cruza Will Traynor (Sam Claflin), un exitoso hombre de negocios que también creció en este mismo pueblo, al que ha vuelto tras un accidente de coche que lo dejó impedido en una silla de ruedas.

Debido a su condición, este ex aventurero ha caído en una profunda amargura, por lo que cada vez más está decidido a suicidarse. El trabajo de Lou será cuidar a Will. Será entonces cuando la determinación, la dulzura y el optimismo de Lou harán que Will comprenda que la vida es algo que merece la pena vivir.

El tema, finalmente, es la eutanasia [2]. Qué difícil hablar de ella. Hasta el día, tema tabú, pero que finalmente es decisión de la persona y/o de la familia cuando no hay más alternativas. No sé si aferrarse a una vida que no puede ser ayude a sobrellevar una situación así, sin olvidar que la mayoría de las veces, las condiciones económicas son precarias. En la película, el protagonista y la familia de éste, tiene los medios para salir adelante, pero en México, por ejemplo, para la mayoría de las personas, no ocurre así.

¿Cuáles son las consecuencias de aferrarse? He visto algunos casos: la familia agotada, separada (siempre hay quien apoya y quien se niega a hacerlo) y los hijos, por supuesto, los más chicos, desprotegidos. No sé si yo tenga la fuerza necesaria para mirar a mi enfermo sufrir por tanto tiempo. Finalmente, sufrimos todos. Y esto más o menos ya lo habían dicho personalidades de la ciencia y de la cultura en el Manifiesto sobre la eutanasia: “Es inmoral, decían, tolerar o imponer el sufrimiento. Creemos en el valor y en la dignidad del individuo. Esto implica que se le trate con respeto y se le deje libre para poder decidir razonablemente sobre su propia suerte”, “es necesario proporcionar medios para morir dulcemente, fácilmente a aquellos que sufren un mal incurable o lesiones irremediables y han llegado al último estadio. Es cruel exigir que una persona sea mantenida en vida contra su voluntad”, “todo individuo tiene el derecho de vivir con dignidad y morir con dignidad” (The Humanist, julio 1974).

Vivir sujeta a un respirador, a esas mangueras que amenazan en todo momento por torcerse, recibir alimentos por vía enteral o parenteral (que no es en sí un tratamiento sino un medio para que el paciente soporte la enfermedad) no es lo que quiero para el final de mis días. Quiero mi cama, mi casa, el hombre que amo y mis gatos. No estoy tan en desacuerdo con la eutanasia. Tengo derecho a morir dignamente como mi familia de continuar sus vidas y la tranquilidad y la felicidad que el tiempo otorga. Tema muy filoso, pero que vale la pena reflexionar.

______
1. Yo antes de ti es un película de drama romántica británica dirigida por Thea Sharrock y escrita por Jojo Moyes. La película está basada en la novela de 2012 Yo antes de ti por Jojo Moyes. Protagonizan Emilia Clarke, Sam Claflin, Jenna Coleman, Charles Baile, Matthew Lewis, Ben Lloyd-Hughes y Janet McTeer.
2. Acto de provocar intencionadamente la muerte de una persona que padece una enfermedad incurable para evitar que sufra.

Comencé a leer la obra poética de Juan José Saer. Debo decir que es la primera vez que lo leo y estoy maravillada. En El arte de narrar, encuentro una poesía transparente, sincera, limpia. Agradezco estas tres virtudes. Y más cuando mucha de la poesía de ahora se ha ido por los caminos fáciles de lo confuso e incoherente. Vale la pena preguntarnos qué verdaderamente queremos comunicar.

Me han hecho llegar una buena cantidad de sus libros (poesía, narrativa y ensayo), cosa tremenda que agradezco. Hay tantos autores que son una joya y que están condenados a pasar desapercibidos. La tecnología ha hecho posible mi cercanía con este autor y con otros más que ya les iré contando. Si retrocedemos en el tiempo, esta reunión hubiese sido imposible, acaso la suerte de encontrarlo en los estantes más ocultos de alguna librería. La poesía parece estar condenada a la oscuridad y al polvo de estos espacios en los que importan más los libros de superación personal. Leo a Saer y la noche se vislumbra infinita.

