La extorsión parece una condición natural de la vida de todos los hombres, ya sea que éstos vivan en la ciudad más habitada del mundo, o en algún pueblo, anclado entre valles inmensos de caña y milpa. La extorsión toma la forma de un celular y eso basta. Sin más preámbulo, el discurso torcido, maldito, nos empuja al pánico, nos quiebra.

Olga recibe la llamada alrededor de las diez de la mañana. Han pasado dos semanas del incidente y sigue conmocionada. Coincido con ella en el supermercado. Ella y yo vamos a la misma plaza a caminar; cinco años atrás, en ese lugar, nos hicimos amigas. La tomo del brazo y le pido que me acompañe a otro lugar y me cuente lo ocurrido.

Fue una llamada estúpida, me dice. “Era un número local y eso me dio confianza”. En el mensaje ensayado, porque de seguro esas personas (¿se les puede llamar personas?) ensayan las respuestas posibles, le dicen que han secuestrado a uno de sus hijos. <<La tenemos vigilada, si da parte a la policía, su hijo muere>>. Le dan una cifra y le piden hacer el depósito de manera inmediata. “Tú sabes que no tengo hijos pero la amenaza del hombre me bastó para entrar en pánico. Se me fue la respiración y el habla”.

Por supuesto, Olga me comparte los mensajes de aquella persona sin todas las majaderías que le propinó. “Cuando aventé el teléfono no respiraba, y traigo en la cabeza la frase <<la estamos vigilando>>. Tienen mi número y saben dónde vivo. Vendrán por mí cuando se den cuenta que no tengo hijos.”

Los ojos de Olga siguen empapados. Sólo fue llamada al azar, le digo, sólo fue para asustarte y nadie vendrá por ti. El hombre desconoce tu vida por completo, si hubiese sabido que no tenías hijos ¿para qué el rescate? Fue llamada al azar. Muchos caen en esa trampa y piensan que sus familiares han sido víctimas de un secuestro y depositan lo que se les pide.

Olga se calmó poco a poco y nos despedimos. Su conmoción es una nube negra que se expande dentro de mí. La visión que tengo de la vida es la de un edificio cayendo de manera estrepitosa, llevándose cientos, miles de vidas. Recupero la respiración, el curso de la noche que se anuncia fresca y húmeda, pero ¿cuántos de quienes vivimos en este mundo de horror nunca se recuperan? Tomo un taxi como lo he hecho desde que me quedé sin auto, indico la ruta (rodear es más costoso), y miro por el retrovisor al hombre que conduce y pongo sobre él la esperanza de retornar sin daño alguno a casa. No sé si llevo la cara pálida o expongo cierto nerviosismo, pero el conductor levanta la mirada y pregunta: ¿Se siente bien? Sí, respondo. Me siento bien, gracias. La frase, la repito una y otra vez.


Los restaurantes españoles siempre me han parecido un lujo y más si, para esas fechas especiales, combinan los aromas con un ambiente bohemio. Anclado en la calle de mayor comercio, uno puede mirar desde la mesa, a través de la ventana, el ajetreo de la gente que aún después de las nueve de la noche, camina con altas dosis de vitalidad. Mujeres, hombres, con grandes bolsas que llevan de aquí para allá, bien abrigados, deslizándose como si el suelo no existiera, sólo la aproximación de sus vidas. Diciembre, de una y otra manera, cambia a las personas, tal vez las luces, los colores, no para resistir el frío, sino para vivir un poco de esa felicidad arrebatada.

Del interior de la cocina llega el olor de las especias: azafrán, cominos, anís, cilantro, laurel, hinojo… En este lugar, el tiempo puede dejarse ir libremente; la risa, el coqueteo, la camaradería, quedan a media luz porque, como dije líneas arriba, este lugar en su exquisitez, ofrece la oportunidad de enamorarse, reconciliarse, o refrendar (como es mi caso) el amor construido con los años. Hubo, sin embargo, algo que me pareció inquietante. Uno de los meseros dijo conocerme con anterioridad. “Hace algunos años, comentó, impartió un curso de literatura y yo lo tomé.” Se presentó, nos ofreció la carta y correspondió de manera muy atenta a cada una de nuestras solicitudes. Hablamos de aquella época pero en mi mente todo estaba muy oscuro. Él sabía mi nombre completo y yo tuve qué revisar un par de veces su gafete. De alguna manera, la presencia de aquella persona comenzó a interrumpir la conversación y el atrevimiento planeado con mi acompañante. Hablo de compartir caricias mientras se bebe de la copa de vino blanco o tinto, de soltar la carcajada o de sentir ese mareo cuando los besos apasionan.

