Mi infancia está ligada a la lluvia y al rumor del Ingenio. Pero también, a los campos grandes de caña. Las últimas lluvias que han caído sobre la ciudad, me recuerdan esa época. Por supuesto, los escenarios no son parecidos. Las lluvias de las últimas semanas han sido crueles, devastadoras; aquellas, en cambio dulces, como el azúcar que se hacía entre esos fierros antiguos. Ahí, trabajaba mi padre.

Continuar leyendo en el sitio de Antonio Muñoz Molina 

Foto: Quesería, Colima, México.
Autor: Pendiente

El agua renace mientras resbala por los cuerpos, toma nuestra forma, el vaivén de nuestra forma. De un salto, estamos aquí, hablando bajo y tranquilo, no como dos personas, si no como la piel que lentamente se abrirá humedecida. Un ritual, a mitad del día o de la noche, mientras el agua cae y la caricia de la yema de los dedos. Me gustaría no ser sólo un cuerpo desnudo bajo la regadera, si no el mar, digo, pero luego me arrepiento. Te ríes y entiendo que la coherencia del pensamiento no importa. En este momento en que estamos solos, en que la nitidez rompe el ramaje de la razón, resulta contradictorio pensar en cómo los mensajes, bajo el escrutinio de un análisis frío, se forjan en destellos que se van borrando, en islas o desiertos.

El agua cae, resbala y comienza su abandono, la gravedad la arrastra hacia el remolino.

—Pudiéramos quedarnos aquí, eternamente.

—Tiene que haber un punto más lejano que esto.

— El mar, por ejemplo, para encontrarnos. Nuestros cuerpos yendo y viniendo como las olas, ese cruce, esa explosión. La memoria como un tejido uniéndonos definitivamente.

Continuar leyendo en La libreta de Irma

No podía afirmar que su matrimonio fuera un fracaso. Por donde se le buscara, no lo era. Su marido tenía todas las virtudes, el carácter un tanto acerbo, pero nada comparable con el amor y la dedicación que le tenía. Es esta la opinión de Jerónima, quien dice conocer de lado a lado, el asunto del enamoramiento entre Alejandra y Javier. El poder de la observación, afirma, lo heredó de sus padres.
Los rosales tuvieron mucho que ver con las miradas y los tocamientos. Es urgente que vengas Javier, las hormigas amenazan con acabar el jardín. Las hormigas trepaban los tallos de las flores más exquisitas. Subían y sólo bajaban cuando éstos estaban completamente desnudos. El jardín de las rosas había sido primeramente de su madre, pero ya no estaba. Era, lo repetía cuantas veces le era posible, su herencia. Javier, no era el más diestro, pero sí el único que como Alejandra, amaba los rosales. Su trabajo, por ello, letal
.
El esposo, insiste doña Jerónima, no era malo. Sí acostumbrado a la rutina, a las cosas sencillas que la vida otorga. No, ella tampoco era ambiciosa. Sin más rodeos, y continuando doña Jerónima su relato, Alejandra y Javier se tocaron las manos y bruscamente los asaltó una locura que encendió los cuerpos. Tuvieron la prudencia de no citarse en casa de uno u otro y prefirieron, aún contra el tiempo y los costos, los lugares más alejados. El marido de Alejandra y la mujer de Javier, cada uno por su lado, atendían asuntos fuera de la ciudad. Tamaña coincidencia, por cierto de varias semanas, que los enamorados aprovecharon.

Él se tiraba sobre la cama y dibujaba con el dedo índice jardines infinitos mientras ella le acariciaba el rostro, el pecho, el sexo que de manera inmediata respondía. Así sucedieron los encuentros, no uno, si no varios, en cuartos de hoteles distintos. Sus cuerpos no podían estar separados; si se bañaban, si caminaban por los alrededores, lo hacían apretándose muy fuerte. Y en la habitación, permanecían desnudos. Pero sus encuentros iban más allá de lo meramente carnal. Conversaban. Javier enloquecía con las historias que le contaba Alejandra y ésta a su vez, con aquella otra ciudad donde él vivió sus primeros años.

Con dolor llegó el último encuentro. En su interior, algo había sido fuertemente sacudido, pero no se sentían capaces de perdonar el descuido. ¿Qué podían hacer si sus matrimonios eran, en la medida de lo posible, perfectos?

Doña Jerónima tomó la bolsa del mandado, y antes de acercarse a la puerta, dejó un último comentario: “Alejandra tuvo que intentar con todas sus fuerzas recuperar su vida de antes”. Es lo que debo hacer yo, dejar de aferrarme a lo que nunca se marchita.

