VISIONADOS El Baztán como memoria: el territorio como archivo de lo que se resiste a ser olvidado, por Nadia Contreras


La trilogía de El Baztán, de Dolores Redondo, suele leerse como una mezcla de novela policial, mitología vasca y misterio criminal. No obstante, también encontramos la memoria, los silencios y todo eso que heredamos cuando ni siquiera alguien lo cuenta. A veces, esto de lo que hablo se queda en el cuerpo, en una casa, en un lugar.
 
La trilogía está formada por El guardián invisible, publicado en 2013; Legado en los huesos, también de 2013, y Ofrenda a la tormenta, de 2014. Las tres novelas siguen a Amaia Salazar, inspectora de la Policía Foral de Navarra, y están situadas principalmente en Elizondo y el valle del Baztán. En conjunto, las tres ediciones de la serie reúnen alrededor de 1 600 páginas. La historia también llegó al cine: El guardián invisible se estrenó en 2017, Legado en los huesos en 2019 y Ofrenda a la tormenta en 2020, las tres dirigidas por Fernando González Molina y protagonizadas por Marta Etura como Amaia Salazar.
 



El guardián invisible es el punto de partida. Encuentran el cuerpo de una adolescente cerca del río Baztán y Amaia Salazar, inspectora de la Policía Foral de Navarra, tiene que volver a Elizondo, el pueblo donde creció y del que había intentado alejarse. Ahí empieza buena parte del problema. Mientras busca al responsable de los asesinatos, Amaia también se encuentra con los recuerdos de su infancia y con una familia donde hay demasiados silencios. La novela se publicó en Ediciones Destino el 15 de enero de 2013 y tiene 432 páginas en esa edición.
 
Con Legado en los huesos la historia da un paso más. Ha pasado un año, Amaia está embarazada y parece que su vida empieza a tomar otro rumbo. Pero entonces aparecen varios suicidios en prisión y una palabra: «Tarttalo». La investigación se mete cada vez más en la vida personal de Amaia y Rosario, su madre, vuelve a aparecer con todo lo que representa para ella. Esta segunda novela tiene 560 páginas en la edición de Destino. 

Ofrenda a la tormenta lleva la historia hasta sus últimas consecuencias. Amaia tiene a su hijo y Berasategui está detenido, pero la muerte de un bebé vuelve a abrir preguntas que nadie había conseguido cerrar del todo. El caso lleva a otras muertes infantiles y, poco a poco, empiezan a relacionarse hechos que parecían separados. Al mismo tiempo, Amaia tiene que terminar de mirar aquello que viene cargando desde niña. 


Las películas me llevaron a los libros. Quizá hice el camino al revés, porque normalmente uno lee primero y después ve la adaptación. A mí me pasó al contrario. Primero conocí a Amaia en la pantalla y después fui a buscarla en las novelas de Dolores Redondo. Aunque en las películas siguen de cerca las historias de los libros, en las novelas tenemos más tiempo para estar con Amaia, saber qué recuerda, qué le preocupa y cómo va relacionando una cosa con otra.

En el cine, muchas de esas cosas tienen que contarse con imágenes. Ahí el paisaje pesa muchísimo: el bosque, las casas de piedra, el río, la lluvia, la niebla. La primera película nos lleva con Amaia de regreso al lugar del que quiso escapar; la segunda mete los secretos familiares todavía más cerca de ella, y la tercera termina de juntar varias historias que llevaban años escondidas en el valle.

Cuando después leí los libros, entendí mejor por qué ese paisaje me había llamado tanto la atención. El Baztán está ahí todo el tiempo, mojado, verde, oscuro, lleno de caminos y rincones. El valle, junto con sus asesinatos, se vuelve parte de la historia. Lo que una familia quiere borrar no necesariamente desaparece. A veces, solo cambia de nombre. O termina escrito en un papel que dice otra cosa, o en una tumba que no corresponde, o en una pesadilla de esas que no sabemos exactamente de dónde vienen. También puede pasar algo todavía más extraño: un crimen antiguo sobrevive en forma de leyenda o de ritual, repetido por personas que ni siquiera conocen su origen.

Amaia no tiene su historia completa de la infancia. Tiene pedazos: una hermana muerta, una madre a la que le tiene miedo, un bosque que parece estar pendiente de ella y unas creencias que se mezclan con amenazas reales. La investigación empieza por los crímenes, pero pronto aparecen preguntas que la llevan directamente a su pasado. Quizá una de las cosas que propone el libro es esta: investigar también puede parecerse a tratar de armar una historia cuando faltan piezas. Sabemos que algo pasó, pero eso apenas es el principio. Después viene lo más complicado: mirar lo que encontramos y decidir qué hacemos con ello, qué significa para nosotros y qué lugar le damos en nuestra historia.

