Hace unos días partió mi abuela materna Camila Cárdenas. Quiero brindarle como homenaje, un poema que escribí hace ya algunos años y que fue publicado en el libro Cuando el cielo se derrumbe, El tucán de Virginia. 78 pp. (Poesía) Premio a publicación editorial 2006. Aquí hablo de mis dos abuelas, la materna y la paterna. Una pretexto para continuar con ellas esta conversación.

Mi abuela tiene los ojos claros,
como los de mi padre, como los de mi madre.
No es la misma mujer
aquella que veo subir
cuesta arriba hasta la plaza
donde el ingenio se deshace en vapores.

A mi abuela Clara la conocí
a través del presentimiento,
cuando hay un trompo
girando en el vuelo de la tarde
y las abejas tiñen de caprichos
su falda o su blusa.

Todo lo que sé de ella lo aprendí de mi padre.

Mi abuela Camila es alegre,
sabe de un cielo habitado por voces,
canciones como la mejor herencia.

Sé de largos pasillos
en aquella casa construida por mi abuelo
–ese muchacho de dieciséis defensor y revolucionario–
donde emergimos a los primeros juegos,
al ir y venir tras las lagartijas,
los pájaros
en la reverberación del viento.

Ambas, aunque los años nos separen y sea escarcha
la fronda de los días, rezan por mi destino.



El día de ayer apareció en línea la entrevista que me realizó la poeta XÁNATH CARAZA. Se publicó en El coloquio de los perros, y debo decir que la edición de todo el proyecto, es hermosa. Muy emocionada y agradecida con quienes hacen esto posible.

—EL COLOQUIO DE LOS PERROS: ¿Quién es Nadia Contreras?

—NADIA CONTRERAS: Difícil responder a esta pregunta. Por un lado, he tenido que superar algunas adversidades: mi primera infancia (y su huella permanente), luego, cuando creí en el amor y éste era una mentira. Puedo decir que soy una persona de altibajos, de felicidad, pero también de tristezas (o viceversa). La escritura, quizá muchos no estén de acuerdo, ha sido una catarsis y me ha salvado. Darme a los demás, entonces, siempre ha sido difícil, aunque en los últimos años esto ha comenzado a desvanecerse. Confío más en mi persona y mi trabajo literario me da la oportunidad de conocer públicos maravillosos. Hay tranquilidad en mi vida y amor, ahora sí, con letras mayúsculas, y esto me fortalece. He superado la autodestrucción del “yo”.

—ECP: ¿Quiénes guían tus primeras lecturas?

—NC: Puedo decir que mi madre, aunque en casa nunca hubo libros. Cuando cursaba el primer año de secundaria, me regaló dos libros: Frente a un escaparate y La muchacha y la pureza. A ella se los regalaron cuando estaba a punto de casarse. No recuerdo más datos de aquellos libros, no tengo certeza tampoco de sus historias. Lo que sí recuerdo es la impresión que causó en mí la palabra impresa. No tenían dibujos, pero sí una tipografía impresionante. Comencé a leerlos maravillada por esa forma de imprimir los pensamientos. Son los únicos libros que había en casa junto con la Biblia y Mi ángel de la guarda. Quizá un año después o dos la directora de esta misma escuela me pidió que participara en un concurso de declamación, mi voz es muy fuerte, y podía participar con un poema: ‘En paz’ de Amado Nervo. Fue el primer poema que leí; luego, leería muchos más de su libro La amada inmóvil. Comencé a leer a Nervo, Villaurrutia, Novo, Pellicer y más adelante a Octavio Paz. Comencé con poesía y con una poesía que abría profundamente las heridas. Leía a Plath, Pizarnik, Castellanos. El milagro: comencé a escribir. Había forma de decir lo que sentía, lo que pensaba, lo que dolía. Una válvula de escape. He tenido excelentes guías: Víctor Manuel Cárdenas (con quien trabajé mis primeros textos), Raúl Aceves (que escribió el prólogo para mi libro Mar de cañaverales), Antonio Marts (que como editor publicó mi libro Figuraciones), Luis Armenta Malpica, José María Espinaza, Alberto Chimal, Jaime Muñoz Vargas, Gloria Vergara, Ada Aurora Sánchez y un largo etc.

—ECP: ¿Cómo comienza el quehacer poético para Nadia?

—NC: Comencé a escribir y casi a la par a publicar. Tuve la fortuna de encontrarme con gente maravillosa que me apoyó en la difusión de mi trabajo. Mis primeros poemas se publicaron en un suplemento cultural de la ciudad de Colima que se llamaba “Cartapacios” y aparecía los domingos dentro del periódico Ecos de la costa. No pasó mucho tiempo para que publicara mi primera plaqueta, luego mis primeros libros: Mar de cañaverales y Lo que queda de mí. No recuerdo qué impacto tuvieron estos libros. En esta época hubo mucha confusión. Es maravilloso ver nuestros libros publicados. La permanencia de nuestro pensamiento, de nuestra forma de ver la vida, adaptarnos y responder a ella. Hace días alguien me preguntó que por qué había escrito tal poema, qué me había motivado. Veo la imagen del poema y me quedo pensando por qué el poema no me viene a la mente. Tengo la idea hasta que veo la portada del libro (que esta misma persona me envía) y la imagen del texto. Me impactan estos momentos porque hay algo que el lector encuentra en mis textos, quizá responden a un momento de su vida, al amor, al destino. Ojalá mis textos disipen duda.

