Los recuerdos se cubren de un negro profundo


Escribir el nombre de Amelia, es escribirlo con todas sus letras. No puedo cambiarlo porque no tiene la solidez del número que fue. Intento usar los nombres de Fernanda, Alida, Gloria, Rocío; se quedan en la superficie de aquella vida que en mi sosteno.
El cuerpo de Amelia se quebró. Hubo miedo, pánico, coraje. Hubo gritos, gritos innecesarios. ¿Perdí a Amelia en ese momento?? ¿Pude reencontrarla mientras sus ojos miraban el techo blanco de la habitación?? Hijo una vez años después. Amelia tuvo fractura de rodilla y, dos semanas antes de su partida, accedió a que se le colocar una placa. ¡Será divertido! ¡Sonarás en los aeropuertos!, dije, sabiendo que era una probabilidad y dependencia del material usado en la prótesis y la profundidad. ¡Te reíste Amelia, sin disimules!

***

Hay un ingenio al fondo del horizonte, unas chimeneas que llenan de vapores al pueblo y dos volcanes, allá, situados al norte. Es lo que miras cuando abre la puerta de la casa, cuando salud. En esa casa te conocí, Amelia y quizá, la escena que narro haya oculto en algún momento. No lo sé. Con los años la memoria se nubla, modifica las historias, agrega elementos que nunca se encuentran pero que, con otros, texturas, sonidos, voces, ecos, convencen de que las cosas se suicidaron de tal modo. La escena, un poco inventada, me permite abrir los cajones del pasado, recuperar las fotografías mentales, las días en que nos ponimos a jugar a la barraja o al dominó. "Es muy pequeña para que le enseñen eso", decían, pero nunca había hecho caso.
Con Amelia está Catalina, hermana de la mamá de mi papá. Con ellas dos, la infancia en todo su esplendor, con lo bueno y lo malo, con las aventuras, también las desgracias. Sin ellas, esa época hubiese sido muy oscura.

***

— ¿Por qué nunca te casaste, Amelia?
 — Quise cuidar a mi mamá.
 — ¿Sofía no podía cuidarse sola?
 — Tal vez sí, pero por algún motivo decidí cuidarla a ella y estuve a su lado cuando enfermó y cuando se fue. Si no se hubiese ido, te hubiera conocido, tú llegaste un año después.
 — ¿Crees que ella me hubiera querido?
 — Sí, te hubiera querido mucho. Era como tu papá, quiero decir, que tenía su forma de ser, su carácter, sus sentimientos.
 — Y yo tengo eso mismo.
 — Sí, tú eres precisamente así.
Llegué al pueblo un veinte de agosto. Me instalaron en mi nueva habitación, y aquellos primeros años, se borraron temporalmente. Soy hija adoptiva. Según los registros, nací en la ciudad de Guadalajara y mi primer nombre fue Lourdes Ruiz Cabañas, apellidos tomados del obispo Juan Ruiz de Cabañas y Crespo, fundador del Hospicio Cabañas. En un inicio el hospicio se llamó “Casa de la Caridad y la Misericordia”, y en 1824, cuando éste murió, se convirtió en hogar únicamente para niños y niñas. De acuerdo con los datos históricos, su capacidad de atención era de 600 niños y está catalogado, por su tamaño, como el orfanato más impresionante de Latinoamérica.
De la adopción me enteraría después, por mis propios compañeros de escuela; reconozco que fui una niña que sufrió de bullying, antes llamado acoso escolar. ¡Qué difícil eran esos tiempos! ¡Qué difícil para las familias de antaño aceptar como parte de ellas, a hijas o hijos adoptivos! “¡Tuviste suerte de que alguien te rescatara del basurero!”, eso decían. ¡Qué complicado era eso, como también ser mujer! La historia ha cambiado muy poco. En México, sólo en México, la violencia contra las mujeres ha alcanzado niveles alarmantes. Basta leer la prensa: bullying, acoso callejero, violencia doméstica, trata de personas, feminicidio y violencia sexual. Aunado a todo esto, la impunidad sigue siendo una barrera significativa. Y, sumemos, los casos que no se denuncian o no se investigan adecuadamente.
Este es el México que nos corresponde, Amelia. Justo en marzo de este año, se publicó: 45.6% de las mujeres han sido agredidas en el espacio público al menos una vez en su vida en México, según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2022 (INEGI). ¿Qué decían de ti, Amelia? ¿Por qué nunca hablaste de ello? Que se te fue el tren, que te habías quedado para vestir santos, que eras una frígida. Amelia, ¿te enamoraste alguna vez?
Yo sí me enamoré ¿te acuerdas? El amor lo era todo y podía contra cualquier apodo. Era el amor de espumas y de encantamientos como dice el poema “Pureza de jazmines”, del poeta Francisco Villaespesa Martín.

