Ventanas


Nos despertamos con sobresaltos por culpa de los ruidos. Hemos dormido infinidad de veces en casas de más de dos pisos, en hoteles, en hostales, pero esta vez, nos sentimos desprotegidos porque el ruido es una mezcla de gritos, trepidaciones (mi vecino, en el patio contiguo, cava un foso interminable), el ladrido de los perros y el maullar de los gatos.

Le digo a él que vuelva a dormir, que no pasa nada. Es el tráfico de las tres de la mañana allá en el periférico o incluso, el agua en las tuberías, que lentamente se condensa por el frío. Si dejas de poner atención, insisto, se irán los sonidos y te volverás a dormir como si la maquinaria del cansancio cayera sobre ti con todas sus fuerzas. Cuando se hizo la remodelación de la casa: un par de habitaciones más, una segunda biblioteca, el balcón para las pequeñas reuniones familiares, nunca imaginamos que una de las luminarias de la calle quedaría justo frente a nuestra cama. Las primeras noches a través de la ventana vimos la luz blanquísima (¿desde cuándo estos artefactos de la noche se volvieron tan luminosos?) como si se tratara de un letrero intermitente en la tienda de mayor prestigio. Pusimos cortinas más gruesas y se resolvió el problema; el sonido no, pese a la cintilla aislante.

En medio de la noche los ruidos nos despiertan. Así que pienso en aquellas cosas que platicamos en la sobremesa. ¿En qué momento los humanos nos volvimos exageradamente ruidosos? ¿O siempre lo hemos sido? Sigue el ruido reproduciéndose en nuestras cabezas en medio de tanto aparato electrónico y en medio de la descortesía. Ahora las bocinas de los aparatos de sonido se ponen en las ventanas y no en el interior de las casas. Las personas no se cansan de hacer esto, hecho que lamentamos porque no nos gusta la música de banda, ni las cumbias, ni los narcocorridos. Está bien, luego de una larga jornada laboral, llegar a casa, ponerse cómodo y escuchar música. Pero ¿por qué, quienes vivimos a tres o cuatro casas debemos de escucharla como si el estéreo estuviera en nuestra sala?

Las ráfagas de sonido lentamente se apagan. En algún momento nos gana el sueño, aniquilador, profundo. Nos despertará la alarma del celular, la pantalla que se enciende casi al mismo tiempo. Aún siguen los ruidos, le digo, y los estremecimientos de la casa porque el vecino aún no termina de cavar y de golpear las paredes (las nuestras, por supuesto). Quisiera un artefacto que, oprimiendo el botón verde o rojo, pudiera apagar todo. Quedaría entonces el absoluto silencio y nuestros cuerpos (acaso también sin vida) descansando.

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