
“Laberintos de Borges” se realizó el 27 de agosto en la Galería del Instituto Municipal de Cultura y Educación de Torreón (IMCE), con motivo del Día del Lector, que se celebra cada 24 de agosto para recordar el nacimiento de Jorge Luis Borges, ocurrido en Buenos Aires en 1899.
La organización estuvo a cargo del Instituto Municipal de Cultura y Educación de Torreón y de la Coordinación de Literatura. Participaron Marco Mena, Tanya Villarreal, Fernando Limón, Diego Salvador, Graciela del Rosario Domínguez, Fabiola Ponce, Alexandra Franco, José Gerardo Verdeja Alatorre (José Gerd), Julio Pérez y Alexandra Moreno.
La celebración fue también una oportunidad para regresar a la obra de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899 – Ginebra, 14 de junio de 1986), escritor argentino, cuentista, poeta, ensayista y traductor. En sus textos aparecen una y otra vez el tiempo, la memoria, los sueños, los libros y la imaginación.

La dinámica era sencilla: responder una pregunta relacionada con Borges, presentarse brevemente y compartir un texto propio o uno del escritor argentino. Quisimos dejar a un lado la respuesta académica y acercarnos a Borges desde la experiencia personal.
Marco Mena abrió la conversación desde una característica que, para él, resulta fundamental en Borges: la brevedad acompañada de esos finales capaces de modificar por completo lo que acabamos de leer. La mayoría de sus textos, señaló, son relativamente breves, pero tienen giros que “cuando te pegan en el rostro y chocas con ellos, recontextualizan completamente todo lo que acabas de leer”. No es una mala manera de describir lo que Borges suele hacer con el lector: llevarlo por un camino que parece conocido y, justo cuando creemos haber entendido hacia dónde vamos, mover una pieza.
Contó que recientemente había leído algunos cuentos de Borges mientras escuchaba el soundtrack de Interstellar. La combinación, que podría parecer extraña, a él le resultó perfecta. “Queda perfecto con los conceptos que maneja Borges”, comentó. A partir de ahí habló de la impresión que le ha dejado el escritor. También recordó una de las ideas de Borges que más le gustan, relacionada con el tiempo: “El tiempo es como un río que me desborda, pero yo soy el río. Es como un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre. Y es como un fuego que me enciende, pero yo soy el fuego”.
Para Marco, pensar en lo que Borges pudo sentir al escribir algo así “pone la piel chinita”. Encontró también una idea muy cercana: incluso aquello que nos duele puede convertirse en algo que nos ayude a crear. Borges, dijo, tuvo la generosidad de compartir sus textos y sus mundos, y de ahí puede quedarse una enseñanza sencilla: “no importa lo negativo que nos pase en la vida, podemos agarrarlo y transformarlo en una gran historia”. Después compartió una adaptación de su poema “Dos reinos”, escrito a partir de una decepción amorosa y adaptado para acercarlo al universo de Borges.
La conversación sobre el laberinto partió de una confesión: “no creo haber leído lo suficiente a Borges”. Tanya Villarreal reconoció que quizá nunca sea suficiente, porque se trata de “un universo muy grande”. Desde ahí se acercó a la idea del laberinto a través del mito de Dédalo y el Minotauro: un lugar construido como desafío, con un centro al que hay que llegar y un monstruo al que hay que enfrentar.
Para Tanya, el laberinto también guarda una paradoja: “hay muchos caminos, pero realmente solo existe uno”. Esa idea le permitió pensar en las historias de Borges, donde personajes, acontecimientos y tiempos parecen avanzar por distintas rutas, aunque terminen llevando hacia algún punto en común. El hilo de Ariadna surgió entonces como una especie de intuición, ese “hilo invisible” que ayuda al lector a avanzar por el lenguaje de Borges, aun cuando no tenga claro hacia dónde lo lleva.
También habló de la propia ignorancia del lector. Entrar en un laberinto significa aceptar que no sabemos. Desde esa mirada, “matar al monstruo” puede ser una forma de vencer una parte de esa ignorancia, y el primer paso quizá sea reconocerla. Tania cerró su participación con dos poemas de Borges: “Los enigmas” y “Una brújula”.
El tema del tiempo apareció después con Diego Salvador, quien se acercó a Borges desde la filosofía. Ingeniero, filósofo e historiador, comparó la manera en que Borges toma algunas preguntas de la filosofía y las lleva a la literatura con lo que Newton hizo con las preguntas de los antiguos. En palabras de Diego, Borges las “literaturiza”.
