Uno de los caminos que emplea la poesía para mostrar lo que el poeta observa, es pasar del sentido literal al metafórico. El meollo de la poesía es esto, así de simple. Pasar el sentido habitual, el del habla común, por decirlo de algún modo, al asombro. Y en todo, podemos encontrar poesía, cualquier objeto, marca, situación, es útil. Julián Herbert, por ejemplo, escribió un poema maravilloso titulado "McDonald's" que inicia así:

Nunca te enamores de 1 kilo
de carne molida.

Haremos un experimento en el que utilizaremos primeramente un sustantivo (puede ser cualquier cosa como un libro, el celular, la hora, el ocaso, la tijera, la mermelada, la luna). Y posteriormente, vamos a establecer una comparación (usaremos el nexo “como”). Ejemplo:

Si me quedo con el sustantivo Luna, mi ejercicio, retomando un verso de Píndaro, quedaría así:

La luna como el ojo de la noche 

Lo importante en este ejercicio es tomar todas las cosas comunes, cotidianas, sean del trabajo, la casa, la calle... y cambiar su sentido literal al metafórico usando la comparación. Cada uno de ustedes puede hacer las comparaciones que guste y compartirlas en la sección de comentarios. Éstas aparecerán una vez que hayan sido moderadas.

Los autores de las mejores comparaciones recibirán un diploma virtual. El ejercicio cierra el sábado 8 de julio de 2017.

Nota: Parte de este ejercicio lo tomé del libro Hacer el verso de Marcelo Di Marco (Mondadori, 2012). Hice algunas modificaciones.

Imagen | Google


Desde niña he tenido un sueño recurrente. Voy caminando por la calle y de pronto ésta comienza a llenarse de agua. En el sueño pierdo la calle y camino dentro de una alberca. No busco salir a flote, no pongo ningún tipo de resistencia. Es una especie de condena que debo cumplir justamente así. El sueño, con los años, ha agregado y quitado elementos. En esta ocasión, el agua alcanza mi cintura, mis brazos, el cuello, hasta que finalmente, quedo debajo del agua. No veo qué vestimenta porto, sólo veo la pared de la alberca que dentro del agua es un reflejo, un estallido. Despierto con la respiración entrecortada y muy pocas veces con un grito. El sueño volvió, la muerte por agua y también aquel poema de T.S. Eliot, que forma parte de su libro La tierra baldía (1922, 1923).

Muerte por agua

Flebas el fenicio, muerto hace dos semanas,
No recuerda ya el grito de las gaviotas, ni la mar profunda y agitada
No recuerda las pérdidas ni las ganancias.
Una corriente
Bajo el mar llevó sus huesos entre murmullos. En ascensos y caídas
Pasó las etapas de juventud y madurez
Internándose en el remolino.
Gentil o judío
Oh tú que llevas el timón y fijas la mirada en barlovento,
Acuérdate de Flebas, que, como tú, una vez fuera hermoso y esbelto.

(Traducción de Avantos Swan)

Independientemente que para las culturas como la egipcia la muerte por agua signifique purificación y regeneración, creo que ésta es una de las muertes más crueles. Sebastián Junger, en su libro La tormenta perfecta (Plaza & Janés, 1998) dice: El instinto de no respirar bajo agua es tan fuerte que supera la agonía de quedarse uno sin aire. […] A esas alturas, hay tanto monóxido de carbono en su corriente sanguínea, y tan poco oxígeno, que los sensores químicos del cerebro hacen con que respire involuntariamente, sin importarle si está bajo o fuera del agua. A eso se le llama el “punto de quiebre”.
Aunque hay críticos que advierten una visión positiva por parte de Eliot, el poema es atroz. Flebas o Phlebas the Phoenician es llevado (arrastrado) por el mar tal como la vida nos lleva: en ascensos y caídas. A diferencia de quienes mueren en casa y su cuerpo o sus cenizas quedan con la familia y existen en su alrededor un cúmulo de ceremonias y recordatorios, quien cae por la borda al mar, está condenado, primero al misterio, después al olvido. De esto habla Eliot. ¿Qué detiene el olvido? Nada. Además ¿quién cuidará de aquel cuerpo? ¿quién, en esa alberca de mi sueño, podrá cerrar mis ojos? La vida de Flebas sucede en un remolino que finalmente lo devora y lo condena a la profundidad de la nada. Al final, sin embargo, hay cierta esperanza: “Oh tú que llevas el timón y fijas la mirada en barlovento, /Acuérdate de Flebas, que, como tú, una vez fuera hermoso y esbelto”. El personaje Flebas resucitará cada vez que alguien narre su historia y regresará al mar “hermoso y esbelto”.
¿Qué significado puede tener este sueño para mí? No lo sé, no creo en augurios. Lo interpreto, lejos de toda mitología, creencia, cartas, bola de cristal, como la travesía brutal que vivimos diariamente. Pensemos, por ejemplo, en los problemas sociales que nos oprimen, la globalización y sus consecuencias, la corrupción, el poder y los medios de comunicación, los procesos electorales amañados, etcétera; una travesía tan difícil como intentar respirar bajo del agua.