Caí en pánico y decidí que debíamos marcharnos. ¿Cómo beber, fumar, besar? Había también otra situación: siempre me he sentido en desventaja ante quien sabe sentarse y tomar correctamente el tenedor o la cuchara. Nos despedimos de Pablo, mi exalumno, que nos sirvió con gentileza excesiva buscando en todo momento entablar diálogo conmigo. Es mi esposo, dije, pero no bastó para quitarme esa sensación de haber llegado al lugar incorrecto. La calle nos devolvió la soltura y volvimos a sentir el aire frío de la noche. Regresamos a casa, las luces de la habitación permanecieron encendidas.


Nos despertamos con sobresaltos por culpa de los ruidos. Hemos dormido infinidad de veces en casas de más de dos pisos, en hoteles, en hostales, pero esta vez, nos sentimos desprotegidos porque el ruido es una mezcla de gritos, trepidaciones (mi vecino, en el patio contiguo, cava un foso interminable), el ladrido de los perros y el maullar de los gatos.

Le digo a él que vuelva a dormir, que no pasa nada. Es el tráfico de las tres de la mañana allá en el periférico o incluso, el agua en las tuberías, que lentamente se condensa por el frío. Si dejas de poner atención, insisto, se irán los sonidos y te volverás a dormir como si la maquinaria del cansancio cayera sobre ti con todas sus fuerzas. Cuando se hizo la remodelación de la casa: un par de habitaciones más, una segunda biblioteca, el balcón para las pequeñas reuniones familiares, nunca imaginamos que una de las luminarias de la calle quedaría justo frente a nuestra cama. Las primeras noches a través de la ventana vimos la luz blanquísima (¿desde cuándo estos artefactos de la noche se volvieron tan luminosos?) como si se tratara de un letrero intermitente en la tienda de mayor prestigio. Pusimos cortinas más gruesas y se resolvió el problema; el sonido no, pese a la cintilla aislante.

En medio de la noche los ruidos nos despiertan. Así que pienso en aquellas cosas que platicamos en la sobremesa. ¿En qué momento los humanos nos volvimos exageradamente ruidosos? ¿O siempre lo hemos sido? Sigue el ruido reproduciéndose en nuestras cabezas en medio de tanto aparato electrónico y en medio de la descortesía. Ahora las bocinas de los aparatos de sonido se ponen en las ventanas y no en el interior de las casas. Las personas no se cansan de hacer esto, hecho que lamentamos porque no nos gusta la música de banda, ni las cumbias, ni los narcocorridos. Está bien, luego de una larga jornada laboral, llegar a casa, ponerse cómodo y escuchar música. Pero ¿por qué, quienes vivimos a tres o cuatro casas debemos de escucharla como si el estéreo estuviera en nuestra sala?

Las ráfagas de sonido lentamente se apagan. En algún momento nos gana el sueño, aniquilador, profundo. Nos despertará la alarma del celular, la pantalla que se enciende casi al mismo tiempo. Aún siguen los ruidos, le digo, y los estremecimientos de la casa porque el vecino aún no termina de cavar y de golpear las paredes (las nuestras, por supuesto). Quisiera un artefacto que, oprimiendo el botón verde o rojo, pudiera apagar todo. Quedaría entonces el absoluto silencio y nuestros cuerpos (acaso también sin vida) descansando.


Después de muchos años, la necesidad de corriente eléctrica y de internet me lleva a entrar a la biblioteca. La mesa la comparto con dos personas más: un joven y un hombre adulto. El joven tiene puestos los audífonos y teclea muy rápido. El hombre adulto está en silencio mirando fijamente la pantalla. Supongo que lee algún diario.

