
Nadie recuerda todas las clases que tomó en la escuela. Algunas desaparecen sin dejar rastro; otras permanecen durante décadas. Es así. No siempre fueron las más importantes ni las más difíciles. Fueron aquellas que despertaron interés, asombro, entusiasmo o incluso enojo.
La idea de que un estudiante puede dejar sus emociones fuera del salón de clases es más un mito que una realidad. Aprender no es algo que ocurra sólo en la razón. Mientras ponemos atención, escuchamos o intentamos comprender una idea nueva, también están presentes nuestros sentimientos, recuerdos y experiencias. Por eso las emociones tienen un papel importante en el aprendizaje.
En el cerebro existe una región llamada sistema límbico, donde participan estructuras como la amígdala, que ayuda a identificar qué cosas tienen un significado especial para nosotros, y el hipocampo, fundamental para formar recuerdos. También interviene la corteza prefrontal, una zona que nos ayuda a regular emociones, decidir y actuar.
La cuestión, sin embargo, no es únicamente biológica. Imaginemos a una persona que debe pasar al frente a exponer. Si siente que va a ser juzgada, que puede equivocarse o que corre algún riesgo, su cuerpo reacciona de inmediato. Aumentan las hormonas del estrés, el corazón acelera su marcha y el organismo entero se pone en guardia. En ese instante, comprender una idea compleja deja de ser prioritario. El cerebro, fiel a una lógica antigua, prefiere sobrevivir antes que aprender.
Ahora pensemos en el escenario contrario: una clase estimulante, una conversación que despierta preguntas o un docente capaz de contagiar entusiasmo. El resultado suele ser distinto. La atención permanece despierta durante más tiempo, recordar requiere menos esfuerzo y las conexiones aparecen con mayor facilidad. Es como si el conocimiento encontrara una puerta entreabierta.
La curiosidad tiene mucho que ver con eso. Alejándome del diccionario, diría que es una forma de inconformidad creadora. Encontramos una respuesta y enseguida aparece otra pregunta. Nunca quedamos del todo satisfechos. Al menos a mí me ocurre así. De esa pequeña incomodidad nacen investigaciones, lecturas y exploraciones personales. También nacen la poesía y la literatura. Gran parte del conocimiento humano comenzó con alguien incapaz de dejar una pregunta en paz.
Algo parecido sucede con la sorpresa. Basta un dato inesperado, una historia extraña o una imagen fuera de lo común para que la atención despierte. De pronto dejamos de pensar en otras cosas y nos concentramos en aquello que tenemos enfrente. La alegría también desempeña un papel importante. Cuando disfrutamos lo que hacemos, aprender parece más sencillo y las ideas fluyen con mayor naturalidad. Incluso los problemas encuentran caminos inesperados hacia su solución.
También existen emociones que suelen verse con menos simpatía. La frustración aparece cuando algo no sale como esperábamos: cuando un concepto se resiste, un idioma parece una muralla o un examen resulta más difícil de lo imaginado. La tristeza opera de otra manera. A veces reduce el impulso de actuar y vuelve más lentos ciertos procesos, pero también puede invitarnos a mirar hacia dentro. En determinadas circunstancias nos ayuda a comprender mejor los errores, las pérdidas y aquellas experiencias que terminan transformándonos.
La ansiedad es una vieja conocida de casi todos. Aparece antes de un examen, una exposición o cualquier situación que percibimos como importante. Las manos se tensan, la mente se acelera y surge la sensación de que algo podría salir mal. Cuando alcanza niveles elevados, concentrarse cuesta trabajo, recordar información se vuelve más difícil y hasta las ideas más sencillas parecen esconderse.
Con el miedo ocurre algo parecido, aunque con mayor intensidad. Frente a una amenaza real o imaginaria, el cerebro activa mecanismos muy antiguos. Primero sobrevivir; después, todo lo demás. Por eso algunas personas se quedan en blanco durante una exposición o una entrevista. No han olvidado lo que saben. Simplemente les resulta más difícil acceder a esa información mientras su organismo permanece en estado de alerta.
Tampoco podemos olvidarnos de emociones como la vergüenza, la culpa o el enojo. Todas influyen en la manera en que aprendemos, participamos o enfrentamos los errores. Algunas nos hacen guardar silencio; otras nos invitan a reflexionar; unas más nos empujan a actuar.
Las emociones no acompañan el aprendizaje desde lejos. No son espectadoras sentadas en la última fila del salón. Están presentes desde el primer momento, intervienen en cada decisión. Después de todo, cuando aprendemos algo nuevo, no sólo trabaja el cerebro: también escribe la emoción que lo acompaña.
Imagen de Pexels y manipulada con Canva.
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