Charla virtual sobre Lewis Carroll: “Universo imaginativo: donde la fantasía y el pensamiento se encuentran”, por Nadia Contreras


El 27 de enero, coincidiendo con el aniversario del nacimiento de Lewis Carroll (1832), realizamos una transmisión en vivo a través de la fan page del Instituto Municipal de Cultura y Educación de Torreón, como parte de una actividad organizada por el IMCE y la Coordinación de Literatura. La charla se tituló “Universo imaginativo: donde la fantasía y el pensamiento se encuentran.”

Íbamos a ser más personas. No pasó.

La charla la compartimos Alexa Moreno, escritora y pieza clave en la Coordinación de Literatura, y yo. Y fue suficiente. La conversación giró en torno a Alicia en el país de las maravillas (1865) y A través del espejo y lo que Alicia encontró allí (1871), las dos obras más emblemáticas de Lewis Carroll, donde Alicia se adentra en territorios fantásticos gobernados por la lógica del absurdo.


Estábamos en el mismo lugar y todo pasaba al mismo tiempo: las voces se mezclaban, la oficina no se detenía, la conexión iba y venía. A pesar de eso, seguimos. Tal vez porque Lewis Carroll nos ha enseñado justo eso: a caminar en medio del desorden, a aceptar el absurdo y a avanzar aunque la realidad no esté perfectamente alineada.

Comenzamos contextualizando a Carroll, o mejor dicho, a Charles Lutwidge Dodgson, su nombre real. Alexa tomó la palabra y nos llevó directo al siglo XIX inglés, una época obsesionada con la moral, la ciencia y la religión. “Lewis Carroll no sólo fue escritor, fue matemático, lógico, fotógrafo y diácono anglicano. Vivió en una Inglaterra que idealizaba la infancia y controlaba el cuerpo humano de una manera muy particular.”

Habló de la fotografía, de cómo Carroll fue pionero y luego abandonó ese oficio; de las imágenes de niñas que hoy nos resultan incómodas, pero que en su contexto eran socialmente aceptadas, incluso solicitadas por las familias. “A nosotros hoy nos escandaliza —añadió—, pero en su época no lo juzgaron. La infancia estaba mitificada como algo puro, casi sagrado.” 

Yo escuchaba y pensaba en todo lo que solemos juzgar fuera de contexto. Y desde ahí llevé la charla hacia el lugar que siempre me jala: el cuerpo, el cerebro, la percepción. “A mí siempre me ha interesado más Lewis Carroll desde los trastornos neurológicos, sobre todo por lo que después se llamó el síndrome de Alicia en el País de las Maravillas.”

Hablamos de las migrañas que padeció Carroll, de cómo ese síndrome —nombrado hasta mediados del siglo XX— explica las distorsiones de tamaño, tiempo y cuerpo que aparecen una y otra vez en Alicia. El bebé que se vuelve cerdo; el gato que desaparece y deja flotando la sonrisa; el cuerpo que ya no obedece. También hablamos de algo que me obsesiona: el sueño. La lógica del sueño. Esa lógica que no es lógica, pero que todos entendemos cuando dormimos. “Hay una línea en Alicia que a mí me gusta estudiar —dije— y tiene que ver con cómo funcionan los sueños: son absurdos, sí, pero profundamente coherentes para quien los vive.”

Alexa retomó el hilo desde las matemáticas. Y ahí nos reímos un poco, porque ese siempre es nuestro contraste. “Lewis Carroll exagera la lógica hasta volverla absurda,” explicó. “Pero lo interesante es que ese absurdo tiene reglas. No es caos gratuito.” Habló de Humpty Dumpty, del significado de las palabras, del poder de quien decide qué significan las cosas. “Cuando Humpty Dumpty dice que las palabras significan lo que él quiere, Carroll se está burlando de la autoridad,” dijo Alexa.

Ahí conectamos con la época victoriana: una sociedad que predicaba virtud mientras escondía desigualdad, abuso, prostitución y violencia. “Lewis nunca quiso moralizar,” recordé. Y por eso Alicia fue tan criticada al publicarse. Porque no enseñaba “nada”. Porque no daba una moraleja clara. 

Hablamos también del Sombrerero Loco, y de cómo su locura no era metáfora sino medicina.

“Los sombreros se fabricaban con mercurio,” dije,
“y el mercurio provoca alucinaciones. El sombrerero estaba literalmente intoxicado.”

Eso nos llevó a hablar de sustancias tóxicas de la época: arsénico, plomo, radio. De las radio girls; de Marie Curie; de cómo el progreso también envenena. Y entonces apareció Oliver Sacks, inevitablemente. “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero no está tan lejos de Alicia,” comenté. “Sacks llevó la neurología a la narrativa, igual que Carroll llevó la percepción alterada a la literatura.”

Leímos dos fragmentos que consideramos clave dentro de ambas obras y, a partir de ellos, la charla se abrió hacia la psicología del desarrollo, la neurociencia de la identidad, la memoria y la idea de comunidad. Alexa cerró el encuentro hablando del nonsense, del absurdo entendido como una estructura de pensamiento y no como una simple ocurrencia.

“No puedes romper reglas que no conoces,” dijo.
“Carroll conocía perfectamente la lógica. Por eso podía destruirla con tanta elegancia.”

Mencionó a Edward Lear, a Kafka, a Borges con su cuento “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. A esos mundos que funcionan porque tienen una coherencia interna, aunque desde fuera parezcan imposibles.

Al final, pese a los ausentes, pese a los problemas técnicos, pese al rebote de la voz, la charla se sostuvo. Hubo comentarios. Hubo escucha, diálogo. “Alicia sigue vigente —dije al cierre— porque no da respuestas cerradas. Cada generación se ve reflejada ahí.”

La transmisión quedó grabada. El espejo sigue ahí.

Y yo me quedé con esa sensación extraña y conocida: la de haber hablado de literatura, ciencia, cuerpo, identidad y sueño… como se habla en la vida real. Sin solemnidad. Con pasión. Con dudas.

Como debe ser.

Pueden ver la trasmisión aquí: 


Fotografía de portada tomada de Internet. 

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