***

Leí hasta que el sueño me venció. Hoy, vienen a mi memoria algunos de sus poemas breves. Comparto:

MOTIVOS

Gotas frías en hojas grises
y el viento con acero de mayo.
Con minucia, el otoño
perfora el corazón
del verano enterrado entre las hojas podridas.
En la reunión del fin y del comienzo
¿quién verá en ese ramo de otoños y veranos
la caída del agua, la tensa vibración
de la hoja, para decir después su resplandor
con qué palabra?
Clara madera en que la luz festeja
con destellos veloces la limpia destrucción.
El olor del café, denso como un abrazo,
en la casa quemada de amor,
roza al pato salvaje y a los duros limones
muertos en el fogón.
El que ve en las mañanas de mayo corromper
el otoño las uvas finales
tiembla y vacila.

CAMPOS QUEMADOS

El cabrilleo lento, y después de una inmóvil
fugacidad, el incendio, que prolonga,
en la noche cerrada, un crepúsculo
chisporroteante. Hay una franja móvil
de fuego bordada en el tejido
tenso del bastidor de la amplia oscuridad.
Gritos de pájaros enloquecidos, cenizas en el viento.
El alba ¿encontrará los rescoldos finales, o aquella
vieja amenaza que día y noche
nos acompaña
llegará hasta este mundo con su fuego irreal
para escribir, por fin, borrándonos, la ardiente profecía?

EL ARTE DE NARRAR

Llamamos libros
al sedimento oscuro de una explosión
que cegó, en la mañana del mundo,
los ojos y la mente y encaminó la mano
rápida, pura, a almacenar
recuerdos falsos
para memorias verdaderas.
Construcción
irrisoria, que horadan los ojos del que lee
buscando, ávidos, en el revés del tejido férreo,
lo que ya han visto y que no está.
Porque estas horas
de decepción, que alimenta la rosa
del porvenir donde la vieja rosa marchita
persevera, no quedarán
tampoco entre sus pétalos,
flor de niebla, olvido hecho de recuerdos retrógrados,
rosa real de lo narrado
que a la rosa gentil de los jardines del tiempo
disemina
y devora.

EL PASADO

Entré en esa región
de la luz, y desde donde estaba
parado, miré otra vez
los mismos pájaros, en el mismo
crepúsculo, rasando
los flecos verdes de la enamorada
del muro. Paredes todavía
más grises en la intemperie de luz
se repetían inmóviles en esa tarde
de domingo: hombres sólidos que cayeron
desmoronados, y esta mano
que grabó el ademán de la vida
sobre mil cuerpos que el tiempo comió.

VENUS Y ADONIS

Todo sudor, músculo, espuma,
el vaivén del abrazo
en sangre, carne, pelos: gritos,
garras —los ojos
vueltos, enteramente, hacia sí,
hasta un sin en sí, una
nada que irá siendo
como un aura que sube
de los cuerpos abandonados,
otra vez, y poco a poco,
esperanza o recuerdo.

CAFÉ Y MANZANAS

La taza blanca, nítida, nos saluda,
corola, sobre la mesa, abierta en el
presente que, de nuevo, floreció. Y el gusto,
ácido, de la carne otoñal,
sin nosotros, mezclado al del café,
seguiría estando
prisionero en su forma:
vidas frágiles y solidarias. Minuto,
rico, cuyo vaivén,
lleva y trae este mundo
en equilibrio sobre lo negro. Presente
rápido y sin fin que deposita,
en esta esquina del ser, el ser
entero hecho calor y delicia.

EL PÁJARO ANCIANO

Indemne, todavía, o, mejor, entero entre sus cicatrices, se adelanta siempre, por un segundo, milagrosamente, al rayo, para poder cantar, después, a una audiencia improbable, ya mudo o más bien ya todo voz, inconsolable, el incendio.

