
“Torreón en Palabras” fue un ciclo de cinco días dedicado a mirar la ciudad desde cuatro formas distintas de escritura: narrativa, crónica, periodismo y poesía.
El ciclo se realizó del lunes 7 al viernes 11 de septiembre de 2026 en el Instituto Municipal de Cultura y Educación, ubicado en Avenida Juárez esquina con Calzada Colón, en Torreón, Coahuila. Las sesiones fueron de 18:00 a 20:30 horas y la entrada fue libre. Los cinco invitados fueron David Ramírez Ortega, el lunes 7, con narrativa; Iván Hernández Benítez, el martes 8, con crónica; Jessica Ayala, el miércoles 9, con periodismo; Saúl Rosales, el jueves 10, con poesía, y Nadia Contreras, el viernes 11, con el taller de escritura creativa y el cierre del ciclo.
DAVID RAMÍREZ ORTEGA abrió el ciclo el lunes con narrativa y, desde el principio, llevó la conversación hacia una literatura que mira de frente la realidad mexicana. Habló de Francisco L. Urquizo y de la Revolución como una tragedia de pobres contra pobres: campesinos reclutados a la fuerza, la ley fuga, los hombres esposados que caminaban hacia San Pedro mientras sus familias los veían piscar algodón desde el cerro. De Urquizo quedó también la frase: “Aquella vida no había de tener remedio nunca, deudas de abuelos que pasaban a los padres y después a los hijos”.
Después apareció Laura Esquivel y esa forma tan mexicana de usar la repetición para darle fuerza a una imagen: “rojas, rojas”. También habló del cuerpo, de esa sensación de un buñuelo que entra al aceite hirviendo, y de algo tan sencillo como ofrecer un plato de comida, un gesto que puede decir mucho cuando hablamos de amor.
La conversación siguió con Guillermo Arriaga y esas cicatrices que, según David, todavía les faltan a las clases medias. Luego llegó Fernanda Melchor, con esa mezcla suya de palabras elevadas y groserías crudas: “el culo no estaba para besitos”, “quería andar ordeñándolo”, “un hueco negro baboso… hediondo”. Liliana Blum apareció desde la crudeza con que cuenta el abuso, y Jorge Zepeda Patterson con una idea que da para pensarse un rato: la realidad mexicana puede ser tan brutal que, si uno la pone tal cual en una novela, corre el riesgo de que el lector piense que se trata de una ficción barata.
También hubo lugar para Enrique Serna y para esas frases que casi parecen trabalenguas, pero que, conservan la música del habla cotidiana. David pasó de un autor a otro sin perder ese hilo: la manera en que la literatura recoge lo que somos, decimos y también aquello que preferiríamos no mirar demasiado.
Para cerrar, propuso un ejercicio de sinécdoque. Alguien soltó: “hacía un calor de su puta madre” y de ahí comenzaron a salir las frases del grupo. Hubo varias, pero “reliquia que se come” se quedó como la favorita de la tarde.
El martes llegó la crónica y IVÁN HERNÁNDEZ BENÍTEZ comenzó con una idea que recorrió buena parte de la tarde: el testigo de vista. Desde ahí nos llevó hasta Heródoto y su manera de acercarse a los hechos a través de lo que se ha visto, lo que se ha escuchado de quienes estuvieron ahí y la necesidad de contrastar los testimonios. Para Iván, esa relación con los hechos está en la base de la crónica.
Después apareció Tucídides, con la importancia de comprobar los hechos y comparar distintas versiones. También habló de Esquilo y de Los persas, sobre la derrota de los persas, y de Julio César, quien contó sus campañas en tercera persona.
Después pasamos a la conquista de México: Hernán Cortés y sus Cartas de relación; Bernal Díaz del Castillo y la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España; y fray Bartolomé de las Casas, con su denuncia de la violencia de la conquista. De este último apareció una imagen muy fuerte: los españoles entraban, según escribió, “como lobos y tigres y leones crudelísimos de muchos días hambrientos”.
Iván cerró con una pregunta: ¿qué significa haber visto algo y qué cambia en una historia cuando quien la cuenta estuvo ahí?
