LA ESCRITURA DEL INSTANTE No es su biografía, es su fuego: crónica de un taller con Sylvia, por Nadia Contreras


Ayer, 25 de febrero, tuve el privilegio de coordinar una actividad dedicada a la poesía de Sylvia Plath, organizada por el Instituto Municipal de Cultura y Educación de Torreón y la Coordinación de Literatura. Leerla en voz alta, en colectivo, resulta maravilloso porque despierta ideas que encienden la sesión. 

No es una poeta cómoda. 
No se conforma con lo bonito o lo bello para embellecerlo; lo tensa hasta el límite. 

Su lenguaje —aparentemente claro, limpio (cómo no evocar aquí a Emily Dickinson)— funciona en verdad como un bisturí: incide, abre, expone. Mientras preparaba el material y el análisis, dudé varias veces si resistiría. ¿Hasta dónde soporto mirar?, me pregunté, porque mi propia existencia lleva un par de años en una montaña rusa incesante.

Hablamos, inevitablemente, de su biografía. Del padre, esa figura central y espectral: académico alemán, rígido, imponente, cuya muerte prematura grabó una herida profunda en la sensibilidad emocional de la poeta. Surgió también su vínculo con la escritura como un modo de aferrarse al mundo. Preguntemos: ¿escribimos para comprender o para no derrumbarnos? 

Insistimos en algo esencial: Plath no se reduce a su biografía. Conocer “qué le ocurrió” no basta para captar lo que escribe. Existe una elaboración estética, simbólica, plenamente consciente. De lo contrario, ¿cómo explicar que lo privado alcance dimensiones casi míticas?


Entramos al análisis propiamente dicho.

En “Las personas escuálidas”, vimos cómo transforma la hambruna en una presencia fantasmal, observada a través de la pantalla. No se trata solo de cuerpos demacrados: son figuras que invaden la mente, que perduran aun bajo la luz del día. Nos detuvimos en esa noción inquietante: el hambre no se esfuma, se interioriza. Es una imagen ética y política, pero también profundamente psicológica: lo que rechazamos retorna, más persistente, más callado.

El poema traslada el horror histórico al ámbito íntimo: ya no queda “allá afuera”, sino dentro de la mirada, contaminando hasta los rincones cotidianos. La fijación en lo visual (los cuerpos, la delgadez extrema) opera como una acusación muda. ¿Qué cosas “vemos” y elegimos ignorar? Alguien lo expresó así en el taller. No recuerdo quién, pero se dijo. 

En “Los desposeídos”, a primera vista parece una escena doméstica: pareja endeudada, hogar en crisis. Sin embargo, ¿realmente hablan solo de dinero… o de otra cosa? La frase “de algún modo tendremos que pagar…” despierta la sospecha: ¿pagar qué, exactamente?

En la sesión lo leímos como una deuda que trasciende lo financiero. Ese lenguaje —la promesa quebrada, la pérdida de la miel, la irrupción de plagas— evoca un imaginario casi mítico. Concluimos que la voz poética no alude a una hipoteca, sino a una carencia primordial, a haber fallado en algo fundamental desde el origen.

La interpretación se volvió más fascinante: esa deuda empezó a parecerse a la culpa, y la culpa, a una condición inherente al existir. Recordamos esa idea tan nietzscheana: deber y culpabilidad comparten la misma raíz etimológica. Como si vivir implicara una deuda imposible de liquidar.

El poema reitera, vuelve, regresa: “dímelo enseguida, cariño…” Pero ese “cariño” guarda silencio. O no puede hablar. 

Emerge la dependencia: 
la urgencia de que otro sostenga lo que internamente se desmorona. 

Las imágenes nos atraparon: la vaca enferma, la ausencia de leche y miel, las langostas, los gorgojos. ¿Acaso el mundo pierde así su armonía? ¿Es un eco bíblico? ¿Castigo divino? ¿Consecuencia inevitable? Les dejo otra pregunta: ¿quién no ha sentido alguna vez que debe algo… sin saber a quién?

Con “Persecución”, el poema de la pantera como lo llamamos, nos adentramos en un terreno más sombrío, más corporal. El animal que acecha no es mero depredador externo: encarna una fuerza interior —deseo, temor, pulsión—. La ambigüedad resultó clave. Destacamos la intensidad física: el calor, la sangre, el agotamiento al borde del colapso.

