La vida virtual

Fernando Moguel
“Shakespeare no hubiese dado en el clavo en esta época. No es el mundo lo que es un escenario: lo son las redes sociales, donde una trata de representar su espectáculo. El resto de la vida son ensayos, preparativos con vistas a ser fabulosa en internet”. La frase anterior la leí hace tiempo, no escribí su autor, por lo que me disculpo, pero me quedo con ella. Me hace pensar en muchas cosas, es detonante.
El tiempo y el hombre han desmontado los escenarios para llevarlos a la vida diaria. La frase sintetiza este cambio. Retoma el pasado, pero también se refiere a lo que es presente y futuro. Siempre, futuro. El escenario, no es el mundo, sino la existencia de quienes no somos. Pero volvamos al escenario real, cada una de sus partes, el telón que abre o cierra imaginarias ventanas. Más allá de la relación entre actor y espectador (el espectador hechizado, por supuesto) habla el otro que se quiere ser; tanto actor como espectador, son el otro, los otros. Ocurre la transformación y el alma, no el cuerpo, se desnuda. Otro aspecto, eternizar. En la representación, los personajes renacen cada vez. Pero a diferencia del Ave Fénix, fingen y el espectador también finge y atrapa el mismo tiempo, la misma hora, el mismo gesto de la alegría o la furia, la sorpresa o el desencanto. El espectáculo-el disfraz.
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Vivir el/en espectáculo todos los días. La justificación para vivirlo. Shakespeare entendió esto de la vida. En el montaje (lo autobiográfico también como espectáculo), encontrar el ángulo perfecto, la sonrisa, el gesto de la felicidad y la dicha. ¿Quién cuando llora se toma fotos y las publica? Estoy lejos de hablar sobre los escenarios que no son montados: la guerra, por ejemplo, la agonía de los pueblos, la nula posibilidad del planeta.
Otro escenario: el virtual.
Un escenario precisamente voraz. Lo que proponemos, al espectador-incauto-ciego, es la vida exquisita, no aquella relegada al sótano. Cortamos de tajo lo relegado, no las raíces (de esa vida relegada, no puedo quitar las raíces. Ustedes saben: duele, quema, carcome). Escenario: doble fingimiento-doble juego.
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Hay una desviación en el ojo izquierdo, una aún más pequeña en el ojo derecho. La fotografía que miente para todos, no lo hace para mí. Los lentes no son disfraz. El ojo izquierdo se cierra obligado por el cuerpo, la disposición de éste a ser retratado. El ojo, en la imperfección, se estremece, se sacude. La fotografía, no es un buen espectáculo. Lo que obtengo, una imagen que debo borrar de manera inmediata y, con ella, los preparativos, los ensayos para el espectáculo. Borro las fotografías, no los recuerdos, esa superposición infinita de imágenes. Se borra el ojo izquierdo, no el ojo derecho donde se agranda la vida relegada. Vida-sótano. (El hombre, ese que un día elegí para mí, el hombre-hielo, no ama, se oculta, no se reconoce. La mentira que fuimos, la farsa). Qué difícil, en la nitidez del destino, mirar de frente, justo ahí, donde el fotógrafo sabe de un pájaro sobre su cabeza y el niño (padre, tengo la necesidad de repetir la palabra “mirada”, la palabra “sombra”) que lo mira con asombro.
Escenario: doble fingimiento-doble juego.
Personajes preparados, coloreados, equilibrados, moldeados con potentes filtros, efectos, fondos. Photoshop, Paintshop, Aperture, Pixelmator, The Gimp… ángulos perfectos, rostros, cuerpos en la escala-escalera más alta del retoque.
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“Lo que más me gusta de la fotografía es que me permite coleccionar sentimientos, sensaciones, cosas maravillosas que tienen los actores. La fotografía tiene una de las cosas más maravillosas que es la sorpresa y que yo obtengo a la primera toma”, señaló el yucateco Fernando Moguel, el fotógrafo de los “paisajes escénicos”. Moguel murió en noviembre de 2014, a la edad de 62 años, debido a complicaciones del cáncer que padecía.
En 2008, en el marco de la 29 Muestra Nacional de Teatro realizada en Ciudad Juárez, Chihuahua, recibió la Medalla Xavier Villaurrutia por 30 años de promocionar el arte dramático a través de sus fotografías. Moguel creó un archivo histórico de artes escénicas recientes de más de cuatro mil obras de teatro, cada una de ellas clasificadas debidamente por autor, director, productor y fotógrafo.
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El escenario se ha mudado de espacio y ocupa el virtual. La vida diaria es virtual. Hay, sin embargo, una contraparte en todo esto y se relaciona directamente con el fotógrafo. El fotógrafo (Moguel, es un ejemplo), espectador en el centro de la escena, la escena misma. Captura la parte que no vemos, el color, la textura, la sensualidad, la exquisitez de lo que la mirada, en su distracción, no atrapa. A flor de piel el instante, la experiencia de quien se entrega en cuerpo y alma, al espectador. Cuerpo. Alma.
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Objetos, manejo de luces, voces, música, el relato mismo y el público envuelto en él, dejándose llevar por el manejo visual del montaje. Congelar la imagen con la precisión que el director, el dramaturgo, los actores, los productores y técnicos, revitalizan la escena. Congelar la fuerza, el sentido de la vida concentrado ahí, en ese espacio brevísimo, la felicidad, y los problemas humanos, la injusticia, la represión contra la mujer, la corrupción, la injusticia. Congelar la imaginación y la realidad. Shakespeare (tal como Lorca), a costa de alma, a costa de sangre.
Texto publicado en La vereda

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