EN LA TUMBA DE SARTRE

Tu no ser es mi
estar
sentado en esta rumba, en una
siesta de abril, bajo un sol
tierno, y en un lugar al que le dicen
el mundo —el gran en sí
descubierto, a pleno cielo,
sin la luz que titila adentro,
y en el que esta otra luz, de lo que está
sentado y, provisoriamente, nombra y te
nombra, va pasando, indecisa y lenta,
para que rodo, para todos, por fin,
o para nadie, mejor, entero,
resplandezca. Hasta aquí se llega
por muchos
caminos.

EN AVIÓN

El viejo mar naranja que disipa
la niebla de la mañana
y las columnas de Hércules
como los dioses, hoy ausentes,
las veían.

RUIDOS DE AGUA

Nadie está, aunque parezca estar, en el mundo.
Como cuando en el agua lisa y resplandeciente
cae una piedra que llena el aire con su eco,
igual el todo, permanencia inmóvil,
se abre y se cierra con cada nudo, fugaz, de acaecer.
Ruidos de agua. Y silencio, después,
en un lugar arcaico y sin orillas.

Bonifacio Alfonso Gómez Fernández | Personajes y máscaras
Algo se aleja o nos aleja del cuerpo. Lo que no marcha bien, lo que cae de pronto, habitaciones vistas a través de telarañas. Es así la locura, una mancha a un costado del cerebro o cubriéndolo totalmente. Una transformación que desabotona la cordura y arroja la cabeza y el cuerpo a noches susurrantes. Aún con el influjo de la droga, la locura de pasillos giratorios, puertas hacia fechas cada vez más oscuras. Otra forma de locura: sonreír cuando se ha cerrado con llave la puerta. En la locura, se cumple la hora faltante o la hora excesiva. Calles, avenidas, plazas, jardines, bajo espectáculo sangriento. ¿Qué nos pertenece? Ellos, los que nadie atrapa, reflejarán sus gruesas máscaras en los espejos y nos despojarán de todo, a media calle, en los restaurantes, en las oficinas, los parques, las iglesias. Es así la locura: una mancha terrible a un costado del cerebro o cubriéndolo totalmente. Y ésta, la del mundo, brecha agigantada llena de serpientes.

§

Hay quien se ajusta a su máscara y va por el mundo alegre y festivo. Soy de esas personas. La máscara me hace sentir cómoda y orgullosa cuando por error o vanidad, me miro en los espejos. El paso de los años la ha modificado su apariencia; el color y los gestos no son los mismos. De esto, me doy cuenta por los viajes. En estos últimos meses he viajado a muchos lados, he conocido y hablado con muchas personas, he reído y en algún momento, llorado. Por supuesto, llevo conmigo esta máscara. Sí, me da seguridad, firmeza aún en los momentos imprecisos. La máscara también disimula la desviación de mi ojo izquierdo y por ello, su dificultad para mirar en la distancia. Hablo de los libros que publico a veces y cómo estos, buenos o malos, se han multiplicado. Me acerco, a veces demasiado, porque creo que lo escrito en las páginas de los libros puede parecerse a la vida de cualquier persona: días, meses, años punzantes o dichosos en igual, menor o mayor proporción. La máscara que porto es buena, no burda ni horripilante como aquella que se usa para robar, engañar, asesinar. Miren el resplandor de la sonrisa.