—ECP: ¿Tienes poemas favoritos de otros autores? ¿O estrofas? ¿Pudieras compartir algunos versos y un poco de tu reflexión/atracción hacia ese poema o esas estrofas?

—NC: De Rosario Castellanos: «Me desgajé del sol (era la entraña / perpetua de la vida) / y me quedé lo mismo que la nube / suspensa en el vacío. / Como la llama lejos de la brasa, / como cuando se rompe un continente / y se derraman islas innumerables / sobre la superficie renovada del mar / que gime bajo el nombre de archipiélago. / Como el alud que expulsa la montaña / sacudida de ráfagas y voces». De Alejandra Pizarnik: «Toda la noche me abandonas lentamente como el agua cae / lentamente. Toda la noche escribo para buscar a quien me busca. // Palabra por palabra yo escribo la noche». De Pita Amor: «Voy a pescar peces rojos / y a encerrarlos con cerrojos / en un frasco de cristal // Ya es mi locura total / estoy por ti encarcelada / en la cárcel de la nada». De Oscar W. Milosz: «Y el hombre y la mujer sin nombre están muertos, y su amor / Está muerto, ¿y quién se acuerda acaso? ¿Quién? Tú, quizás, / Tú, triste, triste ruido de la lluvia sobre la lluvia, / O tú, alma mía. Pero pronto olvidarás eso y el resto». De Henri Michaux: «Aire del fuego, no supiste jugar. // Arrojaste sobre mi casa una tela negra. ¿Qué es esta opacidad en todas partes? Es la opacidad que cubrió mi cielo. ¿Qué es este silencio en todas partes? Es el silencio que hizo callar mi canto. // Para esperar me hubiera bastado con un hilo de agua. Pero te lo llevaste todo. El sonido que vibra me fue quitado. // No supiste jugar. Atrapaste las cuerdas. Pero no supiste jugar. Tapiaste todo en seguida. Rompiste el violín. Arrojaste una llama sobre la piel de seda para hacer un horrible pantano de sangre». De José Emilio Pacheco: «Al lugar que fue nuestro llega el invierno / y cruzan por el aire las bandadas que emigran. / Después renacerá la primavera, / revivirán las flores que sembraste. / Pero en cambio nosotros / ya nunca más veremos / la casa entre la niebla». […] Tomé estos versos porque mi vida está en ellos, mis dolores, mis preocupaciones, la idea del “yo” y la idea del “otro”, “los otros”. Pudiera, con estos versos, trazar la línea de mi tiempo, como persona y como escritora. Lo que fui, lo que soy, y a donde dirijo mis pasos. Esta fue la idea cuando, por invitación de la Secretaría de Cultura de Coahuila, hice la selección de poemas para mi libro Cumplimiento de la voluntad. 

—ECP: ¿Cómo es un día de creación literaria para Nadia?

—NC: Hace muchos años dejé de tener días exclusivos de escritura. Antes, en la casa paterna, tenía un escritorio, con todo lo necesario, cuadernos y una máquina Olivetti. De esa máquina salieron mis primeros libros: Retratos de mujeres, Mar de cañaverales y parte de Lo que queda de mí. Escribía y leía mucho, a puerta abierta, porque hasta el día de hoy me dan pavor las habitaciones cerradas. Luego, con mis estudios y trabajo, mudé mi escritorio a cualquier parte. Comencé a escribir en las cafeterías, en los salones de clase, en la redacción del periódico (trabajo y escribo para diversos medios desde 2001). Actualmente ocurre lo mismo. No tengo un lugar específico y, aunque tengo una habitación-biblioteca para ello, escribo en el comedor, junto a la cocina (cocino y escribo), en la cama, en el sillón, en mi trabajo mientras mis alumnos (llevo más de doce años impartiendo clases) realizan alguna actividad. Voy robando palabras al tiempo y a los compromisos. No sé si podría escribir como antes lo hacía. Vivir así, en el filo de lo que puede o no ser escrito, evidenciado, me mantiene alerta. Es como estar a punto de escritura en todo momento. 

—ECP: ¿Cuándo sabes que un texto está listo para ser leído? ¿Cómo has madurado como escritora/crítica literaria/poeta?

—NC: No sé cuándo un poema está listo, como tampoco si un cuento, si una columna, si una reseña o un ensayo. Nunca lo sabré, creo. Para mí un texto está terminado cuando su fecha de publicación está cerca, o cuando veo la posibilidad de armar un libro. Sí, escribo mucho, una parte para publicar y otra que guardo “celosamente” en la carpeta de lo inédito. Escribo y luego me alejo. Escribo movida por los sentimientos, las emociones, la felicidad, la ira, etc. Esto hace, de una u otra forma, que mis textos sean viscerales. La distancia sobre ellos, cuando esa emoción incluso ha desaparecido, me permite volver a ellos, de manera más crítica y, como si se tratara del texto de alguien más (ese alguien totalmente desconocido y horripilante), no tengo compasión. Es una manera de decirlo, pongo la aclaración entre paréntesis, porque cuando tallereo textos de otras personas, más que tachar, eliminar, borrar, destruir, quemar, mi objetivo es incentivar la lectura y la escritura. Nunca parar de leer y escribir. Son grandes motores, luego llegará la mirada crítica, el cuchillo crítico.

