Él, bajo el calor de la tarde, de pie frente al edificio antiguo. Mira con atención lo que Fernanda reconoce como la fachada de la casa que en épocas remotas fue una de las más importantes de la ciudad. Fernanda lo observa y presiente el vértigo, la catástrofe. O dicho de otra manera, sus ropas sobre la alfombra o el piso.

La primera vez que se sintió atraída por el hombre que dijo llamarse Ernesto, fue bajo una lluvia sorpresiva. A ella, no le importó abandonar el minúsculo techo protector y, por encima de la timidez, poner sus labios muy cerca de la boca del hombre. De unas semanas para acá, habían coincidido en el supermercado, otra vez, al cruzar la calle, pero el destino, ese que teje y desteje, los reunía ahora bajo la lluvia. Fernanda, la puerta cerrada de la habitación, escribió con letra parejita la palabra Ernesto.

Esta vez, Ernesto tiene interés en los departamentos del edificio antiguo. Los departamentos, distribuidos en cuatro plantas, tienen un baño, una pequeña sala de estar. No obstante, en la planta baja, la gran cocina y el comedor reúnen a los ocupantes en un mismo sitio. La cocina está al fondo, más allá de un pasillo largo de fotografías antiguas, recuerda Fernanda. Ella y su esposo ocuparon, años atrás, el departamento número 12. La ventana daba a la calle y ella, caso extraordinario, se había sentido cómoda con el ruido madrugador de los camiones de transporte, taxis y el ajetreo de la gente. Prefiero el ruido de la calle al silencio, sentenció. Vivimos ahí un par de años, dice Fernanda, y el hombre sigue con la mirada el dedo de Fernanda que se detiene en una de las ventanas, dos pisos arriba.

Los ojos de él, clavados en los de ella, le ocasionan un vuelco más y las ideas en su cabeza toman un rumbo distinto. No es que su matrimonio estuviera a punto de derrumbarse o que fuera un infierno. Era un problema más bien de mensajes, justifica Fernanda, de logística entre el ir y venir, entre dormirse o quedarse despierto, entre amar u olvidar. 

El hombre, su matrimonio también está lejos de derrumbarse y tampoco es un infierno, prosigue su inspección, mientras con una de sus manos abre el maletín y saca un cuadernito, una pluma. Fernanda lo mira con otros ojos. Vuelve su atención a la casa, añora los tiempos en que, según los archivos, congregó a las familias más importantes y adineradas de la ciudad. Ella hubiera podido agregar a su forma de vida, las fiestas, los bailes, los vestidos, esos sillones afelpados. Ella hubiera podido reír y llevarse a la boca un cigarrillo o una copa con vino.

El hombre sigue ahí, escribe algo en el cuadernito, mira hacia un lado y hacia otro, y vuelve a la hoja. Ella, por supuesto, se atreve. Cambios en la gerencia, explica, cambios que me han obligado a vivir en la ciudad. Pero es hermosa, asegura Fernanda, y el hombre asiente y coinciden en la vegetación exuberante, calles amplias, librerías, museos, las lluvias de los meses de agosto y septiembre.

El hombre guarda dentro del maletín el pequeño cuaderno y la pluma; Fernanda se encuentra con el tiempo. Se le ha hecho tarde pero no se despide. El hombre le pide emprender la marcha. ¿Hacia dónde? Ninguno de los dos tiene una respuesta.

En la cabeza de Fernanda, todo sucede muy rápido. Le gusta este concepto de locura: tardes, lluvias, primaveras, otoños, fines de semana al lado del hombre que ahora le toma la mano. Ella saca del bolso el teléfono, expone la situación más adecuada; él, entre su ciudad y ésta, también hace lo mismo. Libres, sin miedo y sin tiempo, avanzan. La ciudad los funde.

¿Qué mueve a los hombres a escribir, a pintar, a construir, en otras palabras, a crear? ¿Pasar de la invisibilidad a la visibilidad? ¿Lo eterno? Expresar el sentir y el ser y cómo éstos crecen o disminuyen con los años. No sé si nuestros antepasados entendieron esto, pero nos dieron un punto de partida para que pudiéramos conocerlos y estudiarlos. El hombre visible, palpable; el hombre, los hombres formando familias, sociedades, religiones, culturas.

