En La libreta de Irma, una selección de poemas


Por Nadia Contreras*
Fotos: Irma Gallo
I
He dibujado funestas mañanas en conjunción con el mar y el cielo. Dentro de mí, la brecha de lo explorado, la desnudez bajo el destino del poema. Rehíce con cada palabra, con cada ausencia, el recinto de la infancia, de la vida y del amor. Es mucho reparar, es mucho reconstruir. Las olas y sus voces, desde el otro lado, me confunden.
II
Mientras lavabas tu ropa adolescente, yo vivía entre muñecas y te nombraba en mis adentros. Ineludible el destino nos reunirá veinte años después.
III
La vagina es una segunda boca. Me arrojaría a ella como André en Delta de Venus se arroja a la boca de Linda y su expresión perversa y dolorida. Me arrojaría y la besaría hasta que la vagina–boca ardiera y yo tuviera la lengua extenuada y los labios hinchados. Luego tomaría aquel cuerpo por entero, poniéndome a horcajadas, oprimiendo sus senos con mis caderas.
IV
Olga Lucía es el mar. Largas sus piernas, ademanes del agua. Es la arena donde mi cuerpo reposa y esta barca de horas que no vuelven.
V
Cuántos años tengo, Olga Lucía, pregunto mientras lentamente te desplazas por la habitación y paso a paso me dejo llevar por el movimiento de tus piernas. Cuántos años tengo para mí, para ti, para aquellos que de lejos me miran y no me saludan porque extraña soy para esta vida y para la otra. Cuántos años desde que abriste la puerta y yo sólo vi el sol filtrándose, con los mismos ojos de siempre, mi rostro, mis canas de anticipada vejez.
VI
Hay que cambiar de casa, deshacernos del pasado, recomenzar. Hay que llevar la vida de un lado a otro, sembrar una nueva. Otra silla, otra mesa, otro árbol para nuevos versos. Llegamos, recuerdo, a las seis en punto de la tarde y una a una las cosas tomaron un orden. No era mucho pedir un cielo grande de pájaros. Aún lejos, el mar estaba en nuestros ojos. De aquella casa tengo imágenes: de la Yuca y la Bugambilia, la primavera en total luz. En la primera foto, le sobra alegría a mi rostro; en la segunda, se asoma gris la tristeza. Mas no importa en este momento el necio afán de oscurecerme. Bastó crecer para llenarla de voces, de invitados en los días de fiesta. Hoy la casa no nos pertenece, aunque eso tampoco importa. Noche a noche regreso en sueños.
VII
Abre el cajón y deja caer sobre la cama las prendas: babydoll de satín, slip con vuelos en la parte trasera, teddy de encaje y malla, el bikini color rojo. Se viste, se desviste. Desnuda, se tira sobre la cama, el antecomedor, los gabinetes de la cocina, los sillones de la sala. Le vienen a la mente imágenes que la hacen gozar por completo. Cambia muchas veces de postura y las sensaciones mejoran, sí, por los gemidos, los grititos.
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VIII
Olga Lucía se fue o más bien la dejé ir. Así como llegó se fue. La casa entonces se pintó de gris. Meses después o quizá años, regresó. Era la misma pero otra, distinta por el lunar de su espalda. Dos veces la eché a la mala, la amenacé a punta de cuchillo. En cambio, con la furia del viento abrió la puerta y se tiró, como lo había hecho antes, en el sillón de la sala. El viaje fue largo y quería descansar.
IX
En el nombre de dios, de su hijo y mis desvelos, te pido no me dejes sin caricias. Por este siglo y por el que vendrá, sin pausas, sin avisos divinos. No me dejes sin caricias ahora que eres vértigo en mi lengua y todas las cosas, las de este mundo y las del otro. Aunque el mar sea ola de rostros ajados y la arena el vientre de la madre que llegó tardía; aunque no vengan los hijos, no me dejes sin caricias. En nombre de dios, de su hijo y mis desvelos, no me dejes sin caricias, bajo el relámpago negro de mis días.
X
Al principio, cuando mis sueños se volvieron pornográficos, bebí litros y litros de agua fría. El agua calma la ansiedad, dijeron. No sirvió de nada. Una tarde abrí la puerta de la casa de Rogelio con el cuaderno de matemáticas en la mano. La verdad, no vengo a estudiar, dije. Nos besamos, nos tumbamos en la cama. Con Marina, 16 años después, sucedió lo mismo. Nos besamos y nos fuimos inmediatamente a la cama. Permanecemos desnudas y abiertas como las flores.
XI
No sé cuánto tiempo ha pasado, Olga Lucía. Es la sensación de haber tenido tu cuerpo. Conservo tu vestido verde, las cartas que escribiste desde una ciudad lejana. Es otra la vida, otro el ritual del amor, la tarde que contemplo desde la dicha. Es necesario avanzar, no importa que, a fuerza de llanto, suceda de la noche a la mañana.
XII
Abro el libro. Rescribo las palabras, su nombre. La fotografía: la misma mujer desnuda, su sexo en llamas, un río. Y más allá, en el fondo de esa casa habitada de violetas, su historia: el gusto por el pollo frito, las largas avenidas, sus pies desnudos sobre la fiebre ausente de los años.
XIII
Tengo que dejarte ir, Olga Lucía. Recomenzar. Dejarte ir como se deja ir el viento, la lluvia o la tarde más hermosa. Dejarte ir y una vez más ordenar las cosas: el sol, la noche, la mesa para escribir nuevos versos. Debo olvidarte; cerrar la puerta del pasado y abrir una nueva, Esther. Hay que cortar de tajo los recuerdos, las tristezas vueltas llanto, las madrugadas en vela. Sofía, tomar rumbo distinto. Otra ciudad, otras calles, otros puentes para nuevos besos. Una nueva casa es preciso; un nombre, Isabel. Usar por primera vez el disfraz de la otra mujer que soy. Quiero, María Elena, la libertad de los pájaros, ser río. Esta fuerza, Alejandra, romperla como un globo se rompe o la piel de la tarde. Quiero vivir y que de ti nada quede, sólo la nostalgia.
Texto publicado originalmente en La libreta de Irma 

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