§

Volver sobre los libros escritos tiene mucho que ver con aquellos paisajes que fueron espejismo y color intenso. O bien, que implicaron algún tipo de fractura. Volver sobre esas páginas es vagabundear una ciudad que, aún conocida, resulta ajena; detenerse frente a líneas que no deberían de existir, o que en el milagro, resultan memorables. Lo anterior es lo que justifica mi retorno a las páginas escritas. Mientras leo encuentro expresiones anticuadas y repetitivas; otras, luminosas como esos ríos que desencadenan remolinos. Frente al espejo coincido con una adolescente de gestos cordiales y a veces contradictorios; vivía el amor y el desamor. Recorro esas páginas y no sé si han creado (me refiero al lector) un paraíso para la persona solitaria y confundida. No comprendo aún el afán por decir lo que el mapa de los destinos traza delante de mis ojos. Me parece imposible que la escritura parta de la tranquilidad de los días felices, pero sin duda, es lo que ocurre ahora. Hay, no obstante, varias certezas en todo esto:
a) Detrás de mi escritura, no hay preferencias políticas, ni de grupos, ni siquiera pretende llamar la atención.
b) La escritura es motín de argumentos sólidos. Los malabarismos que derivan de la Ley del Talión (palabra latina “talis” o “tale” que significa idéntica o semejante, de modo que no se refiere a una pena equivalente sino a una pena idéntica), reclaman de manera burda lo que nos ha sido arrebatado de tal manera. La escritura no corta de tajo los caminos de la reconciliación.
c) ¿Confiar a los aparatos gubernamentales el trabajo artístico (si podemos llamar así a esas breves y oscuras manifestaciones)? Los trucos para llegar al lector son infinitos. El internet no deja de ser una gran revolución.
d) La escritura no es capricho. En un trabajo que requiere doble jornada. Entonces, ahora sí, retribuir el trabajo del artista, dignificarlo.
Volver sobre los libros escritos tiene mucho que ver con aquellos paisajes que fueron espejismo y color intenso. Hablo de entramar este concepto de la vida.


Texto publicado originalmente en El comentario semanal, suplemento cultural de la Universidad de Colima y CultoGrama, prensa cultura.

Nochixtlán, Oaxaca, México
En el 2014 salió a la luz mi libro de poemas Visiones de la patria muerta (Ediciones El humo, Col. Ojo cautivo). Comparto aquí el primer poema y al final, hay un enlace para descargar la publicación en formato PDF. Me uno a esta patria profundamente dolida; a Nochixtlán, Oaxaca, zona de enfrentamientos, muertes e injusticia.

1

 “Casi todo el mundo está alterado, y en la alteración el hombre pierde su atributo más esencial: la posibilidad de meditar, de recogerse dentro de sí mismo para ponerse consigo mismo de acuerdo y precisarse qué es lo que cree; lo que de verdad estima y lo que de verdad detesta. La alteración le obnubila, le ciega, le obliga a actuar mecánicamente en un frenético sonambulismo”. José Ortega y Gasset. El hombre y la gente

¿Quién pinta los colores de la infancia?
       (Del lat. Infantia)
       1. f. Periodo de la vida de una persona desde que nace hasta la pubertad.
       2. f. Conjunto de los niños de tal edad.
       3. f. Primer estado de una cosa después de su nacimiento o fundación

La niñera se va a Sayulita,
un pueblo de la costa mexicana
del pacífico

La boca del descorazonado
del sonámbulo babea

Babea odio
Babea sangre

Ataca al niño
lo arroja a la piscina

Caen lágrimas
sobre el espejo
de la descomposición.


Descargar libro Visiones de la patria muerta a través de Dropbox.



Silencio. El silencio del que nos habla Xavier Villaurrutia en el poema “Nocturno en que nada se oye”. Luego, la detonación: una ráfaga, otra, otra; ráfagas atronadoras. El silencio. La camioneta, la estridencia de las llantas. Retrocedí para no ver. Escucho. El ronroneo áspero de la camioneta y el auto, detenido de golpe. ¡Bájate, bájate cabrón, bájate…! Gritos, gritos, gritos. Silencio. La ráfaga y el sonido titilante de los casquillos. El sonido. Desde afuera, la escena parece breve. El miedo, sin embargo, alarga los segundos. Una vez más las voces; el golpe de ambas puertas, primero una, luego, la otra; el motor retumbando de la camioneta, la huida. Exijo a mis pies. El coche, el cuerpo del hombre. Mis pies son de hule. Sangre. Silencio.

