Tuve en la infancia algunas mascotas. Un perico verde que duró alrededor de veinte años y un par de tortugas que no llegaron a adultas. Lo que quiero decir es que las mascotas acuáticas siempre tienen un desenlace fatal. No es por negligencia, porque el cuidado, la limpieza, el alimento, son responsabilidades que nunca dejo pasar por alto. Para ciertas cosas me falta ese poder mágico de la buena suerte. Bien dicen que la suerte es caprichosa.

Y lo que acabo de decir me recuerda este libro maravilloso de Pio Baroja Los caprichos de la suerte (Espasa). En la tercera parte de la novela, Julia y Gloria (nombre último que Baroja dio al personaje, en detrimento del original, Flora) discuten sobre la suerte que buena o mala es cosa fatal en las personas. Elorrio (protagonista y trasunto de Baroja) es un hombre de mala suerte, frente a Escalante (pintor de origen enigmático, que se dedica a vender objetos de arte por cuenta de otros). Abel Escalante, sí era un conquistador. En el relato de Baroja, tenía físico y también arte para interesar a las mujeres.

Lo que me pasa a mí y no sólo con las mascotas, también con las plantas, es mala suerte, y por ello, cosa doblemente fatal. Mi madre, sin esforzarse mucho, es decir, basta su dedo en la tierra húmeda, para que, al poco tiempo y con escasos cuidados, broten nuevos tallos. Yo en cambio, debo esforzarme, incluso en el sueño, porque en él hay una tortuga en la palma de mi mano derecha. Es grande y graciosa; cuando le digo que se esconda, ella mete cabeza y patas a su caparazón. Nos entendemos, así de simple.

¿Cómo llegó a mi mano? No lo sé. El sitio en que estamos (la tortuga y yo), es semejante a los balnearios que conocí de niña. Tengo la sensación de esa agua que los niños agitan en las albercas y el calor típico de El paraíso, playa que visitábamos en vacaciones de verano. Pero las escenas son desplazadas por otras que suceden demasiado rápido: una fiesta que termina de manera abrupta, una plaza atiborrada de saltimbanquis, un pasillo muy estrecho.

Confusión, ruido, luces y formas asimétricas que arrojan mi imagen con la mano extendida donde la tortuga insiste en ese juego: esconderse bajo su caparazón. Escucho la voz de mi abuela: "quien sueña con tortugas es porque le esperan tiempos de prosperidad, éxitos y buena salud". Pero el sueño se ha roto. Una mancha negra se extiende sobre el caparazón de la tortuga ya inmóvil.

Esta semana en La libreta de Irma, apareció un cuento mío que lleva el título de esta entrada. Cuelgo aquí un adelanto y los invito a que continúen sus lectura en el sitio original. Se encontrarán con agradables sorpresas y excelentes plumas. Vida larga a este proyecto!

La casa se levanta. En los trazos sin nombre, se escuchan nuevos ecos, el rasgo indestructible de la transformación. Nosotros también somos reconstruidos. Las heridas son devoradas, las cicatrices.
Hay hombres y mujeres farsantes. Lo que hablan, lo que ingenian (a veces se creen artistas), desemboca en precipicios.
—Y tú fuiste una soñadora.
Buscaba aquellos paisajes. O tan siquiera un jardín para permanecer inmóvil.
[...]

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Me quedo mirando fijamente el tubo seco del agua. En silencio, porque para la catástrofe no hace falta el ruido ni el rostro estupefacto. Apenas hace unos días me había sentido feliz rodeada de abundante agua, sus reflejos. Narro esto a un par de horas de darme cuenta que el tinaco está casi seco. El fin de la historia es que sencillamente no hay agua. Y la poca que queda en el fondo, se consumirá poco a poco, como el hombre.
Lo que digo, es una vaga comparación entre la falta de agua y las personas que se marchan. En ambos casos, no hay vitalidad, y en la persona que parte, no hay intereses ni instintos. Comenzamos a irnos, a faltar, así como el agua. Esto ocurre aunque no nos demos cuenta. Hay cierta idea, sobre todo en los adolescentes y jóvenes, que la vida es eterna. Por ello, llevan los días más aprisa, confían en sus instintos, en sus reflejos (yo confié en ese chorro de agua abundante llenando sin parar el gran recipiente), y esa voracidad los lleva a golpes fatales.
La reflexión que hago, para muchos, estará fuera de contexto, pero no si pensamos en aquellas cosas que dejamos de mirar. El planeta en que vivimos es otro ejemplo claro de la omisión. Se manifiesta a nuestro alrededor, nos ofrece toda su energía y su grandeza, pero no lo advertimos, no le correspondemos hasta que deja de ser, vuelvo a la metáfora, ese chorro líquido y transparente de agua.

