Tríptico de probabilidades

Martin Stranka
Un día cualquiera se les ve sentados a la mesa del café. Vestida de manera estricta, falda, blusa color azul, zapatos de tacón alto, la mujer se distrae: los espejos, el celular, su cabello largo. Él, como en la oficina, abre la computadora, se pierde en ella y en los papeles que tiene a su lado; los hojea una y otra vez. El hombre (porque hay un segundo hombre en todo esto) observa a la pareja, tomaron la mesa del fondo.
La mujer, cruza las piernas, la derecha sobre la izquierda, y fija sus ojos en el celular, como el hombre, el que observa, el que inmoviliza en la memoria aquella imagen, clavará sus ojos en ella y en aquellos dedos que escriben de manera vertiginosa en lo que supone una conversación de face o whatsapp. La mujer, los ojos sobre la pantalla del celular; los ojos, repentinamente en los ojos del hombre que, en la distancia (cuatro o cinco mesas de por medio), se aproxima. Algo, en definitiva, en la posibilidad irremediable, los llevará a la cama de un hotel; algo, en definitiva, a dejar sus ropas sobre el piso, a rehacerse en esa flama, en esos pulsos.
La mujer, ha dejado el celular y el hombre, la computadora y los papeles que hojeó con extremada urgencia. La pareja se siente observaba y se empeña en representar la mejor de las escenas. Enamorados beben café, fuman, hablan de días y noches; hablan de cuerpos trenzados, húmedos, acomodados. Horas y horas de hablar en tonos muy bajos.
El hombre, que ve a la pareja dirigirse hacia la mesa del fondo, pedir dos tazas de café, abre el cuaderno de notas, pero el ruido lo alcanza, las carcajadas, la música, la sirena de la ambulancia, allá, a lo lejos. El hombre, saca de su bolsillo el celular, enciende la pantalla, el índice derecho desplaza otras realidades. Se cierra el telón.

§

¿Quién es la mujer de la fotografía? ¿Es verdaderamente la mujer o el personaje que representa? El personaje que la forma o la deforma, el personaje-destino, piedrita-acumulación. La mujer, mirando a través de la ventana, lo que alcanzo de ella: su espalda, el café y los cigarrillos que ha dejado sobre la mesa. ¿Por qué no puedo mirarla de frente?
La fotografía, si la giro, un archipiélago de manchas oscuras, una catástrofe. Sólo eso; lo que pudiera ser mi infancia, o la época del amor desesperado, el amor hielo. No hay humor en todo esto: es el proceso doloroso de la preñez que adelgaza la línea entre realidad-ficción, cordura-locura, posibilidad-imposibilidad; escenarios que, si pienso en Cortazar y Bosch, pueden ser muy claros o muy oscuros.
La mujer (imposible protegerla del día o de la noche; imposible, del tiempo acumulado en lo “eterno”), me hace pensar en Marguerite Duras; ella, mirando a través de la ventana. Marguerite en esta fotografía en blanco y negro, imaginando la historia, la contracción de una historia:
a) el mar lleno de cadáveres y flores,
b) las muñecas de las que huyen los cuervos,
c) la fragilidad del viento y las cortinas.
Me acerco, intento alcanzar los hombros de la mujer que mira desde la ventana el ajetreo extraño de los transeúntes. Intento, sí, pero la imaginación es un animal extraño. Nos desvanecemos.

§

Lo que irremediablemente no deja de hacer es abrir las cortinas y la ventana. Una especie de ritual, un hábito. Al despertar, las manos de la mujer, casi de manera automática, corren las cortinas, destraban el seguro y, quien observa, puede ver el desplazamiento vertical de las hojas de vidrio. La mujer se levanta sobre su lado derecho, oprime el botón off del despertador y es, en ese preciso momento, cuando quien observa puede ver la figura, corre las cortinas, abre la ventana que da al traspatio y como una fantasía el cuerpo entero de la mujer bañado por el aire de la mañana. El observador, la mirada en el rectángulo del espacio, ajusta la visión de los binoculares y logra los detalles: la mano llevada al sexo y la mirada. La mirada.
Otros días, la mujer vuelve a la posición habitual del sueño y el observador debe esperar. Otros días, a la mujer simplemente deja de importarle lo que sucede más allá de la ventana. Lo que sigue (estamos dentro de la mente del observador) es una larga lista de suposiciones:
1. Prepara una taza de café.
2. Abre las llaves de la regadera, siempre las dos al mismo tiempo, ajusta la temperatura exacta del agua, la temperatura de su cuerpo.
3. En la pantalla de la computadora diarios locales, nacionales, extranjeros en una segunda o tercera lengua.
4. Se tira sobre el piso o sobre la alfombra. Hace contacto con el cuerpo de la tierra, con su cuerpo.
5. Vuelve a la cama (una cama que el observador no alcanza a ver) y concluye, acompañada o no, lo que se ha comenzado de manera incesante.

En cualquiera de éstas, el observador tiene que esperar o claudicar. Se desvive ciertamente: bajo la bata el cuerpo desnudo de la mujer y, luego el vacío, el infinito vacío, su ambigüedad.
La mujer observada sabe que es observada en punto de las siete y quince de la mañana, pone sus ojos en aquella figura, la descubre algunas veces en la ventana, en la ventana de la habitación del lado derecho o la ventana de la habitación del lado izquierdo. Un edificio partido por la mitad, las escaleras, ese espacio ahogado y las ventanas. ¿Qué implica el cambio de lugar? ¿Los rayos de sol como una bocanada de reflejos? ¿La inquietud del hombre o lo que quiere ver? ¿Su intento por develar lo que el aumento distorsiona?
La mujer observada, su mirada siempre hacia el séptimo piso de un edificio allá en la distancia, ese complejo de departamentos que en el pasado revolucionó la arquitectura, corre las cortinas y sabe lo que el otro (ha comprobado que se trata de un hombre), observa. Su estrategia es ver siempre hacia un punto indeterminado y colocar la mano sobre el sexo. Se apropia de la forma tibia, la lentitud (como si abriera una ventana más) de lo que la mano agita y posee. Se sabe observada, se siente observada; la mirada, lo que busca, lo que le infunde vida dentro. Luego, las suposiciones.
1. El hombre es un pervertido, un acosador sexual. Un asesino.
2. O un pintor, un periodista, un escritor.
3. Vive solo, lo que lo lleva, como cualquier animal de la selva, a estar siempre al acecho.
4. Y como el animal que es, preparado para la fricción, le multiplicará el dolor del miembro y los testículos.
5. Simplemente un observador. Un observador.

La mirada de uno y de otro se pierde en el infinito. Un día la curiosidad se acaba o simplemente se va a otra parte, abiertas nuevas ventanas o el deterioro del tiempo. Sobre todo éste, el tiempo, destruye los cuerpos, los edificios, las ciudades mismas. Cuando llegue ese otro tiempo (luego de la destrucción el vacío puede ser menos triste), si existieran, otros observarán lo que irremediablemente la mujer no deja de hacer: correr las cortinas y abrir la ventana, esas hojas corredizas, la desnudez traslúcida. Y el hombre, desde un punto lejano, ajustará la visión de los binoculares.


Texto publicado en CultoGrama | Prensa Cultura

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