La luz se muere, poesía


A quienes nos acompañan desde ese otro plano
 
A Colima, mi estado natal
 

I
 
Las voces sombrías
de mis antepasados
son espiral de luz.
 
Sus nombres
toman forma.
Abuelos, primos, tíos
hablo de ustedes.
 
Se astilló la noche
y la luz como la ciudad,
tiene candados
y lágrimas.
 
En el corazón de la ceniza
crece el poema.
 
 
II
 
El desierto es una gota obstinada
debajo del fuego.
 
Corrige la luz,
la concavidad que dispersa
los pájaros.
 
¿Podrás entender la razón de amar el desierto?
 
La niña que miraba
las olas del mar
la espuma
invadía el malecón
está frente a la corriente
de un viento seco, gastado.
 
 
III

A Víctor 

Los pies deberán apoyarse
cuidadosamente;
en la ceniza del viento,
en su corcel,
adelantarse a la irregularidad.
 
Así comenzó la caída,
así los brazos
quemaron el cielo,
quemaron la voz.
 
Se amoldó la sombra,
se amoldó el corazón paralizado.
 
El abismo es penumbra —dijimos.
Y la muerte,
laberinto inaplazable,
un charco de sangre negra.
 
 
IV
 
La muerte es otra desembocadura.
 
El tiempo no se detiene
y lo que sé,
lo sé por mi padre;
la memoria es útil,
la bóveda de los recuerdos
donde las fotografías
se niegan desaparecer.
 
Sus historias toman la forma
de tu cuerpo, Clara.
Tu mirada,
se colma de fantasmas,
se colma de gatos;
desprenden pesadillas,
alejan oscuridades poderosas.
 
Hablo de la muerte
como hablar de la vida.
 
Soy tu mano
cuando saludas
o tu sueño,
para designar otra puerta
a la noche giratoria.
 
El oficio de escribir
es para mantener
—aún bajo la eternidad
que desintegra
los ojos abiertos.
 
  
V
 
Ordenamos las fotografías,
los pasillos como un murmullo
o la sobremesa,
donde reposan los nombres
imantados de espejos.
 
Lo demás, Leandro,
es mero azar,
desdoblamiento,
celebración
de un extremo a otro,
de una ciudad a otra.
 
Las fotografías
son umbral, allá, al fondo.
 
La máquina de cocer
junto el sillón rojo
donde Clotilde
teje
y desteje
paisajes.
 
Las fotografías, Leandro,
en su propia insuficiencia
nos vuelven
a ese otro tiempo.
¿Será la manera
de modelar la tumba futura?
 
  
VI
 
La soledad es más antigua
que el deseo, Olivia.
 
Hablo de la cicatriz que deja el amor,
del placer
—escucha su voz—
cuerpo extraviado.
 
¿La soledad
asciende hacia lo oscuro?
¿Hacia la noche que dibuja
no tus manos
sino lo que no existe?
 
Eras tan joven,
tan dulce como la lluvia.
 
 
VII
 
Me devora otro fondo. 
 
Un mar ajeno
donde el tiempo ha perdido
el color, la voz,
la sombra
de las cosas que no terminan.
 
“Ayúdame a no pedir
ayuda”.
 
 
VIII
 
La sed es espiral.
 
Se enreda
como la arena
y el vientre
provisto de semen
está prohibido. 
 
Dentro de mi cuerpo
hay una playa que alumbra.
 
                [Tus padres y tus hermanos
                son ataúdes].
 
El destino conduce
hacia otras vertientes.
 
Alguna vez hablamos de esto.
 
Yo lo recuerdo así:
dibujabas el cielo
y las estrellas se perdían
en su propia sombra.
 
No era necesariamente
una vertiente,
pero hablamos
del filo de aquella brecha
en la que los hijos
dejarían su nombre.
 
Tardes desplomadas
para no morir sola.
 
 
IX
 
En la inflexión del olvido
dejo los sentimientos.
 
Llorar, padre,
equivale a acercar lo lejano,
a doblegarme
ante puertas
que se cierran
y fotografías
donde se distingue
el hundimiento de la sombra.
 
No voy a llorar
cuando mueras,
no dejaré
—aún frente al otoño o al invierno—,
las ventanas y las puertas abatidas.
Desde algún lugar
recobraré los senderos insomnes
de la vida.
 
Mira:
sobre el desierto
extiendo la mirada,
sobre la tierra silenciada
a la ternura.
 
Como un epitafio
se duplica el color del fuego,
se eleva para siempre.
 
Luego
vendrán otros rostros
—acaso sombras—,
entre el principio y el fin.
 
 
X

A Juanita
 
En vano el aire
en los pulmones
y el vuelo invisible de los pájaros.
 
En el paisaje
entras con pasos lentos.
 
Eres un espectro
—fuera del cristal—
cuando abres los ojos.
 
 
XI
 
Lo que puede ser
un relámpago,
el relieve de un cielo turbio,
define la velocidad de la fuga,
el cáncer como un presagio.
 
                [Mi abuelo enciende la camioneta.
                El sonido del motor dibuja la voracidad de la carretera].
 
En otra fotografía,
esa que alguien guardó cuidadosamente,
la habitación es una máquina
de botones de luces inquietas.
 
Y la noche,
ya sin tiempo,
ya sin gravedad,
afluente de veneno azul. 
 
 
XII
 
El lenguaje del cactus
se limita a las formas de la paciencia.
 
                [Sus semillas
                demoran hasta un año para germinar
                y varios más
                para que los cactus jóvenes
                empiecen a florecer].
 
¿Podremos simular siquiera,
como los gatos,
un pequeño inventario de paciencia?
 
Comprueba la cama tibia,
la penumbra abierta al sueño,
el murmullo
que suspende
los trazos del tiempo.
 
                [Las semillas no germinan
                si se plantan muy profundo].
 
Abuelos, tíos, primos,
ocúpense de la muerte.
 
Con la mirada puesta en el desierto,
en el cactus
que se mantiene húmedo,
improviso esta tregua
hasta culminar el viaje.
 
 
Poemas tomados de la antología Alas al grito de la luz. Tres poemas colimenses (Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de Colima / Secretaría de Cultura, 2019), de Nadia Contreras, Grace Licea, Jaime Obispo. 105 pp.
Versión revisada
 
Ilustración poemas: Fotografía por Pedro Martínez ©

Poemas publicados originalmente en la revista digital Margencero Almiar. Las y los invito a que conozcan la publicación. 
 
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