
¿Qué haríamos si supiéramos que el mundo
termina en pocos días? Esa pregunta aparece al terminar de ver Greenland y su secuela. Uno se queda en
silencio, sentado o acostado, como fue mi caso, y lo que parecía firme se
vuelve frágil. La idea de una noticia así golpea de inmediato: el anuncio en la
televisión, los mensajes que no entran, la gente corriendo sin saber hacia
dónde ir. ¿Qué decisiones tomaríamos? ¿Los hijos, los padres, las mascotas?
¿Qué queda después?
En la primera película aparece una familia “normal” —John, Allison y su hijo con diabetes— dentro del caos. Hay filas interminables, desesperación, decisiones difíciles sobre quién entra al refugio y quién queda fuera. En ese escenario surge esa tensión ya tan antigua: el instinto de supervivencia frente a la posibilidad de ayudar. La empatía y el egoísmo conviven, se rozan, se desplazan uno al otro sin desaparecer.
Durante la pandemia vimos algo parecido. Al inicio hubo cuidado, ayuda, la sensación de que la crisis se atravesaba en compañía. Después llegó el desgaste, los conflictos en casa, el “yo primero”, el cansancio emocional. Familias que se rompieron o se reorganizaron, como en la película.
En Greenland: Migration, el búnker que antes parecía salvación cambia de sentido. Deja de ser refugio y se vuelve encierro, una especie de jaula. Estar a salvo no basta: también hace falta moverse, respirar, cambiar de lugar. Nathan, el adolescente, lo vive con intensidad; quiere salir, ahí dentro la vida se le apaga. Sus padres permanecen un tiempo más, sostenidos por el miedo y la idea de sobrevivir. Finalmente deciden ir hacia el sur de Europa.
Eso recuerda lo que ocurrió después de la pandemia: salir del encierro no fue sencillo. Volver a las rutinas, a la convivencia, a lo cotidiano, tomó tiempo. No es algo nuevo. La historia humana se repite: diluvios, arcas, migraciones. Siempre hay una ruptura y un desplazamiento hacia otro lugar para empezar de nuevo. Viktor Frankl, neurólogo y psiquiatra creador de la logoterapia, sostenía algo simple: incluso en el sufrimiento más extremo, el ser humano busca sentido. Y eso reaparece una y otra vez en los momentos límite.

Quien se detiene en estos temas puede pensar
en Albert Camus y La peste. Una ciudad
cerrada, aislada, donde todo regresa a lo esencial: sobrevivir, esperar,
resistir. Camus utiliza ese encierro para mostrar algo muy humano. Cuando el
mundo exterior desaparece, todo se vuelve más áspero, pero también más trasparente.
Se observa con mayor claridad quién acompaña, quién se repliega y quién solo
piensa en sí mismo.
En esa ciudad, algunos se quiebran, otros endurecen su carácter para resistir, y otros descubren formas de cuidado que no conocían. Surge entonces una pregunta incómoda: ¿qué daña más, la enfermedad o lo que ocurre dentro —la ansiedad, la incertidumbre, la sensación de que todo se detuvo—? Camus muestra algo esencial: aunque no exista una salida clara, la gente busca sentido en lo pequeño. En la secuela de Greenland, cuando llegan al cráter, la historia gira. Lo que parecía desastre empieza a verse distinto: hay pasto, señales de vida, procesos de reconstrucción. La existencia continúa.
La pregunta permanece abierta: ¿qué haríamos si supiéramos que el mundo termina en pocos días? El desastre no es lo único relevante. Lo decisivo es lo que viene después: cómo seguimos, cómo nos movemos entre escombros, cómo reconstruimos lo que se rompió y cómo aprendemos a habitar las partes fracturadas que permanecen dentro de nosotros.
Pueden ver la primera parte, Greenland: El último refugio, en plataformas como Amazon Prime Video y Max. La secuela, Greenland 2: Migration, está disponible para su visualización y compra en streaming a través de Amazon Prime Video y Max.
Fotografía de portada e imagen del interior intervenidas con inteligencia artificial.
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