Exploramos dos lecturas posibles: una erótica, donde la persecución también es anhelo —un deseo no siempre suave ni consensuado, sino invasivo, urgente, casi brutal—. El cuerpo que huye también palpita. La otra, política y antropológica: la pantera como el depredador histórico que acecha a la mujer, la reduce a objeto, a territorio, a presa. ¿Qué nos persigue?, preguntamos. ¿Quién ha tenido históricamente el poder de cazar?

En “Soy vertical”, la voz se siente extraña al orden natural: no es árbol, no es flor. Sin embargo, encuentra en la horizontalidad —en tenderse— una reconciliación posible. La naturaleza en Plath no es mero paisaje; es un orden cósmico al que el ser humano ansía retornar, sin conflicto, donde el árbol no duda de ser árbol ni la flor cuestiona su existir.

La diferencia radica en que nosotros sí cargamos conflicto. 

Inclinarse hacia lo horizontal significa alinearse con la tierra, volverse paralelo al mundo, dejar de resistir la gravedad —y esa gravedad no es solo física, también existencial. Fueron algunos de los comentarios de Julio y de otros participantes. 

En nuestra lectura surgió algo que aún me ronda: esa horizontalidad como ensayo de disolución. No una muerte declarada, sino un reposo ontológico. Como si la conciencia insistiera: “quiero dejar de sostenerme tanto tiempo erguida”.

Aarón trajo La campana de cristal, su vínculo con las flores, con la naturaleza, pero también con romper las ataduras verticales que nos obligan a funcionar, rendir, existir según lo esperado. El poema, redondeando su idea, propone una salida: 

tenderse, integrarse al pulso de la tierra, escapar de la rigidez identitaria. 

Y aquí les pido sinceridad: ¿cuántas veces el agotamiento no nace del mundo, sino de sostener una identidad que nunca encaja del todo?

Por tiempo no llegamos a “Papi”, pero prometí abordarlo aquí. Van algunas reflexiones que espero les sirvan:

a) “Papi” confronta directamente a la figura paterna, no como recuerdo fiel, sino como construcción simbólica. 

b) El padre se agranda hasta lo monstruoso, ligado a imágenes de poder totalitario. Una hipérbole nacida de la experiencia interna. 

c) El poema no se limita a denunciar: reconoce algo doloroso, la repetición. La voz admite haber recreado ese modelo en sus vínculos, haber buscado, de algún modo, lo mismo que la hería. ¿Cuántas veces repetimos lo que juramos no revivir? 

d) No podemos obviar a Ted Hughes, no como chisme, sino como figura decisiva en su vida y en las lecturas posteriores. Su relación fue intensa, admirativa y, al final, rota. Hughes prolonga simbólicamente esa masculinidad poderosa, aunque reducir la poesía de Plath a esa historia sería empobrecerla. 

Es Sylvia por derecho propio: por la poeta que fue, por los versos que la sangraron, por la huella ardiente que nos invita a mirarla de frente

Esto quedó clarísimo en el taller. 

e) “Papi” (1962) pertenece al tramo final, al borde de su escritura más ardiente (Ariel). Es profundamente autobiográfico. 

f) El padre quedó en su memoria como inmenso, casi sagrado y aterrador. De ahí imágenes como: “Cada mujer adora a un fascista, / con la bota en la cara; el bruto, / el bruto corazón de un bruto como tú”, donde lo íntimo se funde con dominación política. 

g) El alemán irrumpe: “Ich, ich, ich, ich”, no para afirmar el yo, sino como tartamudeo que lo fractura. 

h) Los campos —Dachau, Auschwitz, Belsen— no son referencias históricas puras, sino metáforas del encierro interior. El poema vuelve historia colectiva lenguaje privado.


Durante las casi dos horas nos permitimos una lectura psicológica —no diagnóstica, eso sería imprudente y peligroso—, sino interpretativa: el lenguaje poético como espacio de elaboración psíquica. Escribir no es mero desahogo; es transformación. ¿Y si escribir fuera, en esencia, una forma de reescribirse? Para mí, lo es.

Cierro con esta certeza: regresar a Plath no es repetirse. Es ahondar. Su poesía no está fija, respira con quien la contempla. Eso buscamos en la literatura: no que nos revele quiénes somos, sino que nos empuje a preguntarlo con más ahínco.

Mi gratitud inmensa a quienes convirtieron esa sesión en algo tan valioso y vivo, por sus lecturas en voz alta, por sus comentarios, por su presencia. 

Comparto con ustedes el material de lectura también tomado de Internet. Haz clic AQUÍ

Fotografía de Sylvia tomada de Internet. 

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