§

Bajo sábanas de una habitación cualquiera o de cara al cielo infinito, el hombre o la mujer o el niño emprende la marcha hacia el sueño. En el trayecto, las imágenes de lo vivido y lo no vivido, se levantan sobre su cabeza, sobre su alma. Una vez cruzado el umbral, luz y oscuridad sobre las aguas del río inconexo. Los ascensores de los edificios tienen mucho que ver con ese umbral y la sucesión de imágenes. ¿Surgen también dentro del sueño? Puertas abren y cierran de manera intermitente pasillos, laberintos, catástrofes. ¿Si tomara, acaso por equivocación, uno de esos laberintos, cambiaría el destino? ¿Si mi destino se abriera en otra puerta? El hombre o la mujer o el niño, movidos por el impulso, abren los ojos. Reconocen la habitación, la casa, la ventana, el cielo azul, infinito. Esta vez, reconocen. Otros, deambulan eternamente.

§

El porvenir es un fantasma o un espejismo. La vida, en cambio, brinda certeza y bajo la niebla se distinguen formas, claridades. El hombre, sin embargo, camina sin mirar verdaderamente. Ajeno al estremecimiento de las hojas de los árboles, a la presencia deseada o no, al grito estridente como la escalera de un final sumergido, reconoce las orillas perdidas. Está lejos de asociar su existencia al sonido de las máquinas, los cláxones, la sirena de las ambulancias. La vida es un andar por que sí. El hombre por fin tiene tiempo. [Pausa]. Se levanta como puede, un esfuerzo entero llevar consigo la vida para mirar por la ventana árboles frondosos o de copas desnudas. [Pausa]. Su gesto se vuelve amable, y su discurso, la humedad de un bosque. [Pausa]. La humedad del bosque.

§

Tiene razón Italo Calvino, al decir que las historias como la vida, están marcadas por “cruces de camino”, donde se difuminan para dar paso a hechos diversos con personajes distintos. En su libro Seis propuestas para el próximo milenio (Editorial Siruela, 2001), recupera un ejemplo primero en la versión de Petrarca [1304-1374], para continuar con las transcripciones de Barbey d'Aurevilly [1808-1889] y la de él mismo. La historia en cuestión hace referencia a la ciudad de Aquisgrán, la ciudad más occidental de Alemania y al emperador Carlos, el de la barba florida, de quien asegura, se forjan numerosas leyendas:

a)

“En cierta ocasión vio pasar Carlos junto a él a una hermosa dama de irresistible y extraño atractivo. Prendado el Emperador, bien pronto llegó a olvidar el reino, la corte y aun su propia persona, absorto en el amor de la bella. Mas la señora cayó enferma; agravóse su dolencia, y murió. Los cortesanos y consejeros de Carlos no disimulaban su alegría pensando que el Monarca, curado de su locura, volvería en breve a sus egregias y arduas ocupaciones. Vano fue su regocijo, pues Carlos, más y más entregado a su insólita pasión, permanecía largas horas junto al cadáver, acariciando las gélidas manos y contemplando el impasible rostro de la muerta, cuya belleza comenzaba ya a ser mancillada por implacable corrupción.
Acongojados, los cortesanos recurrieron al arzobispo Turpín, que, tras estudiar con detenimiento el asunto, concluyó que en todo aquello tenía que haber magia de la más negra. Examinaron el cadáver, y efectivamente: en la boca encontraron un extraño anillo. Lo extrajeron y al momento cesó el encanto. Carlos ordenó que se diera sepultura a los tristes restos de la dama, y con ellos quedó sepultada, igualmente, su pasión.
Más no paró aquí la cosa. Desde aquel momento comenzó el Emperador a manifestar tan intempestiva afición a Turpín, que el buen arzobispo optó por desprenderse del anillo, y cierto día lo arrojó a un profundo lago que se encontraba en las proximidades de Aquisgrán. Al momento, Carlomagno depuso su cariñosa inclinación hacia el esquivo Turpín. Sus afectos se concentraron en el lugar que rodeaba el lago; hasta el punto, que desde entonces mostró una decidida preferencia por Aquisgrán, y en esta bella ciudad deseo vivir y morir”.

b)