—ECP: ¿Qué tanto hay de México en Nadia, en lo que escribes?

—NC: Desde siempre, los paisajes de mi patria. “Nací” en una región muy hermosa, Quesería, Colima. Un pueblo al norte de ese estado. Por un lado el mar y por el otro los cañaverales. Estos son los paisajes de mis primeras publicaciones y el nombre de mi segundo libro: Mar de cañaverales. Crecí entre árboles, ríos, piedras volcánicas. Cuando tuve conciencia de mis dolores, o cuando éstos me llegaron a la garganta, fue cuando el paisaje se puso gris. Los dolores, los llamo también tormentas, colmaron mis textos. Dejé de mirar el paisaje para convertirme en tema principal de lo escrito. Dije que la escritura salva y lo repito porque sigo aquí y dentro y a mi alrededor hay una mañana fresca, un jardín repleto de árboles y gatos. Una madre que nunca estuvo, un padre que tampoco se hizo presente, tienen que ver mucho con esta mirada hacia adentro. Y, por supuesto, los estragos del abandono, porque hay quien sólo abandona, es decir, da media vuelta y se va, como también aquellos que dejan una vez que han dañado, abusado, amarrado, secado de hambre y sed. Correspondo a esta segunda versión del abandono. Digo la palabra “nací” entre comillas porque tuve una segunda oportunidad en esta región de Colima. Viví ahí con mis padres adoptivos y ahora ellos viven conmigo en Torreón, Coahuila, a escasos diez minutos de distancia. Cuando el cielo se derrumbe cierra esta temática. Aborda también otra, la de la farsa, porque cuando me casé por primera vez creí en el hombre que pasaría el resto de mi vida conmigo; creía en el matrimonio y en los hijos por venir (más adelante me daría cuenta que no podía tenerlos). Uno se da cuenta de que todo es mentira, que el error más grande del mundo es amar a una persona que no corresponde, que no se entrega, que no vive, que hace de los días más soleados el invierno. El libro cierra esta temática y abre mi mirada hacia otros paisajes. Cuando comencé a escribir Presencias, había ya una persona a mi lado (mi segundo esposo y con quien vivo actualmente y quiero seguir haciéndolo), está el paisaje desértico del norte del país, las texturas, los colores, la playa y los cañaverales imaginarios. Esto intenté escribir en un librito que titulé CaleidoscopioVisiones de la patria muerta abordará de lleno los problemas de México, la corrupción, los crímenes, las ausencias, la apatía nuestra y la de nuestros gobernantes. Mi México fracturado, partido, como la fe, la esperanza, los sueños de muchos de los nuestros, los que viven aquí o han emigrado a otras patrias (¿se podrán llamar patrias?) en busca de mejor suerte. 

—ECP: ¿Cuál piensas que es tu papel como mujer y poeta/escritora? ¿Crees que hay alguna responsabilidad?

—NC: Existe, por supuesto, una responsabilidad en toda escritura. La primera es nombrar lo que está delante de nuestros ojos y lo que ahora está delante no es nada grato. Nombrar para hacerlo evidente, hacerlo incluso, incómodo, porque hay muchos (políticos y poderosos, principalmente) que prefieren borrar antes que nombrar. La escritura no funciona así. La escritura vuelve palpable aquello que ha sido roto, distorsionado, alterado. La escritura, en este sentido, es muy poderosa. Por ello se atenta contra quienes escriben. Ejemplos: Veracruz, Ciudad Juárez, Ciudad de México, Coahuila, etc. La escritura es lo mismo que conciencia. Un camino difícil como el de la mujer en la historia de nuestras sociedades. Tenemos un lugar, pero hay mucho camino por recorrer.

—ECP: ¿Podrías comentar un poco sobre tu vida como profesora?

—NC: Llegué a esta vida por mera casualidad. No estudié para ser maestra, no soy egresada de la normal, que en México es un requisito para quienes imparten clase en escuelas públicas. Siempre he trabajado en escuelas privadas, pero no alejada de la situación que vive la educación en México. Estamos muy lejos de un proyecto educativo claro y sólido, antes bien, amañado, colmado de intereses, juegos políticos, apariencias. En México la educación es de apariencias. Comencé a dar clases en preparatoria, luego en Universidad. Cuando me ofrecieron dar clases en secundaria, me negué. Más adelante, no tuve otra opción que aceptar la propuesta. Comienza mi día con secundaria y preparatoria y termina con alumnos de sexto y octavo de carrera, en la universidad. El trabajo con secundaria y preparatoria es muy enriquecedor. Los de secundaria, sobre todo los alumnos de primer grado, no tienen miedo a escribir lo que piensan, escriben tal cual se les viene la idea a la mente. Los de prepa son más miedosos y a unos no les queda más remedio que escribir, pero de una u otra forma, crean un hábito, pierden el miedo a la pantalla y al teclado porque no es lo mismo un texto creativo (que se refiera a ellos mismos, muchas veces) que una conversación por face, por ejemplo. Son dos escenarios que me gustan para mostrarles la escritura y fomentar la lectura. Creo que mis alumnos escriben bastante, sólo espero que en un futuro próximo sea la escritura una forma de vida, algo inherente a sus proyectos personales y profesionales.