§

Siempre me he preguntado si sería buena cantante como mi madre. Ella, en sus años mozos (por años mozos entiendo esta época que aún no termina), cantó muy al estilo de Lola Beltrán y Lucha Reyes. Le apostó a la verdadera canción vernácula y no al género actual que ha tomado el rumbo de la balada dulzona y sentimental. No temo a los públicos y eso en sí es una ventaja grande. Tomar un micrófono tampoco me cohíbe. Por supuesto que nunca me he subido a un escenario con este propósito, lo más lejos que he llegado es al karaoke y en el que, según dicen, me desenvuelvo con cierta maestría.
Hay un camino que escogemos y no sabemos, en principio, porqué. Más adelante, aclararemos el misterio. Elegimos una carrera por encima de otras, y en mi caso la escritura, cuando hay disciplinas efectivamente redituables. Me hago esta pregunta como si se tomara una calle y no otra. Mientras avanzamos, los descubrimientos o lo que se nos escapa. Me ha tocado marcharme de la ciudad y a mi regreso, saber que nevó. Insisto ¿por qué no estuve presente?
De esto se trata la vida, de elecciones y de cómo desafiamos cada una. Lo entiendo así y considero que, por ello, aposté por la escritura. Mi madre, en cambio, apostó por la familia y no por esa vida atiborrada de contratos y giras que tienen los artistas. Tuvo esa opción sí, pero quiso quedarse con mi padre y a mi lado. En la encrucijada de los días ella eligió su futuro con nosotros. Cantó, pero para las familias muy cercanas a la nuestra, eventos de la ciudad y de los estados vecinos.
No recuerdo qué pensaba yo en aquella época, cómo actuaba, cuáles eras mis ideas, pero dudo que pudiera ocultar el orgullo por aquella mujer vestida de charra y rodeada de mariachis. Algo me estallaba dentro, en mitad del pecho. El sol, quizá, iluminando la confusión oscura.

Ilustración | Mónica Berengo

Texto publicado originalmente en CultoGrama, prensa cultura.

No está muy claro aún si Tierra Adentro (revista y sello editorial) desaparece o no (en redes sociales, la Secretaría de cultura, desdice la situación). Lo que sí, es que por allá en el 2003, publicaron Lo que queda de mí, un libro que escribí en un punto culminante de confusión. Fue una grata experiencia, porque además de la publicación del libro, me llevaron a distintas partes del país, promocionándolo.

Una puerta abierta para quienes empezábamos a publicar porque efectivamente eso fue y eso es hoy en día. Tierra Adentro, independientemente de las políticas culturales, o dicho de otro modo, los fracasos culturales, no debe cerrarse. Es punto de apoyo para los jóvenes que se abren camino en la literatura y la oportunidad de llegar a aquellos que se convertirán en fieles lectores. Por el Fondo Editorial Tierra Adentro (hablo de la revista y del Fondo editorial) leí a esos jóvenes que ahora son autores imprescindibles en la literatura mexicana. Pienso en Cristina Rivera Garza, Hernán Bravo Varela, Daniel Tellez, Luigi Amara, Gabriela Aguirre, Jesús Alvarado, María Rivera, Sara Uribe, Carlos Velázquez (quien ha traído a la mesa de discusiones este tema; aquí, su última entrada en La razón), Edgar Valencia, Luis Vicente de Aguinaga, Julian Herbert, Sergio Valero, Jorge Ortega, etc. Es buena la apuesta de FETA y estas menciones lo confirman.

Replantear, valorar, discernir, son ejercicios que urgen en estos tiempos. Y más aún, tomar la decisión correcta.

Dejo, como testimonio de aquel orgullo, una reseña de la pluma de Ada Aurora Sánchez que publicó Resonancias
El sitio Latino Book Review, publicó una reseña sobre mi libro Cumplimiento de la voluntad. Claro, un honor y mucha felicidad. La reseña, de la pluma de Eréndira Santillana, escritora y promotora cultural, es hermosa. Gracias infinitas a todo este equipo maravilloso de Latino Book Review, a Gerald Aguilar Padilla, su fundador y editor.


