Otras pausas


Silencio. El silencio del que nos habla Xavier Villaurrutia en el poema “Nocturno en que nada se oye”. Luego, la detonación: una ráfaga, otra, otra; ráfagas atronadoras. El silencio. La camioneta, la estridencia de las llantas. Retrocedí para no ver. Escucho. El ronroneo áspero de la camioneta y el auto, detenido de golpe. ¡Bájate, bájate cabrón, bájate…! Gritos, gritos, gritos. Silencio. La ráfaga y el sonido titilante de los casquillos. El sonido. Desde afuera, la escena parece breve. El miedo, sin embargo, alarga los segundos. Una vez más las voces; el golpe de ambas puertas, primero una, luego, la otra; el motor retumbando de la camioneta, la huida. Exijo a mis pies. El coche, el cuerpo del hombre. Mis pies son de hule. Sangre. Silencio.

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Bajo sábanas de una habitación cualquiera o de cara al cielo infinito, el hombre o la mujer o el niño emprende la marcha hacia el sueño. En el trayecto, las imágenes de lo vivido y lo no vivido, se levantan sobre su cabeza, sobre su alma. Una vez cruzado el umbral, luz y oscuridad sobre las aguas del río inconexo. Los ascensores de los edificios tienen mucho que ver con ese umbral y la sucesión de imágenes. ¿Surgen también dentro del sueño? Puertas abren y cierran de manera intermitente pasillos, laberintos, catástrofes. ¿Si tomara, acaso por equivocación, uno de esos laberintos, cambiaría el destino? ¿Si mi destino se abriera en otra puerta? El hombre o la mujer o el niño, movidos por el impulso, abren los ojos. Reconocen la habitación, la casa, la ventana, el cielo azul, infinito. Esta vez, reconocen. Otros, deambulan eternamente.

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El porvenir es un fantasma o un espejismo. La vida, en cambio, brinda certeza y bajo la niebla se distinguen formas, claridades. El hombre, sin embargo, camina sin mirar verdaderamente. Ajeno al estremecimiento de las hojas de los árboles, a la presencia deseada o no, al grito estridente como la escalera de un final sumergido, reconoce las orillas perdidas. Está lejos de asociar su existencia al sonido de las máquinas, los cláxones, la sirena de las ambulancias. La vida es un andar por que sí. El hombre por fin tiene tiempo. [Pausa]. Se levanta como puede, un esfuerzo entero llevar consigo la vida para mirar por la ventana árboles frondosos o de copas desnudas. [Pausa]. Su gesto se vuelve amable, y su discurso, la humedad de un bosque. [Pausa]. La humedad del bosque.

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Tiene razón Italo Calvino, al decir que las historias como la vida, están marcadas por “cruces de camino”, donde se difuminan para dar paso a hechos diversos con personajes distintos. En su libro Seis propuestas para el próximo milenio (Editorial Siruela, 2001), recupera un ejemplo primero en la versión de Petrarca [1304-1374], para continuar con las transcripciones de Barbey d'Aurevilly [1808-1889] y la de él mismo. La historia en cuestión hace referencia a la ciudad de Aquisgrán, la ciudad más occidental de Alemania y al emperador Carlos, el de la barba florida, de quien asegura, se forjan numerosas leyendas:

a)