“Ya viejo, Carlomagno se enamoró de una joven alemana, y sumió en la preocupación a sus nobles y cortesanos puesto que olvidaba los asuntos del Imperio. Como la muchacha muriera de repente, los dignatarios se sintieron aliviados, aunque por poco tiempo, ya que el emperador, cuyo amor no había quedado interrumpido con la muerte, se llevó el cadáver embalsamado a sus aposentos, sin querer separarse de él. El famoso arzobispo Turpín, asustado como los demás dirigentes, sospechó un encantamiento, por lo que se dispuso a examinar el cadáver. Y, en efecto, encontró un anillo con una piedra preciosa debajo de la lengua de la fallecida. Cuando vio el anillo en manos de Turpín, Carlomagno dio sepultura al cadáver y volcó su amor en la figura del arzobispo. Para evitar la embarazosa situación, Turpín arrojó el anillo al lago Constanza. Entonces Carlomagno se enamoró del lago y no quiso ya abandonar sus riberas”.

c)

“El emperador Carlomagno se enamoró, siendo ya viejo, de una muchacha alemana. Los nobles de la corte estaban muy preocupados porque el soberano, poseído de ardor amoroso y olvidado de la dignidad real, descuidaba los asuntos del imperio. Cuando la muchacha murió repentinamente, los mandatarios respiraron aliviados, pero por poco tiempo, porque el amor de Carlomagno no había muerto con ella. El emperador, que había hecho llevar a su aposento el cadáver embalsamado, no quería separarse de él. El arzobispo Turpín, asustado de esta macabra pasión, sospechó un encantamiento y quiso examinar el cadáver. Escondido debajo de la lengua muerta, encontró un anillo con una piedra preciosa. No bien el anillo estuvo en manos de Turpín, Carlomagno se apresuró a dar sepultura al cadáver y volcó su amor en la persona del arzobispo. Para escapar de la embarazosa situación, Turpín arrojó el anillo al lago de Constanza. Carlomagno se enamoró del lago de Constanza y no quiso alejarse nunca más de sus orillas”.

Más allá de otras historias escritas por Sebastiano Erizzo, Giuseppe Betussi o Gastón Paris, el argumento es el mismo: Carlomagno enamorado de una joven, la muerte repentina de ésta, el cadáver embalsamado, el anillo bajo la lengua, un amor homosexual y por último el anillo arrojado al lago. No obstante, es a la vez uno distinto, donde la mujer de quien el emperador se enamora bien puede ser su esposa, una ninfa, “o una mujer que parece viva y al quitarle el anillo resulta un cadáver”. Comenzamos otra historia.


Ilustración de Johann Heinrich Füssli


Texto publicado originalmente en El comentario semanal, suplemento cultural de la Universidad de Colima y CultoGrama, prensa cultura.



En El libro de los abrazos (Siglo XXI, 1993) Eduardo Galeano escribe lo siguiente: “No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fueron bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende”.
Pero qué difícil. Y más si se coincide con personas que prefieren estar en el otro extremo. Están lejos, por ejemplo, de la reunión familiar, el diálogo sobre la mesa, la sala o bajo los árboles y aquellos secretos que pululan entre las hojas.
A estas personas se les hace tarde para huir con la orfandad quemándoles los huesos. Les salta el coraje de no sé qué por la nariz, la boca. Los poros se les llenan de ácido y revientan. Si una mujer habla, por ejemplo, la agresividad de éstas salta con la certeza de quien lleva un cuchillo en la mano. No caben en el libro de Galeano. ¿Vivir así? Preferible la luz en la extensión de los asombros.

