Señal de alarma: las olas de calor. Apunte a partir de algunos poemas y una novela


“Se prepara Torreón para ola de calor ‘histórica’ en México”, “Calor no da tregua a La Laguna; se prevén hasta 46 grados al abrigo”, “Seguirá el calor fuerte en La Laguna”, son algunos de los titulares que se leen en los diferentes medios impresos. Y es que, en los últimos días, el calor se ha vuelto muy intenso, literal, un calor que tatema. No puedo decirlo de otra manera. El verbo “tatemar”, lo dice todo. Proviene del nahua tlatemati, que significa poner sobre el fuego para soasar un alimento. En México, es una técnica para asar o tostar los alimentos, generalmente sobre el comal. No salgas, por favor, a mitad del día y resiste todo lo que tengas que resistir bajo techo, evita la radiación solar, son algunas de las recomendaciones. Te envuelve la ola de calor y si abres el auto, ese que no alcanzó sombra alguna, se arroja sobre ti un fuego intempestivo. “Efectos del cambio climático y el fenómeno conocido como El Niño; las estaciones desaparecerán, esfumándose bajo calores que borrarán la primavera y el otoño”, dicen expertos ambientalistas.

Me es difícil pensar en un sol violento. Aún vive en mí, el sol de Colima; el sol de mi pueblo natal, Quesería, iluminando los cañaverales y la milpa. Ese sol no quema, pienso, ese sol no deja sin aliento. El sol era benévolo como aquella tierra. Es el sol que, por esos años, comencé a distinguir en la poesía, un sol indulgente, dulce: “Malva es el lamento, / verde el verderol. / Verde verderol / ¡endulza la puesta del sol!”, dice un poema de Juan Ramón Jiménez. Octavio Paz, por su parte, nos habla del sol como una revelación: “Pleno sol / la hora es transparente: / vemos, si es invisible el pájaro, / el color de su canto”. En este sol de Paz, aunque invisible, está la presencia del pájaro y el color de su canto. Insisto, este calor que supera los 42 grados, lo aniquila todo. El sol de Pablo Neruda, es un sol que germina sensible en la presencia femenina: “Tú juegas con el sol como con un estero / y él te deja en los ojos dos oscuros remansos. / Niña morena y ágil, nada hacia ti me acerca. / Todo de ti me aleja, como del mediodía”.

“Nuestro país se calienta más rápido que el promedio global. De hecho, en el 2020, que ha sido el año más caliente que hemos registrado, rebasamos los 1.5 grados y estuvimos por arriba de 1.6. Esto se debe a la variabilidad natural y a la tendencia de calentamiento”, dijo en su momento el coordinador del Programa de Investigación en Cambio Climático (PINCC) de la UNAM, Francisco Estrada Porrúa. Según la Conagua, una onda de calor que afecta desde esta semana, amenaza con temperaturas cercanas a los 45 grados centígrados en 22 estados de México, refiere una nota del periódico El siglo de Torreón, publicada el 13 de junio de 2023.

Este sol, si nos vamos a la poesía, se parece al de Idea Vilariño: “El sol el sol su lumbre / su afectuoso cuidado / su coraje su gracia su olor caliente / su alto / en la mitad del día”. ¿Será el mismo sol de Borges?: “La resolana aleja las chozas, / el sol como un ladrón escala los muros”. Veamos estos dos versos de Francisco de Quevedo “Del sol huyendo, el mismo sol buscaba, / y al fuego ardiente cuando el fuego ardía”. En cambio, Alejandra Pizarnik nos habla de un sol que está fuera de su alcance. Los hombres lo miran, dicen, y después cantan. Para el hablante lírico, el canto parece imposible. Lo vemos en las estrofas posteriores: “Yo no sé del sol. / Yo sé la melodía del ángel / y el sermón caliente / del último viento. / Sé gritar hasta el alba / cuando la muerte se posa desnuda / en mi sombra. // Yo lloro debajo de mi nombre. / Yo agito pañuelos en la noche y barcos sedientos de realidad / bailan conmigo. / Yo oculto clavos / para escarnecer a mis sueños enfermos. // Afuera hay sol. / Yo me visto de cenizas”. Aún sin sol, la poeta se viste de cenizas. ¿Qué pretendía Pizarnik con este poema? Asumir la ceniza no sólo como la ropa que se viste sino como la piel misma en ese proceso de autodestrucción con el fin de encontrar la trascendencia. ¿Será una forma de romper con el dolor de la existencia, las ataduras de la vida, para alcanzar la más pura conexión con el universo, con lo divino? ¡Qué clara es, en estos versos, la dualidad entre la fragilidad y la transitoriedad de la vida!