—ECP: ¿En qué proyectos estás trabajando ahora?

—NC: Destino mucho tiempo a mi blog Bitácora de vuelos. Primero, porque cuando comencé el proyecto de la revista no sabía nada de lenguajes, códigos, hojas de estilo. Fue un aprendizaje para mí. Con el tiempo, he aprendido a optimizar mis tiempos en cuanto a la revista y las plaquetas virtuales que editamos. Hay muchas colaboraciones en casi todos sus proyectos y eso me da mucho gusto; que confíen en tu trabajo es un logro que no tiene nombre. Por supuesto, me apoyan muchas personas en cada proyecto. En cada una de las cosas que se me ocurren hay siempre una mente que me ayuda a darle forma. Estoy trabajando en varios libros que tengo pendientes: poesía y prosa. No digo sus nombres porque no estoy segura de que se llamarán así. Hay varias publicaciones en puerta para este año y otras más que quiero enviar a las editoriales. Hay encuentros, festivales, amigos que veré próximamente.

—ECP: ¿Qué consejos tiene Nadia para otros escritores/poetas/críticos literarios?

—NC: Como dice Luis Cardoza y Aragón: «En la garganta de todos: / ¡Vivir! ¡vivir! ¡vivir!».

Fecha de publicación: 5/29/2016

Leer entrevista en El coloquio de los perros. (El sitio está fuera de línea)

Ilustración de Cecilia León
Tratado de los sueños

Los sueños son una realidad impuesta. En algún momento del día o de la noche, los ojos cerrados, los sueños se colocan sobre la frente (el cerebro hace su parte) y en esa otra realidad nos ponemos de pie y hablamos con personas nunca vistas o simple y sencillamente, miramos a través de la ventana. Sueños tranquilos, un giro o dos en la cama, su centro, su orilla. Hay otros, en cambio, su autor (¿existe el autor de los sueños?), precisa un episodio sangriento. Los pies avanzan, las manos se agitan y en lo que parece ser siempre el mismo sitio, los golpes, el disparo. ¿Qué puede reorientar el azar de la realidad impuesta? Entre aquello que altera el sueño y genera estas escenas, las versiones de unos y otros, antes de dormir, procuro pensar en el humo del cigarro; se esparce en la habitación, se extiende como un velo y todas las cosas son tocadas: los libros, las fotografías, el hombre que amo. En otra escena, el humo, el chasquido del teclado y las letras que aparecen en la pantalla. Es decir, cielo iluminado dentro de los ojos. Ya dentro de ese cielo, insisto en el mismo pensamiento: el humo, las cosas que son tocadas, las fotos... No hay sobresaltos.


La memoria, esa caprichosa

Memoria: 1. Capacidad mental que posibilita a un sujeto registrar, conservar y evocar las experiencias (ideas, imágenes, acontecimientos, sentimientos, etc.); 2. Potencia del alma, por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado; 3. Capricho que muestra lo que quiere o lo que puede. Memoria-capricho. Hay lugares a los que asisto, lugares de la infancia o de la primera juventud, y que son totalmente ajenos. Si me dicen aquí ocurrió tal cosa, o Mario dijo esto y Lourdes respondió aquello, la memoria, esa caprichosa, es página en blanco. He realizado viajes de los que tengo detalles, pero no la crónica completa del mar de Playa del Carmen, mis caminatas por ciertas calles de Ixtapan de la Sal, Toluca, Zamora, Tijuana, Chihuahua, Veracruz. Recorro nuevamente esos lugares, pero desde lo que no existe bajo la última capa de la memoria. Pregunto más de una vez la fecha en que murió mi abuelo, dónde velamos su cuerpo, dónde la misa y el lugar que guardan sus restos; pregunto, qué le sucedió a Víctor, a Leandro; a dónde se fueron mi abuela Juana, mi tía Rosa, mi tía Clotilde, mi tía Olivia. La memoria, esa caprichosa, acaso mi único contacto con el pasado, se borra o se resetea sin guardar los cambios. No obstante, en todo lo que se olvida, hay registros que permanecen intactos. Nombres, días, años, la persistencia de éstos, su cuchillo fatal. Y esta memoria-capricho ¿hará perdurable mi recuerdo en las personas que amo, los libros escritos, las fotografías alguna vez tomadas? La memoria, ¿me salvará?

Texto publicado en el suplemento El comentario del periódico El comentario de la Universidad de Colima.



