Publicar en lo incómodo: literatura desde la grieta. Notas sobre Desgraciados y malagradecidos, de David Ramírez Ortega, y la colección Viento y Arena, por Nadia Contreras


El día de ayer, en la Galería del Instituto Municipal de Cultura y Educación de Torreón, se presentó el libro de cuentos Desgraciados y malagradecidos, de David Ramírez Ortega. En los comentarios lo acompañó el también escritor Alfredo Castro Muñoz.

La obra —ganadora en la categoría de cuento de la convocatoria Viento y Arena 2025— fue seleccionada por un jurado sólido: Cecilia Magaña, Pedro Acuña González y Federico Schaffer.

Leí el libro por primera vez tras su dictamen y, a partir de ahí, comenzó el trabajo editorial. La corrección de estilo estuvo a cargo de Alexandra Moreno. ¿Qué puedo decir de esta obra? Más allá de clasificarla como un libro de cuentos sobre la miseria, lo que encontré fue otra cosa: una suerte de radiografía de lo cotidiano cuando empieza a corromperse desde dentro. Fermín, jefe de carnicería, es el primer reflejo. La carne caduca, se mezcla, se disimula. No se desecha: se transforma. Entiendo que David no habla solo de la carne, sino de algo más que también se descompone: la ética, la conciencia… 

En ciertos momentos, el libro roza lo grotesco —y no pude evitar pensar en Guy de Maupassant—, donde lo real se deforma lo necesario para revelar aquello que solemos evitar mirar. Aquí no hay exceso gratuito: hay consecuencia. Lo que se oculta —nos dice David— termina por brotar.

Este libro forma parte de un proyecto editorial que, desde el Instituto Municipal de Cultura y Educación de Torreón y la Coordinación de Literatura, ha decidido apostar por autores emergentes y primeras obras, sin dejar de sostener una conversación literaria más amplia.

En la edición 2025 aparece también Los finales del mundo, de Luis Carlos García Lozano, novela dictaminada por Daniel Saldaña París, Laetitia Thollot y Alicia Molina. Y cuando uno recorre el catálogo completo, lo que aparece no es solo una suma de títulos, sino la persistencia de un proyecto. 

Habrá quienes reconozcan de inmediato el trabajo que se ha venido construyendo desde Viento y Arena, y habrá quienes aún no lo dimensionen del todo; ambas cosas forman parte natural de cualquier proyecto cultural vivo. 

Recuerdo aquí una frase que hace años me dijo Irene Macías, compañera del diplomado en diseño editorial que cursamos en la UNAM de manera virtual hace algunos años: “El reconocimiento, Nadia, cuando llega, no suele ser estruendoso, sino acumulativo: se construye con el tiempo, libro a libro, lector a lector”.


En 2022 se publicaron De a poco la mirada se queda vacía, de Alfredo Castro (con Francisco Daniel Téllez Vázquez, Ofelia Pérez Sepúlveda y Mercedes Luna Fuentes como jurado); Cura rotatoria, de Lucila Navarrete (dictaminado por Guillermina Cuevas Peña, Jorge Comensal y Maritza M. Buendía); Con el barrio puesto, de Iván Hernández Benítez (evaluado por Judith del Ángel Velázquez Santopietro, Marisol Vera Guerra y Zaira Eliette Espinosa Leal); y El renacer de Catalina, de Angélica López Gándara (con Vicente Alfonso Rodríguez Aguirre, Epidia García Delgado y Ave Barreda García como jurado).

En 2023 aparecieron Habitación del pánico, de Sergio Alejandro Rojas Muñoz (jurado: Emalúa Isaremi G. Canchola, Merari Lugo Ocaña, Antonio Riestra), y Érase una vez en la Revolución Mictlán, de Fernando López Rosas (Mariano del Cueto y Karla Medrano).

Para 2024 se sumaron El valle de las auras, de Jesús Alberto Flores Valenciano (Lilia Ávalos, Roberto Abad, Sandra Martínez Hernández), y La obsesiva realidad del caos, de Raúl Alberto Blackaller Velázquez (Emiliano Cassigoli y María Concepción Garrido Sicilia).

La colección cuenta con 27 títulos publicados: ensayo, poesía, novela, crónica, testimonio, incluso fotografía, además de dos antologías infantiles y juveniles. En ella conviven primeras obras con autores de trayectoria, voces emergentes con nombres consolidados, e incluso la recuperación de autores que forman parte de nuestra tradición literaria. Esa mezcla —entre lo emergente y lo clásico, lo experimental y lo probado— le otorga al proyecto algo que no siempre se consigue: continuidad.

Y mientras pienso en todo esto, vuelvo al libro de David. Sus páginas no solo hablan de la podredumbre.

También hablan —sin decirlo— de lo necesario que es seguir nombrándola.

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