Las casas del Baztán son grandes y oscuras, de piedra y madera, con habitaciones y rincones donde apenas entra la luz. Y les digo algo: jamás viviría en una de ellas. Me parecen tétricas, pesadas, densas, con unas vibraciones muy extrañas. Mientras leía y volvía a las imágenes de las películas, pensé en lo que Gaston Bachelard plantea en La poética del espacio: la casa como una geografía íntima donde guardamos recuerdos en cada habitación, cada escalera, cada rincón. En la obra de Redondo el pasado está literalmente dentro de las paredes.

Luego está el bosque y, en él, los mitos, las supersticiones y las historias que la gente ha contado durante mucho tiempo, mucho antes de que alguien intentara explicarlas con la razón. Aquí me pregunto: ¿qué hacemos con esas cosas que no sabemos explicar? Amaia trabaja con pruebas, datos, causas, tecnología con la que puede comprobar. Ese es su terreno. Pero el Baztán le pone enfrente situaciones que no caben tan fácil en ese orden.

Freud tenía una palabra para esa sensación: lo siniestro. Es ese momento en que algo conocido, algo que debería darnos confianza, de pronto nos provoca miedo. Y en El guardián invisible el miedo está dentro de la propia familia. La amenaza tiene el rostro de la madre. La casa deja de sentirse segura, los recuerdos de la niñez y Amaia descubre que su propia historia tiene partes que desconoce.

En Rosario, su madre, se concentran años de violencia, miedo, supersticiones y silencios. Hay una escena que, para mí, resulta clave: el doctor San Martín le pide a Amaia que deje de mirar a su madre como ese fantasma que la ha acompañado durante años y vea a la anciana que tiene delante. Esa idea me gusta porque el miedo puede hacer enorme a la persona que nos hizo daño. Con los años podemos olvidar que detrás de esa figura aterradora había una persona, con sus propios límites, sus miedos y sus miserias.

Mirar a su madre de esa manera no borra lo que hizo. Pero sí puede ayudar a Amaia a dejar de verla con los ojos de aquella niña que le tenía miedo. También empieza a preguntarse cuánto de lo que es viene de esa familia y qué cosas quiere conservar de ella.

Con Markina la diferencia se vuelve más clara. Los dos cargan con un pasado parecido, pero hacen cosas muy distintas con él. Amaia quiere saber qué pasó para poder decidir qué hacer con su propia vida. Markina, en cambio, toma ese pasado como una especie de mandato. Para él, lo que ocurrió antes parece decirle lo que debe hacer después.

Aquí quiero hacerles una pregunta: ¿qué hacemos con la historia que nos tocó? Porque una cosa es crecer con lo que nuestra familia nos dejó y otra muy distinta repetirlo sin cuestionarlo. Amaia quiere saber qué pasó para poder hacer algo diferente con su vida. Markina toma ese mismo pasado y lo convierte en una razón para seguir por el mismo camino. Ahí está la diferencia. Venimos de una historia que no elegimos, pero eso no quiere decir que tengamos que vivirla de la misma manera.

En medio de toda la trama, tanto de los libros como de las películas, se encuentra el escenario: la lluvia, el río crece, las inundaciones. Al principio podría parecer simplemente otro elemento del paisaje, algo inevitable, por lo que veo y por lo que me puse a investigar, en el Baztán. Conforme sucede la historia, el territorio participa. El agua hace su propio trabajo mientras los personajes hacen lo suyo. No creo que el paisaje esté ahí para adornar la historia. La lluvia, el río, el bosque, todo tiene un papel. Pensemos en lo que pasa después de una lluvia fuerte: se mueve la tierra, aparece una piedra, queda al descubierto una raíz, cambia el cauce del agua. En el Baztán pasa algo parecido. Con la lluvia también parecen salir las cosas que durante mucho tiempo estuvieron escondidas.

Al final, lo que más me interesó de la trilogía fue el tema de la memoria. La de Amaia, la de su familia, la del pueblo, la de las mujeres, la de esas historias y creencias que pasan de una generación a otra. El lugar también guarda su propia historia. Por eso, aunque un crimen se resuelva, no todo queda en paz. Eso se ve muy bien en la última llamada telefónica, cuando aparece un número desconocido y la historia termina dejando una pregunta abierta. A mí no me parece un error. Más bien, creo que Redondo quiere decirnos algo muy sencillo: podemos intentar enterrar una historia, pero eso no significa que desaparezca. 

Las imágenes que acompañan este texto han sido tomadas de internet. Las tres películas de la trilogía de El Baztán —El guardián invisible, Legado en los huesos y Ofrenda a la tormenta— se encuentran disponibles para su visualización en Netflix.

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