La Poesía Une, no tengo duda. He visto la poesía en las palabras simples de una madre buscando un mejor futuro, en la lucha y la perseverancia, en el éxito y triunfo de nuestras historias. Sé parte de este festival, déjanos llegar a ti, déjate tocar por la poesía deja que la poesía te cambie y ate tu camino con nuestro futuro. (Rossy Evelin Lima).

Cómo nace este evento. Aquí la respuesta: feipol.us.

La reina de las aves | Johnny Palacios hidalgo

I

Bajo la tormenta todo se pierde, la ruta, los pasos de esa ruta y el tiempo. No quiero agregar más detalles, pero ocurrió el encuentro. La calle en que ambos aguardaban el cese de la furia y la tienda de joyas en que por primera vez se tocaron, no bastaron. Tenían que irse a otra parte; tenían que, bajo las sábanas compartir el apetito de los cuerpos.
Ella piensa en todas aquellas cosas que se desataron: oleadas de besos, aromas, sonidos, la humedad, su movimiento. Y él, en esa imaginación encendida, la contempla y se deleita como quien mira el cielo o el fuego.

II

El hombre de pie o sentado, el teléfono puesto en la oreja, el timbre monótono de la espera. Laura lo imagina así cada vez que escucha el timbre; cada vez que se acerca o retrocede, porque en la locura se avanza, se retrocede.
Al principio, pequeños brotes, pequeños orificios en la delicada piel de la cordura; luego, el arrebato: soñar, soñar, soñar. O, dicho de otro modo, la ferocidad arriba o debajo de ese otro cuerpo.
Él le habla (su voz es más grave a través del teléfono) de la distancia, las muchas razones de la distancia.
—En verdad, te digo, me estoy muriendo de asfixia, de recuerdos dispersos que revoletean a mi alrededor, no como alas, sino como latigazos.
—Me haces temblar.
La única certeza, eso que escucha como una percusión mortal, es la distancia a través de la línea.
—Me dan ganas de abrazarte, apretarte.
—Quiero (la voz de él se ha vuelto murmullo) la temperatura de aquel cuarto, quiero mi lengua tejiendo estertores.

III

La locura es desmoronarse con la prisa de quien penetra un cuerpo y ese otro cuerpo, corresponde al instante eterno. Y la amplitud del miedo. Tengo miedo a convertir este murmullo, este amor-murmullo, en grito, en la luz del grito.
Las preguntas son fantasmas despiertos: ¿En dónde estás? ¿Existes? ¿La habitación se llenó de nosotros y mi cuerpo de tu existencia, más agitada que la mía? ¿La tormenta, en qué momento se marchó?

IV

[¿Y si las escenas anteriores fueran la escritura temblorosa de una mujer que se ha sentado a mirar el tiempo y sus baúles? ¿Si todo lo leído, fuese sólo el deseo de ella, inventando, recomponiendo su historia, el doble filo de su historia? Mírala, en su fracaso, apretando día a día los botones que la sumergen en su propio ahogamiento. Mira también su escritura, cómo llena los cuadernos de historias tristes, de personajes pulsantes pero enceguecidos bajo la niebla. ¿Respira, acaso? ¿Podrá respirar otro aire?]

V

El hombre y la mujer que miran de frente las olas altas, somos nosotros. Alguna vez soñé con una escena así. Así surcaría mi destino, porque el destino no me sostenía como tampoco los paisajes del pasado donde se cruzaban el abandono y el hombre invierno, aserrín, piedra; el hombre del que nunca sentí su reflejo.
Mira cómo se levanta el horizonte; cómo las olas, en caricias suaves, colmando las grietas. ¿Cuántas grietas puede contener un cuerpo? Frente al mar, la hora de marcharnos.
—¿A dónde me llevas?
—Indaguemos que hay más allá de la piel, más allá de la floración de la piel. ¿Qué dices?
Descubro nuevamente las palabras, me acarician también, en la prolongación de los intentos.

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Martin Stranka
Un día cualquiera se les ve sentados a la mesa del café. Vestida de manera estricta, falda, blusa color azul, zapatos de tacón alto, la mujer se distrae: los espejos, el celular, su cabello largo. Él, como en la oficina, abre la computadora, se pierde en ella y en los papeles que tiene a su lado; los hojea una y otra vez. El hombre (porque hay un segundo hombre en todo esto) observa a la pareja, tomaron la mesa del fondo.
La mujer, cruza las piernas, la derecha sobre la izquierda, y fija sus ojos en el celular, como el hombre, el que observa, el que inmoviliza en la memoria aquella imagen, clavará sus ojos en ella y en aquellos dedos que escriben de manera vertiginosa en lo que supone una conversación de face o whatsapp. La mujer, los ojos sobre la pantalla del celular; los ojos, repentinamente en los ojos del hombre que, en la distancia (cuatro o cinco mesas de por medio), se aproxima. Algo, en definitiva, en la posibilidad irremediable, los llevará a la cama de un hotel; algo, en definitiva, a dejar sus ropas sobre el piso, a rehacerse en esa flama, en esos pulsos.
La mujer, ha dejado el celular y el hombre, la computadora y los papeles que hojeó con extremada urgencia. La pareja se siente observaba y se empeña en representar la mejor de las escenas. Enamorados beben café, fuman, hablan de días y noches; hablan de cuerpos trenzados, húmedos, acomodados. Horas y horas de hablar en tonos muy bajos.
El hombre, que ve a la pareja dirigirse hacia la mesa del fondo, pedir dos tazas de café, abre el cuaderno de notas, pero el ruido lo alcanza, las carcajadas, la música, la sirena de la ambulancia, allá, a lo lejos. El hombre, saca de su bolsillo el celular, enciende la pantalla, el índice derecho desplaza otras realidades. Se cierra el telón.