La vida poco a poco me ha acostumbrado a leer casi todo de manera digital. La mayoría de los libros que compro ahora son versión electrónica porque en mi casa no caben las versiones impresas y me veo en la necesidad de tenerlos en cajas bajo las escaleras o bajo las camas. Hace un par de años comencé a comprar ebooks y me han ahorrado mucho espacio. Otra ventaja, caben miles en la computadora. Los espacios reducidos de las casas obligan a estas medidas drásticas. El placer de la lectura sigue intacto.

Doy un recorrido por los pasillos y saltan a la vista títulos como La Iliada, La Odisea, La Divina Comedia, El Quijote de La Mancha, Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo; saltan nombre de autores: Johann Wolfgang Goethe; Gunter Grass, William Shakespeare, Julio Verne, Charles Baudelaire, Paul Verlaine, Albert Camus, Arthur Rimbaud, Marcel Proust, Pablo Neruda, Julio Cortazar, Ernesto Sábato... Desde lejos observo la mesa donde está la computadora y todo está bien y confío un poco más para internarme en aquellas filas de libros.

Caminar por pasillos alfombrados me brinda una experiencia muy distinta. Es como caminar las calles de una ciudad desconocida y admirar cada una de sus partes. Miro así los títulos, los dibujos o las fotografías de las tapas. "Si cerca de la biblioteca tenéis un jardín ya no os faltará de nada" dice Cicerón y es una frase que llega de manera oportuna. Atrás de la biblioteca está el jardín. Tiene una fuente de agua en el centro y, a los lados, un par de bancas. Están solas, quizá por la hora del día o porque hace frío. Puedo abrir la puerta pero no lo hago. Allá en la mesa está el trabajo de muchos años.

La computadora está sobre la mesa, tal como la dejé; han partido el joven y el hombre mayor. Se escuchan algunas voces y lo que parece ser un programa de debate en la computadora de la señorita encargada del espacio. Si quitamos esta tecnología, la biblioteca es similar a aquellas que visitaba cuando era estudiante de preparatoria, principalmente. Cuando cursé la carrera ya las usábamos y había espacios destinados para hacer investigación en línea. Viví esa transición. Esta biblioteca mantiene sus ficheros que contienen las tarjetas con la información bibliográfica, según se quiera buscar: por autor, título, diccionario, palabras clave. Reviso esos cajones como lo hice hace más de veinte años. El cartón intacto, los datos limpios, precisos.

Es otro tiempo el que vivo. No revisé los documentos urgentes, no mandé los correos electrónicos necesarios. La biblioteca ocupa mi tiempo, el olor de los libros, la nostalgia por estos lugares a los que, obligados por la tecnología, abandonamos en algún momento de nuestra vida. Antes de comenzar a leer el libro que le arrebaté al orden y al olvido, abro bien los ojos para que todo el lugar entre y se quede muy dentro, fijo en la memoria.


Contesto el teléfono. Hay mucho ruido de fondo, voces. Creo ver un número pero es otro. Por fin una voz.
—Hablo de la policía encargada de Torreón, Gómez, Lerdo... de su teléfono que es el 871.... recibimos una denuncia. Usted la hizo, mija.
—No señor
—Hablo de parte del comandante Chuy, que como le digo, se encarga de la zona de Torreón, Gómez, Lerdo... Hizo, mija, usted la denuncia.
—No señor y por favor deje de llamarme mija. Se supone que hablo con una autoridad porque me trata de mija, señor.
—Es una forma de decir, una muletilla (usó en efecto la palabra muletilla).
—La denuncia que salió de su teléfono la hizo un hombre como de 35 años y decía que había visto a dos hombres bajar de una camioneta blanca portando armas de fuego.
—No señor, yo soy la única que utiliza esta línea, por lo tanto, la información que me proporciona es incorrecta.
—Entonces, lo que puedo concluir es que su número fue hackeado. Pero no entre en pánico, por favor, no entre en pánico. Podemos levantar la demanda ahora mismo.
—Señor, yo me comunicaré con mi proveedor de servicio telefónico para que me informe sobre esa situación.
—Sí, pero su número fue hackeado...
—Por eso le digo, señor, que yo me comunicaré con mi proveedor de servicio.
—Bueno, gracias.