Coda:

El agua es una presencia constante en la poesía mexicana. En Carlos Pellicer, uno de los más destacados poetas del grupo “Contemporáneos”, vemos el paisaje y los ríos frente al mar. Otro poeta del agua es José Gorostiza. Es inolvidable su poema “Pausas”:

¡El mar, el mar!
Dentro de mí lo siento.
Ya sólo de pensar
en él, tan mío,
tiene un sabor de sal mi pensamiento.

José Luis Rivas, también se inscribe en esta línea. En Círculo de poesía, revista electrónica de poesía (http://circulodepoesia.com/2015/06/poesia-mexicana-jose-luis-rivas/), podemos leer un fragmento de su libro titulado Por mor del mar (Visor de poesía, 2002), del cual tomo el poema número “XXXII”

He aquí la ninfa istmeña
La que imprime sus formas
En la retina
Sólo un segundo

Pero deja en las aguas
De mi temblante cuerpo
La gota de una dicha
De virtud homeopática

O atómica visión

El primer libro de poemas que leí de José Javier Villarreal fue Mar del norte (Joaquín Mortiz, 1988), con el cual obtuvo en 1987, el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes. Encontrarán algunos de sus poemas en la página web La guarida, Literatura de España y América Latina.  (http://cosmeal.blogspot.mx/2016/12/cuatro-poemas.html). El agua, la luz, la delicada sustancia del amor, configuran el quehacer poético de Coral Bracho. Dejo aquí, para cerrar esta nota, un fragmento del poema “Tus lindes: grietas que me develan”, tomado del libro Peces de piel fugaz (reeditado en la colección La centena Poesía, 2002):

Ven, acércate; ven a mirar sus manos, gotas recientes en este fango;
ven a rodearme.
(Sabor nocturno, fulgor de tierras erguidas, de pasajes
sedosos, arborescentes, semiocultos
el mar:
sobre esta playa, entre rumores dispersos y vítreos.) Has deslumbrado,
reblandecido


¿En quién revienta esta luz?

Texto publicado en La vereda, periodismo cultural en línea y en El comentario, suplemento cultural del periódico El comentario de la Universidad de Colima.





Alumnos del Colegio Aleman para la materia de Metodología de investigación me hicieron esta entrevista. El tema: El libro electrónico y la lectura. Independiente de su valía, la dejo aquí como un cúmulo de reflexiones más sobre este tema maravilloso.

Entrevistador (E): ¿Cuándo se acercó a la lectura?
Nadia Contreras (NC): Comencé tarde, propiamente en secundaria. En casa te diré que no hubo muchos libros, sólo tres: La biblia, Mi ángel de la Guarda y un libro que mi madre me regaló cuando entré a secundaria. Se llamaba La muchacha y la pureza. Lo perdí, supongo; cambiar de residencia en repetidas ocasiones trae muchas pérdidas. Sé que algún día lo volveré a encontrar quizá en alguna librería de viejo.
         Entré en secundaria y pese a que era medio extraña, la directora y maestra de español, me eligió para los concursos de declamación. Tengo muy buena voz (como te habrás dado cuenta). Ahí comencé a leer poesía. El primer poeta que leí fue Amado Nervo. Me impresionó mucho su libro La amada inmóvil en el que reunía tres temas principalmente: el amor, la muerte y el dolor. Luego la lista creció hasta que aquellos volúmenes se volvieron incontables. 