Leer reseña

Después de la lluvia, el sol dibuja los contornos de las casas, las torres de la iglesia, la avenida principal atiborrada de autos. Bajo las cobijas Uriel se estira. Una y otra vez hasta que el sueño lo abandona por completo. Se asoma por la ventana. El jardín está limpio. María Luisa, su madre, se le ha adelantado y se ha ido. Clava sus ojos en las hojas de los árboles, los charcos como grandes espejos. El reloj avisa. El paisaje se desvanece.

Su cabello es negro. En eso se parece a su padre. Lo vivaracho, lo sonriente, lo profundo de los ojos es por María Luisa. Don Emilio lo comenta siempre: “¡Qué bárbaro, muchacho, parece que le arrancaste los ojos a tu madre, los tienes igualitos!”. Don Emilio les tiene aprecio y no hace más de dos años que le dio trabajo a María Luisa.

Al toque, María Luisa, abre el portón. Es Uriel. Se abrazan. En el abrazo ella le dice: “No te preocupes, hijo, saldremos adelante, ya verás”. Recuerda: En su cumpleaños número seis, su padre cae de bruces como Hulk, como la piñata. Una vez más ha bebido demasiado. Una vez más. En ciertos episodios del pasado, piensa Uriel, no hay fantasías. “No miento, hijo, saldremos adelante, insiste ella, su madre”. Se separan, se despiden. Uriel sigue de frente. Si uno de los dos volviera la mirada, el abrazo sería más estremecedor, más eterno.

El sol justo en su lado izquierdo atiza el fuego entre las casas y los árboles. Un perro lo alcanza, huele sus piernas, abre el hocico. Uriel tiene miedo. Luego de aquella mordida, el hospital, la cirugía, los compañeros de clase visitándolo. El perro olisquea pero Uriel teme. Algo de ese perro, le recuerda a Shiloh, una lectura que la maestra de español le encargó al iniciar el ciclo escolar.

El tiempo se va rápidamente. Respira. Siente el aire tibio navegar dentro del cuerpo. La lluvia, el calor. Su nariz hace ruido. Es como si oyeras una cafetera eléctrica, evoca las palabras de María Luisa. No conoce las cafeteras eléctricas, pero qué importa. Sigue de frente, esta vez, sin detenerse en cada pensamiento, esta vez acompañado de ese perro. Casas, ventanas, puertas abiertas, voces, otros niños, otras esquinas, otros cruces. Parece escuchar la voz de don Ramiro pero no hace caso. ¿Y si fuera un guerrero? Las ventanas completan la imagen: el escudo, la espada. Una pausa. Mentiras fabulosas del abuelo —recrimina—.

El ladrido del perro lo vuelve de golpe. El perro no entiende de pensamientos, pero él sí, cuando olvidándose del horror, lo acaricia. Le promete un trozo de jamón una vez que hayan llegado a la tienda. Don Ramiro no estará de acuerdo, pero sabrá ingeniárselas. Te pondré Shiloh, le dice, como el perro del libro que leí en la escuela.

La escuela está a unas cuantas calles. Es su último día, el frío le retuerce los huesos. Entra y sale del salón de primero de secundaria. No se despide.  No se despide de la maestra Lucy, ni de la cancha de futbol, ni de sus amigos. No regresa. Finge menosprecio: las clases de matemáticas son aburridas, la voz de la directora muy chillona, la maestra de español… Debe cuidar a María Luisa.

Hoy cumplo dieciséis años, padre, y mi madre, me compró un libro, un cuaderno y un par de plumas. Escribe tus pensamientos, me dijo, y nos abrazamos muy fuerte. 
Hace un año vinieron a casa las maestras y Roberto, Toño, Lupita, Alejandro, Chuy. Milka estuvo aquí. Hoy nadie. La vida no es como los coches que tienen faros luminosos. Aquí todo se apaga. Se apaga el agua, la luz, la comida. Se apaga tu nombre, padre, en mi boca. ¿A dónde te has ido? Hoy cumplo dieciséis años.

