
Tuve el gusto de moderar esta conversación que organizó el Instituto Municipal de Cultura y Educación de Torreón, a través de la Coordinación de Literatura. Desde el principio les advertí a los que nos acompañaban que esto iba a ser más cotorreo que una charla formal. Cuando nos juntamos Alexandra Moreno, Karen Arely Domínguez Martínez, Aarón Fuentes y yo, las ideas casi nunca siguen un guion. Salen las bromas, las interrupciones, las asociaciones raras y, sin darnos cuenta, terminamos hablando de nosotros mismos mientras hablamos de literatura.
La idea nunca fue dar una conferencia sobre Fernando Pessoa, Alejandra Pizarnik y Sylvia Plath. Lo que queríamos era acercarnos a tres escritores que, desde lugares muy distintos, exploraron la identidad, el insomnio, la oscuridad y esa sensación de tener una mente que no para de pensar. Mientras preparaba la actividad me rondaba una pregunta: ¿qué pasa cuando pensamos demasiado?, ¿qué ocurre cuando la conciencia nunca descansa?
Al empezar la transmisión les dije justo eso: que habíamos preparado una charla para “gente intensa”, para quienes alguna vez han sentido que la cabeza no se apaga, porque los tres escritores hicieron de esa experiencia algo central en su literatura. El plan era sencillo: cada quien presentaría a uno de los autores con una breve semblanza, algunas lecturas y luego conversación abierta. Pero el plan duró poco. Antes de entrar en materia ya nos estábamos riendo por los problemas técnicos de Aarón con la cámara y por la aparición de Albina, mi gata que Alexandra cuida temporalmente.
Fernando Pessoa no es un único escritor
La primera en hablar fue Alexandra Moreno. Confesó que apenas llevaba un tiempo leyendo a Fernando Pessoa y que ese descubrimiento reciente la tenía muy entusiasmada. Lo primero que explicó es que hablar de Pessoa nunca es hablar de un solo escritor. No estábamos frente a un único autor, sino también frente a Ricardo Reis, Alberto Caeiro y Álvaro de Campos; parecía que hablaba de personas completamente distintas, aunque en realidad todas vivían dentro de Fernando Pessoa. Esa observación abrió una de las preguntas centrales de toda la noche: ¿cuántas personas pueden vivir dentro de una misma identidad?
A partir de ahí, Alexandra explicó que Pessoa no usaba simples seudónimos. Cada heterónimo tenía su propia biografía, su personalidad, su forma de escribir e incluso una visión distinta del mundo. En síntesis, Pessoa había repartido su propia conciencia entre varias voces. Luego nos llevó hasta Alberto Caeiro, quizá el más sereno de todos. Leyó ese poema donde el autor se ríe de los poetas que buscan misterios en todas partes y recuerda que las flores son flores, los ríos son ríos y las piedras simplemente son piedras.
Más adelante presentó a Ricardo Reis, el médico clásico y disciplinado que intenta gobernar las emociones con la razón. Mientras leía el poema dedicado a Lidia, Alexandra nos hizo notar el contraste con Caeiro: uno acepta el mundo tal como aparece; el otro intenta comprenderlo y poner orden en lo que siente, aunque nunca lo consigue del todo. Esa tensión entre sentir y controlar regresó varias veces durante la conversación.
Cuando llegó al propio Fernando Pessoa, leyó un fragmento de El libro del desasosiego en el que el escritor confiesa que odia la vida con timidez y teme la muerte con fascinación. La última parada fue Álvaro de Campos. Alexandra leyó ese breve texto en el que el personaje dice que viene de Beja, va al centro de Lisboa y ya lleva encima el cansancio de lo que no encontrará. Esa frase le hacía pensar en la ansiedad contemporánea: el agotamiento que sentimos antes de que ocurra cualquier cosa, el desgaste provocado por escenarios que solo existen en nuestra imaginación.