E: ¿Existían los libros electrónicos en ese entonces?
NC: No, para nada, ni computadoras. Esto es “reciente”, te hablo de veinte años para acá. Cursaba los últimos semestres de preparatoria cuando usé por primera vez una computadora. Eran voluminosas pero muy prácticas. Mis primeros textos los escribí en máquina convencional, el primer y segundo libro que publiqué fueron escritos en máquina. Era muy divertida la sonadera de las teclas. En el medio periodístico nos decían aporreadores de teclas. Bueno, era así. Si te equivocabas, la catástrofe: recomenzar. La primera vez que escuché el término libro electrónico, fue a través del escritor Carlos Gutiérrez Vidal. En ese momento tenía un libro que quería “ver la luz” y Carlos me invitó a formar parte de su catálogo. La primera edición de ese libro llamado Figuraciones (luego se publicaría impreso) apareció en Crunch! Editores, la primera editorial en México dedicada exclusivamente a la publicación de eBooks gratuitos en español. Te comparto información de la editorial http://www.literaturalibre.com/2008/08/crunch-editores-ebooks-gratis/ y el link de mi libro https://archive.org/details/CRP007

E: ¿Usa libros electrónicos ahora? Si es así, ¿desde cuándo?
NC
: El libro electrónico es mucho más accesible para quienes nos dedicamos a escribir; es incluso más cómodo. Para quienes escribimos sobre libros, nos ahorró mucho tiempo de transcripción. Claro, cumpliendo las reglas para hacerlo y con la debida responsabilidad que lleva esta acción. Desafortunadamente ahora la vida se trata de copiar y pegar pero las cosas no se hacen así, hay normas para ello.
         El libro electrónico sintetizó esta tarea, costos y por supuesto, espacios. Tengo en casa muchos libros, imagino que arriba de 1500. De éstos, 800 están catalogados. Imagina los espacios para albergarlos. En la computadora, en la Tablet, en la Nook, y en el celular (una maravilla que también exista la sincronización) tengo la misma cantidad. Libros que llevo a todas partes. Hay quien dice que es incómodo leer en pantalla, te diré que me he acostumbrado y lo prefiero así. En los últimos cinco años me he hecho de más libros electrónicos que físicos.
         Como autor te diré que prefiero aún más el libro impreso. Hay una cuestión de pertenencia. Lo electrónico parece más efímero y incluso prescindible mientras que lo impreso no. Es como comprar algo y llevártelo realmente a casa. Me gusta la idea de la página impresa, el olor de la tinta, los acabados, el trabajo muchas veces artesanal que hay en que cada publicación. Es como el amor. Virtual no, físico sí. En fin, uso más el libro electrónico, pero la pasión por el libro impreso es muy fuerte.

E: ¿Qué opina de los libros electrónicos?
NC
: Como todo avance abren nuevas puertas y posibilidades también de llegar más lejos. El internet con cada una de sus herramientas (la publicación electrónica), rompe fronteras. El internet automáticamente se saltó el problema de la distribución y de la manera en cómo vender un producto. Tengo amigos que quieren leer lo que publico y sé que los libros les llegan a través de Amazon, tanto en digital como impreso. No hablamos de una revolución sólo del libro electrónico sino de todo lo que es tecnología en libros.
         Quienes hacemos libros electrónicos, por ejemplo, (soy responsable de un sello editorial digital que se llama Bitácora de vuelos. Edito una revista digital (http://rdbitacoradevuelos.blogspot.mx/) y edito también los libros de este proyecto, su distribución es gratuita en internet (http://bitacoradevuelosediciones.blogspot.mx/) tuvimos que aprender otros lenguajes, otra forma de hacer las cosas. El trabajo editorial es el mismo (edición, maquetación) pero el final, no. Aún sigo aprendiendo cómo hacer de nuestras propuestas editoriales más accesibles para todos los formatos. Es decir, no un PDF, sino un Epub que sea compatible con la mayoría de los lectores de libros electrónicos. Es decir, compatible con Kindle, Nook… etc. Es un trabajo maravilloso y más cuando miras tu producto respondiendo en cualquier dispositivo móvil. En Bitácora de vuelos ediciones hemos publicado alrededor de 15 libros digitales o ebooks, de autores de diferentes partes de México y del extranjero en lengua española.

E: ¿Usted considera que en algún momento los libros impresos, dejaran de ser utilizados?
NC
: No creo. No podemos borrar la historia así de tajo. Hemos llegado al libro electrónico gracias a la invención del libro y su evolución. Creo que más bien en una complementariedad entre estos formatos. Te lo diré así: hoy en día la poesía es también una revolución. De esa escritura en piedra, en cuevas, a mano, mecánica, digital, rescatamos hoy en día casi todo. Bueno, no escribimos en arcilla, ni en piedra, pero el poema se sigue haciendo tal cual, muchas veces a mano, en la hoja de un cuaderno, en la página electrónica (que finalmente es lo mismo). Luego, esta misma poesía llevada a soportes digitales. Aquí está la complementariedad de la que te hablo. Poesía visual, poesía electrónica, ciberpoesía. Hablo de una aleación entre lo tradicional y la tecnología (creo que aquí he escrito algunas cosas sobre ello: (https://goo.gl/jqR6CV) [URL acortada]. La literatura en combinación también con los avances tecnológicos. Aquí hay algo de eso: http://www.zonanoverbal.com/2014/08/romina-cazon.html. y vale la pena revisar el trabajo de Mónica Nepote, Carlos Salem, Karen Villeda, Defreds, Sergio Toporek, Irene G punto, Romina Cazón…
         No es un desplazamiento o la muerte de uno para la sobrevivencia del otro; más bien lo que se adapta a nuevas formas aprovechando todos los recursos digitales.