Hay quien afirma que la inteligencia se mide a través de las cosas que el hombre crea o fabrica. O, dicho de otro modo, el arte responde a hábitos, capacidades, inclinaciones. Estoy de acuerdo en ello si agregamos el término “persistencia”. Al hombre le gusta transmitir, heredar. Desafortunadamente no todo lo que se transmite o comparte, es bueno. El odio por ejemplo no debería endosarse. Hay quienes sí lo hacen y los hijos crecen con odio como si se trata de un puño de tierra seca en las manos. Odio por el padre, por la madre, por aquellos que difieren de los estereotipos, por aquél que se ha visto y tratado apenas.

Pueblos bárbaros, sanguinarios, pero que fundaron. No justifico sus batallas, las pérdidas humanas; pongo los ojos en lo heredado, esas grandes construcciones, el conocimiento del universo, la poesía, la filosofía, la religión… Todo eso frente a nuestra herencia. ¿Cómo deberán estudiarnos las generaciones futuras? ¿Cuando hayan pasado siglos y siglos, de qué sociedad les hablaremos? Además de una tecnología arcaica, ¿que podrá maravillarlos? Las guerras no deben sorprendernos, la incapacidad para llegar a acuerdos sí, pese al lenguaje y a las herramientas de comunicación más sofisticadas.

En lugar de los grandes centros ceremoniales, obras de arte, obras literarias, bibliotecas, las futuras generaciones, es decir, nuestros bisnietos, tataranietos... verán (si es que son capaces de ver porque también heredamos la ceguera) nuestra apuesta de muerte. Volvemos a ese estado primitivo donde importaba cazar, comer, gritar, beber; donde la agitación era orgía o tomar la espada y lanzarse a la guerra. Volvemos a ese estado, pero desde la comodidad de los escritorios, la computadora al frente o el celular.

Nuestro corazón está puesto en estos artefactos, en esta sociedad de pechos huecos y sangre fría, y lo que creamos es dolor, separación, formas de vivir en el crimen, para el crimen. Y las emociones suceden demasiado rápido, de ahí que repitamos una y otra vez el horror. Este es nuestro legado, miren nuestro rostro, nuestro corazón, nuestras piernas y manos, no como las olas siempre rejuvenecidas, grandes, ondulantes. Somos sombras negras, largas como la derrota.

Ilustración | Magdalena Korzeniewska
El pasado mes de agosto, Armando Rivera del periódico Entretodos, me hizo una entrevista. Aunque el cuestionario era muy breve, muchas cosas vinieron a mi cabeza y aquí está el resultado. Ojalá la disfruten y se den tiempo de comentar y compartir. Agradezco a Diana Eréndira Reséndiz por mantenerme al día de mucha de la información que aquí comparto. Al final, agrego el enlace de la publicación.


1. Hay jóvenes que, dicen, no simpatizan ni se acercan con los escritores porque piensan que su ropa, modo de hablar y comportamiento en general son actitudes que forman parte de una pose, un estereotipo. ¿Qué piensa usted de esto?