En ese momento intervine para recordar que El libro del desasosiego está firmado por Bernardo Soares, otro de los grandes heterónimos de Pessoa, y comenté que cada una de esas voces tiene una identidad tan elaborada que incluso cuenta con carta astral propia. Y propuse la siguiente pregunta: ¿quién soy cuando dejo de representar un papel? Todos llegamos con alguna máscara: la de moderadora, la de profesora, la de psicóloga, la de lectores. Pessoa hizo de esas máscaras una obra literaria, pero en realidad todos habitamos distintos personajes según el lugar donde nos encontremos.
Sylvia Plath: cuando el dolor encuentra imágenes
Después de recorrer el universo de Pessoa, la conversación tomó otro rumbo con Aarón Fuentes. Nos contó que originalmente había preparado material sobre Alejandra Pizarnik, pero decidió concentrarse en Sylvia Plath para que Karen pudiera desarrollar con mayor amplitud a la autora argentina.
Aarón empezó desmontando una de las ideas que más se repiten cuando se habla de Plath. Reconoció con toda honestidad que él mismo había llegado a ella por la forma en que murió y no por lo que escribió. Explicó que, desafortunadamente, hay artistas de quienes se conoce más la tragedia que la obra, y recordó que durante mucho tiempo él solo sabía aquella historia de la mujer que metió la cabeza en el horno. Sin embargo, añadió que todo cambió cuando empezó a leerla y descubrió que detrás de ese episodio había una escritora inmensa, mucho más compleja de lo que suelen contar.
Aarón hizo un recorrido por El coloso, Ariel y La campana de cristal. Al hablar de esta última recordó una de las escenas más conocidas: Esther Greenwood observa una higuera llena de frutos y siente que cada uno representa una vida distinta que podría vivir. El problema es que, mientras intenta decidir cuál elegir, los higos comienzan a secarse y caen uno a uno. Aarón dijo que esa imagen sigue siendo muy vigente porque muchas veces el sufrimiento no nace de la vida que tenemos, sino de todas las vidas que sabemos que nunca podremos vivir.
Después leyó el poema "Los mensajeros". Antes de empezar reveló que una de las cosas que más admiraba de Plath era su capacidad para concentrar emociones enormes en apenas unas cuantas líneas. Habló, además de la presencia constante del monóxido de carbono en algunos poemas de Plath. Señaló que esa imagen aparecía mucho antes de su muerte y propuso pensarla no como una explicación biográfica simplista, sino como uno de esos símbolos que regresan una y otra vez sin que el propio autor comprenda del todo por qué. A partir de ahí se habló del inconsciente, de la creación artística y de cómo muchas veces la escritura parece adelantarse a preguntas que todavía no sabemos formular.
Antes de concluir su participación, abrió todavía una puerta más al relacionar a Pessoa, Plath y Pizarnik con el pensamiento existencialista. Habló de Nietzsche, Kierkegaard, Dostoievski, Simone Weil y Albert Camus. Recordó al Kirílov de Los demonios y citó una de las frases más conocidas de El mito de Sísifo: que solo existe un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio.
Alejandra Pizarnik: cuando escribir también es buscar una voz
Después de escuchar a Aarón, la conversación encontró otro ritmo con la participación de Karen Arely Domínguez Martínez. Desde el principio habló con mucha honestidad. Nos contó que preparar esta charla había sido un reto porque apenas comenzaba a conocer con profundidad la obra de Pessoa, Plath y Pizarnik.
Mientras leía sus obras, le había llamado la atención la manera en que transformaban los vacíos, los silencios y las dudas en una forma de creación. Dijo que, a partir de esas ausencias, construyeron un legado que seguía dialogando con nosotros muchos años después. También observó que los tres parecían preguntarse quiénes somos cuando dejamos de representar el papel que los demás esperan de nosotros, una inquietud que había aparecido con Pessoa.
