Dunas de Versos: Gloria Fuertes, la poesía detrás de la sonrisa, por Nadia Contreras

El miércoles 15 de julio de 2026 nos reunimos en una nueva sesión de Dunas de Versos, en el Instituto Municipal de Cultura y Educación, para acercarnos a la poesía de Gloria Fuertes. Como lo hemos hecho desde el principio —y si mal no recuerdo, el taller cumple ya tres años de existencia—, la intención no era solamente leer poemas, sino conversar con ellos, descubrir qué nos dicen y por qué aún tienen algo que contarnos.

Gloria Fuertes (1917-1998) nació en el modesto barrio de Lavapiés, hija de una costurera y un conserje. Empezó a escribir versos a los catorce años y a los quince ya los leía en Radio España de Madrid. Sin embargo, no publicó su primer libro, Isla ignorada, hasta 1950. Su nombre quedó ligado a la generación del 50 y al Postismo, junto a figuras como Carlos de Ory y Eduardo Chicharro. Fundó la revista Arquero en 1952 con Antonio Gala y otros, ganó una beca Fulbright en 1961 para enseñar en Estados Unidos, y a lo largo de los años recibió premios como el Guipúzcoa por Ni tiro ni veneno ni navaja. Publicó obras profundas como Poeta de guardia y siguió escribiendo para adultos incluso cuando la televisión la convirtió en la poeta de los niños con programas como Un globo, dos globos, tres globos. Hasta el final, con libros como Mujer de verso en pecho y Pecábamos como ángeles, mantuvo esa voz única.

Sus versos parecen simples, casi infantiles. Pero bajo esa sencillez aparece una conciencia afilada, una crítica tierna a la realidad y una forma de hablar de la herida sin perder la ternura. Sus versos parten de la vida cotidiana, del encuentro inesperado. En sus poemas conviven la niña que nunca perdió su capacidad de asombro, la mujer que se atrevió a romper las reglas de su época, la escritora que encontró belleza en las palabras de todos los días y la pacifista que eligió la poesía para responder a la violencia.

Nada en Gloria Fuertes está puesto por casualidad. Sus juegos de palabras y sus imágenes siempre esconden algo profundo. El poema “Soy solo una mujer y ya es bastante” empieza y termina con el mismo verso, pero con una nueva certeza: después de recorrer sus sueños, recuerdos y contradicciones, Gloria reafirma quién es. Lo que parece una frase sencilla se convierte en una declaración de dignidad. Toma una expresión que durante mucho tiempo sirvió para restar valor a las mujeres y la transforma en una afirmación de orgullo: no necesita compararse con nadie para reconocer su importancia. Ser ella misma es suficiente.

Luego leemos “Con tener una chiva, una tartana y un mico en el pescante”. La escena nos hizo sonreír por lo inesperada, pero también nos dimos cuenta de que habla de la vida: un camino lleno de sorpresas, cambios y momentos que no siempre podemos controlar. Más adelante aparece otro de sus juegos con las palabras: “Yo quisiera haber sido delineante, o delirante Safo sensitiva”. Gloria juega con los sonidos para pasar de la idea del orden y la precisión a la libertad de la imaginación. Al mencionar a Safo, reconoce a una de las grandes mujeres de la poesía y se suma a esa larga historia de escritoras que encontraron en la palabra una forma de expresar su propia voz.

En “Quise ser capitán, sin arma alguna”, aparece con claridad su deseo de construir en lugar de destruir. Después de vivir una época marcada por la guerra, imaginó otra forma de ejercer el liderazgo, una que no necesitara armas, sino palabras y diálogo. Esa misma mirada pacifista alcanza uno de sus momentos más intensos cuando escribe: “De paz por esos mundos quise ser traficante”. Gloria toma una palabra relacionada con algo negativo y la transforma para hablar de lo más necesario: llevar paz a un mundo donde, muchas veces, defenderla parece un acto de rebeldía. Su autobiografía es metáfora pura. En “Nota biográfica” sigue el mismo espíritu juguetón. “Gloria Fuertes nació en Madrid / a los dos días de edad...” Ríe de su propio parto, de su infancia dividida entre libros y labores domésticas, del deseo de “comprarse a plazos una flor natural”. Con humor señala las desigualdades que enfrentó como mujer escritora, sin caer en el resentimiento.

En “Hay que decir lo que hay que decir”, Gloria Fuertes deja muy clara su manera de entender la poesía: las palabras deben ir al centro de las cosas, sin adornos innecesarios. Desde el inicio lo afirma: “Hay que decir lo que hay que decir pronto, / de pronto, / visceral / del tronco”. La expresión “del tronco” sugiere algo que nace desde lo más profundo, desde aquello que forma parte de nuestra esencia. Para Gloria, escribir no es llenar páginas, sino encontrar las palabras necesarias. El poema también funciona como una reflexión sobre la importancia de actuar. “Hay que hablar poco y decir mucho / hay que hacer mucho / y que nos parezca poco”. Aquí aparece una de las ideas que acompañan gran parte de su escritura: las palabras tienen sentido cuando están acompañadas de acciones.

En “En el árbol de mi pecho”, Gloria Fuertes convierte el corazón en un lugar vivo donde habita un pájaro encarnado. Esa imagen habla de una emoción intensa: algo dentro de nosotros despierta cuando aparece alguien que nos importa. Pero el pájaro no canta ni permanece tranquilo; se asusta, aletea, intenta escapar. El final introduce una contradicción dolorosa: “¡eres un espantapájaros!”. La persona que provoca esa agitación interior también parece ser una amenaza para aquello más vulnerable que llevamos dentro. Gloria transforma así una escena amorosa en una imagen donde conviven el deseo, el miedo y la fragilidad.

En “Poética”, Gloria Fuertes explica su manera de entender la poesía. Para ella, escribir no es alejarse de la realidad, sino acercarse a ella. Le importa la gente, la cultura y la posibilidad de mejorar el mundo con las palabras. Cuando dice: “mi novia no es la muerte, / es la vida”, resume una actitud que atraviesa toda su obra: incluso cuando habla del dolor, siempre busca defender la esperanza. Esa transformación también aparece en “Ya no soy la niña amarga”. Gloria mira hacia el pasado y reconoce una etapa marcada por la tristeza y la soledad, pero no se queda ahí. La niña que antes tenía “un mar de llanto” ahora descubre la calma, el amor y la alegría de estar viva. Las imágenes de la naturaleza acompañan ese cambio: florecer, volver a brillar, sentir que “la vida me sabe a verso”.

Leer a Gloria Fuertes es una experiencia fascinante. En sus versos caben la risa, la herida, la memoria y la esperanza. Su voz permanece porque encontró una forma única de recordarnos que las palabras, cuando nacen de la verdad, pueden cambiar nuestra manera de mirar y de acercarnos a la vida.

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