A lo largo de su obra aparecen referencias a Platón, Aristóteles, san Agustín, Schopenhauer y Kant, además de otros filósofos, entre ellos Fichte, Schelling y Hegel. Para Diego, una de las claves para entender a Borges está en su manera de pensar el tiempo y en la relación que existe entre este y la conciencia. Habló de temas frecuentes en sus textos, como el eterno retorno, las bifurcaciones y los laberintos.
Entre las lecturas que recomendó estuvo Nueva refutación del tiempo, ensayo en el que Borges pone en duda la existencia del tiempo y recurre a ideas de distintos filósofos para desarrollar su propio planteamiento. Para cerrar, Diego leyó “Two English Poems”. El público prefirió escucharlos en español, así que los leyó en ese idioma.
Los espejos fueron el punto de partida de Fernando Limón para hablar de Borges. Recordó la fascinación del escritor por estos objetos y el miedo que les tuvo desde niño. Borges llegó a contar que temía que su reflejo pudiera moverse por su cuenta o dejar de ser igual a él. Los espejos aparecen con frecuencia en su obra ligados a los dobles, los sueños y otras realidades. Después leyó “Heráclito”, poema en el que Borges retoma al filósofo griego y su idea de que nadie puede entrar dos veces en el mismo río. El poema también habla del cambio y deja en el aire la pregunta de quién sueña a quién.
Graciela del Rosario Domínguez, de formación química, habló sobre la relación entre la ciencia y la poesía. Para ella, ambas pueden convivir “de manera armónica”. Su lectura de Borges partió de los libros como espacios donde también aparecen preguntas sobre la identidad y el universo. Graciela considera que Borges deja preguntas abiertas y que es el lector quien termina de construir el sentido. Cada persona llega con su propia historia y, por eso, puede encontrar algo distinto. “El lector es quien da la terminación más bonita al texto”, dijo.
Después leyó “Ausencia”: “Habré de levantar la vasta vida / que aún ahora es tu espejo…”, y continuó con “El enamorado”, un poema que varios participantes habían elegido para esa noche.
Fabiola Ponce habló de una de las fronteras que aparecen con frecuencia en la obra de Borges: la que existe entre la realidad y la ficción. La pregunta que recibió fue qué ocurre cuando un escritor consigue que ya no sepamos qué es real y qué pertenece a la imaginación; esa duda también nos lleva a preguntarnos cómo construimos nuestra propia idea de la realidad.
En Borges, explicó, lo fantástico no sirve solo para escapar de lo cotidiano, sino también para mirarlo de otra manera. “Cuando ya no sabemos qué es real, empezamos a preguntarnos por qué necesitamos que algo sea real para que nos afecte”, planteó. Fabiola, escritora y autora de Bendita menopausia, relacionó esta idea con temas como la transformación, el cuerpo y la identidad.
La memoria apareció con Alexandra Franco, quien habló de ella desde la experiencia de la pérdida. Recordó que, a través de las emociones y de los versos, podemos traer por un momento al presente a las personas que ya no están.
El poema tomó entonces otro sentido para ella: dejó de ser solo un texto de Borges y se convirtió en una forma de recordarlo. También compartió otro poema dedicado a su novio, quien no estaba presente.
José Gerd, poeta y arquitecto, tomó una pregunta que parecía resumir buena parte de la conversación: ¿por qué seguimos leyendo a Borges? Seguimos leyéndolo porque habló de cosas que no mueren: el tiempo, la memoria, el amor, la soledad, los sueños, la muerte y la búsqueda de quiénes somos. Borges podía partir de algo sencillo y convertirlo en una pregunta profunda.
Originario de Torreón, José contó que comenzó a escribir en 2010 durante los descansos del Metro de la Ciudad de México. Tiene un libro publicado en 2021, Reflejos de la voz del corazón, y actualmente trabaja con una poesía más breve porque, según explicó, a la gente le cuesta acercarse a textos demasiado largos. Su elección volvió a ser “El enamorado”.
“¿Qué pasa con el amor? Les pregunto a ustedes tres enamorados”, les dije después de darme cuenta de que habían elegido el mismo poema. La coincidencia me causó gracia. Borges había dejado una obra inmensa, llena de laberintos, tigres, espejos, filósofos, bibliotecas, sueños y paradojas, y ayer, entre tantas posibilidades, los tres habían llegado a El enamorado. ¿También el amor es un laberinto? Posiblemente, y uno lo bastante complicado como para no encontrar la salida.
