Ramón López Velarde: entre la fe, el deseo y la memoria. Una sesión del taller de poesía Dunas de versos, por Nadia Contreras


En la sesión de Dunas de Versos dedicada a Ramón López Velarde, que hicimos el 17 de junio en la Galería del IMCE, trabajamos de lleno en una obra que, a pesar del tiempo, sigue vigente. Esta actividad fue parte del taller de poesía Dunas de Versos, un espacio para leer y platicar sobre autores clave de la literatura.

López Velarde nació en Jerez, Zacatecas, y creció rodeado de fe, costumbres familiares y la vida sencilla de pueblo, algo que dejó una huella muy honda en él. Aunque después vivió en ciudades más grandes y conoció otros ambientes, la provincia nunca se alejó de sus versos. Al contrario, se convirtió en un lugar de la memoria al que volvía una y otra vez, como quien regresa a la casa de la infancia. El taller fue un sencillo homenaje al poeta jerezano. El 15 de junio, se cumplieron 138 años de su nacimiento. Esa cercanía nos invitó a revisitar sus poemas y comprobar que sus temas siguen vigentes. 

La figura de la mujer apareció todo el tiempo en nuestras lecturas. Pero las mujeres en López Velarde no son solo destinatarias de un amor romántico. Muchas veces representan un misterio, una revelación o una fuerza que cambia la vida del poeta. Algunas tienen un aire casi sagrado; otras transmiten deseo y vitalidad terrenal. Esa mezcla entre lo espiritual y lo cotidiano es una de las cosas más características de su obra. El joven criado con principios católicos vive junto al hombre fascinado por la belleza femenina. En lugar de elegir uno, el poeta deja que ambos coexistan, y de ahí sale gran parte de la fuerza de sus poemas.

La infancia también tuvo un lugar central en la plática. No aparece solo como un recuerdo personal, sino como un espacio mítico donde sobreviven la inocencia, los afectos y una forma especial de ver el mundo. Las calles del pueblo, las costumbres familiares y las imágenes religiosas forman un universo emocional que nutre casi toda su poesía. Para López Velarde, recordar es recuperar esa sensibilidad perdida y volver, aunque sea un rato, a la mirada del niño que fue.

Poemas como “Me estás vedada tú” muestran un amor entendido como acompañamiento, no como conquista o posesión. Lo que duele es no poder estar al lado de la persona amada, compartir sus días y acompañarla en los momentos importantes. En cambio, "Y pensar que pudimos" habla de la nostalgia por lo que nunca sucedió: esa vida posible que se quedó solo en la imaginación. 

En “La mancha de púrpura” el deseo se alimenta de la distancia. El poeta se aleja a propósito de la mujer amada para que el reencuentro tenga más peso. La espera se vuelve un rito íntimo. La púrpura une otra vez pasión y simbolismo religioso. El amor es al mismo tiempo corporal y devoción. Algo parecido pasa en “Por este sobrio estilo”. El poeta se enamora de gestos, silencios, formas de hablar y pequeñas costumbres. La belleza surge de detalles que otros ni notarían. Su mirada encuentra poesía en lo que parece insignificante.

En “A Sara” aparece una mujer diferente: llena de energía, plenitud y abundancia. Lejos de la figura idealizada y lejana de otros poemas, López Velarde la asocia con frutos maduros, fertilidad y fuerza vital. Ahí celebra la vida con entusiasmo.

Las estrellas, los amaneceres, los crepúsculos y el zodiaco estuvieron presentes en muchas lecturas. Los astros no son adorno; representan algo que va más allá de lo cotidiano. Cuando mira al cielo, López Velarde busca respuestas sobre la existencia, el amor y el destino. El universo se convierte en espejo de su mundo interior, y por eso las imágenes cósmicas se mezclan tanto con el amor.

Uno de los momentos más interesantes surgió con la lectura de “Mi corazón se amerita en la sombra”. En este poema, López Velarde presenta el corazón como algo que crece oculto, lejos de las miradas. Esa imagen dio lugar a una conversación muy interesante cuando el escritor Saúl Rosales comentó que él asociaba ese corazón con la propia poesía. Fue muy bonito que nos acompañara en el taller y, en lo personal, me dio mucho gusto contar con su presencia. 

Intentaré explicar su planteamiento retomando algunas de las ideas que compartió Saúl Rosales; espero no equivocarme. Su comentario me hizo considerar que la poesía nace muchas veces en el silencio, en espacios íntimos donde una emoción, un recuerdo o una idea van tomando forma poco a poco. Antes de convertirse en poema, pasan mucho tiempo dentro de nosotros, creciendo en la sombra, hasta que un día encuentran la manera de salir a la luz. López Velarde imagina sacar su corazón a la luz para mostrarle amaneceres, estrellas, atardeceres y la belleza del mundo. Con los poemas pasa algo similar: primero viven en la intimidad del que los escribe y después llegan a los lectores. Lo individual se vuelve compartido. Así, el corazón puede leerse como una metáfora de la creación poética.

La reflexión de Saúl Rosales nos llevó también a hablar sobre los tiempos de la escritura. Hay poemas que se quedan años en la sombra, en cuadernos o ideas a medio formar, hasta que maduran. Necesitan silencio y paciencia. Solo entonces salen a la luz. 

Al final de la sesión quedó claro que Ramón López Velarde es mucho más que el autor de La suave patria. Su obra junta infancia y madurez, fe y deseo, provincia y universo, melancolía y celebración. Cada poema plantea preguntas que todavía nos importan: cómo amar, cómo recordar, cómo aceptar la pérdida y cómo encontrar belleza en medio de lo frágil que es la vida. La invitación queda hecha: leer a Ramón López Velarde siempre es una experiencia que vale la pena.

Esta es la selección de poemas que revisanos en la sesión. Descarga AQUÍ

Hice un videopoema a partir de "La mancha de púrpura". Pueden ver AQUÍ

***  

¡Agradezco sus aportaciones en la sección de comentarios! Ten paciencia, los comentarios en esta página se moderan. Te invito también a formar parte del grupo #EscribirPoesía en Facebook. Ya somos más de 2, 000 miembros. 

Publicar un comentario

0 Comentarios