§

¿Quién es la mujer de la fotografía? ¿Es verdaderamente la mujer o el personaje que representa? El personaje que la forma o la deforma, el personaje-destino, piedrita-acumulación. La mujer, mirando a través de la ventana, lo que alcanzo de ella: su espalda, el café y los cigarrillos que ha dejado sobre la mesa. ¿Por qué no puedo mirarla de frente?
La fotografía, si la giro, un archipiélago de manchas oscuras, una catástrofe. Sólo eso; lo que pudiera ser mi infancia, o la época del amor desesperado, el amor hielo. No hay humor en todo esto: es el proceso doloroso de la preñez que adelgaza la línea entre realidad-ficción, cordura-locura, posibilidad-imposibilidad; escenarios que, si pienso en Cortazar y Bosch, pueden ser muy claros o muy oscuros.
La mujer (imposible protegerla del día o de la noche; imposible, del tiempo acumulado en lo “eterno”), me hace pensar en Marguerite Duras; ella, mirando a través de la ventana. Marguerite en esta fotografía en blanco y negro, imaginando la historia, la contracción de una historia:
a) el mar lleno de cadáveres y flores,
b) las muñecas de las que huyen los cuervos,
c) la fragilidad del viento y las cortinas.
Me acerco, intento alcanzar los hombros de la mujer que mira desde la ventana el ajetreo extraño de los transeúntes. Intento, sí, pero la imaginación es un animal extraño. Nos desvanecemos.

§

Lo que irremediablemente no deja de hacer es abrir las cortinas y la ventana. Una especie de ritual, un hábito. Al despertar, las manos de la mujer, casi de manera automática, corren las cortinas, destraban el seguro y, quien observa, puede ver el desplazamiento vertical de las hojas de vidrio. La mujer se levanta sobre su lado derecho, oprime el botón off del despertador y es, en ese preciso momento, cuando quien observa puede ver la figura, corre las cortinas, abre la ventana que da al traspatio y como una fantasía el cuerpo entero de la mujer bañado por el aire de la mañana. El observador, la mirada en el rectángulo del espacio, ajusta la visión de los binoculares y logra los detalles: la mano llevada al sexo y la mirada. La mirada.
Otros días, la mujer vuelve a la posición habitual del sueño y el observador debe esperar. Otros días, a la mujer simplemente deja de importarle lo que sucede más allá de la ventana. Lo que sigue (estamos dentro de la mente del observador) es una larga lista de suposiciones:
1. Prepara una taza de café.
2. Abre las llaves de la regadera, siempre las dos al mismo tiempo, ajusta la temperatura exacta del agua, la temperatura de su cuerpo.
3. En la pantalla de la computadora diarios locales, nacionales, extranjeros en una segunda o tercera lengua.
4. Se tira sobre el piso o sobre la alfombra. Hace contacto con el cuerpo de la tierra, con su cuerpo.
5. Vuelve a la cama (una cama que el observador no alcanza a ver) y concluye, acompañada o no, lo que se ha comenzado de manera incesante.

En cualquiera de éstas, el observador tiene que esperar o claudicar. Se desvive ciertamente: bajo la bata el cuerpo desnudo de la mujer y, luego el vacío, el infinito vacío, su ambigüedad.
La mujer observada sabe que es observada en punto de las siete y quince de la mañana, pone sus ojos en aquella figura, la descubre algunas veces en la ventana, en la ventana de la habitación del lado derecho o la ventana de la habitación del lado izquierdo. Un edificio partido por la mitad, las escaleras, ese espacio ahogado y las ventanas. ¿Qué implica el cambio de lugar? ¿Los rayos de sol como una bocanada de reflejos? ¿La inquietud del hombre o lo que quiere ver? ¿Su intento por develar lo que el aumento distorsiona?
La mujer observada, su mirada siempre hacia el séptimo piso de un edificio allá en la distancia, ese complejo de departamentos que en el pasado revolucionó la arquitectura, corre las cortinas y sabe lo que el otro (ha comprobado que se trata de un hombre), observa. Su estrategia es ver siempre hacia un punto indeterminado y colocar la mano sobre el sexo. Se apropia de la forma tibia, la lentitud (como si abriera una ventana más) de lo que la mano agita y posee. Se sabe observada, se siente observada; la mirada, lo que busca, lo que le infunde vida dentro. Luego, las suposiciones.
1. El hombre es un pervertido, un acosador sexual. Un asesino.
2. O un pintor, un periodista, un escritor.
3. Vive solo, lo que lo lleva, como cualquier animal de la selva, a estar siempre al acecho.
4. Y como el animal que es, preparado para la fricción, le multiplicará el dolor del miembro y los testículos.
5. Simplemente un observador. Un observador.

