La imagen “Force aurae” de Ismael Velázquez Juárez: un puñado de hombres que ascienden en la pantalla blanquísima del cielo. Son avión-pájaro. El hombre grande va a la punta; el resto, hombres diminutos, forman alas frágiles. Uno de sus brazos extendido hacia adelante. El brazo derecho es retenido de manera extraña. Superman extendía los dos brazos, los colocaba justo por encima de la cabeza y su velocidad se volvía inconmensurable. Estos hombres, acomodados en justa distancia, toman al igual que Superman, una velocidad ilimitada. Sin embargo, son el desequilibrio. El viento descomunal puede derribarlos o el enemigo: un avión también humano. El destino ensambla a estos hombres y los prepara, en una sola nave, para la muerte.

Velázquez Juárez nos presenta una síntesis de nuestro pasado y nos sitúa de cara al futuro. Su idea, si se profundiza en el sentido de los aviones y los hombres “preparados” para la guerra, es antítesis de los sueños, esa relación que hace el infante con los motores y las alas. Los niños montarán un avión y se irán siempre muy lejos.

La palabra libertad florece y se vuele magia, juego, fantasía. Si uno coloca al infante frente al cuadro de la tela, pintará posiblemente un avión, un avión de guerra pero incitado al resplandor con sus círculos. La guerra vendrá después a abarrotar la memoria de nombres injustamente arrancados. Lo esencial de “Force aurae” cae en las ciudades en las que penetra el odio, la rabia, la irracionalidad de aquellos que llevan su guerra interna a las calles, plazas, escuelas, urbes inocentes.

“A los pilotos que van / al polvoso misterio / sin aplausos: / todos sus píos / serán escuchados” y sucede así: los pilotos volverán en ataúdes o vitoreados u olvidados, pero incompletos. Los pilotos en la metáfora son otra vez esos hombres, acomodados puntualmente sobre el cielo blanco, un brazo recio, poderoso y el otro encogido (¿será la perspectiva, la mirada desde un ángulo completamente ciego?). La nave desaparece, queda un pájaro gigante.

Twitter: @contreras_nadia


Diversas teorías intentan explicar el surgimiento de la poesía, ese primer momento de emociones volcadas. Surge la poesía y la filosofía. O viceversa. Ambas, aunque desde enfoques muy distintos, la filosofía es pensamiento, razón; la poesía, en cambio, ilusión, engaño (Platón destierra a los poetas de La república porque hacen creer que la poesía dice la verdad), parecen tener el mismo origen. La poesía, coinciden filósofos y antropólogos, comenzó “cuando el mito y su bagaje simbólico se desplomó”, sus símbolos buscaron con sagacidad cómo sobrevivir. El mito se alimenta de poesía, pero cuando éste lo hace, la poesía ya ha pasado por una serie de transformaciones que la colocan muy lejos de la oscuridad.

La poesía, como el acto de narrar, es parte de nuestra experiencia. Fuimos hechos para contar historias como también para hacer poesía. Descorrer las cortinas y mirar a lo lejos el sol entre el caserío, tiene mucho qué ver con sus elementos esenciales: la contemplación, el éxtasis. Se observa siempre cualquier cosa, cualquier detalle. Sin pensarlo, los ojos se depositan sobre aquello que salta de la cotidianidad. Podemos imaginar al poeta, frente a lo que admira, presenciar aquello que lo transforma, lo sacude. El poeta es otro y la poesía ha surgido de ese momento único, de esa fisura, ese quiebre. Tal vez, el modo de enfrentar las cosas del mundo haya cambiado con el tiempo, y los intereses personales se centren en el dinero, los estratos sociales, el abuso de la tecnología y la indolencia sea resultado de todo esto.

Nos convertimos en marionetas de la debilidad. Lo que es inherente al ser (pienso por ejemplo en el instante preciso, maravilloso, en el que el infante reconoce el rostro de su madre o su padre), se apaga, se oculta. Dentro, un alma cerrada como nunca. ¿De cuántas imágenes somos testigos en Facebook, Twitter, Instagram, por citar algunos ejemplos? ¿Cuántos rostros, ciudades, calles, ojos, cuerpos, manos, compartimos diariamente? No miramos y si lo hacemos, nuestros ojos se clavan en la sombra.

Nos acercamos o nos alejamos de la poesía. Desde luego, hacer poesía (utilizo la palabra “hacer”, acaso erróneamente, como sinónimo de “vivir” y “escribir”), nos lleva a pensar inmediatamente en otro tipo de hombres gobernando nuestra patria. La poesía como revelación, o mejor dicho, como cosa palpable. Tocar la pobreza, la miseria, el dolor, el abandono; tocar la injusticia, la desigualdad, la corrupción; tocar el corazón de las víctimas para encadenar o desencadenas destinos limpios y transparentes.

Es difícil pensar que la poesía es sólo para unos cuantos como también pensar que sólo una mínima cantidad de personas puede escribirla. La poesía está en cada uno de nosotros. Es tiempo de descorrer las cortinas y mirar el frente o el revés de lo visible y lo oculto. En el acto de hacer la poesía, la comprensión de un futuro que siempre ha estado abierto.

Imagen | La verdad noticias