Posturas que se repiten

Bonifacio Alfonso Gómez Fernández | Personajes y máscaras
Algo se aleja o nos aleja del cuerpo. Lo que no marcha bien, lo que cae de pronto, habitaciones vistas a través de telarañas. Es así la locura, una mancha a un costado del cerebro o cubriéndolo totalmente. Una transformación que desabotona la cordura y arroja la cabeza y el cuerpo a noches susurrantes. Aún con el influjo de la droga, la locura de pasillos giratorios, puertas hacia fechas cada vez más oscuras. Otra forma de locura: sonreír cuando se ha cerrado con llave la puerta. En la locura, se cumple la hora faltante o la hora excesiva. Calles, avenidas, plazas, jardines, bajo espectáculo sangriento. ¿Qué nos pertenece? Ellos, los que nadie atrapa, reflejarán sus gruesas máscaras en los espejos y nos despojarán de todo, a media calle, en los restaurantes, en las oficinas, los parques, las iglesias. Es así la locura: una mancha terrible a un costado del cerebro o cubriéndolo totalmente. Y ésta, la del mundo, brecha agigantada llena de serpientes.

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Hay quien se ajusta a su máscara y va por el mundo alegre y festivo. Soy de esas personas. La máscara me hace sentir cómoda y orgullosa cuando por error o vanidad, me miro en los espejos. El paso de los años la ha modificado su apariencia; el color y los gestos no son los mismos. De esto, me doy cuenta por los viajes. En estos últimos meses he viajado a muchos lados, he conocido y hablado con muchas personas, he reído y en algún momento, llorado. Por supuesto, llevo conmigo esta máscara. Sí, me da seguridad, firmeza aún en los momentos imprecisos. La máscara también disimula la desviación de mi ojo izquierdo y por ello, su dificultad para mirar en la distancia. Hablo de los libros que publico a veces y cómo estos, buenos o malos, se han multiplicado. Me acerco, a veces demasiado, porque creo que lo escrito en las páginas de los libros puede parecerse a la vida de cualquier persona: días, meses, años punzantes o dichosos en igual, menor o mayor proporción. La máscara que porto es buena, no burda ni horripilante como aquella que se usa para robar, engañar, asesinar. Miren el resplandor de la sonrisa.

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Volver sobre los libros escritos tiene mucho que ver con aquellos paisajes que fueron espejismo y color intenso. O bien, que implicaron algún tipo de fractura. Volver sobre esas páginas es vagabundear una ciudad que, aún conocida, resulta ajena; detenerse frente a líneas que no deberían de existir, o que en el milagro, resultan memorables. Lo anterior es lo que justifica mi retorno a las páginas escritas. Mientras leo encuentro expresiones anticuadas y repetitivas; otras, luminosas como esos ríos que desencadenan remolinos. Frente al espejo coincido con una adolescente de gestos cordiales y a veces contradictorios; vivía el amor y el desamor. Recorro esas páginas y no sé si han creado (me refiero al lector) un paraíso para la persona solitaria y confundida. No comprendo aún el afán por decir lo que el mapa de los destinos traza delante de mis ojos. Me parece imposible que la escritura parta de la tranquilidad de los días felices, pero sin duda, es lo que ocurre ahora. Hay, no obstante, varias certezas en todo esto:
a) Detrás de mi escritura, no hay preferencias políticas, ni de grupos, ni siquiera pretende llamar la atención.
b) La escritura es motín de argumentos sólidos. Los malabarismos que derivan de la Ley del Talión (palabra latina “talis” o “tale” que significa idéntica o semejante, de modo que no se refiere a una pena equivalente sino a una pena idéntica), reclaman de manera burda lo que nos ha sido arrebatado de tal manera. La escritura no corta de tajo los caminos de la reconciliación.
c) ¿Confiar a los aparatos gubernamentales el trabajo artístico (si podemos llamar así a esas breves y oscuras manifestaciones)? Los trucos para llegar al lector son infinitos. El internet no deja de ser una gran revolución.
d) La escritura no es capricho. En un trabajo que requiere doble jornada. Entonces, ahora sí, retribuir el trabajo del artista, dignificarlo.
Volver sobre los libros escritos tiene mucho que ver con aquellos paisajes que fueron espejismo y color intenso. Hablo de entramar este concepto de la vida.


Texto publicado originalmente en El comentario semanal, suplemento cultural de la Universidad de Colima y CultoGrama, prensa cultura.

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