La mirada de uno y de otro se pierde en el infinito. Un día la curiosidad se acaba o simplemente se va a otra parte, abiertas nuevas ventanas o el deterioro del tiempo. Sobre todo éste, el tiempo, destruye los cuerpos, los edificios, las ciudades mismas. Cuando llegue ese otro tiempo (luego de la destrucción el vacío puede ser menos triste), si existieran, otros observarán lo que irremediablemente la mujer no deja de hacer: correr las cortinas y abrir la ventana, esas hojas corredizas, la desnudez traslúcida. Y el hombre, desde un punto lejano, ajustará la visión de los binoculares.


Texto publicado en CultoGrama | Prensa Cultura
George Kilburne

Acaso te hablé
de lo que es despertar
sin el rostro
que todos conocen.

Soy yo la que se desgaja,
la que una mañana
despertó en mitad
de las sombras
y al abandono
logró sobrevivir.

Yo, la que rescataron
de la condena
y crecí hombre-mujer,
en dirección contraria al valle
de la dicha.

La que prometió, en nombre de dios,
de la noche y sus desvelos
nombrarte jamás.

Yo, la que creció sin infancia
y reinos tuvo que construir para salir
en soledad victoriosa.

La que nadie visita
porque al mundo no pertenece,
ni a esta vida ni a la otra.

Esta que soy, amarga, fea entre todas
las mujeres.
Lo que queda de mí.


§

El mar, sus olas a la orilla del sueño.
Aquí, estamos madre, frente a frente.

El mar en soledad es azul.

Ante tus ojos que son mis ojos
se abren calles infinitas, avenidas
como tus piernas hacia el centro del deseo.

¿Quién sembró en la marea alta de tu vientre
esta ola que cae?

Qué pasó luego –te pregunto–,
se te acabó el pan, el agua
como a mí las ganas de vivir.
Y la puerta es estrecha.

Estamos aquí, madre, por primera vez.
Quédate conmigo a vivir.
No importa que al amanecer
tu figura sea un presagio.

(Lo que queda de mí, 2003)

§

Desde mi origen
escucho tu voz, madre, abrevada
en los acordes de la infancia
y el remanso
de las limpias cañas verdes.

Hasta ahora comprendo la música
en el aire de las bugambilias.

Antes, era mi propio laberinto,
la nube inmensa
del abandono
borrándome desde dentro.
Con el aire me dejaba llevar
hacia todas direcciones
–pájaro de alas solitarias.

Ahogada en la fiebre de la confusión,
ineludible mueca de odio,
este cerco,
esta sombra.

¿Cómo podía, entonces, acompañarte,
espejo de canciones,
aplauso, ofrenda
para el sufrimiento inmóvil?

Inventaba el tiempo o el tiempo
me inventaba,
alargada
de tan vacía.

Vuelvo a tus ojos,
a ese paisaje donde el cañaveral se levanta
en fuego crispado.

Desde la afluencia del cariño,
te escucho tararear la melodía
de esta tierra,
enamorada hasta romperte.

Porque no sé hacer de la música
un sonido distinto,
me pongo a escribir.
Escudriñar con tus manos
cada resquicio de la vida
que deseo libre y prolongada.

Tocar de la luz
sus vitrales más íntimos.

(Presencias, 2008)



La obra de Pilar Rodríguez, se sostiene en la palabra "frontera". Frontera-quiebre-ruptura. Frontera: "espejo brillante" cargado de mentiras, en el que un padre, una madre, un hijo, un hermano, cruzan la distancia, ese color ardiente.

Pilar, transforma la escritura en video o viceversa. ¿Qué surge primero, Pilar? ¿La palabra? ¿La imagen? ¿El sonido? ¿La historia?

[Video: m. Sistema de grabación y reproducción de imágenes, acompañadas o no de sonidos, mediante cinta magnética. (Del ingl. video, y este del lat. vidĕo, yo veo); Poesía: f. Manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra, en verso o en prosa. (Del lat. poēsis, y este del gr. ποίησις)].

En “Ella es frontera / Border she is” (https://www.youtube.com/watch?v=xrSl4-jkY5s) videopoema de Pilar, la mujer es frontera, es decir, un cuerpo partido a la mitad. ¿De qué lado quedó su espíritu, su fortaleza? ¿De qué lado, las alas, el vientre?

El videopoema es otra frontera. En ésta, no hay cadáveres, no hay heridas, no hay ventanas frente al paisaje de polvo y huesos. En la frontera del videopoema se crean nuevos espacios, otros lenguajes. Se concibe como un género, en formación, de escritura; la obra audiovisual se centra en el lenguaje: palabra, letra, símbolos alfabéticos y oralidad. Movimiento de signos lingüísticos.

[Videopoema: acercamiento, devolver la forma].

