EL CEREBRO TAMBIÉN ESCRIBE La editora que llevamos dentro, por Nadia Contreras

Hay mañanas en que sé perfectamente lo que tengo que hacer y, aun así, no arranco. Tengo una lista de pendientes, el café se enfría sobre la mesa y, en lugar de abrir el documento que me urge terminar, se me ocurre acomodar los libros. Primero por autor, después por tamaño y, si me descuido, hasta por color. Al final, el trabajo sigue ahí y yo he perdido una hora en algo que ni siquiera tenía pensado hacer. ¿A quién no le ha pasado?

Lo curioso es que conozco mi trabajo. Llevo años entre libros, manuscritos, talleres y actividades culturales. Entonces, ¿por qué a veces cuesta tanto comenzar algo que sabemos hacer? ¿Por qué encontramos cualquier pretexto para dejarlo para después?

Este semestre, al estudiar las funciones ejecutivas en el doctorado en Neuroeducación Cognitiva, volví a pensar en mi oficio de editora. Cuando reviso un manuscrito, decido qué frases sobran, qué capítulos necesitan otro orden y, a veces, hasta recomiendo eliminar páginas enteras, aunque al autor le duela hasta el alma. Para eso necesito concentrarme, recordar lo que he leído y cambiar de opinión cuando hace falta.

En nuestra cabeza pasa algo parecido. Las funciones ejecutivas nos ayudan a organizarnos, recordar lo que necesitamos y pensar antes de hacer alguna barbaridad. Los especialistas hablan de control inhibitorio, memoria de trabajo y flexibilidad cognitiva. Dicho así suena complicado, pero es lo que hacemos cuando nos mordemos la lengua para no contestarle a alguien, recordamos un número de teléfono o cambiamos de plan porque las cosas no salieron como esperábamos. Aunque, para qué nos hacemos, hay días en que fallamos en las tres.

Con la poesía pasa a cada rato. Comenzamos un poema con una idea muy clara, aparece un verso que nos lleva por otro camino y terminamos por cambiar hasta aquello que tanto nos gustaba.

Ulises sabía que escuchar el canto de las sirenas podía costarle la vida. En La Odisea, Homero cuenta que pidió a sus marineros que lo ataran al mástil del barco y que ellos se taparan los oídos con cera. Quería escuchar aquel canto, pero conocía el peligro de dejarse llevar por él. Miles de años después, seguimos sin poder resistirnos a ciertos cantos. Cuando tengo que escribir, “alejo” el celular del escritorio y pongo música a todo volumen. A veces funciona, pero basta que aparezca una notificación para que me den ganas de saber quién escribió o qué pasó. Ulises tenía sus sirenas; yo tengo WhatsApp y las redes sociales.

En los talleres literarios me he encontrado con personas que escriben páginas enteras, pero no permiten que les cambien ni una coma. Otras se pelean durante horas con la primera frase. Yo he pasado por las dos cosas. A veces hay que escuchar a nuestra editora interna y otras mandarla por un café para que nos deje escribir en paz.

Con los adolescentes pasa algo curioso. Pueden defender una idea con argumentos que nos dejan callados y después olvidar por completo una tarea. Su cerebro todavía está en desarrollo, sobre todo las áreas que ayudan a organizarse, controlar los impulsos y tomar decisiones. Aunque tampoco hay que echarle toda la culpa a la edad. Conozco adultos que seguimos dejando las cosas para el último momento. Y no voy a dar nombres.

Esto me recuerda a Bartleby, el escribiente, de Herman Melville, cuyo protagonista responde a casi todo con un «Preferiría no hacerlo». Y, entre nosotros, me parece una respuesta bastante sensata. ¿A poco no? A veces, frente a una hoja en blanco, cualquiera podría decir lo mismo. Hay quienes no saben cómo empezar, otros se pierden entre tantas ideas y algunos, para qué negarlo, sencillamente no tienen ganas. Hasta a quienes nos gusta escribir nos pasa que un texto que pensábamos terminar en una tarde acaba por robarnos varios días.

El estrés, el cansancio y las preocupaciones nos juegan malas pasadas. Algunos estudios sugieren que escribir lo que nos inquieta antes de un examen puede aliviar la ansiedad, aunque no funciona igual para todos. A mí me pasa que empiezo a escribir sobre una preocupación y termino por contar cosas que ni sabía que traía dentro. Y si a los adultos nos cuesta manejar nuestras emociones, con los adolescentes la cosa puede complicarse todavía más. A veces un joven que antes participaba en todo se vuelve callado, pierde el interés o anda de mal humor. ¿Depresión? Puede ser. Si estos cambios persisten, conviene prestar atención y buscar ayuda profesional.

En el doctorado hemos revisado condiciones com
o el TDAH, el autismo, la dislexia y el trastorno obsesivo compulsivo. Dos estudiantes con el mismo diagnóstico pueden tener necesidades muy diferentes. Uno puede tardar muchísimo en leer un párrafo y otro sentirse incómodo si le cambian los planes de repente. Tampoco podemos andar por la vida con un diagnóstico listo para cada persona que se distrae o no termina una tarea. A veces ayudan las instrucciones más cortas, dividir un trabajo en partes o avisar con tiempo cuando habrá cambios.

Tampoco hay que creer que unos cuantos ejercicios van a poner nuestro cerebro en orden. ¡Ya quisiéramos! Pueden ayudar, pero mejorar en una actividad no significa que todo lo demás nos salga de maravilla. Yo, por ejemplo, puedo pasar horas revisando un manuscrito ajeno y después quedarme frente a mis propios textos sin saber por dónde empezar. Vaya contradicción. Llevo tantos años entre libros que sé cuándo basta con corregir unas cuantas frases y cuándo hay que comenzar de nuevo. Con nosotros pasa algo parecido: hay días en que todo sale bien y otros en que cuesta hasta decidir qué hacer primero.

Y conociéndome, seguro terminaré por corregir hasta este último párrafo.

Imagen de portada realizada con DOLA. 

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