Los tiempos han cambiado y también los estereotipos. Ya no funcionan esos estereotipos destinados exclusivamente a los hombres (autoeficaces, competentes, triunfadores o activos) y a las mujeres (dependientes, dóciles, complacientes o destinadas a la reproducción). ¿Cómo podemos resumir lo anterior? que estos estereotipos han dejado de ser vigentes en la actualidad. Ahora vemos un sin fin de campañas, una buena parte de ellas a través de internet, para aceptar aquello que es diferente. Sin olvidar la dosis de subjetividad que hay en la palabra "es". Los escritores son entonces personas como cualquier otra, escriben, presentan libros, hacen giras de promoción, pasan una buena parte del tiempo frente a la pantalla de la computadora, pero también tienen un trabajo, responsabilidades, hacen fila para realizar algún trámite, usan su celular para hacer cita con el médico. Es erróneo, y más ahora que la diversidad se ha vuelto parte importante de nuestras sociedades, etiquetar de tal manera al escritor, como también erróneo etiquetar a quien se dedica exclusivamente a las labores del hogar.
La figura del escritor ha cambiado y las redes sociales tienen mucho que ver en ello. Hay quienes tienen canales en Youtube, pienso por ejemplo, en Alberto Chimal y Raquel Castro (https://www.youtube.com/user/albertochimal), En Rompeviento TV (https://www.youtube.com/channel/UCBdM6w8S6kn90P0or3Z0kxQ) Sandra Lorenzano, hizo un programa maravilloso "Pasiones y obsesiones. Secretos del oficio de escribir", en el que entrevistó a diversos escritores (recuerdo con mucho aprecio las entrevistas que hizo a Alberto Ruy Sánchez, Cristina Rivera Garza, Rosa Montero y Julián Herbert). Periscope hace su parte como lo hará Confabulario TV que comenzará pronto a transmitir. ¿Qué efecto tiene esto? La cercanía, la familiaridad. Jaime Muñoz Vargas hace lo mismo en sus redes sociales. La apertura hacia lo personal, lo familiar, lo íntimo, prevalece como nunca. En el salón de clase, como parte de los Proyectos de Español, los alumnos elaboran una autobiografía. Como primer punto, leemos autobiografías de escritores mexicanos. Más adelante, escriben. Trazos en el espejo. 15 autorretratos fugaces (ERA, 2011), presenta a los escritores de cuerpo entero y por ello, es un libro que les gusta mucho. Leemos las autobiografías, las comentamos, hacemos algunos ejercicios. A la siguiente clase tengo más comentarios sobre la actividad porque consultaron aquí y allá. Entraron a Youtube o a otro sitio y conocieron a Hernán Bravo Varela, Daniela Tarazona, Guadalupe Nettel, a Chimal. Que Nettel, en el video, dijo muchas cosas que leyeron en el libro; que en Youtube conocieron a Primo, el gato de Alberto y Raquel. Esta emoción es muy interesante en los jóvenes. Los motiva, los mueve a leerlos, a seguirlos en face, twitter, instagram. Si compran sus libros, pues genial. Difícil pensar entonces en un escritor de pose y estereotipos.

2. ¿Debe el escritor ser un artista comprometido con la sociedad?

