Iluminar la confusión oscura


Me quedo mirando fijamente el tubo seco del agua. En silencio, porque para la catástrofe no hace falta el ruido ni el rostro estupefacto. Apenas hace unos días me había sentido feliz rodeada de abundante agua, sus reflejos. Narro esto a un par de horas de darme cuenta que el tinaco está casi seco. El fin de la historia es que sencillamente no hay agua. Y la poca que queda en el fondo, se consumirá poco a poco, como el hombre.
Lo que digo, es una vaga comparación entre la falta de agua y las personas que se marchan. En ambos casos, no hay vitalidad, y en la persona que parte, no hay intereses ni instintos. Comenzamos a irnos, a faltar, así como el agua. Esto ocurre aunque no nos demos cuenta. Hay cierta idea, sobre todo en los adolescentes y jóvenes, que la vida es eterna. Por ello, llevan los días más aprisa, confían en sus instintos, en sus reflejos (yo confié en ese chorro de agua abundante llenando sin parar el gran recipiente), y esa voracidad los lleva a golpes fatales.
La reflexión que hago, para muchos, estará fuera de contexto, pero no si pensamos en aquellas cosas que dejamos de mirar. El planeta en que vivimos es otro ejemplo claro de la omisión. Se manifiesta a nuestro alrededor, nos ofrece toda su energía y su grandeza, pero no lo advertimos, no le correspondemos hasta que deja de ser, vuelvo a la metáfora, ese chorro líquido y transparente de agua.

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Siempre me he preguntado si sería buena cantante como mi madre. Ella, en sus años mozos (por años mozos entiendo esta época que aún no termina), cantó muy al estilo de Lola Beltrán y Lucha Reyes. Le apostó a la verdadera canción vernácula y no al género actual que ha tomado el rumbo de la balada dulzona y sentimental. No temo a los públicos y eso en sí es una ventaja grande. Tomar un micrófono tampoco me cohíbe. Por supuesto que nunca me he subido a un escenario con este propósito, lo más lejos que he llegado es al karaoke y en el que, según dicen, me desenvuelvo con cierta maestría.
Hay un camino que escogemos y no sabemos, en principio, porqué. Más adelante, aclararemos el misterio. Elegimos una carrera por encima de otras, y en mi caso la escritura, cuando hay disciplinas efectivamente redituables. Me hago esta pregunta como si se tomara una calle y no otra. Mientras avanzamos, los descubrimientos o lo que se nos escapa. Me ha tocado marcharme de la ciudad y a mi regreso, saber que nevó. Insisto ¿por qué no estuve presente?
De esto se trata la vida, de elecciones y de cómo desafiamos cada una. Lo entiendo así y considero que, por ello, aposté por la escritura. Mi madre, en cambio, apostó por la familia y no por esa vida atiborrada de contratos y giras que tienen los artistas. Tuvo esa opción sí, pero quiso quedarse con mi padre y a mi lado. En la encrucijada de los días ella eligió su futuro con nosotros. Cantó, pero para las familias muy cercanas a la nuestra, eventos de la ciudad y de los estados vecinos.
No recuerdo qué pensaba yo en aquella época, cómo actuaba, cuáles eras mis ideas, pero dudo que pudiera ocultar el orgullo por aquella mujer vestida de charra y rodeada de mariachis. Algo me estallaba dentro, en mitad del pecho. El sol, quizá, iluminando la confusión oscura.

Ilustración | Mónica Berengo

Texto publicado originalmente en CultoGrama, prensa cultura.

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