E: ¿Cuál es el impacto de la tecnología en la lectura?
NC: Mucho, por todo lo que te he dicho. Hay un artículo que escribí y albergué en mi página que se refiere a esto y responde completamente a tu pregunta. El texto se llama ¿Pretextos para no leer? (http://nadiacontreras.blogspot.mx/2017/02/la-lectura-es-un-temaque-siempre-brinda.html).

En el proyecto #EscribirPoesía comenzaremos una serie de ejercicios que tienen la intención de motivar la escritura a partir de la mirada. Es decir, para escribir poemas tenemos que aprender a mirar las cosas con ojos distintos. Observa la siguiente fotografía:


a) Piensa en esta imagen e intenta relacionarla con un episodio de tu vida.
b) Recuerda cada detalle de ese episodio; abre tus sentidos: huele, escucha, siente... Recuerda cómo llegaste a ese instante de tu vida.
c) Hagan que el momento en cuestión les cuente algo más, por ejemplo: ¿qué hay más allá de la misma imagen? ¿más allá del momento mismo en que alguien hizo la captura?
d) Escribe en primera persona tus impresiones sobre ese momento. No te preocupes si las ideas de lo que escribes están desordenadas, lo importante aquí es la confesión que lograrás con el objeto en relación con tu vida.

Si te animas, comparte tu texto en la sección de mensajes. Se publicará cuando lo apruebe el administrador.

Imagen | Pinterest


La palabra “silencio” se hunde en mis entrañas. Si escribimos en el navegador la palabra “silencio”, éste nos arroja dos conceptos: 1) Estado en el que no hay ningún ruido o no se oye ninguna voz, 2) Ausencia de noticias o palabras sobre un asunto. Si leemos así, de corrido, dichos conceptos parecen positivos; el primero, podemos suponer, nos habla de un momento de descanso y el segundo, de quedarse al margen de los acontecimientos del mundo, sus catástrofes. Si leemos por segunda o tercera vez sus definiciones, nos damos cuenta que la palabra “silencio”, de frente al nivel de violencia en que vivimos y sabiendo que no se ve forma de transformar la situación, es mucho más agresiva, despiadada, mutilante.
Puede parecer irónico, pero para entender mi punto de vista, pensemos en todo aquello que genera silencio, incluso, un silencio confuso, cómplice, partidario también de situaciones de violencia. Hablamos hoy en día de un flujo excesivo de comunicación a través de redes sociales; un flujo más allá de las mismas empresas periodísticas. Fotos, imágenes, audios de aquello que sucede, llámese percance automovilístico, asesinato, enfrentamiento, etc. Rumor o verdad, no importa; atañe, en cambio, llegar a los diferentes sectores sociales. El silencio comienza aquí porque la noticia real se va diluyendo. El impacto que pudo tener, la relevancia para su esclarecimiento, se apaga totalmente. Tenemos así el fenómeno de las noticias falsas llamado “fake news” concentrado principalmente en las redes sociales, en donde como ya mencioné, es difícil diferenciar una noticia falsa de una verdadera. Una definición más de la palabra “silencio” surge aquí, en corazón de una sociedad confundida. Por supuesto, quienes deciden y heredan el poder como si se tratara de una casa, un auto, una parcela, se ven sumamente beneficiados. Leí alguna vez la siguiente frase: Los gobiernos necesitan del silencio y el olvido. ¿Quién puede impugnarla? Como resultado de lo dicho anteriormente planteo dos preguntas: ¿Cuántos de los crímenes cometidos en México son una estadística? ¿Cuántos de éstos se han quedado sin voz, sin emitir ningún ruido?
En medio de todo esto hay un espacio de vacío, de niebla (si queremos recurrir a una imagen), que nos hace caminar danto tumbos. Enfoquemos nuestra reflexión hacia la situación migratoria. Personas de nuestro país y de otros que vemos de lejos; con el paso de los meses, los años, también se pierden, se borran, se convierten en silencio. Un silencio, recrudecido por las nuevas políticas de deportación de Trump, a la par de todos los abusos, los atropellos, incluso la muerte.  
Otra forma de silencio la podemos ver cuando aquellas imágenes de sufrimiento, de devastación, de desgracia, pasan frente a nuestros ojos como simples imágenes ordinarias. Nada nos conmueve. Y vienen otras preguntas: ¿De qué sirven las marchas, los desplegados, las convocatorias, si finalmente se logra casi nada y las autoridades están para humillarnos y arrojar sobre la sangre un nuevo engaño? El silencio más cruel, organizado desde el poder y cada uno de sus niveles. El silencio, sin embargo, no existe para las familias victimizadas, para las organizaciones de derechos humanos, los grupos sociales y culturales que se levantan y hacen más fuerte la resistencia contra la indiferencia. En el lugar de silencio, está el grito que revive la memoria.
Una última definición que puedo dar a la palabra “silencio”, es el de huida. Huir como metáfora de vislumbrar, cerrados los ojos, la posibilidad de un nuevo universo, “esa otra gran parte”. Huir, tal como lo plantea el poeta Marin Sorescu, para aspirar la tranquilidad, el viento soplando entre los árboles, la revelación de la noche y sus estrellas. Huir, para tomar fuerzas y arremeter. Para cerrar, les comparto el poema “La huida” tomado de su libro (El centinela de la Galaxia. UAM, México, 2007).

