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| Fotografía recuperada del sitio web Capital México |
Ayer, 15 de abril de 2026, realizamos la “Lectura virtual: Cuentos para volver a la infancia”, organizada por el Instituto Municipal de Cultura y Educación de Torreón, en conjunto con la Coordinación de Literatura. Nos reunimos para dialogar sobre Hans Christian Andersen en el marco del mes de las niñas y los niños y como homenaje a su legado. Su aniversario se celebra el 2 de abril, fecha en la que también se conmemora el Día Internacional del Libro Infantil, en honor a obras clásicas como "La sirenita" y "El patito feo". Y, como suele suceder en estos encuentros, más que hablar de cuentos, terminamos hablando de nosotros mismos.
La charla comenzó con un pequeño tropiezo técnico: cerré por error la página del enlace a la transmisión y tuve que iniciarla nuevamente. Siempre me inquieta el arranque en lo virtual; la tecnología no siempre está de nuestro lado y, a veces, tampoco nuestras manos, que se mueven torpemente entre ventanas. Lo mencioné en voz alta y, sin proponérmelo, eso generó un ambiente cercano que me ayudó a tranquilizarme. Presenté a quienes me acompañaban —Dulce de la Torre, Alba Medina, Francisco Navarro, Leticia Salazar y Tania Villarreal— y la transmisión se abrió con una pregunta sencilla: si los cuentos de Andersen están dirigidos únicamente a niños o si también interpelan al adulto que somos.

Alba Medina respondió con claridad: “Creo que no los escribió para niños”. A partir de ahí, explicó que en el siglo XIX la infancia se concebía de manera muy distinta, que “había una gran mortalidad infantil” y que “los niños en esa época no eran considerados ni siquiera como personas”. Mencionó incluso a Charles Dickens como uno de los primeros autores en visibilizar esa realidad. Esto permitió entender que Andersen escribía desde un contexto en el que la infancia no tenía el valor que posee hoy.
Alba también abordó un aspecto más íntimo: el sentimiento de no pertenecer en Andersen, esa sensación de ser distinto, de quedar al margen. Sus cuentos, entonces, no parecen buscar una enseñanza moral, sino expresar esa incomodidad.
Después, Francisco Navarro compartió una experiencia profundamente personal. Habló de su infancia, de las ausencias, así como del papel de la oralidad y de su abuela como guía a través de los relatos. Recordó cómo conoció "El patito feo" como una lección de vida y cómo identificó ahí “ese clasismo, ese desprecio por una figura”. Señaló que estas historias siguen vigentes porque muchas actitudes humanas no han cambiado: el rechazo, la exclusión, la dificultad para aceptar al otro. Destacó, además, la capacidad de Andersen para dar vida a objetos y elementos inanimados con el fin de reflejar esas dinámicas sociales.
Dulce de la Torre habló desde su experiencia como lectora. Recordó que en su infancia conoció versiones suavizadas de los cuentos, pero que al leerlos en la adultez descubrió algo distinto: “No me traumé, pero sí me causó asombro”. Comentó cómo los finales originales son más duros y realistas, lo que transforma por completo la percepción de estas historias. También compartió que un niño al que enseñaba rechazaba "El patito feo" porque no le gustaba presenciar el rechazo, lo que deja en claro que los más pequeños perciben esa incomodidad.
Por su parte, Tania Villarreal relató que su primer acercamiento a "La sirenita" fue a través de The Walt Disney Company, pero que al leer la versión original encontró un final “desgarrador, pero a la vez muy poético”. Habló de la riqueza descriptiva y de cómo hoy estos relatos pueden leerse desde perspectivas renovadas, incluso críticas o feministas. Señaló también que en la actualidad buscamos desenlaces más esperanzadores, algo que no necesariamente formaba parte de la intención de Andersen.
Leticia Salazar sintetizó una idea clave: “Este cuento es universal, que traspasa el tiempo y el espacio”. Retomó el tema del rechazo y la diferencia, subrayando que lo que ocurre en "El patito feo" sigue presente en nuestros días.
En otro momento de la charla, reflexionamos sobre si estos cuentos aún pueden ayudarnos a comprender nuestras emociones en la adultez. Francisco volvió a su experiencia personal; Tania afirmó que “cualquier literatura infantil… puede acercarnos al lenguaje de la sencillez”; Dulce explicó que, aunque no leemos con la intención de aprender, terminamos reconociéndonos en lo leído; y Leticia señaló que estos relatos pueden funcionar como guía emocional.
Después vino la lectura en voz alta de algunos cuentos de Andersen y de obra personal. Hacia el final, una pregunta del público abrió otra reflexión: si en la infancia nos sentimos más solos que acompañados. Dulce comentó que esos sentimientos están vinculados con la propia vida de Andersen, y Alba expresó: “La infancia es una etapa muy vulnerable”. No hubo una respuesta única, pero sí una sensación compartida: crecer no siempre es sencillo.
Para cerrar, cada participante definió la infancia en una palabra: “juego”, “campo”, “pureza”, “asombro”, “diversión”. Palabras simples, pero cargadas de memoria.
Hans Christian Andersen no escribió solo para niños o adultos, sino para ese territorio intermedio donde aún sentimos lo que no sabemos nombrar. Leer estos cuentos no es únicamente volver a la infancia, sino reconocer que una parte de nosotros permanece ahí, intacta, habitando en silencio.
Puedes ver la transmisión en YouTube dando clic AQUÍ.

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