
El miércoles 2 de septiembre hicimos un experimento con libros en el Museo Casa Mudéjar. Alexandra Moreno y yo le entregamos a cada participante un ejemplar completamente envuelto. No podían ver la portada, el título ni el nombre del autor. Solo tenían entre las manos un objeto del que podían conocer el tamaño, el peso, el grosor. Con esas pocas pistas les pedimos imaginar qué clase de libro podía ser, para quién estaría escrito, qué podían esperar de él.
La propuesta formó parte de las actividades de la Coordinación de Literatura del Instituto Municipal de Cultura y Educación, además del trabajo que hacemos desde la Sala de Lectura «Leer para vivir», que coordino. Estos espacios buscan acercar los libros a la gente, hacer de la lectura una experiencia que se pueda compartir, disfrutar. Por ello, quisimos detenernos en algo que hacemos casi sin darnos cuenta: ¿qué pensamos de un libro antes de abrirlo? La lectura comienza mucho antes de la primera página. Una portada, un nombre, el género o incluso el peso del libro pueden hacernos imaginar qué vamos a encontrar.
Algunos pensaron en novelas de aventuras; otros, en poesía, cuentos o historias de romance. Una participante imaginó «una novela donde el protagonista va a cambiar su perspectiva al final, distinta a como la tiene al inicio». Otra calculó que, por el tamaño, podía tener unas cincuenta páginas. Para ella podía ser «novela, poesía o cuento, cualquiera de sus formatos». Alguien más pensó que podía estar dirigido a todo tipo de lectores.
Mientras escuchábamos las predicciones, pensé en algo que Hans Robert Jauss llamó horizonte de expectativas. Cuando tomamos un libro, no llegamos con la cabeza vacía. Traemos otras lecturas, experiencias, gustos, ideas, incluso prejuicios que nos hacen imaginar de qué puede tratarse. Eso era justamente lo que sucedía. Sin haber leído una sola página, cada quien se había formado una idea de lo que podía encontrar.
Cada lector llega con una historia. Si hemos leído muchas novelas policiacas, reconocemos ciertas señales antes de que aparezca el crimen. Si conocemos la obra de un autor, esperamos determinadas cosas de él. Si alguien nos dice que un libro es de terror, probablemente lo leeremos de una manera distinta que si nos anuncia una novela romántica. Incluso nuestros prejuicios entran en juego, aunque a veces no los notemos.
Como quienes asistieron a esta actividad no tenían información sobre el contenido, cada participante tuvo que construir una primera impresión a partir de unas cuantas señales físicas. Después agregamos un poco más de información. Pudieron mirar la portada, conocer el título, reconocer el nombre del autor, aunque todavía sin leer la contraportada. Bastó eso para que varias predicciones cambiaran. Un color, una tipografía, una imagen o un nombre conocido podían modificar la impresión inicial. Algunas sospechas se confirmaron; otras desaparecieron en segundos.
Entre los libros estaban Música concreta, de Amparo Dávila; El sistema solar; Zapatos para toda la vida, de Guadalupe Dueñas; De noche vienes, de Elena Poniatowska, y La dama del perrito, de Chéjov. Al tenerlos frente a los ojos, resultaba evidente que una portada puede orientarnos, pero difícilmente puede contarnos todo lo que vamos a encontrar dentro.
Una participante comparó elegir una lectura con escoger una fruta: podemos creer que sabemos reconocer una buena manzana, descubrir al partirla que está desabrida. Otra lo relacionó con conocer a una persona, porque una primera impresión puede hacernos creer que sabemos cómo es alguien hasta que el tiempo demuestra lo contrario. Alguien más comparó descubrir un libro con una máquina de sorpresas: «Echas una moneda y no sabes qué te va a salir».
Una de las asistentes hizo una comparación que me gustó especialmente. Dijo que leer podía parecerse a visitar al optometrista, porque «el libro va curando nuestra miopía a través del lenguaje y las metáforas». Miramos un libro desde fuera, nos hacemos una idea de él, pero cuando comenzamos a leer tenemos que ajustar el enfoque. A veces descubrimos que veíamos bastante mal.
Con las primeras hipótesis sobre la mesa, llegó el momento de abrir los libros. Les dimos cinco minutos de lectura silenciosa, sin teléfonos ni distracciones. La tarea consistía en encontrar una frase que despertara el deseo de seguir leyendo o, por el contrario, una que provocara cerrar el ejemplar.
Aquí entró otra parte importante de la teoría que sostenía el taller: la propuesta de Louise Rosenblatt sobre la transacción entre lector y texto. Para Rosenblatt, el significado de una obra no está guardado dentro del libro como si fuera un secreto que tenemos que sacar de una caja. Tampoco depende únicamente de lo que el lector quiera encontrar. Aparece en el encuentro entre ambos. El texto pone sus palabras, su estructura, sus imágenes, sus silencios, sus posibilidades. El lector llega con sus experiencias, emociones, conocimientos, expectativas. Lo que ocurre durante la lectura nace de ese encuentro.
