Árboles, ensamblar las partes del desasosiego


Viajar. A Saltillo, Monterrey, E.U. No, E.U no, Trump molesta, hiere, indigna. Desconectarme del mundo, esa es la urgencia. El mundo es plantar un ciruelo en medio del desierto; mira, se desprenden las últimas hojas. No soy fatalista. Es el traumatismo del cansancio. Además, necesitaba una frase para describir el cansancio, sujetarlo y hundirlo en el viaje.

El coche, tomar la carretera, la velocidad, esa conversación que él y yo hemos creado. Luego, la música. Un viaje para, en algún momento, tirarme en el sillón de atrás y mirar los árboles desfilar por la ventana; desde esta posición miro las copas, el cielo, la parte alta de las casas, la ropa desteñida agitando tendederos. El viento del norte.

La tranquilidad me devuelve la infancia y me arremolino en el sillón de la parte trasera. Las cosas del mundo se dibujan; la ventana-cielo, es alcanzable. Pero las cosas del mundo, esa ventana, son una instantánea en blanco y negro.
—¿Por qué en blanco y negro?

La pregunta gira en el aire, una, dos vueltas hasta llegar a mis oídos donde el ruido del motor se anida. Un ruido apenas perceptible pero que, si cierro los ojos, está hecho del ronroneo de los gatos. Hablo en voz alta, no me hagas caso, respondo, pero el mensaje no llega de regreso; en el tiempo, el mensaje se atrasa. ¿Podrá también adelantarse?

—Cuánto debo esperar para que respondas.

—Busco la respuesta. No quiero hablar sólo por hablar. La instantánea en blanco y negro, el paisaje fijo dentro de los ojos, es la máscara que luego del invierno, se posa sobre la vida misma. ¿Te has dado cuenta que los árboles son la expresión franca de la sombra? Los árboles que miramos, son árboles apagados, árboles negros. No puedo evitarlo: un color así conduce hacia los caminos de otras historias y, a la vez, al desamparo que hay en cada una.

—¿Te refieres a la infancia?

—No te escucho.

Cambio de lugar, cuestión de sentarme y girar el cuerpo en sentido contrario, mirar, con cuaderno y pluma en mano, otro escenario o la imitación del que ya miraba.

—No hablaré del desamparo; el desamparo, en su interminable variedad, se refiere de uno u otro modo, a la vida como una habitación desordenada. Pienso más bien en el desasosiego: arboles-desasosiego, árboles-en-la-interminable-fila-del-desasosiego. Como los árboles de las fotografías de Marta Pereyra; el desasosiego por lo inconcluso, la contradicción, el vacío. Mira, en el desasosiego hay un profundo vacío y en él, dentro de él, la desnudez de un ser amorfo. El desasosiego nos lanza contra “disolución y la finitud inexorable”. Pudiera escribir tanto sobre el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa.

Sobre los árboles ha caído el invierno, dicho de otro modo, el desasosiego aprieta los colores, los ahoga. Y así como están, los árboles incluyen mi pasado, los dobleces del pasado, las suturas rígidas. Todos llevamos una porción de desasosiego en lo que somos. Pienso, por ejemplo, en el hombre que nunca vivió los estremecimientos.

El desasosiego me obliga a mirarme como un espectador más. La escena: una mujer desnuda en el centro de la cama; la cama absolutamente fría. Si el hombre del que hablo reflexionara de modo objetivo y, se mirara de “manera literal” frente al espejo, entendería que la mujer fue quien verdaderamente amó y tuvo que seguir, con la carcasa de su vientre vacía, hacia adelante.

—Comenzamos a hablar en voz baja, recuerdo, en los pasillos, los cafés, las salas de cine.

—Sí, se desvanecen las sombras del desasosiego. “Lisboa y sus casas de colores”, dice Pessoa. Me atrevo: la carretera y sus árboles de colores.

Mi cuaderno es un archivador de imágenes o una cámara que apunta directamente al universo reconfigurado. Tomo nota. No tengo prisa, no aceleres demasiado.

Coda

1. Las fotos que inspiraron este texto, el lector puede encontrarlas aquí y es un proyecto de Marta Pereyra: http://fijaciones.org/2015/10/el-hogar-de-los-palos/
2. Marta empezó a hacer fotos a los 15 años. En marzo de 2004 compró una Nikon D70 y desde entonces no ha parado y estos años han sido una carrera de aprendizajes, tanto del manejo de la cámara digital como del Photoshop. Mantiene la página web Fijaciones (http://fijaciones.org/) que surgió por insistencia de sus amigos. Comenzó colgando fotos en Usefilm, luego en un fotoblog gratuito (le daba tanta vergüenza que ni siquiera firmaba con su nombre) y cuando se acabó lo gratuito dio paso a comprar un dominio y un hosting, eso fue el 16 de octubre de 2004. El nombre Fijaciones, surge de muchas cosas. Y explica: “tampoco es que hubiera muchos dominios libres, pero fundamentalmente sale de lo cabezota y repetitiva que soy con mis fotos (…) También me gustó por la relación directa que tiene con el laboratorio de fotografía, ese olor tan característico del líquido fijador. Guardo una botella que destapo de vez en cuando para recordar buenos momentos”.
3. Intenté ponerme en contacto con Marta pero no lo logré. Me ganó el tiempo y las colaboraciones como ustedes saben deben aparecer. Espero no le moleste este experimento, por supuesto, un pretexto más para escribir.

Texto publicado en La vereda.

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