He presenciado el debate que surge a raíz del nombre que llevarán los hijos. En muchas ocasiones, si de reuniones se trata, se extiende hasta altas horas de la noche y no siempre termina bien, porque ¿quién no se siente lastimado cuando ve su propuesta eliminada y más si ésta, es decir el nombre propiamente dicho, lleva de manera implícita una carga emocional.

En esta discusión, la familia pone sus cartas sobre la mesa; esto es, los nombres de los abuelos, los tíos, el primo que murió tempranamente, etc. O, en caso contrario, nombres tomados de algún libro y que tienen, por cuestiones históricas o mero capricho del autor, significados muy altos: el nombre de una reina, de una virgen, de un dios de alguna cultura antigua.

Entre más se acerque la fecha del nacimiento, las discusiones son más apasionadas. Hay padres, que para nombrar necesitan conocer. Es el caso de Adriana y su esposo. En síntesis, si la niña se parece a ella, llevará el nombre de la madre de ésta, es decir, de la abuela de la niña; si se parece a él, deberá llamarse como su hermana menor. Adriana suplica en silencio para que la bebé tenga cuando menos el arco de sus cejas. ¿Por qué quiere Héctor ponerle el nombre de la hermana muerta? Ocho años atrás, Laura, murió en un accidente automovilístico.

Mis padres, en cambio, no discutieron. Mi presencia, aunque con un año de trámites, se dio de la noche a la mañana. “Aunque cumplimos con todo, no sabíamos cuándo llegarías a casa. O si, en efecto, llegarías”. Llegué, y al nombre que me habían puesto en el hospicio, encimaron el de Nadia Graciela. Nadia por Nadia Comaneci y Graciela, tal como mi madre.

Si me dieran a escoger, les diría que me dejaran el nombre de Lourdes, nombre que llevé mientras estaba en el hospicio. Desconozco su razón, pero lo siento más propio. A mi padre lo enloquecía Nadia Comaneci. En ese año, 1976, Comaneci rompía el tablero de calificaciones. Con 14 años, se convertía en la primera gimnasta de la historia en recibir un puntaje de 10 (perfecto) en las barras asimétricas durante los Juegos Olímpicos. “Además, asegura él, también estás destinada a conquistar el mundo”. Esta parte me gusta. Y ¿qué padres no confían en que sus hijos dejarán huella?

La historia va un poco más allá. Mi marido adivinó mi edad relacionando mi nombre con el de Comaneci. Algo que lo alarmó profundamente. ¿Cómo nuestros caminos podrían siquiera acercarse? Los años dictaron otra cosa, la decidión de él y mi fascinación por su edad, hombre maduro al fin, acortó incluso las distancias territoriales. Tuve que cruzar casi medio país para encontrarlo. Con lo anterior, digo que el debate de ponerle nombre a un bebé, tiene sentido. No es en vano. Como tampoco para mí, que sin hijos, decidido el nombre de mis publicaciones, sean libros, poemas, relatos cortos. Una manera de ser, en la intimidad, parte del debate eterno.

Ilustración | Gabriel Pacheco

Un día antes habíamos leído poemas sobre la lluvia. Mientras escuchaba la voz de Lulú, volví a la casa paterna donde la lluvia era común en los meses de agosto y septiembre. Sobre todo, septiembre. Escuché el chasquido del agua en las hojas de los árboles, sobre la lámina que cubría la pila y el lavadero. Lulú tiene una voz espectacular y sabe leer poesía.

Regresé a casa y los versos del poeta Efraín Bartolomé, resonaban en mi interior. Así me fui a la cama: "Ayer salí a caminar bajo la lluvia en ruinas: algún día estaremos / paseando entre estos árboles, contemplando estas piedras. // La lluvia hace sentir un aire tembloroso que llega hasta los huesos, / y se va por segundos y regresa, más callado que antes todavía". Los repetí una y otra vez, hasta que el sueño me devolvió sus imágenes.

Comenzó a llover. Era el olor de la tierra húmeda, ese rumor de hojas, los charcos que luego serían espejos. De mi parte, hay un afán por ser la humedad, ese espacio traslúcido. La lluvia sobre el techo de la casa y también en su interior. No hablo de la lluvia como una catástrofe, antes bien, de una lluvia mansa que lentamente empapó los muebles, la cocina, las habitaciones. Ellos no podían hacer nada; ellos no podían salvaguardarme de esa lluvia como cuando niña me metían a empujones a la casa mientras otros se manchaban de lodo la ropa.

Vuelvo a los versos y también a los pasillos blancos del hospital. Era urgente bajar la fiebre, era urgente el hielo para apagar la llama abrasadora. Mi cuerpo rompía los termómetros. No recuerdo lo sucedido, reproduzco aquí la historia que es eco en la familia. En aquellos años debieron bañarme con agua tibia, en lugares sumamente cerrados, evitando así la corriente de aire.