Rosenblatt también hablaba de dos maneras de acercarnos a un texto. A veces leemos para encontrar algo concreto: información, datos, una idea, algún conocimiento. A eso le llamó lectura eferente. Otras veces importa más lo que nos pasa mientras leemos: las imágenes que aparecen en nuestra cabeza, lo que sentimos, los recuerdos que se despiertan, las ideas que nos provoca una frase. Esa es la lectura estética. Claro que en la vida real no solemos leer de una sola manera. Podemos buscar información en un libro, al mismo tiempo, terminar pensando en nuestra propia vida.
Eso también se notó en el grupo. No todos leemos de la misma manera ni necesitamos lo mismo para concentrarnos. A algunos les resulta fácil leer en cualquier lugar; otros necesitan silencio, cierta hora o simplemente estar de buen ánimo. El lugar, la música, las costumbres, incluso el día que traemos pueden cambiar la experiencia. Podemos tener el mismo libro en las manos, leerlo de una manera distinta hoy que ayer.
Louise Rosenblatt decía que cada lectura ocurre en el encuentro entre el libro y quien lo lee, además nosotros no somos siempre los mismos. David Ausubel, desde la psicología educativa, explicaba que entendemos mejor algo nuevo cuando podemos relacionarlo con lo que sabemos. Isabel Solé también señala la importancia de los conocimientos previos para comprender un texto. Por eso un libro que alguna vez nos resultó difícil puede decirnos algo distinto cuando volvemos a él.
Más adelante propusimos otro ejercicio. Cada participante abrió el libro al azar, señaló una frase, la leyó como si fuera un mensaje que ese ejemplar le dejaba en ese momento. No había que buscar «la frase correcta», sino aquella que, por alguna razón, les dijera algo. Las respuestas fueron muy distintas. Irlanda encontró un fragmento sobre Simón Bolívar, eligió la frase «Su alma venía para empleos duros». Xóchitl encontró un pasaje sobre el llanto, habló de la necesidad de permitirnos llorar: «Llorar no es debilidad». Diego llegó a una reflexión sobre la guerra, se preguntó quién decide quién es bueno o malo, quién puede determinar si una vida puede quitarse. Elisa encontró un texto relacionado con el descanso, el cuidado personal. Federico leyó sobre la curiosidad de alguien que intentaba comprender de dónde podía salir tanta agua, lo relacionó con ese impulso de descubrir. Lorena encontró unas líneas sobre los domingos, el tiempo para cocinar en familia, que la llevaron hacia sus propias raíces. Perla encontró una frase que la hizo pensar en la compañía, en esa idea sencilla de que «no estamos solos».
Entonces volvimos directamente a Rosenblatt con una pregunta: «¿Qué puso el texto y qué pusiste tú?». No somos lectores quietos. Cambian nuestras preocupaciones, nuestros conocimientos, nuestras experiencias, nuestro estado de ánimo. También cambia nuestra relación con los libros. Otra parte de este taller abordó el hecho de abandonar una lectura.
Una participante contó que había comenzado Cuando Dios parece injusto, una historia sobre una niña enferma de cáncer, pero tuvo que dejarlo. «Me estaba haciendo daño leerlo. Sufría ajeno. No pude continuar», explicó.
Nos detuvimos un momento en eso porque también pasa con los libros: no siempre podemos leerlos en cualquier momento. Louise Rosenblatt decía que cada lectura depende del encuentro entre el libro y quien lo lee. Nosotros llegamos a los libros con lo que hemos vivido, con nuestras preocupaciones, recuerdos, incluso con el ánimo que traemos ese día. Así que dejar un libro no siempre significa que no nos guste o que no tengamos disciplina para leerlo. A veces simplemente nos toca una fibra que no podemos sostener en ese momento. Un libro puede ser buenísimo, aun así, no ser para nosotros hoy. También saber cuándo cerrar un libro forma parte de ser lector.
Otro participante contó que había comenzado La insoportable levedad del ser cinco veces. Las cinco terminó abandonándolo. A la sexta consiguió terminarlo, descubrió que le parecía maravilloso. Cada lector tiene sus propios gustos, sus propias maneras de acercarse a los libros. Que uno no nos guste no quiere decir que sea malo ni que nosotros no sepamos leer. Simplemente hay libros que no nos dicen nada, tampoco tenemos que obligarnos a quererlos.
Antes de despedirnos, volvimos a las primeras predicciones. ¿Qué habían imaginado? ¿Qué cambió cuando apareció la portada? ¿Qué encontraron dentro? Las respuestas mostraron algo que estuvo presente durante todo el taller: cada lector llega al libro con sus propias ideas, recuerdos, gustos, experiencias. A veces la primera impresión acierta; otras, el libro nos lleva por un camino completamente distinto.
Ahí el título del taller cobraba sentido: "El libro que todavía no sabes que necesitas". Cada persona recibió una lectura que no había escogido. La portada, el título, el autor llegaron después. Lo demás quedó en manos de cada lector. Les pedimos cerrar con una frase: «Define tu libro». Las respuestas provocaron risas, comentarios, una buena ronda de aplausos. Esta vez, los aplausos fueron para ellos, por prestarse al juego, compartir lo que encontraron en esas páginas.
Los libros que usamos esa tarde se fueron con sus nuevos lectores. También regalamos otros ejemplares que colocamos sobre la mesa. Quizá alguno terminó llevándose un libro que nunca habría escogido por su cuenta. Esto, para una tarde-noche de lectura, es bastante.
Ver reel de la actividad aquí o en Youtube
Fotogracía de portada realizada con IA
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