No sólo el artista. Todos debemos estar comprometidos. Como parte de una sociedad debemos estar interesados en el bienestar de la comunidad en que vivimos. Nos gusta deslindarnos de los problemas y culpar a los otros de lo vivido. Efectivamente, la situación del país es crítica, hay dolor, incertidumbre, miedo. Yo me refiero en este caso a cosas que son básicas para la convivencia, desde cuidar el agua, depositar la basura en su lugar, respetar las señales de tránsito, no usar el celular cuando está indicado no hacerlo, hasta vivir en familia. En algún momento, en estas conductas básicas, perdimos el rumbo. No sólo el artista, insisto, debe estar comprometido con la sociedad. Es decir, no solamente él debe actuar y con el término "actuar" no me refiero a sólo gritar, vociferar, arremeter. Esto es fácil. Lo difícil: conciliar, llegar a acuerdos, establecer soluciones objetivas que beneficien a todos, no a unos cuantos. Otra cosa difícil: respetar. No podemos exigir respeto cuando nosotros no lo llevamos a la práctica. Como dije antes: hablo de conductas básicas como esperar mi turno en la fila del banco. Acciones para muchos insignificantes pero que impactan y se vuelven acciones globales.
El artista vuelve palpable estos contextos resquebrajados. Tiene a su favor la herramienta del lenguaje, el pincel, las notas musicales, su cuerpo mismo, para reconsiderar el valor de la sensibilidad. Las mismas instituciones educativas tienen mucho trabajo en ello. Hay en México, talleres de arte (pintura, danza, fotografía…) con personas en situación o riesgo de exclusión, teatro social, arte-terapia, proyectos orientados a facilitar la expresión a través del arte a las personas con discapacidad, proyectos artísticos en instituciones totales (cárceles, hospitales psiquiátricos…), proyectos de capacitación profesional en actividades artísticas, y un largo etcétera. Menciono algunos ejemplos en concreto: 1. “La pollería cultural”, en el estado de Guerrero. Es un proyecto de Asunción Pineda y Diana Eréndira Reséndiz que intercambian a través de un taller una experiencia de creación artística por un pollo entero crudo; 2. “Cine bajo el cielo”, muestra itinerante cinematográfica al aire libre, sustentable y ecológica (https://www.facebook.com/Cinebajoelcielo) , lleva cine a plazas públicas y en comunidades alejadas del país. Funciona con una bici que impulsa la proyección; 3. Otro proyecto importante es “Habitajes” (http://www.iniciativaciudadana.org.mx/#!La-interculturalidad-en-Habitajes/c1zo4/56294c550cf258da0e8f6c14), una asociación que aborda el espacio público y el arte urbano para creación de comunidades. Su director es Emmanuel Audelo y entre sus propósitos están promover y analizar las prácticas artísticas en el espacio público desde un enfoque de derechos humanos, memoria, ciudadanía y de género; 4. “Las hijas de la violencia” (https://www.facebook.com/lashijasdeviolencia), proyecto contra el acoso callejero. “Las hijas de la violencia” nace como proyecto paralelo a una investigación escénica sobre la violencia de género. Busca, a través del arte performático, el punk y el video, abordar la violencia machista legitimada socialmente. Hay muchos ejemplos más de que los artistas están haciendo algo en México, si no en espacios físicos, a través de redes sociales. El proyecto de Acción poética (https://www.facebook.com/AccionPoeticaOficialmty/), encabezado por Armando Alanís Pulido, tiene mucho que ver en esto. Y como mencioné líneas arriba, la necesidad de sensibilizar y cambiar el rumbo.

3. ¿Considera usted que, a través de sus escritos, hizo una reflexión sobre los periodos de violencia o los acontecimientos trascendentes que ha tenido la región?

No debemos separar nuestra región de lo que acontece en el país y en el resto del mundo. Hablamos de diferentes contextos, lenguaje, situaciones, pero el impacto es el mismo. Me refiero a las familias que son quienes padecen en primera fila esta catástrofe. Entonces, lo que de manera personal he realizado, no se refiere sólo a la región, si no a lo que sucede en el país y, más allá de nuestras fronteras. Hace un par de años Ediciones El Humo, en su colección Ojo cautivo, publicó mi libro Visiones de la patria muerta. En él, me refiero a diferentes episodios de violencia en nuestro país y que se suma a otros muchos autores que han escrito desde el dolor. El primer libro que me viene a la mente es el de Sara Uribe, titulado Antígona González. Mi libro Visiones de la patria muerta, ofrece dos escenarios: el ideal y el que desafortunadamente vivimos a diario. Lo he subido a la red y se puede descargar de manera gratuita desde mi blog: http://nadiacontreras.blogspot.mx/. El de Sara Uribe también en: https://poesiamexa.wordpress.com/2016/06/13/sara-uribe/
En el 2014, inicié de manera virtual una Antología de poesía contra la violencia y a favor de la paz (https://poesiacontralaviolencia.wordpress.com/) a la que se han sumado diversas voces. En total, hasta el día de hoy son 52 poetas antologados. Hay una convocatoria permanente para participar en ella y tengo la fortuna de recibir excelentes propuestas de poetas no sólo del país sino del extranjero que escriben en español. En algún momento se apostó por un proyecto bilingüe, hay incluso algunos poemas en inglés, pero el proyecto tomó fuerza en español. Es otra forma de hacer frente a estas situaciones de vulnerabilidad. El internet, como medio para hacer palpable todas estas situaciones, con la ventaja de no tener barreras en cuanto a distribución, venta, etc. Esto es algo que debemos aprovechar de la red.
A la par de esta antología virtual, marcha la revista Bitácora de vuelos (http://rdbitacoradevuelos.blogspot.mx/), que se enfoca en la literatura y la cultura digital. La revista y los libros (editamos Ebook y EPUB para su descarga gratuita), ofrecen un espacio más para el planteamiento de ideas. Mi obra personal, la que he escrito en los últimos años, aborda de manera directa la situación del país, sin embargo, mi propósito es consolidar estos espacios virtuales para la difusión del arte y la crítica constructiva, elementos fundamentales en el desarrollo de nuestra sociedad.