§

¿Nacimos para matarnos? Dos ejemplos fundamentales: Sylvia Plath y Alejandra Pizarnik. En ambas, la combinación perfecta de lenguaje y alucinación. Si nos ponemos curiosos, la lista de suicidas es interminable, como libros, cuentos, poemas, etc.
Vienen a mi memoria tres poemas en particular: “Veo vivir mi oscuridad. / La veo hasta el fondo: / aún allí es mía y vive” (Paul Celan); “El aire tenso y musical espera; / y eleva y fija la creciente esfera, / sonora, una mañana: / la forman ondas que juntó un sonido, / como en la flor y enjambre del oído / misteriosa campana” (Jorge Cuesta); “En contra tuya volaré con mi cuerpo invencible e inamovible, ¡oh muerte!” (Virginia Woolf).
Kafka, en cambio, con absoluta ironía, insistirá en la felicidad: “No estén tristes, ya que existen la naturaleza, la libertad, Goethe, Schiller, Shakespeare, las flores, los insectos, etc”. La tarde es un sinfín de preguntas y respuestas que se encienden y se apagan. La realidad nos somete. Así nos ahogamos, así partimos.

§

Tal vez uno espera que el estado natural de la vida sean los acuerdos. Esa sensación de haber llegado a algún lugar. No obstante, como parte de los itinerarios del hombre, están las rutas del propio beneficio. Esto no es algo nuevo. La historia general aborda esta disputa.
Parte de un instinto natural, la lucha se repite en casa, en la oficina, en las filas de los supermercados, por ejemplo. Todas las cosas del mundo, son tentadoras y las del espíritu, son simples travesías. De ahí, que el hombre busque todo lo necesario para estar en contacto con las primeras. Esto, en el plano personal.
El problema radica cuando se aplica en las decisiones que moverán a un país. Entonces las ideas flotan en el aire como mariposas y las ideas toman forma, sugieren un color, una intención. Y en el éxtasis, el hombre vuelve a su antiguo instinto. Firmará o hablará a favor de, pero cuando se le otorgue alguna comodidad para su propia destreza. El hombre se acostumbra rápido a esta forma de llenar papeles que sólo dicen otra cosa de su oficio. Entonces ¿a quién otorgarle el poder? ¿a quien evita a toda costa mirar sus atrocidades? Definitivamente no.



Texto publicado originalmente en El comentario semanal, suplemento cultural de la Universidad de Colima y CultoGrama, prensa cultura.



1

Sólo la tierra sabe verdaderamente por qué se estremece. Infinidad de estudios justifican el suceso, sin embargo, para muchos (me incluyo en ellos) sigue siendo un misterio. Quienes nacimos en una región sísmica, conocemos de manera perfecta, lo que es sentir bajo nuestros pies, un movimiento telúrico. Y aún, cuando se vive en una región totalmente ajena, queda la costumbre de levantarse a la mínima sensación de convulsión. El cerebro y el cuerpo fueron programados para actuar de manera automática y llevar los pies al ras del suelo (levantar un pie y luego el otro, te deja en el mismo lugar). Movimiento oscilatorio o trepidatorio, su intensidad determina el lugar para resistir: bajo la mesa, un escritorio, el patio de la casa. Hay quien dice que los lugares menos vulnerables, son las escaleras o las dalas, esas barras horizontales de concreto con estructura interna de acero reforzado que, junto con los castillos, sostienen las construcciones. Son muchas las formas de resistir: de pie o de rodillas como mi madre, en medio de cualquier parte, con los brazos al cielo e invocando a un dios que pocas veces escucha. Hay quien no resiste. Compañeras de la escuela y del trabajo caían fulminadas en brazos o en la tierra misma. Caían casas, recintos antiguos, la vida quedaba en escombros. Lo que aprendí del sismo (no de la muerte), lo tuve que desechar en esta ciudad de ráfagas de arena. Dejo de estar alerta. Qué caso tiene. La palabra sismo se desvanece entre los titulares de los periódicos.