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Tu casa, la casa de la infancia y su huerta se perdieron. Podíamos romper las reglas y jugar con los niños del barrio, jugar hasta quedar exhaustos; ellos tendidos en la banqueta de enfrente y nosotras, junto al portón de la casa. Nos llenábamos de lodo sin importar que portáramos un vestido nuevo o unos zapatos. Veías, desde la reminiscencia de lo que fue tu infancia, las carreas al monte para atrapar lagartijas, grillos… Eso era lo verdaderamente sustancial, Amelia, y ahí, en la casa de la infancia se me permitía todo eso. En la otra, no.
Perdiste la casa y también parte de lo que éramos. ¿Qué se llevó aquella mudanza? Lo insignificante, lo roto, lo destartalado, debió formar una fogata muy grande o terminar en el camión de la basura. ¿Cuánto de nosotros se quedó ahí, cuánto de nuestra memoria, mientras se llenaban cajas, se ajustaba fuertemente con grandes rollos de cinta?
Los recuerdos, Amelia, nos moldean, nos permiten construir una imagen coherente de nosotros mismos. ¿Sabes que, a través de los recuerdos, establecemos relación con nuestro pasado, con nuestras raíces y nuestras experiencias compartidas con otros, aunque muchas veces, haya en cada recuerdo una fractura? ¿Dónde quedó el pasado?

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Tengo pocas fotografías tuyas, como también de Catalina, de Esteban. Cómo olvidar a Esteban, si también fue parte de esa infancia que poco a poco se tiznó. La foto que más me gusta es aquella que titulé “La sibila”, nombre tomado de la profetisa, personaje de la mitología griega y romana. En esa época la descubrí y la valoré como una figura femenina muy poderosa. Las sibilas eran consideras como oráculos que poseían el don de la profecía y se creía, eran capaces de comunicarse con los dioses. Según la leyenda, te dije entonces, la sibila podía predecir el futuro y dar consejos divinos.
En la foto, estas de perfil y sostienes un libro con las manos, simulas leerlo, o tal vez, mientras preparaba la cámara y disparaba el obturador, leíste aquellos versos de Gorostiza. Ese era el libro que sostenías, Amelia, Poesía de José Gorostiza. Te ves pequeña porque lo eras, muy delgada, muy blanca. Con el sol, tus ojos se tornaban de un café más claro, más limpio. Traes un vestido blanco, con manchas discretas de color; no te gustaban los colores chillantes, como les decías, nunca te vi usar pantalón, short o maquillaje en los labios.
Para la foto, te recogiste el cabello entrecano, en una trenza o dos, cruzadas en la parte trasera de la cabeza; estás sentada en la poltrona que mi padre mandó a hacer de ixtle. Más allá, en segundo y tercer plano, los árboles de la huerta, el toronjo, la lima, el ciruelo… la higuera.
Ahora que vuelvo a esa fotografía, coincido contigo: tú y mi padre eran casi idénticos, la misma barbilla, la misma nariz, las mismas cejas despobladas. Hay cierto refinamiento en tus rasgos, pero sólo eso. En la segunda foto aparece Catalina, más alta, de apariencia más fuerte, sosteniendo el mismo libro, leyendo quizá los mismos versos.

