Las pulsaciones de los cuerpos


Antes de levantar la bocina del teléfono, la figura de Guillermo toma forma en la mente de Laura. Está de pie o sentado, el teléfono puesto en la oreja, mientras una y otra vez se repite el timbre monótono.
     —Me dan ganas de abrazarte, apretarte. Meter mi lengua en tu boca, agitar las coincidencias.
     —No lo digas. La vida es angustia exagerada.
Era el mes de junio. En la mesa (un encuentro de escritores en el centro del país), Guillermo habló de una escritura que lo traspasaba violentamente y Laura insistió en historias de mujeres ávidas. Pero al final, el roce, el incendio que desarregló la habitación del hotel.
     —Cierra las cortinas. Te quiero únicamente para mí.

***

     —¿Qué nos pasó?
     —No sé.
     —Mi matrimonio está lejos de derrumbarse.
     —El mío es perfecto.
     —Entonces ¿qué nos pasó?
     —Quiero tu lengua. Necesito sentirla dentro de mi boca
     —Voy a desbordar los cauces.


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