Ilustración | Manjit Thapp

Por supuesto que amo mi patria. Lo que no amo es el corazón negro de ciertas personas. Lo negro avanza tal como lo hace el virus y contagia a otros corazones. Todo comienza por aquello que parece insignificante. Hablo de sucesos mínimos como ese en el que un padre o una madre le dice a su hijo que no importa lo que haga, que siempre lo va a defender, y si roba y si mata, otros también lo hacen. Quizá no lo diga con esas palabras, pero las acciones son suficientes para entenderlo de tal modo. O, por ejemplo, esa expresión aplicada una y otra vez en el terreno de los negocios: el que no transa no avanza.

Las anteriores, son por decirlo, cosas que van ensombreciendo el corazón de las personas, tanto del que aplica la sentencia como de aquel que la recibe. Lo negro se extiende y vence las delicadas capas del órgano que late. Es así como ocurre esta transformación del hombre bueno a hombre malo. El mal y el bien son inmanentes a nuestra condición humana, dicen. Creo, sin embargo, que fuimos llamados a ser buenos. Cómo puede alguien, desde el vientre materno, tener sentimientos de odio hacia los demás. Creo que el hombre nace limpio, inocente, y es la circunstancia lo que genera el cambio. Es decir, al corazón bueno alguien le mostrará el camino de la intolerancia, de la corrupción, del crimen y éste, seducido, quedará atrapado.

La mancha de lo oscuro se extiende; para cuando ésta adquiere tamaño, el hombre ha dejado de darse cuenta. Y si lo sabe, prefiere no mirar la sangre que empapa sus manos. El hombre de corazón negro no mira. ¿Para qué? Así avanza, corrompe a otros, extiende los tentáculos de su virus hacia todas direcciones. No importan las ideologías, las religiones, como tampoco la familia, desmoronándose pedazo a pedazo.

Amo a mi país, pero no a estos hombres de corazón negro que encontramos al salir a la calle o que están allá, absortos en su propia miseria, gobernando una nación en bancarrota.
 

En la vida además de la familia, el hombre que amo, la literatura, agradezco la edad. A diferencia de ciertas mujeres que se disgustan ante la pregunta, en mi caso, la digo con orgullo. Por supuesto, esto no me hacer mejor que las mujeres que menciono, pero si diferente por el hecho de considerar a la edad como sinónimo de vida. Mi lógica es que, si me quito los años, quito también una parte de mí, esa experiencia que me configura. La edad es, por ello, un cúmulo de decisiones, tropiezos, enfermedades, riesgos, aventuras, etc., que finalmente me vuelven más fuerte.

Qué puedo decir de este trayecto de cuatro décadas. Que me siento plena, feliz con lo que tengo y con lo que he logrado en el ámbito personal. Estoy rodeada de personas maravillosas que creen en mí, en mis proyectos, en la literatura como forma de vida. Está mi padre (que también festeja conmigo su cumpleaños y va a la delantera con 40 años más), y la presencia de mi madre, sus canciones, su música. Hay, en este momento algo más allá del dolor que deja el pasado, la incomprensión de la infancia, por ejemplo, y aquella vez que creí en el amor con ojos ciegos. A esas personas que fueron lo amargo sólo les tengo una pregunta: ¿qué mal pude yo hacerles para que me mostraran el lado oscuro de su alma?