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No recuerdo la escena, en el sentido de que a la hora acordada entraron las llamas a los nuevos consultas. ¿Qué dolor tiene de haber enviado?? Cerrar por última vez aquí agua puerta y emprender hacia otra parte de la ciudad, más alejada del centro, más alejada del ingenio y la plaza crecida de tizne y bagazo.
Alguien, semanas antes, se llevó el reloj de pared; alguien más, la bombilla de aceite. Amelia ¿quién se llevó el televisor en blanco y negro que adornaba la sala, el de bulbos, el que una vez se incendió porque usamos plastilina para unir uno de sus cables? ¿Quién, las revistas de vidas de santos, de vidas ejemplares que guardabas celosamente en la cómoda? ¿Quién tus cristos, tus vírgenes, tus ángeles? Los años 80 para México fueron difíciles y el deterioro económico impactó en la estabilidad económica y social. Si el país no podía pagar los intereses de los préstamos internacionales, menos los bancos a los pequeños inversionistas. ¿Fue esto lo que sucedió, Amelia? De un día para otro no había intereses y el dinero se esfumó como el tizne.
En esa época, el cambio de un barrio por otro me parecía la mayor de las aventuras. Tampoco entendía lo que era desprenderse de las cosas que se aman, o que se amaron en algún momento. El término nostalgia no existía en mi universo de emociones, quizá porque la nostalgia llega con la edad; a medida que avanzamos en la vida, es común experimentar momentos de añoranza.
Nunca te vi llorar, o lamentarte por aquellas cosas que debieron venderse o arrojarse a la basura. Me hubiera gustado que me hablaras de ello, de ese “regreso a casa”, tal como se le define a la nostalgia. Hay en la memoria muchos huecos, muchas imprecisiones que me esfuerzo por colmar. Es así nuestro cerebro, selecciona y almacena la información relevante, la necesaria para darle continuidad a los recuerdos. Estarán ahí, por supuesto, si los años o las pistas falsas no lograron debilitarlos.
Con los meses, los días tomaron un rumbo distinto. Comencé a desmoronarme y mi falta de raíces me llevó de un lado a otro. Mi cabeza había volado. No me atrevo a decir que también el alma porque para mí el alma representa varios conflictos sobre su origen, sobre su naturaleza, sobre la falta de información que compruebe su existencia. No obstante, tranquilamente me reconcilio, con ese principio vital de todo aquello que vive, según la filosofía.
Cae sobre la historia una tela negra, impenetrable. ¿Recuerdas, Amelia, cuando te leí algunos de los poemas de Octavio Paz, contenidos en su Obra Poética: “Sombra, trémula sombra de las voces? / Arrastra el río negro mármoles ahogados. / ¿Cómo decir del aire asesinado, / de los vocablos huérfanos, / cómo decir del sueño. / sombra, trémula sombra de las voces? / Negra escala de lirios llamas. / ¿Cómo decir los nombres, las estrellas, / los albos pájaros de los pianos nocturnos / y el obelisco del silencio?"

***

Tratado, en las ultimas semanas, de grabar su voz, su dirección de contar sueños o anécdotas. Hablo de conversaciones en casa, porque el final, más allá de los distanciamientos, de las discusiones inconclusas, de las palabras que nunca debieron decir, el hogar se convierte en uno solo.
Su habitación estaba al lado mío y yo escuchaba las conversaciones, la música que ponían al inicio el día, el televisor cerdido. Con los años, vi llegar a Amelia a mi ciudad, situación a kilómetros y más kilómetros del pueblo natal. Frente a nosotros, las días de tolvaneras y calor extremo. No hay árboles, Amelia; imposible concebir aquí una huerta. ¿De qué hablas?? Alrededor de la mesa puerta, el diálogo tuvo que haber sido relevante, sé que fue así, porque no lo recuerdo con exactitud.
Tal vez me esté satisfecho lo que a Michka, persona de la novela Las gratitudes, de Delphine De Vigan, quien vive un acelerado proceso de afasia. Es una publicidad para quienes vamos por el mundo sin mirar al otro los otros... insomnes, fríos, demosiado ocupados, absolutos, abducidos por el trabajo, los problemas, las pantallas de los dispositivos móviles. ¿Agradecemos lo suficiente?? ¿Te agradecí, Amelia, lo suficiente?? ¿Te agradecí por entrarme la infancia??
El inicio del libro, te quiebra: “Hoy ha muerto una antigua a la que yo quería. A menudo pensaba: «Le debo tanto.»O:« Sin ella, probablemente ya no esté aquí.»Pensaba:« Es tan importante para mí.»Importador, deber. ¿Es así como se mide la gratitud?? En realidad, ¿fui suficientemente agradecida? ¿Le mostré mi agradecimiento como se mereciía? ¿Estuve a su lado cuando me necesitó, le hice compañía, fui constante?".
Vuelvo sobre el pasado y ha comenzado a desgajarse. Se pierde como se pierde el lenguaje para Mischka: “Un día ya no puede correr, ni caminar, ni inclinarte, ni agacharte, ni levantarte, ni estirarte, ni encorvarte, ni darte la vuelta de un lado, ni del otro, ni hacia delante, ni hacia atrás, ni por la mañana, ni por la noche, ni nada de nada. Solo pueden conformarte, una y otra vez. Perder la memoria, perder los referentes, perder las palabras. Perder el equilibrio, la vista, la noción del tiempo, perder el sueño, perder el oído, perder la chaveta. Perder lo que te han dado, lo que te tiene ganado, lo que te merecías, aquello por lo que luchaste, lo que pensé que nunca perderías ”. ¿Es esto lo que ocurre, Amelia? Porque te busco en ese pasado y las escenas se cortan, se evaporan.