A finales de 2021 y principios de 2022 leí El ministerio del futuro, una novela de Kim Stanley Robinson, publicada por Minotauro y considerada una obra maestra de la imaginación. El tema principal: el cambio climático y cómo nos afectará a todos a lo largo de las próximas décadas. Quise, en su momento, publicar algunos comentarios sobre esa lectura, pero no me alcanzó el tiempo y mis notas y subrayados se quedaron guardados en la memoria del dispositivo. El flamazo de calor que sentí el día de hoy, al abrir el auto, me hizo volver a aquella lectura. Eran las 4 de la tarde. No podía siquiera sentarme, sujetar el volante. El auto era un horno encendido.

El ministerio del futuro es en una advertencia en rojo de lo que sabemos y no corregimos. Como dicen: las señales de alarma son ensordecedoras y las pruebas irrefutables. Sin embargo, poco importan para nosotros y nuestros gobiernos, las economías inclusivas y verdes, como una solución clara a lo que estamos viviendo. Todos los rincones del planeta sufren estos cambios. Dicen: “con un aumento de 1,5°C, habrá más olas de calor, las estaciones cálidas serán más largas y las frías más cortas. Y con un aumento de 2° C, los eventos extremos de calor serán más frecuentes y se llegará a niveles de tolerancia crítica para la salud y la agricultura”.

La novela es una ventana muy amplia para reflexionar nuestra participación en la destrucción del planeta y, cómo a través de diversos medios, lo hemos llevado al extremo. El sol, dice el autor de El ministerio “…Brillaba como si fuera una bomba atómica, pero es que lo era. Los campos y los edificios que había debajo de aquella grieta de luz se oscurecieron; y se oscurecieron un poco más a medida que la grieta se extendía por los costados de la línea llameante, que en un momento dado se expandió hasta adquirir una forma semicircular que Frank ya no pudo mirar. El calor que desprendía era tangible, una bofetada en la cara”.

Más adelante, las palabras usadas para transmitir la mañana de ese miércoles, aterrorizan: “Frank se puso una camisa blanca que enseguida se empapó de sudor y salió a la calle. Lo recibió el ruido de generadores que arrojaban gases al aire tórrido; para mantener en funcionamiento los aparatos de aire acondicionado, supuso Frank. Reprimió las ganas de toser. Hacía demasiado calor para toser; meterse ese aire en el cuerpo era como respirar en una fundición, pero esta vez tosió. Nada daba más calor que inspirar el aire abrasador al mismo tiempo que se hacía el esfuerzo de toser”.

Una vez en casa es fácil olvidarnos del infierno. Muy fácil. Encendemos el aire, bajamos la temperatura a quizá 21 o 23 grados y nos sentimos normales, frescos, tranquilos. Afuera, el mundo arde; aquí, no. Aquí todo está bien. ¿Es esto lo que decimos? ¡Qué ficción! ¡La voluntad de engañarse, escribió Friedrich Nietzsche! ¡Nada como instalarnos en una vida falsa! El personaje de la novela es muy claro en ello: “Enchufó el alargador, volvió a bajar a la planta de oficinas, conectó el cable del aparato de aire acondicionado y lo encendió. La máquina se puso en marcha con un zumbido áspero. Una ráfaga de aire. ¡Ah, Dios mío, no funcionaba! Sí, sí funcionaba. Enfriaba el aire exterior entre cinco y diez grados… Eso dejaba la temperatura en unos 30 ºC, quizá algunos más. A la sombra se estaba bien, podía soportarse el calor a pesar de la humedad. Solo había que estar quieto y tomárselo con calma. Y el aire frío bajaría por la escalera y refrescaría todo el edificio”.

Dejo, como última reflexión, la siguiente imagen del futuro inmediato que nos depara, porque tomar medidas, a muy pocos importa (y sí, debemos incluirnos): “Observó cómo los rayos del sol impactaban en las copas de los árboles de la otra orilla del lago. Parecían envueltos en llamas. Luego balanceó con mucho cuidado la cabeza sobre el cuello y examinó la escena. Habían muerto todos”.

Texto publicado originalmente en Medium.

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