El yo colectivo y la poesía del desierto. Una revisión a la obra de Dana Gelinas


Versión resumida de la ponencia que ofrecí dentro del marco del Coloquio Mujeres del Noreste, realizado del 6 al 9 de marzo de 2019, en la ciudad de Durango, Durango. 

En la poesía de la monclovense Dana Gelinas el paisaje es seco, desolado. En el desierto, bajo ese sol iracundo que vuelca la vida a la penuria, a la dolencia, a la sed, surge el milagro de un lenguaje directo, preciso, con el que Gelinas configurará el escenario ideal para el verso. Este paisaje se verá reflejado en la terminología que encontraremos a lo largo de su obra, tal como lo hace notar Luis David Palacios, en su texto “Hábitat”, publicado en Circulo de Poesía.
        No obstante, esta característica, que además, se aleja de la poesía solemne, ornamental, colmada de reflexiones existenciales y metáforas del siglo XIX y XX, se combina con otro elemento que la poeta trabaja perfectamente: el “yo personal” que se transforma en un “yo colectivo”.
        La poesía de Gelinas, es en primer momento, personal, íntima, para posteriormente, desplegarse hacia el otro, los otros, valiéndose de una segunda o tercera voz gramatical y de diversos tonos, provocando al lector a mirar desde diversos ángulos, el “hecho narrado”. Estamos ante una poesía, que en un escenario “infértil” como lo es el desierto, encuentra vitalidad; su voz personal, se multiplica en voces infinitas que manifiestan y reclaman ante la injusticia, las muertes, los dolores acumulados, no sólo de la época actual y no exclusivas del norte del país, de México, sino de otros tantos. De ahí, que hablemos de una poeta actual y universal. Hecho, por supuesto, que la llevó a obtener, con su libro Boxers, el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2006.
        Dana Gelinas apuesta por los sentimientos; su cercanía con la poesía de Jaime Sabines es inusitada. La emoción, los sentimientos, ese volcarse y desgarrarse, sin embargo, no dejan de lado la rigurosidad del verso. El verso preciso, exacto, como el que encontramos en Octavio Paz; el verso punzante de Rosario Castellanos, Enriqueta Ochoa, Sara Uribe; el verso descarnado de Pita Amor, Amparo Dávila, Esther M. García. El verso a partir del dolor, así lo enmarca la poeta, así lo concibe. Leamos: “Volví al hogar, / a la ciudad que funde los rieles de los trenes, / y perdí el apetito. // Yo, este Yo que devoraba rib-eyes por costumbre, / mi Yo con apetito de beber coca-colas, / y cien diferentes tipos de ensaladas […] En mi casa vacía, / -un terrón de azúcar y una pisca de sal disueltos en agua de la llave-, / hidrataron un mínimo mi sangre / durante los tres días que tardé en recuperar mi automóvil” (Altos hornos, 2006):

EL YO

El dolor tuvo que incubar, echar raíz y quebrar justo por el medio. El dolor, reconfigurado en la escritura nombrará las cosas del mundo con cada una de sus letras. El referente inmediato del “yo”, es el de Walt Whitman (no olvidemos el “yo” de un poeta muy cercano a nosotros: León Felipe), que aturde si no se lee con cuidado. Abrir el grueso de la obra de Whitman, es entender la relación de ese “yo”, a partir de la relación que el poeta establece con el alma y la naturaleza. En la poesía de Dana Gelinas, el “yo personal” se transforma en un “yo colectivo”. Es mecanismo de introspección, de diálogo consigo misma, con la naturaleza, con la historia, como lo será para Walt Whitman (el autor de Canto a mí mismo y Hojas de hierba, no olvidará, además el diálogo con Dios y el mundo). A partir del yo, como ocurre con Gelinas, el mundo es absorbido por la poeta y se convierte en portavoz de éste.
        Revisemos el tránsito entre los “yo” a partir de dos poemas: el primero, tomado de Altos hornos; el segundo, de Los trajes nuevos del emperador:El primer día, en los minutos próximos a las seis de la tarde, / mis pupilas se subordinaron al horizonte. // Del azul óxido / al púrpura violento. // Mis ojos volvieron a perderse en la gimnasia compleja / de las ondas expansivas / que golpean la retina y el cerebro / para ser testigos mudos de la creación del acero. // Todo esto es real, estallé, / ¿cómo demonios me piden / que escriba sobre cosas que no existen? (Yo-personal).
        “Augusto, el nene Pinochet, sólo podía llamarse Augusto. // No obstante, ¿qué es incluso el apelativo César / sin la armada de un pequeño país? / Y qué es un pobre país, / su presidente y su moneda, / y qué son las urnas / de una democracia / sino cenizas, / sin las insignias de un gran ejército” (las preguntas exponen la presencia de un yo-colectivo).