La vida nos ofrece su circunstancia, y a partir de ésta, es como te conduce a puerto. Uno quizá no lo ve, pero ocurre: las olas del mar, a veces trastornadas, llevándote a otra orilla. Y aquí estoy. Dejé mi natal Colima, y me instalé en esta ciudad de escenarios en color sepia (verdes ahora por las últimas lluvias). Hundida la embarcación en esos primeros años, pero rescatada después. Dicen que a los 40 las mujeres se preguntan ¿qué estoy haciendo con mi vida?, mientras que a los 60, la pregunta es ¿qué he hecho? Tengo 40 y mi pregunta no es esa, es más, humildemente digo que no tengo preguntas (excepto la del párrafo anterior). Mis pies están sobre la tierra (una tierra fracturada, dolida, bañada con sangre) y sé con exactitud mi misión en el mundo, por decirlo de manera espiritual. No dudo de lo que soy, como mujer, como esposa, como hija, como escritora, como académica. Dice el poeta Nervo: ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz! y, sin temor a equivocarme, de tal modo resumo este momento.

En la edad, están los caminos andados, las tormentas, los lugares visitados, los libros escritos, esos pensamientos míos que espero se multipliquen en otras personas, proyectos de difusión y edición, la familia y el amor, sobretodo el amor. ¡Qué más puedo pedir! Ahora sí, que vengan los mariachis y comience la fiesta.

¡Qué fácil seguir a otros sin analizar realmente hacia dónde nos llevan! Este es el efecto que veo en lo que ahora "es pan caliente" en las redes sociales. La marcha "En defensa de la familia", promovida por una organización de derecha conservadora llamada Frente Nacional, está en contra de los matrimonios igualitarios, como también en contra del acceso a información sobre temas de reproducción, igualdad de género y los derechos de la comunidad lésbica, gay, bisexual, transexual, transgénero e intersexual (LGBTTI). Insisten en la familia "normal". Hablan de aquella donde existe una madre, un padre, unos hijos. La mujer, por supuesto, sólo como aparato reproductor. ¿Una familia normal?

El término "normal" tiene muchas aristas. Hay familias que no cuadran con la aberración del término "normal" (que se usa en este caso); familias hechas por la madre y los hijos; por el padre y los hijos; familias homoparentales o aquellas que sin hijos (como es el caso mío y mi esposo), optamos por las mascotas. ¿Qué de malo hay en todo esto? Si hablamos de lo malo, entonces hablaríamos de otra cosa, por ejemplo, de violencia dentro de estos hogares. ¿Cuántas familias que no entran en el terreno de esta normalidad son verdaderamente familia? Muchas y que, no lo dudo, cuidan más que una llamada tradicional. En mi caso, por ejemplo, mi primera familia (no debería llamarla familia) me abandono. No juzgo esto porque, extrañamente, es un hecho que ahora agradezco. No asumieron su responsabilidad y tuve que esperar un buen tiempo para que otra familia me adoptara. ¿Es esta la familia “normal” de la que hablan? ¿Es válido discriminar de tal modo? ¿Qué no se supone tenemos los mismos derechos?

Lo que importa aquí, independientemente del modelo familiar, es primeramente la integridad de cada persona, el valor que se le da dentro de estos núcleos ¿Quién no quiere ser valorado, amado, guiado, apoyado, respetado? Si estos elementos están dentro de los hogares tradicionales… ¡qué bien!, como también si están dentro de otros modelos, como el caso de los matrimonios igualitarios. Cada quien es libre de tener la familia que desea siempre y cuando no olvide la integridad de cada individuo. Es decir, eso que afectará de manera positiva a la persona, a su entorno. La integridad (madurez en el nivel ético y espiritual, que conducen a la persona a actuar lo mejor posible en todas las circunstancias, pues este valor afecta positivamente a todo su entorno), ha pasado a segundo término o, acaso, ya no importa, y es lo que olvida esta marcha y quienes están de su lado. Por ello, una acción errada y absurda. Sólo una última reflexión: la integridad es la respuesta a esta doble moral que maneja la sociedad, donde las personas actúan de una manera relativa (a su conveniencia y acomodo, por ejemplo, esta marcha), evitando todo tipo de compromiso serio con los demás... Doble moral que se caracteriza por ser bondadosa cuando se requiere (conveniencia), pero participa de actos denigrantes sin que otros se den cuenta de ello.