El miércoles, JESSICA AYALA puso sobre la mesa un asunto que pocas veces nos detenemos a pensar cuando abrimos un periódico, entramos a una página o vemos una noticia en el teléfono: quién paga por lo que leemos y qué intereses puede haber detrás.
A partir de ahí hizo un recorrido por la historia del periodismo en México. Habló de los pregoneros de la Colonia, de las primeras gacetas y de la aparición de El Imparcial y El Universal. Casi ningún medio vive solo de lo que paga el lector. La publicidad de los gobiernos y de las grandes empresas forma parte de su sostén y eso puede influir en lo que se publica, en lo que se deja fuera y en la manera de contar una noticia.
También habló de la cantidad de información que circula, de las redes sociales y de los videos que buscan provocar una reacción antes que ofrecer información. La inteligencia artificial también apareció en la conversación. Ya forma parte de la producción de contenidos y, al mismo tiempo, abre preguntas sobre la manipulación y la forma en que recibimos las noticias.
Jessica cerró con una idea que me parece de las más necesarias en estos tiempos: tenemos que ser mejores lectores. No quedarnos solo con lo que dice una noticia, sino preguntar quién la publica, quién la paga, qué intereses puede haber detrás y por qué está contada de determinada manera. Leer también implica hacerse preguntas. Y desconfiar un poquito.
La sesión de poesía estuvo a cargo del maestro SAÚL ROSALES. La tarde comenzó con Dante y sus reclamos a Florencia; Cavafis y esa idea de que uno lleva su ciudad consigo dondequiera que vaya; Ana Ajmátova, Salvador Novo —quien vivió en Torreón, en la calle Ramón Corona—, Borges, Efraín Huerta y Neruda. Hubo tercetos de la Divina Comedia y también “Las calles”, de Borges, sobre Buenos Aires.
Después Saúl habló de sus propios textos. Contó que de niño le costaba muchísimo hablar y que, según sus propias palabras, estuvo casi al borde del autismo. La lectura, dijo, le fue dando poco a poco el vocabulario que no tenía. Sus poemas hablaban de Guadalajara, del Macrobús, de la vejez y de la soledad.
También leyó “Calidad de vida”, un poema que juega con esa frase gastada de la política y la lleva a la vida de quien sale adelante con lo mínimo: los zapatos viejos, el vuelto escamoteado, las cosas pequeñas que terminan contando mucho.
El maestro Saúl se llevó una buena cantidad de aplausos. El público encontró en sus poemas algo cercano y propio.
El viernes cerré el ciclo con el taller de escritura creativa “Torreón como personaje: cruce de géneros”. Mi propósito fue reunir lo que habíamos visto durante la semana —narrativa, crónica, periodismo y poesía— y llevarlo a la escritura. Quería que cada participante escribiera un texto breve en el que Torreón dejara de ser solo el lugar donde ocurre una historia y tuviera presencia propia: que hablara, contara y mostrara algo de sí mismo.
Una ciudad no son solo sus calles, sus edificios o sus plazas. También está en la memoria de quienes la viven, en las historias que se cuentan sobre ella y en la manera en que cada persona la mira.
Cada participante escribió un texto de quince líneas como máximo y eligió al menos dos formas de acercarse a Torreón: contar su historia, describirla, pensar en su realidad o darle una voz propia. Había tres posibilidades: narración y descripción; reflexión y voz poética; o una mezcla libre. Antes de escribir, repasamos algunos de los temas que habían salido durante la semana. Después nos fijamos en cosas básicas para mejorar un texto: quitar lo que sobra, decir las cosas con claridad, ordenar las ideas y cuidar que la escritura sonara natural.
Ahí apareció una de las cosas que más me interesan de escribir: mirar de nuevo lo que tenemos cerca y encontrar otra manera de contarlo.
Nota: En los próximos días compartiré en esta misma página web los textos que escribieron los participantes del taller del viernes. Será una nueva publicación para conocer sus trabajos y dejar testimonio de lo que hicimos durante el cierre de “Torreón como personaje: cruce de géneros”.
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