“En cierta ocasión vio pasar Carlos junto a él a una hermosa dama de irresistible y extraño atractivo. Prendado el Emperador, bien pronto llegó a olvidar el reino, la corte y aun su propia persona, absorto en el amor de la bella. Mas la señora cayó enferma; agravóse su dolencia, y murió. Los cortesanos y consejeros de Carlos no disimulaban su alegría pensando que el Monarca, curado de su locura, volvería en breve a sus egregias y arduas ocupaciones. Vano fue su regocijo, pues Carlos, más y más entregado a su insólita pasión, permanecía largas horas junto al cadáver, acariciando las gélidas manos y contemplando el impasible rostro de la muerta, cuya belleza comenzaba ya a ser mancillada por implacable corrupción.
Acongojados, los cortesanos recurrieron al arzobispo Turpín, que, tras estudiar con detenimiento el asunto, concluyó que en todo aquello tenía que haber magia de la más negra. Examinaron el cadáver, y efectivamente: en la boca encontraron un extraño anillo. Lo extrajeron y al momento cesó el encanto. Carlos ordenó que se diera sepultura a los tristes restos de la dama, y con ellos quedó sepultada, igualmente, su pasión.
Más no paró aquí la cosa. Desde aquel momento comenzó el Emperador a manifestar tan intempestiva afición a Turpín, que el buen arzobispo optó por desprenderse del anillo, y cierto día lo arrojó a un profundo lago que se encontraba en las proximidades de Aquisgrán. Al momento, Carlomagno depuso su cariñosa inclinación hacia el esquivo Turpín. Sus afectos se concentraron en el lugar que rodeaba el lago; hasta el punto, que desde entonces mostró una decidida preferencia por Aquisgrán, y en esta bella ciudad deseo vivir y morir”.

b)

“Ya viejo, Carlomagno se enamoró de una joven alemana, y sumió en la preocupación a sus nobles y cortesanos puesto que olvidaba los asuntos del Imperio. Como la muchacha muriera de repente, los dignatarios se sintieron aliviados, aunque por poco tiempo, ya que el emperador, cuyo amor no había quedado interrumpido con la muerte, se llevó el cadáver embalsamado a sus aposentos, sin querer separarse de él. El famoso arzobispo Turpín, asustado como los demás dirigentes, sospechó un encantamiento, por lo que se dispuso a examinar el cadáver. Y, en efecto, encontró un anillo con una piedra preciosa debajo de la lengua de la fallecida. Cuando vio el anillo en manos de Turpín, Carlomagno dio sepultura al cadáver y volcó su amor en la figura del arzobispo. Para evitar la embarazosa situación, Turpín arrojó el anillo al lago Constanza. Entonces Carlomagno se enamoró del lago y no quiso ya abandonar sus riberas”.

c)

“El emperador Carlomagno se enamoró, siendo ya viejo, de una muchacha alemana. Los nobles de la corte estaban muy preocupados porque el soberano, poseído de ardor amoroso y olvidado de la dignidad real, descuidaba los asuntos del imperio. Cuando la muchacha murió repentinamente, los mandatarios respiraron aliviados, pero por poco tiempo, porque el amor de Carlomagno no había muerto con ella. El emperador, que había hecho llevar a su aposento el cadáver embalsamado, no quería separarse de él. El arzobispo Turpín, asustado de esta macabra pasión, sospechó un encantamiento y quiso examinar el cadáver. Escondido debajo de la lengua muerta, encontró un anillo con una piedra preciosa. No bien el anillo estuvo en manos de Turpín, Carlomagno se apresuró a dar sepultura al cadáver y volcó su amor en la persona del arzobispo. Para escapar de la embarazosa situación, Turpín arrojó el anillo al lago de Constanza. Carlomagno se enamoró del lago de Constanza y no quiso alejarse nunca más de sus orillas”.

Más allá de otras historias escritas por Sebastiano Erizzo, Giuseppe Betussi o Gastón Paris, el argumento es el mismo: Carlomagno enamorado de una joven, la muerte repentina de ésta, el cadáver embalsamado, el anillo bajo la lengua, un amor homosexual y por último el anillo arrojado al lago. No obstante, es a la vez uno distinto, donde la mujer de quien el emperador se enamora bien puede ser su esposa, una ninfa, “o una mujer que parece viva y al quitarle el anillo resulta un cadáver”. Comenzamos otra historia.


Ilustración de Johann Heinrich Füssli


Texto publicado originalmente en El comentario semanal, suplemento cultural de la Universidad de Colima y CultoGrama, prensa cultura.


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