Uriel guarda la carta en el bolsillo derecho del pantalón. Mete la mano y ahí está. La escribió hace tres meses. ¿Por qué o para qué? No sabe. Es amuleto, es buena suerte. Uriel cruza la puerta de la tienda. Shiloh no. No puede. Don Ramiro le dará de palos si se atreve.
—Llegas tarde, muchacho, —dice Don Ramiro con voz ronca y cansada.
Uriel no contesta.
—¿Qué tu madre no te levanta temprano?
—Sí, señor, sí me levanta temprano. Son los pensamientos, señor. Los pensamientos.
—Qué pensamientos ni qué ocho cuartos —refunfuña desde la barra de quesos.
—Y ese perro ¿es tuyo?
—Sí, señor, es mío— responde Uriel con voz decidida.

Texto publicado originalmente en El comentario semanal, suplemento cultural de la Universidad de Colima y CultoGrama, prensa cultura.

Dentro del machismo, se engloba el uso de cualquier tipo de violencia contra las mujeres 
con el fin de mantener un control emocional o jerárquico sobre ellas.
Real Academia Española (2011).

En 30 por ciento de las parejas con problemas reproductivos, el origen está en él, en otro 30 por ciento en ella y en igual cantidad en ambos. 
Fuente: El Universal. 

I
Los días nublados para Zulema son el calvario. Y ese día pasa de lo nublado a lo lluvioso. El jardín se llena de agua, la calle, el recipiente de la comida de los gatos. Siente una profunda tristeza y el llanto le quiebra la garganta. Hace el esfuerzo por controlarse. La señora no tarda en llegar; escasos veinte minutos para que aparezca con un sinfín de órdenes.
Actúa fría y distante. Termina de lavar los platos y se da un tiempo para acercarse a la puerta del jardín. La abre y deja que toda la humedad entre, el sonido de las hojas de los árboles. «A él le hubiera gustado esta imagen, en serio le hubiera gustado».
Cierra la puerta y se dirige hacia la habitación principal. Abre la ventana y el día lluvioso sigue ahí y el dolor. Es el mismo dolor que siente cuando él, después de una larga pausa, le dice que en su opinión es mejor acabar con el matrimonio. «No me has dado hijos y eso para mí es suficiente», sentencia el hombre. Se lo soltó así, de manera inesperada y tan serio como aquella vez en que el doctor le dijo que tendría que practicarse algunos estudios. «Va, ahora resulta que soy el estéril» —gruñó y salió dando un portazo.
Cuando Zulema quiso convencerlo de que enfrentarían cualquier cosa mandada por Dios, más agresivo se encontraba él. «Tú eres la que no sirve, vieja inútil». Entonces Zulema se echaba a llorar. A cada pensamiento se le saltaban las lágrimas y en esas mismas lágrimas, la casa entera con sus enseres, sus objetos, sus fotografías. Las muestras de afecto lo dejaban a él indiferente, la comida puntual a las tres de la tarde, los lazos de ropa limpia, los pantalones planchados, la ternura. Luego, sus borracheras y las mujeres, esas que «merecen más que miradas».
Tres años más tarde, el divorcio se efectuó con todas las de ganar para él. No le dio tiempo para consultar con algún abogado propio. El mismo abogado tramitó la separación y, por supuesto, ella perdió la casa («no hay hijos, señora, no tiene de qué preocuparse, dijo, el muy maldito»), perdió sus ahorros («y no me busques porque estoy dispuesto a encarcelarte» —amenazó el hombre extraño pero que, no obstante, conocía desde la infancia). Bajo el cielo gris, ese mismo cielo que la sigue puntual en sus desgracias, buscó un techo bajo el cual vivir y un trabajo.
Se limpia los ojos. No quiere que la señora la vea llorando. Le dirá que es estúpido de su parte pensar en aquel hombre que no le dio nada. «Es cierto, Zulema, —recalca—, la vida no es justa y él es un desgraciado, pero no por eso debes vivir así, tú sola acabándote. ¡Ánimo! ¡Ánimo!» Luego, vendrán las órdenes…

II
La lluvia regresa. Una lluvia ligera cae sobre su paraguas, moja sus zapatos. No toma el autobús. Aunque su casa está a varios kilómetros sigue de frente. La lluvia deja reflejos en las ventanas, los aparadores, las luces de los autos. Bajo el cielo gris de las desgracias, un gozo, un pequeñísimo gozo. Llegará a su casa, recogerá los platos del desayuno y quizá, quizá se atreva a bailar.


Texto publicado originalmente en El comentario semanal, suplemento cultural de la Universidad de Colima y CultoGrama, prensa cultura.