Opalescente memoria, comentarios al libro Tinta negra de Xánath Caraza


Tinta negra / Black Ink de Xánath Caraza (Pandora Lobo Estepario Press, 2016), es desde el título, una metáfora que calcina las entrañas. La tinta, esta que vuelve palpable a la palabra, a la agitación de la palabra y su universo, está cargada de dolor. La tinta, agiganta al corazón de memorias cortadas en pedazos.
Caraza construye su apuesta poética a partir del destino que cae sobre el hombre y lo vuelve fuego o ruina. Retoma, a lo largo de la escritura, los fragmentos que el hombre deja a su paso, los ubica en la materia poética, para finalmente ser voz que debate. Distingo en Tinta negra, cuatro ejes temáticos: La frontera, la condición femenina y la comunicación (amorosa) con el paisaje.
¿Dónde comienza una frontera? ¿En el momento justo en que se parte hacia lo invisible? ¿Hacia la muerte? Los poemas de Tinta negra recogen estos episodios que nos atraviesan como si se tratara de los cuernos de un animal salvaje. Mientras se avanza en los desiertos —imposible ocultar el deterioro, la crueldad, el tumor de la incertidumbre—, la patria, es decir, la familia, la casa, los momentos estremecidos, ceden; en la angustia, las huellas de nuestra existencia, son enterradas. La frontera: derrota medular, lo que nos hace diferentes. Es decir, pobre, ordinario, acaso inhumano, monstruoso: “¿Qué nos hace diferentes? / Somos manos que escriben, que trabajan / limpian y guían en la oscuridad más grande / ¿Qué es una frontera? Límites creados / culturas forzadas a darse la espalda / llueve en el fosforescente verde matutino / descubro entre la tinta negra de esta / pantalla de luz artificial los hombres / y mujeres sin nombre que apenas / dejan rastro de su existencia en / los desiertos”.
En el libro Ocelocíhuatl (Mouthfeel Press, 2015), Caraza abordaba ya esta temática. En éste, la poeta forma parte del éxodo. Los versos, lentamente nos conducen a otro sufrimiento atroz. El camino representado es el mismo e igualmente difuso de aquél que termina finalmente en los bordes de la frontera. Sin embargo, los que caminan, son cuarenta y tres niños perdidos: “Caminan los rayos del amanecer en las calles / Marchan ante el contenido rugido del mar / Aves migratorias en el horizonte / Con ellas vuelo / Arena salmón lamida por la espuma sangrante / Mientras cuarenta y tres niños perdidos / Gritan en tus líquidas rojas entrañas”.
¿Cómo dejar aún lado estos temas que tocan nuestras realidades? La poesía se ubica aquí, en esta zona del ser; zona-centro-núcleo-alma. La voz de Caraza se alza junto con la voz de otros poetas. Cuerpos sin nombre, cuerpos como abrazos imposibles. Pienso, por ejemplo, en la voz contundente de María Rivera: “Se llaman / los muertos que encontraron en una fosa en Taxco, / los muertos que encontraron en parajes alejados de Chihuahua, / los muertos que encontraron esparcidos en parcelas de cultivo, / los muertos que encontraron tirados en la Marquesa, / los muertos que encontraron colgando de los puentes, / los muertos que encontraron sin cabeza en terrenos ejidales, / los muertos que encontraron a la orilla de la carretera, / los muertos que encontraron en coches abandonados, / los muertos que encontraron en San Fernando, / los sin número que destazaron y aún no encuentran, / las piernas, los brazos, las cabezas, los fémures de muertos / disueltos en tambos. / Se llaman / restos, cadáveres, occisos…”.
La mujer está en desventaja, es así su relación con el mundo. Hablo de la infancia arrebatada, el odio voraz que interrumpirá el discurso de los sueños, las visiones. A las mujeres se les rompe por el hecho de llamarse relámpago, alumbramiento. Caraza, toca con punzón esta batalla: “Gutural desencanto / abiertas las inocentes manos / en un segundo cortadas / desmembradas del cuerpo / sangrantes manos salvajes / un capítulo se cierra / paredes se refuerzan / y el encierro es total / no hay agua que penetre / los muros de frío acero / mucho menos niebla / dulce música a lo lejos / se estremece en el corazón / las ondas de los cantos / alcanzan los grises átomos / trémulas notas musicales / derretirán el metal”.
En la última parte del poema, la autora confía a los cantos (tal como nuestros antiguos mexicanos), la reconfiguración del ser femenino. Los cantos, devolverán las manos a su sitio y derretirán el metal. El doble encierro (el cuarto del crimen-el ataúd), se quebrará. Este poema, tiene un paralelismo con el texto que abre el libro. La frontera, es metal que divide. El metal es alegoría de lo que separa: “Muros metálicos dividen dos países / dos corazones, madres e hijos. / Padres y hermanos, pasado y presente”. La mujer representa en Tinta negra, el dolor espiritual: mujer-madre-hija-indígena que migra de su patria a otro estado, a otro país en ese “éxodo ingrato”.
            El paisaje en este conjunto de poemas es presencia desbordante. El paisaje como manifestación de la vida, su trascendencia. Lo que vemos, son pinturas que contrarrestan el abismo de la muerte. La patria, en este caso México, aunque esté lejos, se recupera con imágenes vivas, fuertes. Lo sentidos juegan un papel fundamental en toda la obra de Caraza. El paisaje es primeramente nacimiento. Así lo vemos por ejemplo en Sílabas de viento / Syllables of Wind (Mammoth Publications, 2014); un nacimiento que embriaga: “Nace de la piedra / La mujer inmóvil / Con el vientre atravesado / De barro rojo / Y los senos llenos”.
En Tinta negra el paisaje es visión del pasado, espacio de placer, vitral para la manifestación del amor. Y en esa revelación destilada, el eco de la patria, los colores y los sonidos de ella: “Poesía / del trinar de los pájaros y de las / criaturas salvajes que llenan con / sus plumajes las líneas de esta / estrofa”. Sin embargo, la poeta, aún rodeada de esta luz, está consciente de las pérdidas, de lo que, en la lucha álgida, fue arrebatado quedando sólo las ilusiones: “En la distancia húmeda / de esta mercurial mañana / el acechante verde / se acerca a mí, me atrapa / los días fluyen poco a poco / largas horas / y el vacío se instala en / el fracturado espíritu / no hay flamígeros latidos / ni anhelante espera bermeja / las palabras dulces se desvanecen / las redes de acero se han construido / protecciones ante el miedo / ¿Qué nos queda? / La creencia de poder estar / la ilusión de construir con otros / los recuerdos que se niegan”. 
            La poeta cree en las caricias, en las palpitaciones, en los corazones fundidos. El ámbito del amor, en este libro, no es difuso, es decir, es puro, transparente, igual que los peces de Coral Bracho, los estremecimientos de Verónica Volkow, el disparo verbal de Elsa Cross: “Penetra los poros de la piel / este sentimiento que cubre / llega hasta el centro del cuerpo / sensible como papel / de arroz frente al viento / inexplicable sentir, cuerdas / de seda desde mi piel a la tuya / caricias bordadas en llamas”. Poesía y paisaje son un solo caudal, una conjunción compacta, perfecta. Y dentro de éste, el fuego que enviste: “Poesía / del trinar de los pájaros y de las / criaturas salvajes que llenan con / sus plumajes las líneas de esta / estrofa. Canta mar verde de pastos / altos, hondo mar, en el lienzo / blanco que lleno con dorada luz. // Huelo tu piel en la distancia / en voz alta leo poesía / poema de ritmos de arena / tintero repleto de recuerdos / siento y escucho la melodía sin tiempo”.
            La poesía de Xánath Caraza, nace del alma, de ahí su sensibilidad para mirar el dolor del hombre, ese espiral que lo hunde y nunca se detiene. La tinta, con la que la poeta hace visible estos versos, enmarca a aquellos hombres y mujeres obligados a desplazarse en busca de un mejor futuro; la tinta debería ser el agua dulce de los ríos, pero en esta visión, es polvo de los desiertos y la angustiante lucha de las mujeres, desde el origen. El paisaje, por ello, es temporal, el fuego que lo enviste, el amor. Pero lo que deja, entre la mirada y el placer que lo descubre húmedo, colorido, bajo la lluvia cósmica y mítica, lo incita, lo vuelve tinta eterna. 