El cine llevó la conversación hacia otra forma de contar historias. Médico, cardiólogo, cineasta y escritor, Julio Pérez comenzó diciendo, en tono de broma, que su participación había sido producto de una pequeña presión, una “manita de puerco”. Claro que no era cierto, protesté entre risas.
Desde su lectura, los personajes de Borges son muy distintos entre sí, pero suelen tener algo en común: son cultos, tienen conflictos y no parecen tener el control total de lo que les ocurre. Julio recordó Invasión, película de 1969 dirigida por Hugo Santiago, con una historia original de Borges y Adolfo Bioy Casares y un guion escrito por Santiago y Borges. También habló de cómo la película desapareció durante varios años, después del robo de sus negativos, y de su posterior recuperación y restauración a partir de copias encontradas. Con el tiempo, Invasión se convirtió en una película de culto.
También mencionó la influencia de Borges en el cine y la relación que encuentra con películas de Christopher Nolan como El origen e Interstellar. Recordó, además, el cuento “Tema del traidor y del héroe”, que fue llevado al cine por Bernardo Bertolucci en La estrategia de la araña, de 1970.
Para cerrar, Julio leyó dos textos propios. El primero, “Yo no he leído a Borges”, construía, a partir de varias negaciones, una especie de homenaje al escritor. El segundo, “El monstruo que soy”, hablaba de dos personajes que huían de una amenaza inteligente que, al final, estaba relacionada con el lado oscuro de uno de ellos. De nuevo aparecía el tema del doble y la idea de que el monstruo no siempre está afuera.
Alexandra Moreno, escritora, editora y mi compañera en la Coordinación de Literatura, cerró las participaciones hablando de la relación entre lo real y lo fantástico. Su elección no fue casual. Explicó que le gustan el misterio y la fantasía y que, cuando la vida se siente demasiado pesada —“la ropa pesa, el suelo pesa, el aire cala”—, esos mundos pueden ser una forma de escapar por un momento.
A veces, escapar también ayuda a ver la realidad de otra manera. Alexandra explicó que los problemas de los personajes en los mundos fantásticos pueden hacer que los nuestros parezcan un poco menos grandes o recordarnos que no somos los únicos que pasamos por ellos. También recordó un dicho de su madre, suavizado para la ocasión: “mal de otros, consuelo de tontos”.
Para su lectura eligió un fragmento de “Mixtitlaca”, un cuento propio que escribió en diciembre de 2024. Según explicó, el título alude a un gato monstruoso en náhuatl.
Así terminó “Laberintos de Borges”: con distintas miradas sobre el tiempo, los espejos, la memoria, el amor, el cine y la fantasía. Cada intervención tomó su propio rumbo, pero todas coincidieron en una misma pregunta: ¿qué nos pasa cuando leemos a Borges? Lo mejor de la noche fue volver a sus libros y descubrir que todavía tienen mucho que decirnos.
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Jorge Luis Borges Acevedo (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899 – Ginebra, Suiza, 14 de junio de 1986) fue poeta, ensayista y escritor argentino. Vivió en Ginebra, España y Argentina, donde colaboró en revistas literarias y se vinculó con el movimiento ultraísta. En 1923 publicó su primer libro, Fervor de Buenos Aires. Su producción abarca poesía, cuento y ensayo, con temas recurrentes como el tiempo, la memoria, los sueños, el destino, los libros y la realidad. Entre sus títulos más conocidos están Ficciones, El Aleph, El libro de arena, El oro de los tigres y La rosa profunda. También desarrolló una importante labor como conferencista. En Siete noches (1980) reunió siete charlas sobre temas como La Divina Comedia, Las mil y una noches, el budismo, la cábala, la ceguera y las pesadillas, volumen que consideró su testamento literario. Parte de sus intervenciones quedó reunida en Conferencias reunidas 1960-1985 y Cuadernos y conferencias, este último basado en manuscritos inéditos de principios de los años cincuenta. Trabajó además como traductor, profesor y director de la Biblioteca Nacional de Argentina. Recibió numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Miguel de Cervantes en 1979. Su legado ocupa un lugar fundamental en la literatura en lengua española del siglo XX.
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