Durante el modernismo, con autores como José Juan Tablada y los estridentistas, se exploró la relación estrecha entre la imagen y la acción con la poesía. Así mismo, en los años 60 aparecen poemarios como Blanco y Topoemas de Octavio Paz, con una carga concretista. Posteriormente, en 1966 se presentó una exposición de poesía concreta en la Casa del Lago de la UNAM, a cargo de Mathias Goeritz y, pocos años después, en 1970, la revista número 18 (marzo) de Punto de Partida publicó poemas visuales de Jack Seligson.

Pilar Rodríguez Aranda nació en México en 1961. Realizó estudios de ciencias de la comunicación en la Universidad Autónoma Metropolitana; a la edad de 21 años se trasladó a Estados Unidos en donde vivió cerca de catorce años de manera intermitente; fue en ese país donde tuvo contacto con el cine experimental, en primera instancia, y el video, posteriormente. Su obra videográfica consta de cinco videos realizados entre 1990 y 2008: La idea que habitamos (1990); Ella es frontera / Border she is (1995), El guajolote (2000), La vuelta inesperada de Jim Sagel (2003) y Retorno o la inexactitud del centro (2004-2008).

Como poeta ha publicado Asuntos de mujeres (2012), Verdes lazos (2014) y Diálogos de una mujer despierta (2016), poemas leídos por ella, con música de PsikeDeloum. Su poesía ha sido traducida al inglés, árabe, alemán, italiano, griego y portugués y ha sido incluida en distintas antologías como El espacio no es un vacío, incluye todos los tiempos (2010). Ha publicado en las revistas Tierra Adentro, Voices of Mexico, Replicante y Blanco Móvil, entre otras.

“El adentro y el afuera, el yo y el tú, no son sólo excusas para hablar de esa separación que hace una marca en la geografía terrestre, es también una separación que marca el lenguaje sobre los cuerpos y en todo esto el “sexo es puente, el sexo es abismo”. Y ella (Pilar Rodríguez) se vuelve hacia tratar la diferencia de lo femenino y masculino con base en el sexo: un problema de género”. (Cynthia, Pech).

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Ella es frontera / Mujer que nombra la tierra / el día / la noche
Mujer caricia
Mujer agua reiterada
Mujer madre

Ella / Frontera / Abertura

Y delante y detrás
los que declinan el rostro
los que advierten pero callan
con la fuerza de una piedra sobre el pecho
los que dominan
y dejan sobre sus escritorios
el hedor como evidencia

[Frontera: un verso oscurecido]

Comentario de Araceli Zúñiga:

“Conocí a Pilar Rodríguez Aranda a través de su obra como poeta, productora, editora y guionista de video independiente, desde 1992 por lo menos, a través de dos de sus videos: La idea que habitamos. Y mi video favorito, “Ella es frontera”, de 1996, en el cual una poeta se sienta a escribir. Cruza las líneas de su imaginación, de sus recuerdos, de su dolor. Construye personajes que son ella misma. Debo confesar mi debilidad por “Ella es frontera”, video de Anarcafilms, producido cuando ella residía en Yautepec, Morelos. Desde entonces, este trabajo poético y visual me ha representado, un referente en cuanto al videoarte, el video experimental y el video independiente que realizan las mujeres artistas mexicanas.”

“Border she is / Ella es frontera” (México-1996, USA-2001, 25 min.): videopoema realizado con apoyo de la beca de Jóvenes Creadores, 1995-1996 del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, FONCA, y de la Design Foundation, 2001, Northern New Mexico Community College, Española, NM. Está construido con versos de varias poetas chicanas como Lucha Corpi (“Márgenes”: Variaciones sobre una temprestad), Ana Castillo (“Dirty mexican”, “Esta mano”, “A Christmas Gift”, “Wyoming crossing thoughts”: My father was a toltec), Sandra Cisneros (“The poet reflects on her solitary fate”: My wicked, wicked ways), Yolanda Luera (“Huella indeleble”: Solitaria J), Miriam de Uriarte (“Chant number one”, “Chant number two”, “Chant number three”: Nosotras. Latina literature today), Liliana Valenzuela (“SINverguenza”) y Rodríguez Aranda.

Notas
1. El trabajo personal de Pilar Rodríguez Aranda, como poeta, incluyendo algunas lecturas y entrevistas, y como videasta, incluyendo selecciones de su trabajo en video desde 1991https://www.youtube.com/user/anarcafilms
2. Collins, Zazil (2014). “Videopoesía, poiesis fronteriza: hacia una reinterpretación del signo poético” http://132.248.9.195/ptd2009/enero/0637781/Index.html
3. Araceli Zúñiga, en “La (des)mesura de los días: Asunto de Mujeres” en http://ladesmesuradelosdias.arts-history.mx/entrada.php?id=897
4. VIDEOPOETRY es un blog abierto a la participación de creadores de videopoemas. Está a cargo de Agustín Calvo Galán http://poetryvideopoesia.blogspot.mx/
5. Pech, Cynthia, “Género, representación y nuevas tecnologías: mujeres y video en México”, en: 6. 7. Revista mexicana de ciencias políticas y sociales, UNAM, 2006. http://www.revistas.unam.mx/index.php/rmspys/article/download/42530/38638

Texto publicado en La vereda, periodismo cultural en línea