POEMA DE LA SEMANA La casa, de Marcelo Uribe


La serie de poemas que conforman "La casa", además de brindarnos la atmósfera propiamente de lo que parece familiar y de aquello que para muchos no lo es, me refiero al hogar, tienen la particularidad del ritmo. El ritmo en estos poemas te conduce por los diferentes pasillos de la casa. Pero ¿qué es la casa? O ¿qué es nuestra casa? El significado de la casa también se expande. No es sólo la casa, si no la vida misma, el caos en que vivimos inmersos, los muros que vamos construyendo delante de nosotros. El poema también nos hace reflexionar sobre las cosas que tenemos, cosas finalmente efímeras, como la vida.

A Miguel Castro Leñero

I

La casa no existe,
por más que la repitas, la dibujes,
traces sus líneas,
sus muros, sus divisiones
con lo que no es la casa,
no existe.
Lo que existe es construir la casa
—o destruirla—
y lo que habitamos
es esa construcción en proceso,
esa destrucción.
El día que la construcción termina
es el día que abandonamos la casa
a su suerte.
La casa está hecha de pintura,
es otra capa de pintura,
es un muro que se mueve de lugar,
es una luz cambiante proyectada
contra el muro.
La casa es el principio que no termina.
No se puede entrar a la casa
ni salir de ella.
Somos el espacio, la casa,
siempre estamos saliendo de ella.
La casa es un viaje hacia el final de la casa.


II

Un muro divide la casa
de lo que no es la casa.
Para llegar a ella
hay que construir un muro.
Para entrar a la casa
hay que trasponer el muro.
Para salir de la casa
hay que levantar otro muro.
Todos los muros
se mueven de un lado a otro.
No hay muro fijo.
No hay casa terminada.
La casa no tiene fin,
es un laberinto
extendido en el tiempo y el espacio
que siempre estamos pintando.
El día que dejamos de pintar la casa
empieza a derruirse
como un muro de arena contra el viento
del tiempo que pasa
—a veces más rápido, a veces más lento—.


III

El viento del tiempo que va pasando
le da fin a la casa.
Le da término, le ofrece
una dulce forma de morir.
Y todos seguimos pintando la casa
para que no termine,
para que no se termine,
para que no nos termine,
para que siga moviéndose
y hurte su cuerpo al viento
que pasa sobre lo alto de la colina.


IV

La casa está abierta,
la casa está cerrada,
a la casa le faltan muros,
pedazos de muros,
le falta espacio,
pedazos de espacio,
le falta tiempo,
tiempo de construcción.
Es tan sólo una forma fugaz
de la ruina.
La casa necesita que la pinten.
La casa tiene que estar en la pared,
proyectada en la pared,
colgada de un muro
en la tela de las cortinas.
La casa vive en la ventana
que es su negación.
La ventana es donde no está la casa.
En la ventana está lo que no es la casa.
No hay casa si no hay ventanas.


V

Telas, dibujos, recortes.
Papeles donde está la casa,
líneas de tinta por los muros.
Sin esos papeles,
sin esas telas,
sin esos dibujos no hay casa,
no hay casa que no sea de papel.


VI

Terminar una casa
es dejar de pintarla
—un bote de pintura
abandonado en un rincón
es la casa concluida—.
Cuando nadie la pinta
la casa pierde sus contornos
—una brocha seca—.
Terminar la casa
es dejar que la borre el viento
en que está suspendida.


MARCELO URIBE (1953). Nació en la ciudad de México, el 2 de noviembre de 1953. Estudió letras en la UNAM y en la Universidad de Maryland. Además de poeta, es ensayista, traductor, antólogo y editor. Ha publicado dos libros de poesía: Las delgadas paredes del sueño (1987) y Última función (2008). En 2008, junto con Coral Bracho, llevó a cabo el volumen La tinta negra y roja: Antología de poesía náhuatl. Entre otros reconocimientos, ha merecido el Premio Nacional de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada (1987), por Las delgadas paredes del sueño.

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