LA ESCRITURA DEL INSTANTE Julio Cortázar: el mago de lo cotidiano, por Nadia Contreras


Hoy quiero detenerme en alguien que supo mirar la vida con otros ojos: Julio Cortázar, quien nació un 26 de agosto de 1914. Sí, el mismo que convirtió lo común en un juego, lo real en un acertijo y lo fantástico en una ventana hacia lo inesperado.

Hablar de Cortázar es hablar de un escritor que nunca se conformó con narrar “como siempre”. Su obra es una invitación a saltar de casilla en casilla como en un tablero: un espacio donde todo puede pasar, desde un cronopio que se enreda en sus propios sueños, hasta una novela que no se lee en orden. Y me sigue gustando mucho Rayuela, como novela, como reto, como juego literario que nos invita a leerla de distintas maneras.

Para quienes no la han leído, esta obra se puede seguir capítulo a capítulo, o saltar según el “tablero de dirección”. Ahí están Horacio Oliveira y La Maga, caminando por París y Buenos Aires, discutiendo, amando, perdiéndose y encontrándose; y a nosotros nos deja flotando entre sus pensamientos y sus preguntas: ¿qué es lo importante en la vida? ¿Cómo nos conectamos con los demás? Incluso frases cortas, como esa que dice: “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”, siguen haciendo magia.

Cortázar también tuvo relaciones intensas con otros escritores, y una de las más fascinantes fue su vínculo con Alejandra Pizarnik. Ella, poeta inquieta y sensible, y él, narrador de universos laberínticos, compartieron cartas, conversaciones y afinidades literarias que los transformaron mutuamente. Leamos:

Carta de Pizarnik a Cortázar

Julio, fui tan abajo. Pero no hay fondo. Julio, creo que no tolero más las perras palabras. La locura, la muerte. Nadja no escribe. Don Quijote, tampoco. Julio, odio a Artaud (mentira) porque no quisiera entender tan sospechosamente bien sus posibilidades de la imposibilidad.

Me excedí, supongo. Y he perdido, viejo amigo, de tu vieja Alejandra que tiene miedo de todo, salvo (ahora, ¡Oh, Julio!) de la locura y de la muerte. (Hace dos meses que estoy en el hospital. Excesos y luego intento de suicidio —que fracasó, hélas).

P.D. En el hospital aprendo a convivir con los últimos desechos. Mi mejor amiga es una sirvienta de 18 años que mató a su hijo.

—Alejandra

Carta de Cortázar a Pizarnik

París, 9 de septiembre de 1971.

Mi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que, entre tanto, estés ya de regreso en tu casa.

Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta de que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza —y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte.

Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y, además, no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo.

El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra.

Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen “te quiero” a cada chicotazo.

—Julio

Me impresionan mucho estas líneas: “Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra”. Dicen mucho en pocas palabras: no es un amor de fantasía, sino de verdad, de aceptar a la otra persona tal como es, con todo lo bueno y lo difícil; deja claro que nadie más importa, que todo se concentra en ella. Hay en ellas —y, por cierto, estas cartas las tomé de la red— un amor intenso, urgente y real, ese tipo de amor que siente que la vida del otro es lo que hace que todo tenga sentido.

Cortázar también fue un hombre comprometido con su tiempo, con las causas sociales, con la justicia y la libertad en Latinoamérica. Su voz no se limitó al papel; también fue resistencia, ternura y rebeldía.

Hoy lo recordamos porque sigue vivo en cada lector que se permite jugar con sus palabras, sorprenderse con sus giros, o simplemente dejarse llevar por esa forma tan suya de transformar la realidad en magia. En pocas palabras: Cortázar fue, y sigue siendo, un maestro de los que te abren la puerta para que te atrevas a vivir de manera distinta, a saltar de casilla en casilla, a mirar más allá de lo visible y a dejar que las palabras te lleven a lugares que no imaginabas.

Fotografía tomada de Internet.

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