Un día

me levantaré del escritorio
y comenzaré a distanciarme de las palabras
de ustedes
y de las cosas, una por una.

Veré en la lejanía una montaña
e iré hacia ella
hasta que la montaña quede atrás.

Luego iré a la siga de una nube
y la nube quedará atrás.

También el sol quedará atrás

y las estrellas y todo el universo…

Texto publicado en La vereda, periodismo cultural en línea y en El comentario, suplemento cultural del periódico El comentario de la Universidad de Colima.


Veo la vida como un gran libro en el que diariamente se escribe. Tal vez no de manera literal (tomar la pluma, abrir las páginas antiguas), pero sí como un registro que se hace mientras avanza el día. En algún momento, mientras volvemos a casa, preparamos la cena o nos metemos a la cama, vuelven las cosas que hicimos, las conversaciones, lo que nos sorprendió o nos pareció triste. Como si fuera un espejo miramos nuestro interior y ahí está ese otro mundo del que también somos protagonistas. Las cosas del presente (si podemos llamar presente a lo que se escapa como el humo o la ceniza) y del pasado. Si pudiera reprogramar la memoria, borraría los episodios difíciles, amargos; episodios que nunca terminan de escribirse.
         Con frecuencia, suelo escribir de un episodio en particular, y por ello, si buscamos páginas atrás, encontraremos otras versiones que intentan dilucidarlo. La historia es esta: tengo veintiocho años, mi vestido de novia está sobre la cama, el tocado, el velo, la liga… y la casa, esa casa que en poco tiempo comenzará a desplomarse. No estoy preparada para tal catástrofe, como tampoco para el invierno sobre mi cama. En los primeros años era fácil encontrar la felicidad, bastaba el ronroneo de los gatos, el rumor de la playa a lo lejos, el ruido de las fábricas; el invierno, sin embargo, oxida y quiebra por el medio. Recuerdo por ejemplo a Raquel, mi amiga de la infancia que descubrió que su esposo era gay. No hay nada de malo en ello, cada quién es libre de vivir y gozar sus preferencias sexuales, sí, en cambio, en el hecho de mentirle a ella, de vivir una farsa por dos años, como yo por cinco.
         Los dos salíamos con nuestras máscaras; así íbamos a la oficina, participábamos de reuniones, asistíamos a las exposiciones, a las presentaciones de libros. Mentir por miedo, por hábito. ¡Qué frágiles son las ilusiones! Lo que ambicionaba: mudarme con mi pareja, salir de paseo, ir al cine, hacer el amor como tantas veces fuera posible. La casa, que con el tiempo desatendimos, comenzó a caer pedazo a pedazo en el pesimismo, el aislamiento y la inseguridad. Recuerdo: estaba enferma y la soledad dominaba las emociones, me orillaba hacia lo desconocido.
          En medio de la noche, mientras mis ojos dejan de moverse y disminuyen la tensión arterial y el ritmo, vuelvo a escribir la historia. Dentro de la cavidad oscura del sueño aparecen reflejos, luces, y cuando llego al fondo, la narración de un argumento absurdo. Cuando despierto, mis entrañas me duelen. Cierro el libro. Queda en suspenso una realidad diferente, lo que viene.

Texto publicado en decomoescribir.com