Francisco Hernández: darle cuerpo a lo invisible, por Nadia Contreras


Ayer, 19 de agosto, durante la sesión de Dunas de versos, el taller de poesía que coordino y que está dedicado al análisis y la exploración de la poesía en lengua española, revisamos algunos poemas de Francisco Hernández. Habíamos llegado, en principio, a hablar de poesía, pero la conversación cambió mucho el rumbo previsto. Se revisa un poema, sus imágenes, su ritmo, sus metáforas, y de pronto se habla de un padre, de Dios, del pecado, de la culpa, de la psicología, del suicidio, de la muerte. Ayer ocurrió algo así.

Francisco Hernández parece tener una manera particular de enfrentarse a ese problema. No suele conformarse con las abstracciones. Si hay un nombre, quiere saber qué sabor tiene. Si existe una ausencia, necesita encontrarle un lugar donde guardarla. Si aparece el dolor, lo convierte en hielo. Esto puede verse desde “Página en tu nombre”. El poema se acerca a un nombre como si fuera posible tocarlo, morderlo, triturarlo, olerlo. Aparecen la manzana, el mango de Manila, la yerbabuena... El texto evoca la curiosidad de quien toma un objeto entre las manos y comienza a preguntarse de qué está hecho. ¿De qué está hecho un nombre cuando la persona que lo llevaba no está? ¿Qué queda de alguien cuando todavía podemos decir su nombre?



Pero guardar un nombre, lo sabemos, no significa conservar a una persona intacta. La memoria no funciona así. En otros textos relacionados con la neurociencia, he comentado que el cerebro no es una bodega ordenada donde uno entra, abre un cajón y encuentra el pasado en el lugar en que se dejó. La memoria transforma lo que guarda. Y esa transformación se vuelve especialmente visible en “Doce versos a la sombra de mi padre”. El padre aparece como una figura enorme, hecha de abrazo y oscuridad, de rayo y machete, de mar, monte, sangre y jaguares. No sabemos mucho del padre en su vida diaria. Lo conocemos por cómo lo recuerda el hijo y por la fuerza que tiene dentro del poema.

El poema también nos llevó a la teología. La figura paterna nos hizo pensar en algunas imágenes de Dios, sobre todo en esa tensión entre el Dios asociado con la ira, el castigo y la obediencia, y el Dios relacionado con el amor, la misericordia y el perdón. Claro que dividir el Antiguo Testamento y el Nuevo de esa manera sería demasiado simple; las imágenes de Dios son mucho más complejas. Pero la comparación nos ayudaba a pensar el poema, porque el padre de Hernández tampoco puede entenderse de una sola forma. Su abrazo es amoroso, pero también oscuro. Es una figura querida y, al mismo tiempo, una presencia que parece despertar temor.

Ahí apareció también la idea del pecado. ¿Qué relación tenemos con alguien a quien amamos y tememos al mismo tiempo? ¿Qué pasa cuando la persona que nos ha formado ocupa un lugar tan grande en nuestra memoria que termina convirtiéndose en una especie de ley interior? El pecado, más allá de una falta moral —y con el temor de decir algo erróneo—, también implica sentir que hemos transgredido algo y que existe una mirada ante la cual podemos ser juzgados. En el poema, el hijo busca al padre «detrás de la mirada». Luego dice: «Así te sabe mi pulso de memoria» y es como si ese recuerdo, las contradicciones de ese recuerdo, terminaran en el cuerpo.

“Bajo cero” habla directamente del suicidio; Hernández construye el poema alrededor de una imagen: el frío. Los pensamientos de quien está a punto de morir aparecen como algo congelado; el cerebro se convierte en un iceberg y la persona, en un trozo de hielo atravesado por una bala. Incluso en los trópicos, dice el verso, cuando alguien se suicida comienza tristemente a nevar.

Ayer, al detenernos en este texto, surgió una pregunta difícil: cuando una persona deja de vivir, ¿qué es lo primero que desaparece? La conversación nos llevó al cerebro, a la conciencia y a esa relación que existe entre lo que ocurre en nuestro cuerpo y lo que entendemos como el final de la vida. El poema no intenta dar una explicación médica. Lo que hace es imaginar la muerte como un proceso que comienza antes del último instante: la piel no da calor, los hijos dejan de despertar recuerdos y hasta la poesía pierde su capacidad de «quemar».

En la poesía de Hernández, las palabras suelen estar llenas de intensidad, pero aquí ni siquiera la poesía consigue romper el frío. También alcanza el mundo que queda alrededor. Porque cuando alguien muere, especialmente de esta manera, algo cambia también en quienes permanecen.

Después llegamos a Robert Schumann. No estábamos ante el padre ni ante el suicida, sino frente a un compositor, su música, sus voces y sus demonios. Pero el procedimiento de Hernández continuaba siendo reconocible. La música tampoco permanece como algo abstracto. Entra en las venas, alcanza los ligamentos y los huesos. Los astros tienen un adagio, los árboles producen un scherzo y la respiración adquiere la velocidad de un prestissimo. El mundo entero se vuelve música para quien tiene la sensibilidad —o la condena— de escucharla.

El poema sobre Schumann nos lleva a pensar en la relación entre la creación y el sufrimiento. Pero sería muy fácil decir que los grandes artistas necesitan sufrir para crear. La historia y la psicología muestran que no es así. El poema muestra que las cosas no son tan sencillas: de la imaginación puede nacer una obra, pero también el sufrimiento. Esa sensibilidad que permite percibir cosas que otros no perciben puede, a veces, hacer más difícil escapar de ciertas voces o pensamientos.

Schumann también aparece como una especie de interlocutor del hablante. Cuando dice «la faz del otro que en mí se desespera», el compositor se convierte en un espejo. Hablar con alguien que murió es, de alguna manera, hablar también con una parte de nosotros mismos. El arte permite esa conversación, de ahí que el pasado no desaparezca del todo. Un compositor que murió hace más de un siglo todavía puede despertar preguntas en quien se acerca hoy a su obra.

No nos quedó tiempo para los poemas que seguían en el análisis, pero aquí les comparto algunas reflexiones sobre estos: “En las pupilas del que regresa”, un hombre vuelve a su pueblo y encuentra una casa donde no hay vida. La infancia aparece marcada por el peso de una piedra al cuello. Entre los libreros surgen fantasmas y el olvido se convierte en una especie de tumba. Si en “Página en tu nombre” la memoria se guardaba en un frasco, aquí hay que desenterrarla. Con el tiempo, los recuerdos cambian. Volver a ellos también significa encontrarnos con algo que no es exactamente como lo vivimos.

Francisco Hernández consigue darle cuerpo a lo que no podemos tocar. Un nombre tiene sabor. El sufrimiento se vuelve frío. La música entra en los huesos… y va otra pregunta: ¿qué puede hacer la poesía con aquello que no sabemos explicar?

Francisco Hernández (San Andrés Tuxtla, Veracruz, 1946) ha publicado casi veinte libros de poesía. Podemos citar, entre ellos, Poesía reunida (1996), Mascarón de prosa (1997), Antojo de trampa (1999), Las gastadas palabras de siempre (2001) Soledad al cubo (2001), entre otros. Premios obtenidos: el Nacional de Poesía Aguascalientes en 1982 por Mar de fondo, el Carlos Pellicer 1993 para obra publicada por Habla Scardanelli y el Xavier Villaurrutia en 1994 por Moneda de tres caras. Actualmente es becario del Sistema Nacional de Creadores.

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