LA ESCRITURA DEL INSTANTE El brillo que enferma: fascinación, cuerpo y desastre invisible, por Nadia Contreras


La serie Emergencia radiactiva inicia con una escena sencilla: dos hombres entran a un hospital abandonado en busca de algo que puedan vender. Entre los escombros encuentran una cápsula extraña. La curiosidad —ese impulso tan humano y peligroso— los lleva a quedársela. Más tarde, en un taller, intentan abrirla: la perforan, la fuerzan hasta que aparece ese polvo azul, brillante, hipnótico. Es aquí donde la historia se repliega hacia el pasado, porque esa fascinación por lo que brilla no comenzó en Brasil en 1987, sino mucho antes. Y esto lo sabemos perfectamente.

A finales del siglo XIX y principios del XX, cuando Marie Curie y su esposo trabajaban con el radio, se hablaba de ese resplandor tenue, espectral, que emitía en la oscuridad. La ciencia, decían, iluminaba la noche. Representaba la modernidad, el progreso, algo cercano a lo milagroso. Ese brillo no solo se admiraba: se incorporaba a la vida cotidiana. Pinturas luminiscentes para relojes, cosméticos, productos de consumo. Existía una fascinación ingenua, como si todo lo luminoso fuera, por definición, benigno.

Las llamadas “radium girls”, por ejemplo, afinaban los pinceles con la boca sin saber que estaban ingiriendo veneno. Sus manos, su ropa, incluso sus cuerpos, terminaban emitiendo un leve resplandor.

Era hermoso.
Era mortal.

Fue una época de tocar la luz sin comprender el costo.

Pero volvamos a la serie. A esa cápsula abierta; al polvo azul que deslumbra. Estrenada en Netflix en marzo de 2026, reconstruye el desastre de Goiânia, en Brasil, considerado uno de los accidentes radiactivos más graves después de Chernóbil. Dirigida por Gustavo Lipsztein, sigue a médicos y físicos que intentan contener una amenaza invisible mientras se expande.

Al inicio, nadie sabe exactamente qué es. Nadie sospecha que se trata de cesio-137, un material altamente radiactivo. Así comienza la tragedia: una propagación lenta, íntima, silenciosa.

El polvo pasa de mano en mano.

Se exhibe,
se comparte,
se admira.

El cuerpo empieza a fallar antes de que la mente lo comprenda: vómitos, mareos, quemaduras. El horror llega con retraso y, por eso mismo, resulta más insoportable. Lo más inquietante es saber que esto ocurrió: dos chatarreros encontraron una unidad de radioterapia abandonada y liberaron el material. Lo que siguió fue una cadena de contaminación que afectó a cientos de personas. Murieron cuatro —entre ellas una niña— y más de 240 personas resultaron contaminadas. Se demolieron casas, se retiraron toneladas de tierra. La ciudad entera se convirtió en un espacio intervenido por la ciencia y por el miedo.

La serie deja algo claro sin necesidad de insistir: lo que parece inofensivo puede convertirse en el origen de lo terrible. La belleza —porque así se presenta ese polvo— es la puerta de entrada al desastre. Aquí vuelve esa inclinación humana: sentirnos atraídos por lo que brilla, aun sin comprenderlo.

La historia se abre entonces a múltiples lecturas.

Mientras la mente intenta entender, el cuerpo paga el precio. La radiación no se ve ni se percibe al inicio, pero eso no significa que no actúe. ¿No sucede también en nosotros? Hay emociones, pensamientos o experiencias que ignoramos —porque parecen insignificantes o porque preferimos no mirarlas— y, aun así, permanecen, operando en silencio.

No es una idea abstracta. En lo cotidiano se manifiesta: el estrés no expresado se instala en el cuerpo como cansancio, insomnio o ansiedad; un conflicto no hablado se transforma en distancia; aquello que parecía menor pesa más de lo previsto. Todo se convierte en una carrera contra algo invisible. Por supuesto, surgen tensiones: la población no entiende lo que ocurre. ¿Cómo explicar que algo que brilla, que no duele al inicio, puede matar días después?

Las políticas públicas quedan expuestas. Esto no fue solo un error individual: se trató de una falla estructural. Un material peligroso abandonado, sin resguardo, sin protocolos, sin seguimiento. Y como suele suceder, el impacto no es igual para todos. La radiación también es política: se desplaza hacia los márgenes, hacia los más vulnerables.

Otro aspecto inquietante es el uso de tratamientos experimentales. Ante una crisis así, la medicina entra en territorio incierto. No hay soluciones inmediatas ni completamente seguras. El cuerpo humano se convierte en campo de ensayo, no por elección, sino por necesidad. ¿Hasta dónde intervenir cuando no hay garantías? Es una pregunta inevitable, más aún porque ya vivimos algo similar: no radiactivo, no visible como ese polvo, pero incierto y silencioso —el COVID-19.

Al inicio, nadie entendía con claridad lo que ocurría. Había confusión, versiones contradictorias, indicaciones que cambiaban constantemente. La ciencia avanzaba sobre la marcha, mientras nosotros lo experimentábamos desde dentro. Se desarrollaron vacunas a una velocidad inédita, se probaron tratamientos, se tomaron decisiones al mismo tiempo que se aprendía. Como en muchas crisis, el conocimiento no llega primero: llega después.

Esto nos coloca en un lugar muy cercano al de los personajes de esta historia: expuestos a algo que no se ve, pero que sí se siente. En el cuerpo, en la inquietud, en lo que se pierde.

Emergencia radiactiva no solo narra un desastre. Obliga a mirar el proceso. La radiación deja de ser únicamente un fenómeno físico y se convierte en una metáfora de la vida misma. Nos recuerda que no todo peligro se presenta como amenaza. A veces llega envuelto en belleza, en curiosidad, en inocencia.

Entonces, cuando uno se da cuenta…
es tarde.

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