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Naciste un 11 de mayo de 1933. Tu padre, es decir, mi abuelo, murió arrepentinamente. Mi padre, también muy pequeño, se encuentra en la carga de la abuela Sofi. Tú resolviste cuidarla hasta su partida. ¿Entiendes ahora por qué el mes de mayo no me gusta?? Dos fechas bastan para romper el corazón por el medio.
La efervescencia del diez de mayo aborrota las calles, los centros comerciales, los supermercados. El una vez, Amelia, también debería de ser un día marcado en el calendario. ¿Te ha predicado cuatro flores se venden?? Las rosas, orquídeas, crisantemos, gananos y cactáceas son de las flores más autobuses, dados un diario nacional, y su precio varía según el lugar en que se adquieren y también la cantidad. ¿Quién se encuentra en el centro de la mesa un ramo marchito?? Probablemente nadie, o tal vez, algún laboratorista que colecciona, además de flores, paresitos o bacterias. En algún momento, yo coleción flores entre las páginas de los libros. El resto, se fue al bote de basura.
La adolescencia legó y los días se volvieron de un negro como el de la lava. Para entender lo que vivía me puse a escribir; de ahí, Amelia, me viene el interés por las palabras, por un lenguaje que fue capaz de explicar el sentimiento profundo de abandono. Comencé a gratar porque el grito era mi defensa. Años después asumí el grito, no como una voz individual sino colectiva; el grito, en esa colectividad, para desafiar la operación, autobús la dignidad y el respeto a los derechos humanos. Las mujeres, Amelia, sabemos mucho de esto.

***

Hablar de la muerte me cuesta trabajo; hablar de la muerte y la llorarla. Cuando murió el abuelo, mi abuelo Saúl, me quedó mirando fijamente hacia su habitación. Sin llanto, sin conmoción, sin más nada. ¿Por qué iba a llorar?? La presencia de mi abuelo estaba bien agarrada en la memoria, después de la muerte del año de la calle, con sus bolas de pan o cuando nos llevaba a la playa, en la cámara. Éramos un montón de chiquillos bajo las olas del mar tibio, sereno.
La casa de mis abuelos se llenó de flores, de coronas; tampoco lloré cuando te fuiste, Amelia. Estaba ahí pero mi pensamiento no. Siempre lo hago: pongo en el pensamiento otra película. Bertha, mi psicóloga, me hablas de estos mecanismos de defensa. Lo que tiene hecho, Elena, es la protección de la dirección del dolor que se asocia con la pérdida y estos mecanismos pueden incluir la negación, la descripción emocional o la representación de las emociones. En este caso, tiene procesado el dolor de otras maneras, como manteniéndote ocupada, ¿verdad?? No tengo respuesta.
He escrito este texto como una especie de despedida. Fuimos a depositar tus cenizas en un lugar cercano a la casa. Frente a tu nicho están la capilla y el velatorio; estás en buen lugar. Vas a misa, rezas el rosario, acompañas a otras familias en el duelo. ¿Es eso lo que haces, Amelia?

***

— Ven, quiero que veas algo.
 — ¿Qué es?
 — Te va a gustar.
 — Mira ahí al fondo, dentro de esas cajas.
 — ¡Amelia! ¡Es una gata con sus gatitos?
 — ¿Cuántos son?
 — Déjame ver… son cinco, Amelia. ¡Está preciosos!
 — ¿Te vas a quedar con ellos?
 — ¡Sí!, ¡Vamos a quedarnos con ellos! Te prometo que te ayudaré a alimentarlos y a limpiar sus casitas.
Dicen que las gatas que serán madres buscan un entorno seguro y protegido para dar a luz a sus crías debido a su instinto; aseguran la supervivencia de sus gatitos protegiéndolos de los peligros y las amenazas del entorno urbano. También buscan hogares para dar a luz porque han tenido experiencias previas de abandono o maltrato. Así fue como llegó Lola a la casa.
Lola y sus crías se paseaban por la casa, trepaban a la cama, a los sillones; dormían sobre los equipales, o debajo de las camas. Lola fue una historia más de la infancia; una historia que sólo vivimos Amelia, Catalina y yo.
 — A tu papá le gustan los gatos.
 — Me ha contado que cuando era niño cargaba bajo el abrigo dos o tres.
Lola vivió con nosotros alrededor de dos años, pero un día desapareció. Buscamos a Lola por todo el pueblo pero nunca volvimos a saber más de nuestra gata pinta. Los cachorros, también grandes, se fueron perdiendo poco a poco. Así es la vida, perder lo que uno ama y dejar que los recuerdos se cubran de un negro profundo.
Hoy, hubieses cumplido años. ¿Escuchas la música, el tronar de los fuegos artificiales, el jolgorio? El pueblo se ha llenado de luces. Y esas luces, Amelia, aún bajo el tizne, no desaparecen..
Fotografía de Pexels

Texto publicado originalmente en Medium

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