Abandonarse demasiado lejos


(Carta en fragmentos de una escritora con alzheimer)

(Soñé que una mujer soñaba en mi sueño... soñaba palabras, soñaba espejos, soñaba un laberinto dentro de una casa de vidrio. En la habitación principal se detiene. La oscuridad es demasiado densa. La mujer que sueña en mi sueño, toma la caja musical en la que cae un levísimo rayo de luz. Al abrirla, la música pulsa su corazón y llora, llora el horror que le da la muerte. Abro los ojos. Mi cuerpo flota en medio del lago).

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Después del diagnóstico la memoria me ha quedado vacía. Es esta la sensación: la memoria, de pronto, sin edificios, sin avenidas, sin casas habitadas o deshabitadas. La memoria sin rostros, sin voces, sin nombres. Se trata de mí, de esta persona que soy y lentamente comenzará a desmoronarse. Tendré el mismo cabello, los mismos ojos oblicuos, usaré la misma talla, el mismo perfume, pero por dentro seré otra; otra que desconozco, otra que perderá lentamente los recuerdos, las palabras.

La carta, esta que escribo y surge con la fuerza de quien se mira repentinamente abandonado, es para no perderme. Inicio un viaje a la isla de la demencia. La escritura será una mancha suspendida y quizá la carta, me devuelva entera a las mañanas, al despertar.

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(El cuaderno de los teléfonos lo dejo en el buró de noche. Teléfonos de parientes, amigos, personas que pudieron en algún momento quererme).

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           Perdida, en medio de la luz de la habitación observo los libros: Matar a un ruiseñor de Harper Lee, Las mil y una noches, El proceso de Franz Kafka, A sangre fría de Truman Capote, El Aleph de Jorge Luis Borges, El amante de Marguerite Duras, La señora Dalloway de Virginia Woolf y los libros míos, los que yo escribí. Poco a poco comenzaré a olvidar la decisión final que me llevó a autonombrarme “escritora”.

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¿Vuelven los recuerdos?

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Me puse a leer cuando mi madre también lo hizo. A tu padre le interesaban las películas, a mí los libros, dijo. Tu padre se fue. Ponte a leer.

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A los dieciséis miraba los sentimientos, las penas, las alegrías, la nube gris de cualquier destino. Era mi facultad. Vivir las sensaciones, cristalizar la luz y las sombras o los muchos sitios, las diligencias. Todas y cada una de aquellas sensaciones se reproducían en mi mente como un torbellino de fotografías. Palidecían las hojas de los árboles hasta el punto en que yo misma palidecía y era la lluvia sobre la tierra húmeda, la trayectoria de aquella agua sumergida.

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(Las llaves de la casa en el cajón de la alacena; las del auto, colgadas junto a la puerta. Los manuscritos de los libros inéditos los he quemado).

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Antes, creía que en cualquier momento dejaría de escribir. Un accidente tal vez, una circunstancia exterior a la vida misma. Pensaba en historias incompletas, personajes mutilados de toda esperanza. Dejar de escribir al final de una tarde o una noche. Lo que podía suceder es que a la historia la abandonara por completo.

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Se ha creado dentro de mi cabeza una especie de entumecimiento. La enfermedad me mira con insistencia.

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La enfermedad avanza. No recordaré más.

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Leeré mis libros. Los libros en los que aparezco como un personaje más. No entiendo muy bien lo que sucederá de aquí en adelante, no sé si algún día reconoceré esta carta que escribo para mí misma y que no es otra cosa más que un nexo entre esta que soy y la que seré. Viene la historia terrible, la verdadera historia terrible.

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(Sostener un cigarro a la altura de la boca,

un cigarro a la altura de la…
un cigarro…)

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Debió ser después de la pérdida de la memoria cuando descubro… Las palabras son rechazadas.


25 de octubre de 2001 – 27 de abril de 2008 

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