
Volví a ver Crimen imperdonable. Esta vez con calma, y no porque fuera mi única opción para el fin de semana, sino porque siempre disfruto muchísimo ver a Sissy Spacek. Desde la primera vez que vi la película, hace ya varios años, me llamó la atención que la historia no pone el foco en el asesinato, sino en mirar cómo una familia empieza a romperse lentamente después de él.
El duelo se mete en todo: en las relaciones, en las paredes de la casa, en la cocina, en la cama y hasta en la manera de respirar de los personajes. Estrenada en Estados Unidos bajo el título In the bedroom (2001), dirigida por Todd Field y basada en un relato de André Dubus, esta película deja al descubierto el desgaste emocional que atraviesa la familia y el pequeño pueblo donde ocurre la historia. Pero también termina arrastrando al espectador hacia ese mismo cansancio emocional, porque uno acaba agotado después de procesar ciertas escenas.

La trama ocurre en un pequeño poblado de Maine. Frank Fowler, interpretado por Nick Stahl, es un universitario que inicia una relación con Natalie Strout, personaje encarnado por Marisa Tomei, una mujer mayor que él, divorciada y con hijos. Desde el principio aparece cierta incomodidad: la diferencia de edades, el peso social del pueblo y la tensión que esa relación provoca entre quienes los rodean. Matt y Ruth Fowler, los padres de Frank, interpretados por Tom Wilkinson y Sissy Spacek, perciben poco a poco que la situación empieza a ponerse cada vez más complicada. Y sí, como sabemos, todo termina horrible. El exesposo de Natalie, incapaz de aceptar la relación, asesina a Frank.
Pero, como decía arriba, lo importante aquí no es el crimen, sino lo que llega después. El silencio que queda tras el disparo, sobre todo en Ruth. La manera en que el dolor empieza a sacar resentimientos viejos, heridas enterradas y emociones que llevaban años guardadas.

Si esperan música estruendosa o escenas hechas para manipularnos emocionalmente, aquí no van a encontrarlas. Incluso hay quienes dicen que la película es lenta. No hay grandes discursos ni explosiones dramáticas. ¿Qué hay entonces? Miradas largas, conversaciones incompletas y silencios incómodos. La tristeza en esta película entra como humedad: despacio, casi sin notarse. Algo muy parecido a lo que ocurre en ciertas relaciones amorosas; el desgaste se mete poco a poco hasta que una tragedia termina exhibiendo grietas que ya estaban ahí desde mucho antes. Conforme avanza la historia entendemos que el matrimonio de Matt y Ruth llevaba años cargando angustias silenciosas.
Hay una escena que deja eso clarísimo:
“Se fue por ti. Porque eres demasiado controladora y terriblemente dominante.”
Y claro, esa discusión no nació con la muerte del hijo. Todo eso ya existía. Sólo necesitaban algo lo suficientemente fuerte para aventárselo a la cara.

Me gusta muchísimo cómo está escrito el personaje de Ruth porque evita el cliché de la madre dulce y sufrida. Ruth es inteligente, elegante, rígida y emocionalmente dura. Y Sissy Spacek la interpreta de una manera impresionante; nunca cae en exageraciones. Luego aparece Matt, interpretado por Tom Wilkinson, quien aparenta ser el más tranquilo y racional, aunque debajo de esa calma existe una violencia emocional fuertísima. La película deja muy claro que incluso las personas “correctas” pueden cruzar límites cuando el dolor se vuelve insoportable. Y ya sabemos cuál es la consecuencia de ese límite.
También me gustó muchísimo Natalie, interpretada por Marisa Tomei. Hay algo muy humano en ella y también algo muy injusto en la manera en que los demás la observan. Porque, en el fondo, la película deja ver cómo muchas veces las mujeres terminan cargando indirectamente con la culpa de tragedias ajenas. Aquí enamorarse casi se convierte en delito. La gente necesita encontrar responsables: la pareja, la madre, el sistema, la otra persona o incluso uno mismo.
Lo que sea con tal de sentir que el mundo todavía tiene algún orden.
Al final, la película habla de personas heridas que intentan sobrevivir a algo emocionalmente demasiado grande para ellas. El escenario también tiene muchísimo peso simbólico. Maine aparece frío, silencioso y contenido; un lugar que, igual que sus personajes, parece reprimir todo lo que siente. Cuando terminó la película pensé que Crimen imperdonable habla menos sobre la muerte y más sobre todas esas cosas que nunca nos atrevemos a decir mientras las personas todavía siguen vivas. Si no la han visto, de verdad denle una oportunidad. Es de esas películas que se quedan dando vueltas en la cabeza.
Imágenes tomadas de Internet.
***
¡Agradezco sus aportaciones en la sección de comentarios! Ten paciencia, los comentarios en esta página se moderan. Te invito también a formar parte del grupo #EscribirPoesía en Facebook. Ya somos más de 2, 000 miembros.



.png)




0 Comentarios
NO PERMITIMOS MENSAJES ANÓNIMOS. ¡Queremos saber quién eres! Todos los comentarios se moderan y luego se publican. Gracias.