
Mañana impartiré la tercera sesión del curso “Literatura expandida: Herramientas para escribir, editar y sonar en la red”, dedicada al diseño y la autopublicación. El programa incluye herramientas visuales para escritores como Canva, Scribus y Calibre; la creación de cuadernillos o ebooks (PDF/EPUB); el trabajo en corrección y estilo; y la exploración de plataformas gratuitas para publicar, desde blogs hasta otros espacios digitales.
Mientras preparo esta sesión, no puedo dejar de pensar en algo que nos antecede a todos los escritores: la historia de los libros. Observar cómo se confeccionaron a lo largo de los siglos nos revela no solo el alcance del conocimiento, sino también las necesidades, curiosidades y resistencias de quienes los leyeron y escribieron. De ahí que hablemos del libro impreso y, hoy en día, del audiolibro o del formato digital.
Lo que sigue es un pequeño recorrido histórico y reflexivo, donde entrelazo mi propia experiencia con la lectura y la escritura, junto con las miradas de Irene Vallejo y Stefan Bollmann, para que juntos podamos reflexionar sobre el poder del lenguaje, la libertad que nos brinda y las voces que, a veces, la historia intentó silenciar. Los libros siempre han tenido la misteriosa capacidad de encender hogueras en la imaginación. No importa si fueron signos grabados en piedra, letras diminutas en un pergamino o páginas digitales iluminadas desde una pantalla: leer es convocar fuego. Es escuchar, en silencio, voces que cruzan los siglos.
En El infinito en un junco, Irene Vallejo nos invita a mirar esa historia con ojos renovados. Su ensayo, como un viaje íntimo y erudito, entrelaza datos históricos con reflexiones personales, logrando que no leamos un tratado seco, sino que sintamos la voz cercana de una amiga apasionada por los libros. “Leer y escribir alteran nuestra organización cerebral”, nos recuerda, y es ahí donde comprendemos que aquellos primeros signos no solo transmitían información: estaban cambiando la forma de pensar del ser humano.
Imagina, por ejemplo, a los antiguos escribas de Mesopotamia inclinados sobre sus tablillas de arcilla, presionando con el cálamo símbolos que parecían secretos. Aquellos signos, en apariencia fríos y rígidos, eran en realidad semillas de historias que viajaban de generación en generación. Vallejo lo explica bellamente: “El primer libro de la historia nació cuando las palabras, apenas aire escrito, encontraron cobijo en la médula de una planta acuática”.
Pero también cada lector tiene su propia prehistoria personal. Yo comencé a leer —lo que significa leer— en la secundaria. Ya les he contado esa anécdota, pero en síntesis, mi primer libro fue La amada inmóvil, de Amado Nervo. Para hacer uso efectivo de mi voz, que como saben es muy potente, me pidieron declamar el poema “En paz”. La directora del plantel, en lugar de la típica copia mecanografiada, me facilitó el libro. Ese gesto fue decisivo: uno de mis encuentros más afortunados, dichosos, que años después me salvaría la vida. De ahí que el lema de la editorial que dirijo sea: “La literatura sana y salva”. Entonces desconocía por completo lo que los libros significarían en mi vida. Porque una cosa es leerlos y otra muy distinta escribirlos. Virginia Woolf decía que para “leer bien un libro hay que leerlo como si uno lo estuviera escribiendo”. Eso lo comprendí más tarde, cuando los libros se transformaron en escudo frente al temor que aún me produce el mundo, las relaciones personales, el diálogo cotidiano.
La Edad Media tuvo también su propio ritual: monjes copiando pacientemente los manuscritos en la penumbra de los scriptoria. Se cuenta que algunos, para combatir el tedio de la repetición, dejaban pequeñas notas en los márgenes: quejas sobre el frío, confesiones de sueño, incluso bromas dirigidas a un lector que tal vez nunca llegaría. Y, sin embargo, gracias a esas manos cansadas, la literatura sobrevivió a los siglos.
La fragilidad de este trabajo nos recuerda la fragilidad misma del conocimiento: basta un incendio, como el que devoró la Biblioteca de Alejandría, para que siglos de sabiduría se pierdan. Vallejo nos dice que “reunir todos los libros existentes es otra forma —simbólica, mental, pacífica— de poseer el mundo”. Alejandro Magno soñaba con ese poder, con esa inmortalidad lograda no en las armas, sino en las palabras que lo sobrevivirían. Con la llegada de Gutenberg y la imprenta en el siglo XV, las letras comenzaron a multiplicarse como nunca antes. La tinta fresca, el ruido de los tipos móviles y el olor de los primeros libros impresos marcaron un cambio decisivo: el conocimiento ya no pertenecía a unos pocos privilegiados, sino que podía llegar a muchos.
Ahora bien, Irene Vallejo recuerda que no todas las voces tuvieron la oportunidad de ser preservadas. Durante siglos, las mujeres que leían fueron vistas con desconfianza, incluso como peligrosas. “Las mujeres que leían fueron sospechosas durante siglos”, escribe, recordando la condena de Demócrito —“la mujer no debe ejercitarse en el hablar, pues eso es terrible”— o la orden de Telémaco en la Odisea para que su madre guarde silencio. La marginación de la voz femenina fue un patrón repetido, aunque algunas, como Enheduanna o Safo, lograron resistir. La literatura fue también una trinchera de desafío frente al olvido.
Esa misma línea aparece en otra obra fundamental: Mujeres y libros. Una pasión con consecuencias, de Stefan Bollmann. Él sostiene que “leer es la primera forma de independencia, una primera conquista de privacidad donde la mente es libre, donde maridos y padres quedaban al margen de las nuevas vidas y experiencias que ofrece la lectura”. Era el inicio de una revolución silenciosa, íntima, que en su momento resultó escandalosa. Bollmann recoge incluso un episodio de 1789, año de la Revolución francesa: el Hannoversche Magazin advertía, casi con horror, que una lectora podía crear en su imaginación la figura del héroe de una novela y vivir con él como con un amante secreto. Asustaba la ficción, ese mundo alterno que las mujeres podían construir lejos del yugo familiar.
Hoy me quedo con esa palabra que resume lo que ambos autores, Vallejo y Bollmann, muestran desde ángulos distintos: libertad. Leer es libertad. Libertad para elegir, para desafiar, para construir un horizonte propio.
El libro, ya convertido en objeto cotidiano, se instaló en bibliotecas, en estantes caseros, en los bolsillos de los viajeros. Acompañó sobremesas, noches de insomnio, estaciones de tren y cafés lluviosos. Se volvió cómplice y refugio, pero también motor de cambios políticos y sociales. Cada página tenía el poder de transformar no solo a un lector, sino a comunidades enteras.
Los siglos pasaron y los formatos cambiaron. Llegó el libro electrónico, con la promesa de llevar en un solo dispositivo lo que antes ocupaba una biblioteca entera. Y después, el audiolibro: la posibilidad de escuchar historias mientras se camina por la calle, se viaja en un autobús o se intenta dormir. Algunos temen que estos formatos borren la magia del libro impreso; otros descubren que no importa el soporte, porque lo esencial permanece: el acto de narrar, de compartir, de encender imágenes en la mente.
Vallejo lo expresa con un eco que atraviesa siglos: “Internet es una emanación —multiplicada, vasta y etérea— de las bibliotecas”. El mundo digital hereda tanto la grandeza como la fragilidad de aquellos rollos, códices y volúmenes perdidos en el tiempo. Leer no es un acto pasivo: es invitar a arder. Y mientras exista un lector dispuesto a dejarse quemar por una historia, el incendio de imágenes nunca se apagará.
Fotografía de Pexels.
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