Antes de entrar de lleno en Pizarnik, Karen hizo una breve pausa para regresar a Sylvia Plath. Aclaró que su escritura le parecía una especie de confesión hecha en voz alta, una manera de compartir aquello que normalmente permanece oculto. Habló de la presencia constante de Dios en algunos de sus textos, no como una certeza sino como una ausencia que duele, y señaló que la depresión terminaba convertida en imágenes poéticas. Más que describir el sufrimiento, Plath conseguía darle una forma.
Karen recordó algunos momentos importantes de la vida de Pizarnik: su nacimiento en Avellaneda, sus estudios de filosofía, letras y pintura, los años que pasó en París y la depresión que la acompañó durante buena parte de su existencia. Insistió en que la biografía sólo tiene sentido cuando ayuda a comprender la obra y no cuando termina sustituyéndola.
Uno de los momentos importantes de su participación fue cuando compartió un fragmento de los diarios de Pizarnik. Recordó esas líneas donde la autora escribe que necesita límites mentales, no esperar nada de los demás, no traficar con su dolor, conservar el orgullo, la soledad, el orden y la poesía. Karen explicó que la muerte ocupa un lugar central en la obra de Pizarnik. Pero la muerte no aparece como un recurso para escandalizar al lector ni como un gesto romántico, sino como una presencia constante, casi cotidiana, con la que establece un diálogo permanente. Para mostrarlo leyó el poema que comienza con aquel verso inolvidable: “Señor, la jaula se ha vuelto pájaro y se ha volado...”. Agregó que Pizarnik llegó a romantizar la locura y a fantasear con distintas formas de morir. Recordó, del mismo modo, que esta autora escribía en una época en la que la salud mental apenas se discutía públicamente y en la que muchas personas enfrentaban solas padecimientos para los que prácticamente no existían espacios de acompañamiento. Hoy contamos con psicólogos, psiquiatras y tratamientos que permiten hablar del sufrimiento de otra manera. En aquellos años, muchas de esas herramientas simplemente no estaban al alcance de quienes las necesitaban.
En ese momento intervine para compartir uno de los aspectos que más me conmueven de la escritura de Alejandra Pizarnik. Comenté que siempre he sentido que toda su obra gira alrededor de una búsqueda: encontrar la palabra exacta. No una palabra bonita ni una palabra complicada, sino aquella capaz de decir lo que parece imposible expresar.
También recordé un detalle que siempre me ha parecido fascinante. Así como Pessoa creó heterónimos, Pizarnik fue cambiando de nombre a lo largo de distintas etapas de su vida. Retomando los estudios de Cristina Piña, compartí que en el ámbito familiar fue Buma; en la escuela apareció como Flora; más adelante surgieron Blímele y Sandra, hasta llegar a Sacha, un nombre profundamente íntimo. Evidentemente no se trata del mismo juego literario que desarrolló Pessoa, pero sí revela otra forma de explorar la identidad a través del lenguaje.
Karen retomó la idea desde la psicología y explicó que muchas veces construimos distintas versiones de nosotros mismos para responder a situaciones diferentes. No significa que dejemos de ser quienes somos, sino que desarrollamos recursos emocionales distintos para enfrentar la vida. La escritura, explicó, puede convertirse en un espacio donde esas múltiples voces encuentran un lugar para expresarse sin que la identidad termine fragmentándose.
Cierre
Al finalizar la transmisión agradecí a Alexandra Moreno, Karen Arely Domínguez Martínez y Aarón Fuentes por aceptar la invitación y por compartir no sólo sus lecturas, sino también parte de sus propias experiencias.
Quedaron pendientes muchas preguntas sobre la identidad, el lenguaje, la creación artística, la salud mental y el existencialismo. Incluso nació la idea de dedicar un segundo encuentro exclusivamente a seguir explorando las conexiones entre estos tres autores. Creo que esa fue la mejor noticia de la noche. Y esta es, precisamente, una de las mayores virtudes de la literatura: no ofrecer respuestas definitivas, sino abrir preguntas que nos acompañen mucho tiempo después de cerrar un libro.
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