2

Pienso en un mundo habitado por el agua, mucho antes de la creación, cuando el ser que lo verá todo, lo sabrá todo, lo dirá todo, aún no existía. Podemos decir, entonces, que de esta misma agua, pero muchos siglos después, nacieron infinidad de seres. Dios, por supuesto, también nació del agua. El hombre, que luego crearía su primera fogata, su primera ciudad, su primera guerra, como lo escribe Fermín Petri Pardo, también surgió de ésta. El hombre dijo llamarse Uno y a sus hijos los bautizó con el nombre de Dos, Tres, Cuatro y Cinco. Con su segunda esposa, nacieron Seis, Siete y Ocho. No cabe en este brevísimo ensayo, explicar cómo estos primeros personajes-números, se multiplicaron infinitamente. Lo que sí es válido, es referirme al hombre que en pleno siglo XXI y con el mayor avance tecnológico, deja de lado la hoja garabateada y mira su reloj pulsera. A la pregunta expresa por parte de uno de sus alumnos ¿pudiéramos existir sin números? responde con un no categórico y, sentado a la mesa, las noticias en el televisor, defiende de manera escrita su postura. Lo que ahora se llama lento, rápido, largo, corto, divisible o extenso, el sueño, el amor, el placer, el sexo, la fascinación y las medidas perfectas 90, 60, 90 de la mujer; los 21 centímetros de largo y 17 de circunferencia del miembro masculino, serían como en el principio: agua, nada. La luz, la fortuna y la eternidad (Dios y el diablo ¿cómo contarán los pecados, las vergüenzas, las infidelidades?) tampoco estarían a nuestro alcance. ¿Qué quedará del mundo luego de los genocidios, las enfermedades, los crímenes, la explotación de recursos naturales? ¿Qué quedará de nosotros, arrebatados también los números?  El hombre mira la hora en su reloj pulsera y pone punto final. Lo demás (eso que ya suprime, rompe, quema) es definitivamente innecesario. Se levanta, se ajusta el abrigo, toma las llaves y cierra la puerta. Aparecen la noche y sus estrellas palpitantes.

Texto publicado en CultoGrama | Prensa cultural


La chica de arriba no soy yo, pero de alguna manera, refleja la situación en la que me encuentro. Tengo la idea de lo que quiero escribir: la soledad y el tiempo, pero estoy atorada. El momento que paso ahora es de esos desesperantes donde las ideas están en contra y lo que sucede, luego de escribir tres o cuatro renglones, es el hundimiento. Borro lo escrito y aunque no lo crean esto me frustra. Hace poco, borré un libro completo de poesía y fue como quedar a media calle, desamparada, perdida; como si de pronto, perdiera mi familia. Escribir, borrar.

Busco conjurar el mal hechizo con alguna lectura; lectura por supuesto, que me haga pensar en el tema clavado en medio del pecho. Paso una hoja y otra, y el tema está ahí, pero muy lejos. Mi pensamiento brinca de aquí para allá. Dentro de él hay ruido. Imágenes que lo alteran y quizá tenga que ver con haber llegado a casa luego de una jornada larga de trámites. Existir implica papeleo aquí y allá. Hablo de las cosas que desvían la inspiración, ese estar "a punto de". Observar no para escribir, sino para existir. Y existir apenas. Me doy cuenta que la creación no se lleva con el mundo burocrático de ahora. Pero, quitando la burocracia, ¿quién se lleva bien con el mundo? Leamos los periódicos, escuchemos y veamos las noticias. Hay dolor. ¿Qué está por suceder? ¿A qué nos han condenado?

La creación tampoco debería llevarse bien con el caos; la poesía, por ejemplo, no debería surgir de este caer en pedazos sino de la contemplación de los paisajes, la dicha y la maravilla de la vida. Pero, en otro escenario, la poesía denuncia, sacude, altera, reconfigura. Desde el alma, desde la raíz. La poesía salva y tal vez, si todos leyéramos y escribiéramos poesía (o cualquier cosa, un diario por ejemplo, o simple y sencillamente, escribir de lo que ahoga, lo que quiebra o revienta de emoción) no odiaríamos, no pelearíamos, no haríamos la guerra. Lo digo de otro modo: la escritura, sana y salva.

Voy a intentar retomar el texto que comencé hace un par de horas. El sonido del teclado (mis dedos aplican demasiada fuerza como si escribiera en aquellas máquinas Olivetti) me tranquiliza. Estoy más perceptiva, me siento cómoda mientras recupero la respiración, el cauce de los pensamientos. Me dejo llevar.