
El 10 de agosto, a eso de las siete —nunca he sabido con exactitud si son todavía tardes o ya noches—, comenzamos la transmisión del Instituto Municipal de Cultura y Educación de Torreón. El título era simple y un poco peligroso: «Confesiones de un lector». Me acompañaron Alba Medina, Jessica Anaí, Alexandra Franco y Ani Hernández. Les dije que todos tenemos secretos con los libros: aquellos que leímos por vergüenza y nunca mencionamos, los que abandonamos y fingimos haber terminado, los que compramos dos veces porque olvidamos que estaban en casa, los que nos regalaron y nunca terminaron de gustarnos.
Empecé yo misma, para que nadie se sintiera sola en la exposición. Confesé haber leído a Carlos Cuauhtémoc Sánchez en la secundaria, tres libros en total del autor. Luego lancé la primera pregunta sin anunciarla como tal: qué libro abandonaste y todavía te da pena admitirlo. Jessica habló de Moby Dick. Estaba en un club de lectura que le encanta, tenía apenas tres días y otras lecturas encima —poesía de Fabricio Gutiérrez, entre otras—, así que lo dejó. Cuando llegó el momento de comentar, fingió: «Ay, no, sí, a mí me gustó». Ahora, si las chicas del club ven la transmisión, sabrán la verdad.


Ani Hernández habló de El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez. Se lo regalaron. Una narración sin puntos y seguido, sin voz clara de narrador, bloques largos que la saturaban mentalmente. Lo abandonó varias veces, lo retomó por coraje, lo terminó y no le dejó satisfacción alguna. «No me dejó una gran paz, esa tranquilidad que normalmente buscamos como lectores». El personaje le cayó mal; el lenguaje le resultó monótono. No es un libro que recomiende.
Aquí tocamos un punto que me parece esencial: la diferencia entre las lecturas que elegimos para disfrutar y aquellas que nos llegan como regalo o, peor, como obligación académica. No hablábamos de libros para cumplir una currícula; hablábamos de los que uno escoge —o cree escoger— y aun así a veces no funcionan.
Alexandra Franco confesó haber abandonado temporalmente Padre rico, padre pobre, de Robert Kiyosaki. No por aburrimiento, sino porque cada concepto que no entendía la obligaba a detenerse, investigar y anotar. «Siento que primero tengo que tener las bases». El libro sigue ahí, esperando. Alexandra explicó que le interesó el tema del dinero, las inversiones, el contraste entre el padre rico y el padre pobre.
Y entonces surgió otra reflexión: la literatura no solo habla de amor, pasión, guerra o existencia. También puede hablar de educación financiera, de ciencia —pensé en Rosa Montero y La ridícula idea de no volver a verte, ese libro que parte de la historia de Marie y Pierre Curie—. La literatura ahonda en todas las disciplinas; va de extremo a extremo.
Después pregunté cuántos libros tenían pendientes. Alba levantó un tomo grueso: Cultura femenina novohispana, de Josefina Muriel. Lleva un año en su escritorio. Lo necesita para una novela sobre el mundo novohispano, un tema que siempre le ha apasionado, pero todavía no es el momento.
Jessica habló de unos cincuenta títulos acumulados: Germinal, de Tania Tagle; varios de Malpaso con portadas hermosas; un ladrillo de Ramón López Velarde de 2014; crítica literaria y periodismo político. «Más libros, no sé ni dónde ponerlos».
Ani mencionó La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, regalo de alumnos del año antepasado; está en su lista número uno, aunque las listas se mueven constantemente. Alexandra tiene Crimen y castigo esperando el momento adecuado, además de PDFs que le mandan amigos.
Todos reconocimos ese cúmulo: compramos con convicción férrea y luego dejamos el libro esperando mientras llega otro, o un regalo, o una recomendación nueva.
Les pregunté qué le dirían a un joven que se atasca con un libro de libre elección, no académico. Alexandra recomendó buscar el género que lo apasione y ponerse metas pequeñas; también habló del beneficio cerebral, de los hábitos. Ani, que trabaja con niños chiquitos, habló de lo difícil que es cuando alguien llega con la negativa: «Yo no leo». Empezar a sembrar el gusto es un trabajo de fondo. Jessica sugirió dejarlo y tomar otro, o saltarse páginas si hace falta; incluso en Ulises se puede ir directo al monólogo de Molly Bloom. «Yo creo que no pasa nada si te saltas unas cuantas páginas».