XÁNATH CARAZA es viajera, educadora, poeta y narradora. Su poemario Sílabas de viento recibió el 2015 International Book Award de poesía. También recibió Mención de Honor en la categoría de poesía en español para los 2015 International Latino Book Awards. Su poemario Conjuro y su colección de relatos Lo que trae la marea han recibido reconocimientos nacionales e internacionales. Sus otros poemarios son Tinta negra, Ocelocíhuatl, Noche de colibríes, Corazón pintado, Donde la luz es violeta (noviembre de 2016) y su segunda colección de relatos Pulsación (en progreso). Enseña en la Universidad de Missouri-Kansas City y da talleres de creación literaria en Europa, Latinoamérica y Estados Unidos. En 2013 fue nombrada número uno de los diez mejores autores latinos para leer por LatinoStories.com. Caraza recibió la Beca Nebrija para Creadores de 2014 del Instituto Franklin, Universidad de Alcalá de Henares en España. Es columnista de La Bloga, Smithsonian Latino Virtual Museum, Periódico de Poesía y Revista Zona de Ocio. Caraza es juez desde 2013 para los José Martí Publishing Awards, The National Association of Hispanic Publications (NAHP). Desde 2012 organiza el National Poetry Month (NaPoMo) para Con Tinta

Texto publicado en la revista Acequias No. 71. Revista de divulgación académica y cultural de la Universidad Iberoamericana, campus Torreón. Invierno de 2016.

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