
El tema de Dios, la fe, las instituciones, me genera cierta desconfianza. No conecto fácilmente. Quizá por eso, cuando alguien me recomendó ver Cónclave, levanté una ceja… y luego la otra. Y pasó algo curioso: me gustó.
No hay persecuciones, ni disparos, ni música fuerte. La tensión se construye con silencios, miradas, pasillos y puertas que se cierran. Y sí, todo eso incomoda: los protocolos, la ropa, las formas. Demasiada apariencia. El espacio es cerrado, sofocante. Lo sabemos: ya vivimos una pandemia. Por eso, mientras más aislados están los cardenales, más pesado se siente todo.
Hay algo muy claro en cómo está contada: Edward Berger entiende que el poder no necesita gritar. La historia es sencilla: tras la muerte del pontífice, los cardenales se reúnen en el Vaticano para elegir a su sucesor. Están completamente aislados en la Capilla Sixtina. Entre ellos, el cardenal Lawrence (Ralph Fiennes) es quien coordina todo este proceso que se ha repetido durante siglos.
Poco a poco aparecen los candidatos: Bellini (Stanley Tucci), Trembley (John Lithgow), Tedesco (Sergio Castellitto) y Adeyemi (Lucian Msamati), quien podría ser el primer papa africano. Pero pronto queda claro que esto no es solo espiritual: hay intereses, secretos, estrategias. Todos están midiendo sus pasos. Además, Lawrence atraviesa su propia crisis. Tiene dudas, cuestiona su vocación. Y cuando empieza a descubrir cosas del papa anterior, decide investigar más sin imaginar hasta dónde llegará.
Cónclave ganó en 2025 el Óscar a Mejor Guion Adaptado, escrito por Peter Straughan a partir de la novela de Robert Harris.
Lo interesante es que la película muestra algo muy humano: incluso en un lugar sagrado, las personas siguen siendo personas. El cónclave, que debería ser un acto guiado por la fe, se convierte en un espacio de poder, de decisiones, alianzas y silencios incómodos. Esto no es exclusivo del Vaticano. Pasa en todos lados: en la política, en el trabajo, en la familia, en las relaciones. Siempre hay quienes quieren cambiar las cosas, quienes prefieren que todo siga igual y quienes solo intentan no salir perjudicados.
Lo incómodo de la película es lo que deja ver:
Todo es política.
Incluso la fe.
Incluso lo que creemos correcto.
Los debates que aparecen ahí —tradición o cambio, inclusión o identidad, avanzar o conservar— son los mismos que vemos todos los días. Siempre hay una versión que quiere imponerse sobre otra.
Ese cónclave no solo ocurre en el Vaticano. También pasa dentro de nosotros. Hay voces internas que se contradicen: la que quiere seguridad, la que busca cambio, la que duda, la que todavía cree. La vida no siempre da respuestas claras. A veces no elegimos lo mejor, sino lo que se puede, lo que alcanza para sostener el momento.
Y entonces entiendo algo: Cónclave no es realmente sobre la Iglesia. Es sobre lo que somos cuando tenemos que tomar una decisión importante: humanos, contradictorios y, aun así, obligados a elegir.
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