Era prescripción médica también quedarme sentada en las fiestas con mi vestido y mis zapatos nuevos. Me quedé sentada mirando los juegos de otros, las carreras al monte, a la piedra que servía de resbaladero. Llegué a ir un par de veces, y también caminé descalza sobre los charcos del jardín. Lo hacía a escondidas y con la prisa de quien se sabe vigilada por ojos sobreprotectores.

La lluvia seguía mojándome. Era una lluvia fuerte. No quise correr, ni brincar, ni saltar, ni mojar a aquel otro imaginario, a aquel otro del sueño. Me quedé de pie, mientras el agua caía sobre mi cabeza, mis hombros; de pie, en el centro de esa revelación, ese paraíso.


Texto publicado en El comentario semanal, suplemento cultural de la Universidad de Colima y CultoGrama, prensa cultura.

Los rostros de las personas me pasan desapercibidos, como también, qué visten y calzan. Las fotografías me descubren los detalles del mundo; a través de éstas, formas, colores, gestos, rasgos, los pequeñísimos asombros que mis ojos me niegan. Para reconocer verdaderamente (porque lo que descubro en el fondo de la sala de conferencias, a mitad del salón de clase, la ventana de enfrente, es apenas un bulto), la persona necesita estar a escasos ochenta centímetros de distancia. Una cosa es reconocer y otra muy distinta, llamar por su nombre a quien esboza una sonrisa. Decir, por ejemplo: “¡Hola! Sara: ¿Cómo estás?”. Los nombres me son imposibles; son como una nube negra en el horizonte de la memoria. Está ahí el recuerdo, la idea de una conversación previa, pero el nombre no.

En esto tengo algo de culpa, no pregunto, no rectifico. En la búsqueda de no sé qué, paso por alto lo que nos distingue de los demás. Hablo del nombre y, por supuesto, de la historia que hay en él, “los nombres de los padres y de los padrinos, la fecha y la hora del nacimiento, la calle, el número…” y todas las interrogantes, que en algún momento, en la novela Todos los nombres (1997), el personaje principal de José Saramago, debe responder. Claro, una vez que aquella obsesión lo lleve a buscar a la mujer desconocida que se filtró en sus registros de personajes famosos. A diferencia de don José, dejo pasar los rostros y los nombres. Esta vez, pese a mis limitaciones, logro reconocerla. A unos cuantos metros descubro su rostro y digo su nombre, aunque como era de esperarse, no me escucha. La multitud avanza.

De golpe recupero el tiempo cuando compartimos una casa junto con otras chicas, todas estudiantes. La facultad de sociología, psicología y trabajo social, estaban a un par de calles de la que fue nuestra casa. Alejandra, llegó de Tijuana una vez que había visto en un folleto turístico, las playas del puerto, a sólo cuarenta y cinco minutos de la ciudad. No tenía familiares aquí y eso me había quedado muy claro porque un año antes de concluir la carrera, regresó a Tijuana. Su madre, nos explicó, estaba muy enferma y su padre y sus hermanos, exigían su presencia.

Avanzamos mientras algunas mujeres y niños levantan pancartas, otros más allá, dicen algo que no escucho claramente. Los cuerpos atropellándose unos con otros, me impiden acercarme. Ella, Alejandra Malgarejo, me sonríe y correspondo de la misma manera. Intento por segunda vez acercarme; es como intentar saltar un muro, una montaña. Vuelvo los ojos hacia adelante, porque la multitud gira a la derecha y en el giro, los que caminamos cargados a la izquierda debemos acelerar el paso, casi correr. Las mujeres que caminan o, mejor dicho, que corren a mi lado, me hablan por mi nombre y yo simulo cierta cercanía, complicidad. Simulo también conocer el motivo de la manifestación que nos lleva en estampida.

Las casas de la ciudad son otras, las fachadas, los balcones, los cruces, las plazas. Es una ciudad muy distinta a la que conocí cuando llegué del pueblo. Busco nuevamente a Alejandra y ahí está, levantando un letrero con la palabra ¡Basta! Le sonrío, trato de llamar su atención y no hay respuesta. Sus ojos están fijos en un punto que no alcanzo a ver. No importa, digo, cuando termine la marcha volverá el gozo, la aventura, los fines de semana frente al mar. La multitud ha tomado una nueva ruta. Y a ésta le seguirá otra, y luego otra y así infinitamente.

Texto publicado en CultoGrama, prensa cultura.

Ilustración | Summer Vacation por Carol Robinson