HISTORIA DE LA HUMANIDAD

Otro momento importante en la poesía de Dana Gelinas es el aspecto testimonial que guardan algunos de sus libros. Mantiene una relación directa con la historia de la humanidad, pero se deshace de los elementos duros. En esa ambigüedad (sin cifras, sin años, sin lugares determinados), los hechos cobran relevancia y se vuelven actuales. Lo lejano, lo que correspondió a otras generaciones, se vivifica. El universo se gestó y la sed (el desierto, una vez más) aprisionó un fragmento de mar. La historia se retoma en este poema titulado “La poza de La Becerra”: “En medio del desierto salobre / bajo el peso del sol, / hace millones de años / fue atrapado un fragmento de mar, / y formas de vida que no existen en Groenlandia / ni en Tíbet. / La taxonomía tradicional se resquebrajó / como los maderos de las arcas antiquísimas / al ser libradas del musgo lodoso del lecho de los ríos. / Nuestros cíclidos sobreviven a las eras”. Pero la historia se dobla, se descarrila, por ello, la poesía se torna denuncia social. El poema “Los niños de Hamelin”, es ejemplo singular de lo antes dicho: “Es, llanamente, un problema de números. / Los trasplantes exitosos, / los órganos que padecen necrosis después del injerto, / los órganos descartados por virus y antivirus / exceden las cifras de donantes muertos / en accidentes de tránsito / y, es claro, al raro universo / de los donadores saludables. // Cada hora que pasa desaparece un niño / para siempre / en Latinoamérica. / Sin embargo, no hay alcalde que ofrezca / un rescate por los niños de Hamelin. / No hay alcalde que escuche / a las madres de Hamelin./ Llenarían, entre todas, / la plaza mayor de esta república. / Los alcaldes las evitan, / esconden al responsable / del equipo de médicos cirujanos / de cierta unidad de trasplantes”.
        La habilidad de la poeta reside en amalgamar la leyenda documentada por los Hermanos Grimm, titulada “El flautista de Hamelín” (originalmente “El cazador de ratas de Hamelín”), con la historia acaecida en la ciudad del mismo nombre, Alemania, ocurrida el 26 de junio de 1284 y nuestra historia, donde el flautista (que en el pasado se le llamó “El coco” o “El señor del costal”), se torna sombra de miedo. A partir de esta metáfora saltan las preguntas: ¿qué ha pasado con los niños? Cada hora desaparecen en Latinoamérica, cada hora, mientras también cada hora, se duplica la cantidad de donantes. El flautista mágico no es quien se llevó a los niños (preguntemos ¿hay niños en los parques? ¿en las plazas? ¿jugando, riendo, inventando historias? ¿se los han llevado? ¿quién? ¿la tecnología, en su uso adverso, también toma el lugar del verdugo?).
        La poesía de Dana Gelinas es una veta infinita para el estudio. Para trabajos posteriores queda pendiente un acercamiento lingüístico y fonético, así como la revisión más extensa a cada uno de sus libros. Su mirada, sobresale en la poesía mexicana; una mirada que enfrenta los temas del desierto, la ciudad metalúrgica, el pasado y el presente en un mismo espacio.

Texto publicado originalmente en el suplemento cultural Siglo Nuevo, año 8, número 332, del periódico El Siglo de Torreón. Página 76, 7778 y 79 

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