Alba fue más lejos y tocó algo que me parece fundamental: el gusto por la lectura se contagia, no se impone. «Es como si te estás comiendo un helado tan rico enfrente de ellos que van a decirte: dame, yo quiero». Sus hijos leen porque la vieron leer. Su madre siempre llevaba un libro en la bolsa y le contaba las historias. Nos hemos equivocado mucho, dijo, cuando imponemos lecturas de «alta literatura» que no se relacionan con la vida de un adolescente de quince años. TikTok sí se relaciona; Crimen y castigo no necesariamente. La lectura se hereda por ejemplo, no por decreto.
Luego vino la pregunta más delicada: el libro que todos aman y tú no.
Alba no dudó. Gabriela Mistral. «No la soporto. Se me hace como al chocolate que le pones mermelada y luego le embarras cajeta». Leyó una biografía y le cayó peor como persona: reclamona, tétrica, con aquella historia del niño. Yo misma confesé que no me gusta García Márquez en novela —me encanta en cuento—, por más que lo haya intentado con música, velitas o heavy metal. «No me entra y no me entra». Ani habló del Marqués de Sade: la invitaron a lecturas eróticas y no conectó. Jessica mencionó El jardín de las mariposas y prefirió mil veces El perfume; también habló de un libro de Anne Rice que le resultó soporífero en partes.
Aquí el espacio se volvió irreverente y necesario. Desacralizar el acto de leer y, sobre todo, de elegir.
Hablamos de personajes. Jessica odia al novio de Fernanda Salas en Perra brava, de Orfa Alarcón —narcotraficante, golpeador— y se alegró cuando el personaje lo desmadra. Se enamoró, en cambio, de un traficante de mujeres bien descrito en La decapitada, de Gabriela Marcico («qué atractivo»), y de Shakespeare en Hamnet, después de odiarlo por la forma en que llevaba el duelo. Ani se enamoró de Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera: el perfil del caballero, del lugar seguro. Alexandra ama a Oliver Twist y se identifica con su inocencia atravesada por el crimen y las malas compañías; los personajes a su alrededor le resultan como voces internas.
Alba detesta a Pedro de Como agua para chocolate —«tan endeble, tan mediocre»— y recuerda que Alfonso Arau tuvo problemas para encontrar un actor lo suficientemente guapo que justificara el amor de Tita. Se enamora, en cambio, del perro de las lágrimas en Ensayo sobre la ceguera, de Saramago, y de Pedro Tercero en La casa de los espíritus.
Los extremos: el que odias con odio jarocho y el que te hace levantar suspiros.
Cuando pregunté de qué autor o autora seríamos capaces de enamorarnos hasta la intimidad, el ambiente se volvió más ligero y más peligroso. Ani mencionó a Martín Luis Guzmán por el porte. Alba no dudó: Federico García Lorca. Yo confesé que a José Emilio Pacheco. Tengo una foto de cuando vino a Torreón, ya grande; es la foto de mi novio. «Lástima que no está». Incluso confesé mi envidia hacia Cristina Pacheco.
Cerramos con las manías de lectura.
Ani subraya, escribe en los márgenes —aunque una maestra de la Ibero le dijo que era falta de respeto— y lee de noche; no le gusta la música porque la distrae. Alexandra investiga cada concepto, tiene un cuadernito por libro, dibuja sobre las letras, lee en el camión y con sonidos de lluvia; combina lectura y escritura, saca palabras clave para poemas. Alba usa una nomenclatura de clasificación de diamantes, sí, diamantes; Alba trabajó en una joyería, para marcar párrafos. No puede leer dos novelas seguidas; necesita intercalar con no ficción, biografías o periodismo, quizá por su oficio.
Jessica subraya, escribe poemas en los libros de poesía y lee con el ruido de la televisión y de sus hijos; se acostumbró. Yo añadí que también se vale la lectura digital, el audiolibro, el Kindle: el formato no demerita el hábito.
No existen lectores perfectos. Todos abandonamos libros, todos tenemos prejuicios, todos ocultamos títulos y amamos otros en secreto. Cada lector construye una relación distinta con los libros. Se vale abandonarlos, retomarlos años después, saltarse páginas. Un libro que a mí me aburre puede transformar a otra persona.
Hubo comentarios en el chat: alguien pedía una segunda parte de esta charla, alguien defendía a Gabriela Mistral, alguien se reía del esposo de Alba y de Eco. Queda entonces la certeza de que confesar es también una forma de leerse a uno mismo.




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