Sin embargo, ustedes tienen la última palabra.

Los hombres corruptos babean y, ante el asombro de las cosas, no levantan las cejas ni acercan los ojos. Han olvidado lo que es tirarse sobre la arena de la playa de cara al cielo. Para los hombres corruptos son insuficientes las pastillas, los energéticos, la felicidad, ese tren de viajes muy largos. No caminan. Se desplazan como los animales rastreros. Ellos se miran portando trajes finos, conduciendo camionetas de lujo, pero su realidad es otra: respiran y tragan su propia podredumbre. Estos hombres, los corruptos, no tienen voluntad de morirse.

*

Algo se aleja o nos aleja del cuerpo. Lo que no marcha bien, lo que cae de pronto, habitaciones vistas a través de telarañas. Es así la locura, una mancha horrible a un costado del cerebro o cubriéndolo totalmente. Una transformación que desabotona la cordura y arroja la cabeza y el cuerpo a noches susurrantes. Aún con el influjo de la droga, la locura de pasillos giratorios, puertas hacia días cada vez más oscuros. Otra forma de locura: sonreír cuando se ha cerrado con llave la puerta. En la locura, se cumple la hora faltante o la hora excesiva. Calles, avenidas, plazas, jardines, bajo espectáculos sangrientos. ¿Qué nos pertenece? Ellos, los que nadie atrapa, reflejarán sus gruesas máscaras en los espejos y nos despojarán de todo, incluso de la locura. La locura como una mancha terrible a un costado del cerebro o cubriéndolo totalmente. Y ésta, la del mundo, agigantada, brecha llena de serpientes.

*

Hay quien se ajusta a su máscara y va por el mundo alegre y festivo. Yo soy de estas personas. La máscara me hace sentir cómoda y orgullosa cuando por error o vanidad, me miro en los espejos. El paso de los años la ha modificado, su apariencia; el color, los gestos no son los mismos. De esto, me doy cuenta por los viajes. En estos últimos meses he viajado a muchas partes, he conocido y hablado con muchas personas, he reído y en algún momento, llorado. Por supuesto, esta máscara va conmigo. Me da seguridad, firmeza aún en los momentos más imprecisos. La máscara también disimula la desviación de mi ojo izquierdo y por ello, su dificultad para mirar en la distancia. Hablo de los libros que publico a veces y cómo estos, buenos o malos, se han multiplicado. Me acerco, a veces demasiado a las personas, porque creo que lo escrito en las páginas de los libros puede parecerse a su vida: días, meses, años punzantes o dichosos en igual, menor o mayor proporción. Ésta que porto es una buena máscara. No es burda ni horripilante como aquellas que se usan para robar, engañar, asesinar. Miren el resplandor de la sonrisa.

*

Madre (fui alguna vez tu bebé recién nacido), no soy capaz de mirar y quedarme callada; tarde o temprano escribo sobre este país de justicia ausente. Tarde o temprano, la fuerza inquietante y misteriosa me lleva a la pantalla donde las letras forman palabras y éstas, ventanas que me permiten tocar lo desarreglado, lo amorfo. Hay hombres y mujeres que impiden la aventura, la felicidad. No es casualidad que el mundo sea ahora tan frágil y los espíritus libres se inclinen más hacia la tristeza. De esto escribo, madre, porque además de la voz como una mañana de amplios jardines, me heredaste la idea: volcán que nunca se apaga.

Ella, la que nadie sabe que existe dentro de mí,
tan amiga,
tan hermana,
es la que me dicta con el puño
de un corazón amargo.

No hablo de la mujer que conocí
cuando el mar era una ola
en el cuenco de la infancia,
ni de aquella en el momento de la herida.

Es otra la que me mira pasar
en la noche de los destellos,
esperando a que me acerque,
mientras la música
es un relámpago indisoluble.

De Cuando el cielo se derrumbe (El Tucán de Virginia, 2006). 

Ilustración | Aykut Aydoğdu