La infinita aproximación


Disimulo. En lugar de gata deberían llamarme artificio. Duermo en un sitio, pero a la vez estoy en otro, escuchando, pronta para el salto, el vuelo de una nueva experiencia. Reclino la cabeza sobre la posibilidad de una séptima vida y aunque el soñar transcurra en pequeños aspavientos, aquí estoy, ronroneando a la inquietud de los gatos maduros. Me gustan los gatos que lo dan todo por probar el efecto de la aprehensión. No me muevo. No hace falta. Las cosas vienen a mí en su murmullo de transformaciones. La vigilia, lo hueco, la oscuridad de una maleta, lo susceptible de un libro, son mis momentos favoritos. No soy parte de la familia. Antes bien, yo les doy –en esta lucha: uno en detrimento del otro– cierta confianza.

***

Disponemos de la vida, de los objetos en el armario del destino. Decimos sí o no, hasta el momento de apagarlo todo, desunirlo. Los gatos, también son nuestro objetivo. La gata, apaciguada sobre la mesa de los dibujos, me da sus impresiones. Pareciera como si ella hablara y yo, entonces, decido. Hoy, por ejemplo, la tomé entre los brazos y decidí –como inesperadamente se decide un viaje o un poema. No engendrarás, dije, cuando su cuerpo cedía al aguijón de la anestesia y el filo del cuchillo. Por la expresión de su rostro sé que está feliz, que nuevamente hábil y previsora de los días por venir, correrá libre por los senderos de la casa. Mientras escribo, la gata interesada participa, me corrige, transforma el silencio en un ronroneo largo y asombroso. No me equivoco. Sólo se trata de vivir bajo la más estricta manipulación.

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El trazo de la cola en el paisaje del aire importa más que la cabeza. Inmensa, látigo en el fondo de los ojos que la miran, es velocidad, dirección, suspenso antes de la caída. El gato no existe sin la cola y la cola, sin ese impulso eléctrico de la curiosidad. Considerar un bocado o el trago de la leche, es un asunto propiamente de esa línea curveada que es la cola. Todos los gatos –están seguros de ello–, saben que lo más fascinante que llevan en su cuerpo es la cola. No el cascabel, no el maullido desordenado de sus pensamientos. Puede faltar una oreja, la pata trasera o ambos ojos, pero no lo parte maestra del cuerpo. Disminuir la velocidad, girar, dar miedo, seducir, hablar, tiene que ver con ese acompañamiento de breves retoques en el pelo de la tarde.

Texto publicado en el suplemento La jornada semanal 

Ilustración de Darren Harris, Pata, 1972

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